28 septiembre 1977

Fuerte varapalo interno para Adolfo Suárez y su intento de crear un partido homogéneo centrista

Ignacio Camuñas dimite como ministro de Relaciones con las Cortes y abre la primera crisis de Gobierno de UCD

Hechos

El 28 de septiembre de 1977 D. Ignacio Camuñas Solís dimitió como ministro de Relaciones con las Cortes. Su cargo quedó vacante.

Lecturas

El 28 de septiembre de 1977 D. Ignacio Camuñas Solis anuncia su dimisión como ministro de relaciones con las cortes en el Gobierno de D. Adolfo Suárez González, cargo que ocupaba desde julio de 1977.

El Sr. Camuñas Solis, referente del sector liberal de la UCD,  apenas ha durado 85 días en el Gobierno. Su cese se produce tras ser desautorizado por el presidente Sr. Suárez cuando justificó una agresión policial al diputado del PSOE D. Jaime Blanco García por una presunta actitud violenta de este en una manifestación. “Los diputados no pueden tener patente de corso”, manifestó el Sr. Camuñas, frase que contestó D. Alfonso Guerra González diciendo que “si hay alguien corsario es usted”.

Además el Sr. Camuñas se opone a convertir la coalición Unión de Centro Democrático en un partido político, aunque permanecerá como diputado de UCD y será presidente de la comisión de Exteriores.

El siguiente cambio de Gobierno sería la salida de Enrique Fuentes Quintana.

29 Septiembre 1977

Un síntoma de la crisis

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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LA DIMISION del señor Camuñas como ministro de Relaciones con las Cortes pone claramente al descubierto que las tensiones dentro del equipo ministerial, detectadas por los observadores políticos a comienzos de septiembre, son una evidente realidad y no un invento de la prensa. La desaparición del señor Camuñas del Gabinete, no es sino un síntoma de los conflictos dentro de un equipo ministerial carente de coherencia ideológica.Pese a las reiteradas y encendidas proclamas de que UCD constituye un partido unido, coherente y armónico, los conflictos que lo aquejan son el secreto de Polichinela. Por lo demás, no hay razones para asombrarse. Si ya el antiguo Centro Democrático era una artificial confederación de ideologías que en los demás países europeos compiten entre si en busca de respaldo electoral, el aterrizaje del señor Suárez y de los hombres del viejo aparato estatal y sindical en esa plataforma de liberales, democristianos y socialdemócratas terminó por llevar a los límites del absurdo la confusión política e ideológica. Al igual que la gente que grita en la oscuridad para acallar su propio miedo, los líderes y portavoces de las diversas tendencias que forman la UCD se han dedicado a practicar una altisonante retórica unitaria, mientras espiaban con temor y con recelo las maniobras de sus competidores dentro del Gobierno.

Pero no se trata de mirar hacia atrás ni con ira ni con risa. Porque la apremiante realidad es que la democracia española se halla en peligro. Es evidente que el señor Suárez no debe intentar seguir gobernando sin mayoría en el Congreso (aunque la ley electoral y los senadores de designación real se la proporcionen en las Cortes) y con el único apoyo de una minoría parlamentaria que es sólo la piadosa ficción de un partido. Y también parece claro que la actitud del PSOE, cerrado en banda a la posibilidad de un Gobierno de coalición, comienza a rozar las fronteras de la -frivolidad política y -todavía más grave- de la irresponsabilidad histórica. Mientras la UCD defiende los galgos de su monopolio del poder y el PSOE apuesta por los podencos de sustituirle a corto plazo en su pleno ejercicio, los enemigos del pluralismo y de, la libertad incrementan su campaña de desprestigio contra el Parlamento, imputan la gravísima crisis económica a la democracia, atizan la violencia en el País Vasco y extienden el terrorismo por toda la nación.

Nuevamente, la idea de un Gobierno de coalición que sume en el poder al menos a las dos fuerzas políticas principales del país parece mostrarse como una necesidad histórica para la consolidación de la democracia en España. Los costos políticos pueden ser, indudablemente, elevados para los socialistas; y un sacrificio para los neodemócratas que han adquirido la costumbre de disfrutar del poder en solitario. Tal vez las elecciones municipales y las elecciones sindicales constituyan para el PSOE un objetivo prioritario en este momento, pero los socialistas deben enfrentarse, definitivamente, con sus reponsabilidades. Y no atacar tan virulentamente como lo hacen al poder si no han construido todavía una alternativa válida al mismo. La UCD sola no está en condiciones de gobernar; no sólo no ha obtenido más que el 34% en las elecciones legislativas, sino que, además, es un mosaico de grupos y tendencias con una peligrosa propensión a acuchillarse entre sí. Además, la salida del señor Camuñas del Gobierno puede restar a éste el apoyo de los doce diputados de su partido. La perspectiva de que el PSOE pueda llegar al poder en solitario a corto plazo es un ensueño o una trampa para arruinarle como posible equipo gobernante a plazo medio, o para poner en marcha una «operación chilena» en nuestro país.

El Gobierno de coalición no es, desde luego, la única salida, sino una de las posibles.. Otra, apuntada por el propio Suárez, un programa político pactado entre los cuatro grandes partidos (AP, UCD, PSOE y PCE) y ejecutado sólo por el Centro podría sustituir con dificultades a aquél, pero parece haber quedado en vía muerta por las; actitudes -de continuo maximalistas- del PSOE. El Gobierno de concentración que otros proponen, con representación de todos los partidos, ofrece más dificultades todavía. Es evidente, por lo demás, que el PSOE ha. hecho público reiteradas veces su negativa a participar en cualquier clase de Gobierno con otras fuerzas políticas, pero Suárez -amparándose en ello- insiste en no hacerles una oferta pública y razonada de poder. La negativa de los socialistas a una oferta de este tipo daría, cuando menos, al actual presidente la fuerza moral necesaria ante: el país para demostrar que él estuvo dispuesto y los demás no.

Por lo demás, la cuestión de quién podría presidir un Gobierno de coalición tiene difícil respuesta. El señor Suárez cometió graves errores al formar su segundo Gabinete, pero todavía figura en su activo el desmontaje del, franquismo y el menguado éxito de la UCD en las elecciones de junio. El mismo se lo ha puesto difícil, pero no se divisa otra perspectiva en el seno de la UCD. Otras personalidades políticas han quedado fuera de juego por diversas razones: la aplastante derrota electoral de su partido, o la no concurrencia a las urnas en las elecciones; de junio, ya que el voto popular es un requisito sine qua nonpara todo político que aspire al poder en una democracia. Pero sería para España un triste sino contar con un solo candidato a la presidencia de un Gobierno de coalición; y es un deber de la clase política española impedir que el juego constitucional quede bloqueado por no disponer más que de un participante.

30 Septiembre 1977

El señor Camuñas

Carlos Luis Álvarez Álvarez '"Cándido"

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Aquiles tenía un talón. El deliberado talón de Aquiles del Gobierno era don Ignacio Camuñas, el de los pies ligeros, como es natural que los tuviese un ministro de Relaciones con las Cortes. Esos mismos pies ligeros le han servido para liar el halo su madre lo sumergió en la laguna Estigia, que era una laguna milagrosa y abominable, teniéndole agarrado por un talón, única parte de su cuerpo que, al no haber sido sumergida, resultaría vulnerable. Como diablos se enteró Paris de que Aquiles tenía un talón y que por ese sitio podría entrar una flecha mortal es un enigma que probablemente desvelará el señor Suárez cuando le escriban las Memorias. Yo quiero ser tu Homero, Aquiles, corazón. Fuiste el de los pies ligeros, y quizá también, el de la lengua ligera, pero al fin y a la postre, una vez me pagaste un artículo, y eso es lo que yo nunca olvido. Ni a los que me pagan los artículos ni a los que no me pagan. Tú, Aquiles, eres un hombre liberal y despreocupado, y tu belleza gimástica venía a ser un desafío en el banco azul, para qué vamos a engañarnos. Don Ignacio Camuñas es Aquiles y también es el Cid. Don Ignacio Camuñas tiene doce diputados. “Al destierro, con doce de los suyos – polvo, sudor y hierro – el Cid cabalga”. (A no ser que la conciencia, les dicte un sacrificio más, u oigan voces, como las oye Savonarola en el teatro María Guerrer.)

Fuera de las quisicosas, más o menos novelescas de este suceso, que no las sé, si que sé, yo diría que ‘par coeur’, por sabiduría de corazón, como dice la Escritura, precisamente en el Exodo, que la idea de centro ‘desde arriba’ empieza a descomponerse, a diluirse como un carámbano en agua caliente. (A lo mejor esto es una ironía fácil, como ha dicho un editorialista. Pues que la haga él, a ver cómo le sale.) Cada vez se nota más que la UCD es un conglomerado extravagante de tendencias discordes. Hoy es Aquiles, mañana será Héctor y pasado mañana será toda la ‘Iliada’ e incluso toda la ‘Odisea’ la que se vaya por donde el humo. ¡Y lo verdaderamente festivo será que los primeros sorprendidos van a ser los socialistas! La confusión nace (esto se lo he oído yo a un príncipe del liberalismo) de que la mezcla de albañilería compuesta por el señor Suárez, que nació para ser una opción de centro-derecha, ha querido hacer una política de centro-izquierda, con un alcance hasta los propios izquierdistas. Los del PSOE han dicho que hasta les copian los proyectos. Hay en la UCD un descoyuntamiento y una distorsión. Todo esto se sostenía a duras penas hasta que el ardor juvenil de Aquiles lo ha echado todo a rodar. Aquiles ya no estará en la guerra de Troya.

Cándido

16 Agosto 1977

Unas opiniones polémicas

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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EN UNAS declaraciones al semanario Cambio 16, el ministro señor Garrigues Walker, representante, con el señor Camuñas, del espectro liberal en el conglomerado de posiciones ideológicas que confluyeron en la creación de la UCD, ha puesto sobre el tapete una de las cuestiones más polémicas en cualquier sociedad moderna: el origen, justificación y amplitud de la Administración pública, así como la necesidad. de poner remedio a esa degeneración de su recto funcionamiento que es la burocratización del aparato administrativo estatal.El señor Garrigues comienza afirmando que «el despilfarro de la Administración pública española debe ser uno de los más altos de Europa». Es esta una frase que debería reforzarse con cifras y ejemplos concretos, para no dejar flotar en el aire una carga hipotética que le resta no poca contundencia. Convendría, además, aclarar que en el caso de nuestro país y de su Administración pública, el despilfarro ha sido de origen político. Es decir, ha venido impuesto a los cuadros de la Administración desde arriba; desde ese nivel que habitualmente se llama de decisión política. Cierto, también, que sobra mucho personal en nuestros ministerios y organismos autónomos, pero ese exceso se localiza precisamente en aquellos departamentos ministeriales e instituciones que se pueden calificar, sin la menor vacilación, de políticos. Y políticos en el sentido de que han sido aquellos más vinculados al aparato de que necesitó rodearse el Estado fascista y, después, simplemente autoritario, que nos rigió durante cuarenta años: Movimiento, Sindicatos, Prensa y Propaganda, etcétera.

Por todo ello, estamos de acuerdo con el señor Garrigues cuando exige «un replanteamiento a fondo de cuáles son las plantillas necesarias para tener un Estado moderno, capacitado y eficaz», pero cuidado con dejarse llevar por la fuerza de las palabras. Nadie, medianamente informado, puede aceptar, por ejemplo, la afirmación de que «uno de los males más graves es el famoso pluriempleo tan común en la Administración, y sobre todo entre los altos funcionarios». Y ello, no sólo porque en los casos en que exista deba perseguirse, pues es ¡legal, sino porque el ministro liberal debería reflexionar seriamente respecto al grado en que el fenómeno que denuncia en la Administración se produce también en la empresa privada.

El hacer de la Administración pública la cabeza de turco de los males que hoy aquejan a este país es una tentación demasiado fácil, pero que hombres con responsabilidades, como el señor Garrigues, deberían evitar. Así, cuando el otro día respondía en RTVE a una pregunta sobre la especulación del suelo urbano, achacando la culpa a los intervencionismos inútiles del Estado, estaba diciendo una verdad a medias. Cierto que el intervencionismo, la fragmentación de competencias y otros males burocráticos han cooperado a la especulación urbana, pero es imposible cerrar los ojos a la evidencia que esa lacra se debe fundamentalmente a la falta de conciencia social de un sector de promotores y constructores para quienes la historia, el paisaje, las tradiciones o, simplemente, el ofrecer una construcción adecuada al precio que por ella se exigía, han resultado papel mojado., ¡Que a ello ha cooperado la ineficacia e incluso la corrupción de una Administración, fundamentalmente a nivel provincial y local, estrechamente ligada a los intereses de esas empresas, nadie lo niega! Pero a cada uno lo suyo.

El otro aspecto discutible de la entrevista del señor Garrigues en Cambio 16 reside en su opinión de que «parece muy difícil pedir a los ciudadanos que paguen impuestos, si no tenemos, como no hemos tenido durante tantos años y como seguimos sin tener, un mínimo control del gasto público, gasto que representa ya cifras impresionantes».

Hay que decir, ante todo, que está demostrado ad nauseam, con todo tipo de estadísticas y estudios, que el gasto público es en España, y con relación al producto nacional bruto, uno de los más bajos de los países miembros de la OCDE, si no el más bajo. Pero, además, la frase del ministro, ministro por añadidura de un Gobierno que está empeñado en hacer realidad la honestidad fiscal en este país, es peligrosa por cuanto puede servir, y servirá, de base a una interpretación del tipo causa-efecto, sustentada precisamente por aquellos grupos que se resisten a pagar los impuestos que les corresponden. Según dicha interpretación interesada, la reforma fiscal debería esperar a la ordenación y fiscalización apropiadas del gasto público.

Ambas operaciones, reforma fiscal y supervisión parlamentaria del gasto -empezando por esa. selva inacabable que es el presupuesto de la Seguridad Social- deben realizarse paralelamente e iniciarse de inmediato. Porque, aun cuando otra cosa piense un cierto tipo de mentalídad liberal, la una carecería de auténtica justificación sin la otra.

El Análisis

UN SÍNTOMA

JF Lamata

El 28 de septiembre de 1977, la dimisión de Ignacio Camuñas Solís como ministro de Relaciones con las Cortes evidenció las profundas tensiones que sacuden al gobierno de Adolfo Suárez. Juan Luis Cebrián en El País resalta que la salida de Camuñas, un referente del sector liberal de la UCD, revela la falta de coherencia ideológica en un gabinete que se sostiene a duras penas entre liberales, democristianos y socialdemócratas. Según Cebrián, este episodio subraya la necesidad de un gobierno de coalición que incluya a las principales fuerzas políticas del país para enfrentar los retos de la joven democracia española. Por otro lado, Carlos Luis Álvarez, «Cándido», en ABC, describe la dimisión de Camuñas con tono mordaz, comparándolo con Aquiles y su talón vulnerable, sugiriendo que la UCD es una amalgama inestable de tendencias discordantes. Para Álvarez, la salida de Camuñas presagia la inevitable descomposición de una coalición que intenta abarcar demasiadas posturas dispares. Entre la crítica incisiva de Cebrián y la ironía de Álvarez, queda claro que la partida de Camuñas no es solo una anécdota, sino un indicio de los serios desafíos que enfrenta el gobierno de Suárez en su lucha por consolidar la democracia en España.

J. F. Lamata