18 septiembre 1999
Joan Ignasi Pla elegido secretario general del PSOE en Valencia en un traumático congreso con un respaldo por debajo del 50%
Hechos
Los días 18 y 19 de septiembre de 1999 se celebra el congreso del PSPV para elegir a la nueva ejecutiva.
Lecturas
Los días 18 y 19 de septiembre de 1999 se celebra el congreso del PSPV para elegir a la nueva ejecutiva desde que dimitiera D. Joan Romero González por los enfrentamientos internos.
Cuatro sectores se disputaban el control del PSPV: el del exministro D. Antonio Asunción Hernández, el de D. Joan Ignasi Pla Durà (heredero de D. Joan Romero González), el de los seguidores del expresidente valenciano D. Joan Lerma Blasco y el sector D. Cipria Ciscar Casabán, que cuenta con la ventaja de que ahora es ‘todopoderoso’ secretario de Organización del PSOE y que aspiraba a ser elegido líder y simultanear la secretaría de Organización de todo el PSOE con la secretaría general del PSPV, pero no logró el apoyo suficiente para ello.
A pesar de que el grupo de Sr. Asunción es, aparentemente la minoría mayoritaria y parecía tener garantizado el triunfo si le respaldaba el sector del Sr. Pla Durà, un inesperado acuerdo entre el sector del Sr. Pla Durà y el Sr. Lerma Blasco, los dos sectores enfrentados en el anterior congreso acuerdan una ejecutiva en la que D. Joan Lerma Blasco figurará como ‘presidente del PSPV-PSOE’ y D. Joan Ignasi Pla Durà como secretario general del PSPV. Un destacado ‘lermista’, D. Ximo Puig, será el vicesecretario.
La nueva ejecutiva es apenas apoyada por un 43% de votos, es decir, menos de la mitad de los delegados presentes, un resultado pírrico que supone que en un congreso de lista única la ejecutiva elegida tenga una aprobación por debajo del 50% de los delegados, motivado por el plante de los delegados afines a los sectores de los Sres. Asunción y Ciscar Casabán, deja al nueva dirección valenciana de Lerma y Pla en un situación de debilidad suprema y a los socialistas valencianos más divididos que nunca.
22 Septiembre 1999
Barones de tribu
El congreso celebrado este fin de semana por los socialistas del País Valenciano merece entrar en la historia del disparate político. No es seguro que la intervención del secretario general, Joaquín Almunia, logre borrar la desastrosa imagen proyectada hacia los ciudadanos, pero al menos ha actuado con rapidez y eficacia. La dimisión de la nueva cúpula regional, que encabezaban Lerma y Pla, era el precio mínimo después de una elección en la que ni siquiera tomaron parte la mitad de los compromisarios. Estas renuncias completan el camino ya emprendido por el portavoz socialista en las Cortes Valencianas, Antoni Asunción, que dimitió el lunes pasado.Lo hizo al finalizar un congreso extraordinario que había sido convocado para soldar las fracturas internas del partido y cuyo resultado fue agravar la división entre tribus irreconciliables, desbordantes de personalismo e incapaces no ya de ponerse de acuerdo en torno a un programa, sino siquiera de expresar con claridad qué divergencias políticas les separan entre sí. El juego variable y oportunista de alianzas que se produjo en el congreso ha transmitido una imagen de lucha descarnada por el poder que, sin duda, pagará el partido en las urnas y que merece la retirada de la vida pública, por una larga temporada, de los principales protagonistas del espectáculo.
La federación valenciana del PSOE es la segunda de España por número de militantes, y sin un buen resultado en esa comunidad es imposible aspirar al triunfo en las elecciones generales. Los orígenes de esta atomización y nudo de rencores se remontan a la derrota de las elecciones autonómicas de 1995; se agravaron dos años después en el VIII congreso del PSPV, en el que la candidatura de Joan Romero, apoyada por el ex ministro del Interior, Antoni Asunción, e Izquierda Socialista, se impuso por sólo tres votos de diferencia a la que contaba con el respaldo de Joan Lerma y con el del secretario de Organización federal, Ciprià Ciscar. El PSOE valenciano entró en un periodo de convulsiones que desembocaron en la dimisión de Romero.
Esta nueva crisis se corrigió con la elección de Asunción como candidato y con la formación de una gestora afín a Ciprià Ciscar, que fue quien la nombró. La derrota electoral en las autonómicas de 1999 forzó a Ciscar a autorizar la convocatoria de un congreso extraordinario que concluyó el domingo en estrepitoso fracaso. Las cuatro familias del socialismo valenciano -aglutinadas en torno a Ciscar, Lerma, Asunción y Pla- fueron incapaces de elaborar una lista de integración.
La dimisión de Lerma y Pla parece un reconocimiento implícito de su incompetencia y un intento razonable de resolver la situación a partir de un hipotético borrón y cuenta nueva que sólo será posible si la nueva dirección provisional se aleja de las tentaciones de sectarismo y de favorecer a una de las familias en pugna. El tribalismo de los socialistas valencianos es el peor ejemplo imaginable para un partido que aspira al Gobierno de la nación.
El Análisis
Pocos congresos fueron tan desastrosos para un partido como el del PSPV-PSOE de 1999. Más aún siendo la federación valenciana la segunda con más militantes después de la andaluza. Lo peor no era la tristeza de haber sido arrollados por el PP zaplanista en las elecciones del pasado junio, lo peor era comprobar como la animadversión entre los cuatro sectores que pujaban por liderar el PSPV era superior a la que parecían tener a la derecha.
Especialmente grave la responsabilidad de Cipria Ciscar, que como secretario de Organización debía haber velado porque el congreso fuera lo más estable posible, pero al postularse para liderar el PSPV distorsionó todo el proceso. Sin duda Ciscar recordaba el papel dual de Txiki Benegas que fue a la vez secretario de Organización de todo el PSOE y secretario general del PSE-PSOE en Euskadi. Asunción entendía que le correspondía a él ser el nuevo secretario general del PSPV como portavoz en Las Corts valencianas y su sector podía ser considerado la minoría mayoritaria en aquel momento, y si contaba con el apoyo de Pla (el heredero del Romerismo, convertido en bisagra, creía tener el liderazgo confirmado).
Por sorpresa la alianza entre Pla y Lerma, configuró un nuevo acuerdo que derrotaba a Asunción. Y el que parecía que era sólo ‘bisagra’, Pla, fue postulado como nuevo secretario general. El pacto podría haber contado con Ciscar, pero a la hora de configurar la ejecutiva, el ciscarismo quedó también fuera de la nueva dirección.
La imposibilidad de una dirección consensuada en los cuatro sectores se hizo notar: un congreso al que al final sólo se presentó una lista, congresos que habitualmente dan resultado de una dirección elegida por el 90% de los delegados como poco, salió con menos de la mitad, el 43% de los votos, un resultado verdaderamente humillante para un congreso de lista única cuando hay más delegados en contra que a favor de la nueva dirección haciendo cuestionar todo el proceso y llevando a Ciscar a abortar el mismo oficialmente.
J. F. Lamata