6 febrero 1952
Isabel II se convierte en la reina de Inglaterra a la muerte de su padre Jorge VI
Hechos
El 6.02.1952 Isabel II fue proclamada Reina de Inglaterra y, por tanto, Jefa del Estado del Reino Unido y Australia.
Lecturas
El rey Jorge VI de Reino Unido falleció el 6 de febrero de 1952 en el castillo de Sandringham a los 57 años de edad. Fue el símbolo de la resistencia del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial.
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La coronación de Isabel II inauguró una etapa de continuidad en la monarquía británica.
El 2 de junio de 1953 la princesa Elisabeth Alxandra Mary, hija mayor del fallecido rey Jorge VI se convirtió en la reina Isabel II de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (Reino Unido) . En una carroza tirada por ocho caballos, Isabel se dirigió junto a su esposo, Philip Mountbatten, duque de Edimburgo, a la Abadía de Westminster, donde había de celebrarse la ceremonia. La coronación que contó con la asistencia de 7.600 invitados, constituyó un acontecimiento especial para los medios de comunicación, pues por vez primera realizaba una transmisión en directo por televisión a través de Eurovisión.
El Análisis
Con la muerte de Jorge VI, el Reino Unido despide a un monarca que, contra todo pronóstico, se convirtió en símbolo de firmeza y dignidad. Llegado al trono de forma inesperada tras la abdicación de su hermano Eduardo VIII, superó su tartamudez y sus inseguridades iniciales para encarnar, junto a su esposa, la imagen de la resistencia británica durante los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Ni se exilió ni se escondió: fue el rey que se quedó en Buckingham bajo las bombas, el que caminó entre ruinas y alentó a su pueblo desde la austeridad, la compostura y la presencia constante. También fue quien apadrinó la reapertura del país al mundo con los Juegos Olímpicos de 1948, símbolo de una posguerra que aspiraba a reconstruir, no solo a sobrevivir.
Ahora el testigo lo toma su hija, Isabel II, la primera mujer en ocupar el trono desde la Reina Victoria. A sus veinticinco años, ha sido educada en la discreción y el deber, consciente de que la Corona no es un poder absoluto, sino una presencia moral. En una época en la que el mundo cambia con rapidez —entre la descolonización, la Guerra Fría y la modernización social—, Isabel enfrenta la tarea de mantener la monarquía relevante sin traicionar su sobriedad institucional. Si logra combinar la firmeza silenciosa de su padre con la astucia histórica de su madre y el legado de su tatarabuela Victoria, podría llegar a marcar toda una era. Empieza un reinado que aún está por escribirse.
J. F. Lamata