28 noviembre 1987

El director de ABC asegura que el ex editorialista había prometido no volver a escribir en el diario de PRISA

Javier Pradera vuelve a escribir en EL PAÍS un año después de su marcha, Anson (ABC) expresa su sorpresa

Hechos

El 28.11.1987 D. Javier Pradera volvió a ser columnista del diario EL PAÍS con el artículo  ‘El Diseño del Poder’ en su primer artículo tras su dimisión como jefe de Opinión en 1986.

Lecturas

Tras la ruptura de D. Javier Pradera con EL PAÍS y el Grupo PRISA en 1986, D. Pablo Sebastián (que había roto con el Grupo Zeta por esas mismas fechas por motivos paralelos: el referéndum de la OTAN) intentó convencerle para que entre ambos crearan un periódico de ‘verdadera izquierda’ frente a la izquierda de EL PAÍS, al que consideraban ‘contaminado’ por el capitalismo (en realidad EL PAÍS siempre había dicho ser liberal, la identificación del medio de PRISA con la izquierda se debía más a la obsesión de sus enemigos por colocarle en esa posición que a la realidad). Ese diario habría de llamarse EL INDEPENDIENTE.

Fracasado aquel proyecto, en 1987 el Sr. Pradera volvía al diario EL PAÍS, aunque ya no como editorialista, sino como columnista de ‘EL PAÍS-Domingo’ con un artículo titulado ‘El diseño del poder’ de donde pasó a EL PAÍS normal como columnista de referencia entre los años 1990 y 2000.

Tampoco entonces pudo contenerse el Sr. Anson que le dedicaba este recuadro

“Ha causado sorpresa en medios periodísticos la actitud reverente de Javier Pradera. Se recuerda en dichos medios como Pradera, vejado por la empresa editora de ese rotativo, aseguró que no volvería a escribir en sus páginas”.

29 Noviembre 1987

El diseño del poder

Javier Pradera

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Los resultados electorales del pasado mes de junio fueron un síntoma de que el diseño de poder aplicado por los socialistas desde la anterior legislatura comenzaba a perder popularidad entre los ciudadanos. Ese modelo descansa, obviamente, sobre la triple posición de Felipe González como presidente del Gobierno, secretario general del PSOE y candidato con capacidad de arrastre electoral más allá de la fuerza de atracción de su propio partido. El vigor expansivo de todo proyecto victorioso explica que las características de esa forma de gobernar (centralización de las decisiones, personalización del poder, ausencia de debate político, acentuación de las relaciones jerárquicas) se hayan transmitido miméticamente al resto del aparato del Estado.
Si el retroceso en las urnas mostró hace seis meses la disminuida eficacia de la maquinaria electoral socialista tras cuatro años y medio de funcionamiento, las dimisiones como diputados de Nicolás Redondo y Antón Saracíbar, precursores, tal vez, del eventual desenganche de la UGT de la locomotora gubernamental, no han hecho sino confirmar que el cansancio de los materiales termina por agrietar cualquier prototipo. Porque las ventajas a corto plazo del modelo adoptado por los socialistas implicaban, quisieranlo o no sus usuarios, la inevitabilidad de su desgaste a plazo medio.
Es cierto que los socialistas no inventaron las líneas generales de ese diseño, puesto en práctica por los centristas, con Adolfo Suárez como líder, en 1977. Sin embargo, fue mérito suyo perfeccionarlo y hacerlo funcionar de manera más efectiva desde 1982. En cualquier caso, los materiales para su construcción fueron proporcionados por la transición democrática. Las normas y los usos constitucionales otorgan al presidente del Gobierno competencias y símbolos de prestigio superiores a los concedidos normalmente a los primeros ministros de los sistemas parlamentarios. También el régimen electoral, especialmente el sistema de listas cerradas y bloqueadas encabezadas por unas siglas y un líder, contribuye a realzar la figura del candidato a jefe del Ejecutivo. Finalmente, la cultura política de la sociedad española, más apropiada para respaldar liderazgos populistas que para asumir responsabilidades participativas, facilita la oportunidad de triunfar en las urnas sólo a quienes son capaces —como Adolfo Suárez y Felipe González— de obtener votos al margen de las lealtades partidistas e incluso de las afinidades ideológicas.
Soporte sindicalSin embargo, las analogías en las trayectorias a héroes de unas nuevas vidas paralelas no pueden ocultar otras notables diferencias entre ellos. Dejado a un lado las respectivas capacidades personales para desempeñar la jefatura del Gobierno y las contrapuestas andanzas del uno y del otro bajo el franquismo, el soporte partidista y sindical del que ha dispuesto hasta ahora Felipe González para gobernar le concedía una clara ventaja retrospectiva respecto a Adolfo Suárez. Cualquier intento de comparación entre las experiencias de gobierno de la UCD y el PSOE, relacionándolas con la disciplina interna, la cobertura territorial, la presencia social o la coherencia ideológica de ambas organizaciones, inclina aparatosamente la balanza a favor de los socialistas. Hasta la aparición de las recientes tensiones entre el PSOE y la UGT, ramas funcionalmente especializadas de un mismo proyecto político e ideológico, el control de la llamada familia socialista desde la secretaría general del partido concedía al diseño de poder de Felipe González mucho mayor solidez de la que nunca pudo soñar Adolfo Suárez, hostilizado desde las indisciplinadas filas de la UCD y carente de apoyos sindicales. Pero, además, Felipe González, cuyo historial de oposición al franquismo era congruente con los valores del sistema democrático, llegó al Gobierno arrastrado por la resaca de los sentimientos de incertidumbre y de temor creados por el 23-F y obtuvo en las urnas la mayoría parlamentaria.
Así pues, el apoyo de un partido disciplinado, el respaldo sindical de la UGT, la hegemonía en las cámaras, el frustrado golpe de Estado y la ausencia de alternativas verosímiles a la derecha y a la izquierda del PSOE reforzaron la capacidad de mando de ese sistema presidencialista que las normas y usos constitucionales, el régimen electoral y la cultura política de los españoles favorecían. Y ese dispositivo, cuya clave de arco es la cesión al jefe del Gobierno de los poderes de decisión, fue aceptado incluso por quienes teóricamente deberían compartir las responsabilidades (en el Consejo de Ministros, en la ejecutiva del PSOE y en el grupo parlamentario) para la elaboración de las estrategias políticas.
Si este análisis fuese correcto habríamos asistido durante estos años a la configuración de un diseño de poder para cuyo análisis serían escasamente iluminadoras las interpretaciones formuladas en términos de ambiciones individuales, rasgos de carácter o móviles psicológicos. Tan sólo resultaría pertinente introducir tal vez en el cuadro la valoración del actor político al que se haya correspondido en cada caso desempeñar el papel de jefe del Ejecutivo, y quizá comparar a los tres presidentes constitucionales entre sí (y también con otros candidatos a ocupar ese cargo bajo el actual diseño de poder), de acuerdo con patrones de responsabilidad en el oficio, capacidad de trabajo, cualificación intelectual, resolución para adoptar decisiones, claridad de proyectos, respeto hacia las libertades y compromiso democrático.
InhibicionesSin embargo, comienza a ser dudoso que ese diseño de poder logre mantenerse en pie sin deteriorar la marcha de la Administración y sin poner en riesgo el normal funcionamiento del sistema democrático en su conjunto. La concentración de la capacidad de decisión en el vértice de la pirámide resulta inadecuada para la resolución de los problemas y conflictos en una sociedad compleja. A efectos de esta reflexión, poco importa que el depositario, de derecho o de hecho, de esas atribuciones extraordinarias las ejerza acertada o equivocadamente. Todavía más grave que los cortocircuitos eventualmente producidos en los organigramas administrativos son los vacíos de actuación derivados de las prudentes inhibiciones que lleva aparejados el temor de cualquiera a equivocarse cuando el poder real reside en otra parte (en este caso, arriba).
Otro efecto pernicioso de ese modelo, altamente concentrado y jerarquizado, es que tiende a repetirse miméticamente en los escalones descendentes; quien se inhibe ante su superior forzará luego la inhibición de sus inferiores, los cuales, a su vez, proseguirán indefinidamente esa cadena de monólogos y silencios que forman las relaciones desequilibradas. Quienes no acepten esas reglas del juego serán primero vistos con sospecha, luego quedarán marginados y finalmente resultarán excluidos. De añadidura, el dispositivo tiende a promover el aislamiento del centro último de decisión o a favorecer su secuestro burocrático, al ocluir los canales de comunicación a través de los cuales debería circular (en todas las direcciones) no sólo la información, sino también ese abigarrado conglomerado de escenarios alternativos, análisis divergentes y enfoques críticos que se resumen en la expresión debate político.
Las sospechas de que ese diseño ha dado de sí cuanto tenía dentro suelen ser acogidas por sus operadores con tanta desconfianza como falta de resignación. Si las cosas funcionaron hasta ahora satisfactoriamente, tal vez las averías se deban a las chapuzas de algunos incompetentes o a remediables descuidos en las labores de mantenimiento. En ningún lado está escrito que los desperfectos de la maquinaria no puedan ser arreglados, y nadie se halla en condiciones de garantizar que cualquier modificación no conduzca a la pérdida del poder precisamente por culpa de los nuevos planos. Tal vez las opiniones sobre el agotamiento de la actual forma de gobernar —concluirán los optimistas— pertenezcan a la clase de profecías que se cumplen por el simple hecho de ser creídas por sus destinatarios.
Es evidente que cualquier intento de transformación del modelo de poder corre el riesgo de no lograr un nuevo equilibrio de las relaciones internas y externas de fuerzas que asegure la estabilidad del sistema. También es cierto que ese dispositivo no fue un invento de la UCD, aunque sí el resultado de la difícil transición desde la dictadura hasta la democracia. Pero no se trata ya tanto de que se quiera mantener ese diseño como de que se pueda lograrlo. Si la disconformidad exterior —cuantificada en las elecciones locales, perceptible en los sondeos y airadamente expresada en los medios de opinión— se transmitiera al interior de la mayoría gubernamental, la sacralización fetichista del viejo modelo sería suicida. En ese escenario, probable incluso tras los conflictos con la UGT, la estrategia de endurecer todavía más la rigidez del actual diseño de poder y de forzar la relación directa entre Felipe González y el electorado, poniendo entre la espada y la pared a los dirigentes críticos o simplemente disconformes del partido y de la central sindical, podría concluir como el rosario de la aurora.
Analogías UCD-PSOE
Pero quizá el argumento más concluyente en favor de la modificación —en un sentido participativo y de multiplicación de centros de decisión— de la actual forma de gobernar sea el recordatorio de que el sistema democrático otorga al cuerpo electoral el decisivo papel de juzgar, cada cuatro años, los méritos de los candidatos. Y no es fácilmente imaginable que el actual diseño de poder, agotado en varios aspectos, impugnado por el resto de las fuerzas políticas, atacado por los medios de comunicación y criticado por la UGT, pueda repetir en las urnas el triunfo excepcional de 1982, la decorosa victoria de 1986 o incluso los aceptables resultados de 1987.
Las analogías entre Adolfo Suárez y Felipe González, entre la UCD y el PSOE, no tienen necesariamente que reducirse al pasado. Por ejemplo, parece seguro que una eventual ofensiva de los socialistas discrepantes o descontentos para emprender la caza y derribo de Felipe González haría saltar por los aires al PSOE, al igual que ocurrió antaño con el centrismo. Tanto en uno como en otro caso, el liderazgo no es un ático de lujo desmochable, sino el vértice de una pirámide invertida asentada sobre su capacidad de resistencia. Ahora bien, tampoco las conclusiones de la comparación entre ambas experiencias se hallan a salvo de la incertidumbre. Algunos extraerán la moraleja de que el diseño del poder bajo el centrismo estalló por la falta de decisión o de medios de Adolfo Suárez para imponer disciplina a sus barones. Otros, sin embargo, sacarán una enseñanza inversa: que fue la incapacidad de ese modelo para distribuir poder y para promover el debate político lo que liquidó a la UCD y puede también desgarrar al PSOE.

Primera página

Juan Luis Cebrián

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Cierta tarde Pradera entró en mi despacho blandiendo en la diestra un manifiesto que él mismo había redactado y en el que como primer firmante pedía sin remilgos un sí en el referéndum convocado. Esta alusión a la ausencia de remilgos es importante. Ya he dicho que nuestra posición editorial fue muy matizada y, aunque en mi opinión acabamos apoyando el proyecto gubernamental, en la del propio gobierno nos habíamos mostrado demasiado cautos y repletos de matices al hacerlo. Javier me pidió permiso para recabar a título personal firmas que apoyaran el sí a secas. Me desagradó el tema y se lo hice saber, pero por otra parte acepté la sugerencia, sabedor en cualquier caso de que iba a hacer lo que él quisiera con permiso o sin él. Entre otras cosas ya había comenzado a moverse al respecto.

El manifiesto de Pradera causó malestar entre los redactores y generó un aluvión de cartas y llamadas de protesta dirigidas al defensor del lector.

Ante la marea de protestas de los lectores contra lo que acabamos por llamar ‘el manifiesto Pradera’, que reclamaban su renuncia como jefe del departamento de Opinión, Ismael optó por dedicar una columna al asunto. Entre otros testimonios solicitó el mío a la hora de establecer un juicio. Expliqué que Javier había firmado a título personal y en su condición de editor de libros: era hacedor y responsable de la excelente colección de Alianza Editorial. Aunque efectivamente estaba al frente de la Opinión del diario, donde ejercía de editorialista principal, su línea la establecía autónomamente el director, tal y como se encargaba de poner de relieve el estatuto de la redacción. El aludido consideró estas declaraciones como una desautorización a su persona y, de alguna manera, una humillación también, por lo que decidió dimitir de forma irrevocable. Para mí fue un golpe muy duro, porque yo había pretendido precisamente salvar su imagen, restando importancia a la firma del manifiesto y reafirmando al tiempo la independencia del periódico. Traté insistentemente e inútilmente de que revisara su decisión, que justificó de forma pública con el reconocimiento de lo acertadas de las críticas, cuando ambos sabíamos, y también Jesús Polanco, que el motivo fundamental de su marcha lo constituían mis palabras sobre su responsabilidad exacta en el periódico. Su adiós fue una pérdida irreparable y durante más de un año procuré su regreso por todos los medios.  Finalmente accedió a volver, con una condición que entonces no interpreté del todo bien, aunque acepté de inmediato: no escribiría más editoriales y sólo publicaría artículos con su firma. Esto último pareció un regalo inesperado, pues durante años yo mismo le había instado, sin ningún éxito, a que firmara columnas y colaboraciones. Pero no comprendí el mensaje subliminal añadido que me enviaba: su complicidad conmigo y con el periódico en general no volvería a ser la misma.

El Análisis

¿INCUMPLIMIENTO DE UNA PROMESA?

JF Lamata

Según aseguró el diario ABC, dirigido por D. Luis María Anson, tras la dimisión de D. Javier Pradera como editorialista del diario EL PAÍS este aseguró que no volvería a escribir en EL PAÍS.

Eso se contradice con su carta de dimisión fechada el 26.02.1986: «me gustaría seguir colaborando en vuestras páginas, pero, a partir de ahora, con artículos firmados». Sin embargo el hecho innegable es que dejó de escribir el 26.02.1986 y no volvió a hacerlo hasta más de un año después el 28.11.1987. ¿Si no se había ido, por qué no escribió durante 21 meses? Y si sí se fue… ¿por qué volvió? De momento no se ha dado ninguna explicación ante esta incógnita.

J. F. Lamata