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José Luis Balbín (RADIO VOZ) responde desde ABC a las referencias despectivas hacia él del columnista Eduardo Haro Teglen (EL PAÍS)

HECHOS

El 17.04.1995 se publicó en ABC el artículo de D. José Luis Balbín titulado ‘Haro Tecglen’.

17 Abril 1995

Haro Tecglen

José Luis Balbín

RADIO VOZ crece: se avecinan los problemas. Hasta ahora no ha fallado jamás: mientras uno no es escuchado, no tiene eco o carece de repercusión, la cosa marcha. Sí, por el contrario, el impacto se multiplica, los tiburones aparecen en el horizonte.

Ya nos ha dedicado reflexión Eduardo Haro Tecglen, comentarista de la cosa en el diario EL PAÍS. Eduardo es uno de los viejos maestros para cualquiera que, como yo, haya querido mamar buen periodismo. Es original, culto, tiene ideas, sabe contarlas y durante mucho tiempo ha mantenido ejemplar coherencia. Personalmente he sido beneficiario de sus elogios durante tiempo y tiempo, cuando él decía de mí cosas que yo pensaba de él con mucho más merecimiento. Que crítico tan importante me elevara a los altares era ruborizante.

Desgraciadamente para mi ego, el destino quiso que a Eduardo Haro le tocara estar situado en el campo de los depredadores de la comunicación y del poder en el mal momento. Probablemente no por elección propia, puesto que si hubiera tenido alternativa a las envidias de algunos de sus señoritos no hubiera aceptado los trabajos de principiante que éstos le encargaban, ni el papel de chico de los recados culturales, ni la función de camión escoba.

Para no verlo tan humillado, contribuí decisivamente a su nombramiento para una dirección en RADIO NACIONAL DE ESPAÑA y sentí hondamente que más poderosos personajes a cuyo servicio parece estar ahora, no comprendiesen que merecía mucho más que todo eso, tanto como sentí su regreso a la esclavitud por falta de adecuación al puesto. Si en mi mano hubiera estado entonces y ahora también, con la misma fuerza, Eduardo sería uno de los hombres que contribuirían decisivamente a la elevación de la calidad informativa de España, como ya hizo en peores y al mismo tiempo mejores momentos. Nos hubiéramos evitado el triste espectáculo de ver al viejo e inteligente maestro humillándose ante quienes lo agravian y tratando de humillar a quienes lo respetan.

Desde que tuve la quizá mala cabeza de preferir la libertad al poder, de decidir que la democracia es condición previa a la vinculación partidaria y que no se puede aceptar todo tipo de desmanes porque ‘peores son los otros’ (es decir: desde que me convencí de que los asesinos de las libertades lo son, independientemente de la banda a la que uno se encuentre más cercano) el amigo Haro dejó de elogiarme primero, decidió silenciarme después – supongo que confiando en que yo hiciera examen de conciencia, recapacitara y rectificara – y a citarme por último sólo en referencias paternalistas o despreciativas que, y eso es lo único que molesta, están dando reiteradamente en la mezquindad. Es lo único que molesta, en lo que me concierne; en lo que a él concierne, no puedo sentirme más triste.

He asistido con ánimo incólume a sus columnas de elogio a todos los libros, piezas, medios de comunicación y personajillos bien quistos por sus verdugos… incluidos el canto cultural a la pornografía televisiva, al talento cervantino de uno de sus jefes a quien no basta su enriquecimiento sin duda merecido para dejar de tirar de la teta de las subvenciones y del tráfico de influencias, o a páginas enteras dedicadas a conocidos horteras de la pantalla, que, eso sí, también son amigos de sus jefes y a él le doran la píldora. ¡Hay que tener la brillantez de Haro para osar ciertos elogios y ensañarse inmisericorde en determinados denuestos! Pero, insisto, todo eso no duele. Es el derecho del crítico, aún en los casos en que algunos conozcamos los motivos de calificaciones y descalificaciones, y no voy a ser yo quien caiga en la vulgaridad de meterse con los críticos, sobre todo si se llaman Eduardo, puesto que, quede claro, no sólo creo que tiene derecho a la existencia, sino que los leo habitualmente y algunos sutiles como Haro, Maqua, Panero, Boyero y otros – no sólo los que me sean generosos todavía – me hacen pasar felices momentos. Es incluso gracioso, por ejemplo, que Haro se haya unido a la partida de iracundos contra debates y tertulias radiofónicas, para después incorporarse a algunas de éstas… sin dejar de ningunear a las demás.

No son críticas desfavorables, pues, las que me incomodan, sino que a Eduardo Haro, el admirado Haro, el maestro Haro, el viejo Haro le haya dado por criticar no mis mejores o peores programas – que de todo habrá habido y habrá en las viñas de estos señores – sino lo que él dice mis motivos suponiendo que nacen del rencor o de no se sabe qué venganza. Si no fuera él quien es y el respeto que le tengo pensaría que Haro se ha vuelto miserable, adjetivo que sólo guardo para García Vargas y otros escasísimos hombres públicos; entre ellos, algún jefe de Eduardo.

No está bien que miremos para otro lado cuando el maestro hace el ridículo y se humilla, que intentemos atribuirlo a los trágicos avatares de su vida mientras que, por el contrario, a él le haga tanta gracia, se desternille a costa de quienes se quedan sin trabajo, sin micrófono, sin pantalla, en ocasiones sin posibilidad de subsistencia, probablemente por malos profesionales, pero  en cualquier caso un cacho menos malos que aquellos a quienes él eleva a los altares, y que siempre pertenece casualmente al sindicato, ese sí que del crimen y, sobre todo, de la pastizara, a escote de cada uno de los miembros del colectivo de desheredados, precisamente aquellos para los que yo pensaba que quería hacer la revolución Eduardo Haro. Quien, por cierto, dice que nunca vendrán los suyos. ¡Vaya por Dios! Estaba seguro que no podían ser ésos que ahora defiende. Otros esperamos que Godot llegue algún día. Y seguimos creyendo, como Camus, que ‘no es la revolución por sí misma lo que es noble, sino lo que ella exige’.

José Luis Balbín

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