10 marzo 1952
Carlos Prío Socarrás es depuesto como Presidente de Cuba
Golpe de Estado en Cuba: el Coronel Fulgencio Batista toma el poder e instala una dictadura pro-Estados Unidos
Hechos
El 10.03.1952 el presidente Carlos Prío Socarrás fue depuesto en Cuba.
Lecturas
Fulgencio Batista ya fue instigador del golpe de 1933 en Cuba.
«No me mueven ambiciones de poder; mi propósito es restablecer la ley tanto para el capital como para el trabajador».
Con estas palabras pronunciadas en un mensaje radiofónico a todo el país, el general Fulgencio Batista ha justificado el golpe de Estado que ha dado este 10 de marzo de 1952 y que le ha llevado nuevamente al poder en la República de Cuba.
El golpe de Batista se ha producido cuando faltaban pocos meses para las elecciones de nuevo presidente.
Tanto el gobierno de Socarrás, el presidente depuesto, como el de su antecesor, Grau San Martín, se habían caracterizado por una escandalosa corrupción administrativa que no fue capaz de detener el poder ejecutivo.
El descontento de las clases privilegiadas se sumaba al de las masas populares, sumidas, cada vez en la miseria. Batista, con el beneplácito de Washington, actuó en el momento propicio.
En 1953 Batista será víctima de un intento de golpe e Estado de Fidel Castro
El Análisis
El general Fulgencio Batista ha vuelto al poder en Cuba, no por la voluntad del pueblo expresada en las urnas, sino por la vía expeditiva del golpe de Estado. A escasos meses de unas elecciones presidenciales ya convocadas, la irrupción de los tanques en La Habana ha congelado el proceso democrático y reinstaurado el poder personal bajo un discurso paternalista: “No me mueven ambiciones de poder”, ha dicho Batista, como si la ocupación del palacio presidencial no fuese en sí misma una afirmación de dominio absoluto.
La corrupción del gobierno de Carlos Prío Socarrás, y antes de Ramón Grau San Martín, es un argumento real pero no suficiente. Lo cierto es que Batista ha actuado con el visto bueno —y probablemente el estímulo— de sectores económicos nacionales e internacionales deseosos de «orden», es decir, estabilidad para sus negocios. Washington no ha tardado en ofrecer un tácito reconocimiento al nuevo régimen, confiando en que el general mantenga abiertos los canales del capital estadounidense, mientras el pueblo cubano, marginado de decisiones reales, es convertido una vez más en espectador de su destino.
Así comienza una nueva etapa que simulará legalidad bajo formas democráticas vaciadas de contenido. Batista convocará elecciones, sí, pero a su medida, como tapiz decorativo de una dictadura sostenida por el ejército, por los negocios norteamericanos y, según crecen los rumores, también por la mafia que ya convierte a Cuba en un gran casino caribeño. La democracia cubana no ha sido derrotada por la debilidad de sus ideales, sino por la falta de coraje de sus instituciones. Y hoy, desde los micrófonos del poder, se proclama que se ha restaurado la ley… cuando ha sido precisamente la ley lo primero en ser pisoteado.
J. F. Lamata