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El marqués de Valdeiglesias replica al Conde de Motrico y critica su defensa idílica de la democracia liberal, defendiendo los méritos de los gobiernos franquistas

José María de Areilza defiende que España se democratice para integrarse en Europa y critica la política internacional franquista

HECHOS

El 14.01.1970 D. José María de Areilza publicó en ABC el artículo ‘Acercarse a Europa’.

El marqués de Valdeiglesias publicó, también en ABC, un artículo replicando a los argumentos del Sr. Areilza ‘conde de Motrico’ cuestionando la defensa que este hacía de la democracia liberal como fuente de buena política y defendiendo los méritos internacionales de los gobiernos franquistas. Tanto el Sr. Areilza como el marqués de Valdeiglesias habían sido destacados franquistas pertenecientes ambos a la familia ‘monárquica’. Pero para 1970 estaban en orientaciones diferentes: mientras que el Sr. Valdeiglesias se mantenía leal al régimen, el Sr. Areilza militaba con el grupo opositor encabezado por D. Juan de Borbón, Conde de Barcelona.

14 Enero 1970

Acercarse a Europa

José María de Areilza

Parece que por fin vamos a integrarnos en Europa. No está claro si esta incorporación se va a realizar a través de los convenios que se firmen con la Comunidad de los Seis o se va a producir como una consecuencia natural e inevitable de nuestro desarrollo económico y social al llegarse a un determinado nivel especie de punto de fusión de nuestro intrínseco europeísmo. La negociación con el Mercado Común debe estar muy adelantada en cuanto al texto del protocolo que haya de firmarse. Se habla de la primavera entrante como fecha probable de esas anheladas nupcias. Incluso hay algunos privilegios ciudadanos que tuvieron acceso al arcano de los textos futuros y han contado noticias del esquema general como exploradores que retornan de países ignotos con piezas inéditas de una fauna remota.

El diálogo de España con el Mercado Común se inició en 1962. En la petición de apertura de conversaciones se hablaba concretamente del proceso de integración en Europa. Se pensó entonces en la asociación a la Comunidad como paso inicial de ese largo camino. No una, sino muchas veces se declaró por parte española que cualquier vinculación, inferior en rango a la solicitada, no sería tomada en cuenta. Concretamente se afirmó que un tratado comercial no sería en ningún caso aceptado por nosotros por entender que no resolvía el problema y se alteraba, en cambio, el propósito esencial de la negociación. Es curioso observar que precisamente en eso estamos ahora, es decir, en obtener el convenio comercial tan denostado antaño. ¿Cuándo se produjo tan radical cambio de criterio en la posición española durante estos siete años? ¿Qué causas han impedido que pudiera obtenerse para nuestro país la asociación, siquiera como promesa o colofón final automático, al cabo del periodo de vigencia del Tratado previsto? Lo ignoramos. Pero un mínimo de información en temas como éste que afectan sustancialmente al provenir de treinta y tres millones de españoles sería muy conveniente. ¿Por qué ahora resulta que un simple tratado comercial con los Seis s beneficioso para nuestra economía y hace tres o cuatro años no lo era? ¿Por qué estimar que los empresarios y los trabajadores españoles son menores de edad o incapaces de discernimiento?

Se dice, por otra parte, que nuestra europeización será el obligado fruto del aumento de renta por habitante activo. ¿Lo será, en efecto? Que un país mejore las condiciones de su vida, de su transporte, de su industria, de su infraestructura, en treinta años, es algo tan natural como el crecimiento demográfico o como la expansión urbana. Pero que ello nos convierta en europeos intensivos de modo automático, eso ya es otro cantar. Al parecer, el no haber hecho uso del sistema llamado aquí demo-liberal para lograr nuestro proceso de desarrollo es una condición que se exhibe como original y conveniente, incluso para ser utilizada como ideología de exportación por otros países de mayor retraso. Es una afirmación que sorprende si se piensa que el progreso tecnológico y el alto nivel de vida de los pueblos libres de Europa, América y Asia se ha logrado precisamente al amparo de ese sistema político tan criticado y dentro de cuyo contexto únicamente ha sido posible la segunda revolución industrial de la civilización. Es decir, que sin democracia liberal no hubiese llegado Europa, ni por supuesto Norteamérica, a las cotas actuales de bienestar y de adelanto técnico que sirven de meta a las demás naciones en vías de crecimiento.

Acercarse a Europa, incorporarse al Continente, integrarse en el mundo occidental, es una noble y útil aspiración de grandes sectores de nuestro país. No creemos, sin embargo, que la ruta de la europeización verdadera pase solamente por Bruselas o por Estrasburgo. El auténtico proceso pendiente está dentro de nosotros mismos. Es el de una reforma radical interior. Mientras no se logren o intenten determinados objetivos en el sistema de nuestra convivencia política económica y social o hasta que no se alcancen las coordenadas mínimas de ciertos hábitos en la sociedad, en la economía y en la cosa pública, poco habremos adelantado en el curso de la manoseada europeización. Lo cual no impide que se hable de ella torrencialmente.

“¿Qué es Europa?”, se preguntaba hace poco un conocido político francés en víspera de salir para La Haya. “Un proyecto de vida futura apoyado en ciertos principios”. Sí. Pero además Europa es hoy día una realidad visible y tangible. Dentro de la variedad institucional y sociológica hay un común sedimento cultural que homogeneiza los países del Occidente euroasiático. Cuáles sean los ejes de pensamiento que caracterizan lo europeo no es preciso enumerarlo, por obvio. Citaremos sólo algunos aspectos salientes. Son europeos la libertad de pensamiento y de conciencia; la legitimidad democrática de las instituciones; los gobiernos de opinión; el consenso de los gobernados; el respeto a las minorías disidentes; el libre y representativo sindicalismo; la garantía y observancia de los derechos humanos; el autogobierno de las comunidades a distintos niveles; la coexistencia del socialismo y de la iniciativa privada; la integración de los partidos comunistas en el sistema democrático; la separación de poderes; la no injerencia castrense en el juego de las instituciones políticas. ¿Se atreverá alguien a negar la actual vigencia de esos criterios rectores entre el Pirineo y el Báltico? ¿Podrá decirse sin faltar a la honestidad informativa y sin que produzca hilaridad que todo eso se halla en crisis y que los pueblos de Europa no saben a dónde van porque erraron el camino y se pierden en la noche de las nieblas ideológicas? ¿No sería más honesto y sencillo aceptar esa predominante realidad, como algo definitivamente incorporado al ritmo de la historia y no empeñarse en afirmar que es mejor la ortopedia que las articulaciones, sanas, que los bastones son preferibles a las piernas o que las píldoras son superiores a los alimentos naturales?

Europa Occidental tiene hoy un denominador común de criterios políticos, económicos y sociales que sirven de base a sus diversos regímenes, republicanos y monárquicos. Las reglas del juego son idénticas dentro de la peculiar variedad a que han de ajustarse, por virtud de la idiosincrasia específica de naciones y pueblos. La democracia europea funciona mejor o peor según los contextos sociales en que se desenvuelve. Pero su propia libertad intrínseca y la conciencia generalizada de que la soberanía del sistema pertenece al pueblo, hace que las opiniones públicas se sientan partícipes y solidarias en el autogobierno y que la reforma y corrección de los organismos constitucionales tenga abierta la vía legal permanente, antídoto esencial de cualquier violencia. La interdependencia ideológica de los estamentos sociales de los diversos países de Europa es una realidad fáctica que sería ridículo ignorar.

Francisco de Sales, que alió tan sutilmente el ingenio con la cortesía, recibió en cierta ocasió la visita de una dama muy piadosa que le pedía recetas para acercarse a Dios. “¿Será conveniente que peregrine a los Santos Lugares?”, le preguntó al Obispo de Ginebra. “No es necesario para este acercamiento, tan largo, señora”, le contestó el Santo. “Bastaría con que reformara un poco su vida”.

José María de Areilza

28 Enero 1970

Europa sin Matute

José Ignacio Escobar 'Marqués de Valdeiglesias'

Mi querido y admirado amigo José María de Areilza ha escrito un artículo ‘Acercarse a Europa’, que conocen los lectores de ABC. Su posición es la del demoliberalismo, similar, por tato, a la de los que se mueven en esa larga línea que va desde las Cortes de Cádiz hasta Madariaga, pasando por Castelar, Sagasta y Romanones. Areilza gusta de la ‘legitimidad democrática de las instituciones”, “los gobiernos de opinión”, “el libre y representativo sindicalismo”, “la integración del partido comunista en el sistema”, etc. Mis gustos, desde luego, no coinciden con los del dilecto escritor, y no voy a polemizar sobre algo tan subjetivo como las aficiones. Pero Areilza, además de pronunciarse, aporta una fundamentación. Y ésta es la que me propongo analizar, porque tiene un pretensión de objetivo razonamiento.

Primer argumento: “El progreso tecnológico y el alto nivel de vida de los pueblos libres de Europa, América y Asia se ha logrado precisamente al amparo de este sistema político”, es decir, del demoliberalismo. Ni mucho menos. La más espectacular revolución industrial de la transición europea del siglo XIX al XX le hace el Imperio alemán, que era un despotismo ilustrado. La más rápida e intensa operación de desarrollo económico de Asia corre a cargo del Imperio nipón cuando era un absolutismo feudal. Y en nuestros días, el único país de Hispanoamérica que esta cogiendo el tren del desarrollo es México, cuyo sistema de gobierno es, pese a las denominaciones, una dictadura de partido. Y, en el Este, el paso del atraso a la vanguardia tecnológica lo ha efectuado la URSS con el régimen antiliberal por excelencia. Pero no se trata sólo de que la tesis sea incierta; es que la contraria a la de Areilza se ha cumplido en muchos lugares. El sistema demoliberal condujo a la decadencia política y a la crisis económica a un buen número de países, Turquía, Portugal, Grecia, Argentina, Uruguay entre otros. Establecer una correlación necesaria entre demoliberalismo y progreso económico es una arbitrariedad. Lo cierto es que unos países progresan con el demoliberalismo y otros sin él, y que a unos el demoliberalismo los hunde y a otros no. El razonamiento de Areilza tiene la misma fuerza que si hubiera dicho: los americanos han progresado; los americanos máscan chicle; ergo, el mascar chicle favorece el progreso.

Segundo argumento: La europeización es un ideal deseable. Es así que Europa equivale a ‘la legitimidad democrática’, ‘el autogobierno’, ‘la coexistencia del socialismo’, etc, luego hay que adoptar estas características constitucionales. También este silogismo falla. ¿No fueron Europa Julio César, Carlomagno, Carlos V, Luis XIV, Federico II, Catalina, Bismarck o Mussollini? Y ¿dónde está su liberalismo? ¿No son Europa la URSS, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria o Yugoslavia? ¿Tampoco son Europa Atenas, Leipig, Lisboa y Madrid? Identificar a Europa con el demoliberalismo es otra arbitrariedad que los hechos desmienten Pero todavía hay más: Kenia, Ghana y Haití tienes constituciones demoliberales ¿son por eso europeas?

Tercer argumento: “Mientras no se logren o intenten determinados objetivos en el sistema de nuestra convivencia política poco habremos adelantado”. O sea, que el objetivo primario del Estado consiste en darse una constitución demoliberal. Este era el postulado de Rousseau, el mismo que los españoles y los hispanoamericanos nos esforzamos en aplicar durante el siglo XIX. Es, pues, una tesis valetudinaria cuya falsedad demostró Marx hace más de un siglo, y cuya infecundidad ha probado, sin ir más lejos, la Historia de España. EL objetivo primario para las naciones de nuestro tiempo no es la implantación de una utopía constitucional, sino la realización constante y sonante del desarrollo. ¡Que dilatada sonrisa florecería desde Leningrado a Pekín, desde Berlín a la Ciudad del Cabo, y desde México a la Patagonia, si se les dijera a estas cuatro quintas partes de la Humanidad que el objetivo no es el bienestar sino el hambre con urnas y partidos! En el último tercio del siglo XX el apriorismo roussoniano resulta peor que falso, porque tiene además una dimensión de ancianidad.

Cuarto argumento: Este es de signo negativo, porque va dirigido contra una objeción, ya inevitable, en el más ingenuo de los lectores: ¿No está progresando España sin demoliberalismo? Y Areilza responde: “que un país mejore las condiciones de su vida, de su transporte, de su industria, de su infraestructura, en treinta años, es algo tan natural como el crecimiento demográfico”: Tampoco este razonamiento es aceptable. Ni el crecimiento económico ni el demográfico son naturales, sino artificioso logro del hombre. La población española, por ejemplo, permanece estacionaria y aún decrece a lo largo de centurias. Son la higiene y el desarrollo económico los que fundamentalmente hacen posible el crecimiento de la población. Y lo más antinatural y esforzado del mundo es el avance científico, tecnológico y económico. ¡Pues sí que no han hecho falta esfuerzos formidables para que algunas sociedades rebasen los mil dólares de renta anual ‘per cápita’! ¡Pues sí que no ha costado llegar al aprovechamiento de la energía atómica! Desgraciadamente, hay muy poco de mecanismo natural en el progreso. A los hispanos no es necesario contárselo. En los primeros treinta años del siglo XX, los ingresos del español medio crecen menos que en sólo un bienio de la década que acaba de transcurrir. La renta del Japón entre 1890 y 1900 crece más que en todo el siglo anterior. Por cierto, que en esos años, y con viento democrático de popa, España se hunde en la postración. El progreso no es proporcional al tiempo: las hazañas históricas se cumplen cuando el hombre de Estado acierta. Berenguer, con todo su liberalismo, se equivocó; pero Franco, sin él, no.

Quinto argumento: También éste es negativo, porque se adelanta a otra objeción obvia: ¿no nos acercamos a Europa ahora que vamos a vincularnos al Mercado Común? Y Areilza responde: Sí, pero se trata sólo de un “convenio comercial”, no de una solución. Literalmente, “¿qué causas han impedido que pudiera obtenerse para nuestro país la asociación, siquiera como promesa?”. Es una pena que Areilza haya escrito eso sin leer el artículo 238 del Tratado de Roma, donde se define la asociación como un “acuerdo entre la Comunidad y un país tercero… estableciendo derechos y obligaciones recíprocos. Que se le bautice como asociación o como acuerdo preferencial es cuestión de nombres. Pero mientras que en Oriente lo primario son los símbolos, en Occidente el acento lo ponemos sobre las sustancias. Empecemos nuestra fidelidad a la europeidad siendo conceptualmente rigurosos y huyendo de los juegos de palabras. Pero hay que precisar todavía algo más. Efectivamente España no va a integrarse ahora en la Comunidad Europea. ¿Acaso porque no somos demoliberales? Ni muchísimo menos. Si nadie sensato aspira ahora a la integración, es porque con ella se quebraría una parte muy importante de nuestras jóvenes estructuras económicas. Por eso el acuerdo tendrá que prever unas etapas de adaptación progresiva. Algunos de los que antes tenían siempre en los labios el Mercado Común como fruto prohibido para España tratan ahora de devaluar nuestra incorporación. ¿Eran europeístas auténticos o tan sólo oposicionistas dispuestos a valerse de cualquier pretexto para expresar su criticismo?

En fin, ese demoliberalismo que postula Areilza lo implantamos entre nosotros en 1812, es decir, en tiempos de nuestros tatarabuelos y antes que casi todo el Occidente. Y, con paréntesis para respirar, soportamos el sistema durante siglo y cuarto. Debemos saber, pues, a que atenernos. Nuestro periodo demoliberal menos malo fue el de la Restauración, y la verdad es que desembocó en el hundimiento del 98. ¿Por qué, en pleno demoliberalismo, clamaban nuestros intelectuales, con Costa a la cabeza, por la europeización? Para Areilza, entonces debíamos estar en el no va más del europismo y en el mejor de los mundos; pero lo cierto es que estábamos caídos en el pozo. La europeización no es sinónimo de constitución demoliberal, sino que es desarrollo cultural, social y económico. El que nos ha puesto más cerca que nunca, en la edad contemporánea, de los niveles de Europa, ha sido el Estado del 18 de julio.

Marqués de Valdeiglesias

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