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Areilza se burla del argumento franquista de que España no puede tener una democracia por ser un pueblo especial, mientras que el vicepresidente Carrero Blanco asegura que la democracia liberal ha causado desgracias siempre que se ha aplicado en España

Enfrentamiento entre Areilza y Carrero Blanco por sus distintas visiones sobre si la democracia liberal es aplicable en España

HECHOS

El 24.03.1970 D. José María de Areilza publicó el artículo ‘La Vía española a la democracia’.

24 Marzo 1970

La vía española a la democracia

José María de Areilza

Hace bastante años triunfaba en París una ingeniosa comedia que se mantuvo centenaria en el cartel: ‘Knock o el triunfo de la medicina’. Una de las réplicas que contenía el meollo de la tesis era la del protagonista, un médico pedante, a quien le preguntaban cómo iban sus primeras actividades en la ciudad donde abrió consulta.

“No es tanto la curación del enfermo lo que me interesa – contestaba el galeno – cuanto el haber creado entre los habitantes una conciencia medical.” La “consciente medicale” era como una psicosis colectiva de miedo a la enfermedad. Knock había logrado que cada vecino fuera un neurasténico que se consideraba enfermo en potencia. Así, pensaba el pintoresco doctor, la población entera dependería de su criterio, de sus recetas, de sus prohibiciones, de su consejo.

Operan como el personaje de Jules Romains, quienes tratan de mantener todavía un clima de temor irracional a la libre expresión de las corrientes ideológicas que circulan, ‘velis nolis’, por el ancho campo de la sociedad española en desarrollo. Aquí, como en la sátira francesa, también se trata de crear una conciencia colectiva de enfermedad. ¿Somos los españoles capaces de gobernarnos a nosotros mismos? Según parece hay opiniones importantes que contestan a la pregunta con una negativa. Leo y copio de un roatitvo oficioso: “No estamos preparados para la democracia clásica”. Ni se acepta tampoco el reto de la demostración de la falsedad o verdad de apotegma.

Bien. Ya está así creada la ‘conciencia medical’ de la comunidad. Todos enfermos. Todos capitidisminuidos por nuestra radical y celtibérica incapacidad de convivir, de buscar el compromiso, la transacción. ¿Entonces? ¡Ah! Entonces vienen los médicos experimentdos en dolencias nacionales de esta índole y recetan. ¿Qué fármacos despachan? ¿Cuáles son las normas de la higiene dietética que recomiendan? El secreto forma parte del prestigio medicinal. Se sabe por filtraciones habidas en la consulta de doctores que habrá específico, a tomar en pequeñas dosis, cuya denominación todavía se desconoce. Alguien aventuró que se trata de una ‘concurrencia de relevancias’ o asociacionismo de minorías, nunca de masas. Es, como si dijéramos, la fórmula de la democracia homeopática.

Otras versiones son, por lo visto, inviables. La homología de España con la Europa política es, a lo que parece, imposible. No se aclimatan entre nosotros esas nefandas formas que se llaman, con cierto tufillo peyorativo las instituciones demoliberales con las que se rigen los países rectores del mundo libre: Pompidou, Wilson, Heath, Kiessinger, Willy Brandt, Nixon, Humphrey, Sato, Fanfani, Trudeau, ¡que penoso cortejo de políticos demoliberales! ¡Pobre gente! Todos aquejados sin saberlo de la terrible, insidiosa, mortal equivocación!

Busquemos ansiosos el antídoto. Ya lo inventó la izquierda totalitaria con su clasismo excluyente y dictatorial que extiende sobre más de medio mundo su mordaza monolítica. La derecha burguesa lo trató de contrarrestar en los años veinte, con las fórmulas del partido único y del nacionalismo a ultranza. Mal acabó el ensayo. Además, el progreso tecnológico ha creado otro tipo de sociedad en desarrollo en que hoy, los fascismos, poco o nada tendrían que hacer. Entonces ¿qué nos queda? La gran receta. El remedio definitivo. Lo que nadie ha ensayado: el peculiarismo.

Somos distintos, diferentes. Rodeados de países enfermos que se hallan, por lo visto, contagiados de una misteriosa epidemia – el demoliberalismo – poseemos gracias al cordón sanitario, una sólida y todavía excelente salud. Mientras los pueblos vecinos depauperados por la afección se arrastran lánguidamente y llegan a la Luna, nosotros nos aprestamos a ensayar las fórmulas indígenas, originales. Nada de imitaciones serviles, ni de copias que puedan traer microbios patógenos. Vayamos al concurso de inventores locales donde tantos ingenios malogrados y desconocidos ofrecerán al visitante los frutos alambicados de su meditación.

Parece una broma. Pero no lo es. Resulta, en cambio, que esa es la tesis grata a muchos e influyentes sectores del país. Sobre ella se trata de construir nada menos que el andamiaje político de la sociedad futura. De una colectividad en la que los menores de cuarenta años son ya los dos tercios de la población y en la que el juvenilismo biológico alcanzará rápidamente insospechados porcentajes estadísticos. Y yo me pregunto: ¿es esto razonable? ¿Tiene posibilidades de futuro? ¿Alcanzará a interesar a las nuevas generaciones? Cuando se nos dice que de lo que s trata ahora es de buscar “una vía española a la democracia”, para emplear el título de luminoso ensayo de Carlos Iglesias, convendría recordar que lo esencial de un sistema democrático de gobierno está en la vigencia de un manojo de ideas que informan las instituciones públicas. Por ejemplo, que la soberanía resida en la sociedad, de la que emana el poder del Estado. Que el gobernante se sienta directamente responsable ante la opinión. Que la colectividad tenga un mecanismo para fiscalizar las decisiones del poder. Que los actos de gobierno sean una resultante de tendencias, libre y claramente expresadas en el seno de la comunidad. Que los hombres que ejercen el mando no se crean poseedores de la verdad política y admitan, en cambio, que los distintos grupos sociales pueden poseer, cada uno, su parcela de esa verdad total. Que se racionalice y no se dogmatice, el proceso y el estudio de los negocios públicos. Solamente así se puede efectuar la incorporación libre y responsable de los hombres a las tareas de gobierno a todos los niveles. Solamente en esas coordenadas cabe hablar efectivamente de participación y de progreso político, última meta del sistema democrático.

Verdaderamente ¿es tan terrible todo eso? ¿Tan arriesgado, tan imposible, tan complicado? ¿Hemos de llevar para siempre sobre nosotros la peculiaridad como una tara; la originalidad, como una hipoteca; la diferencia, como un distintivo rígido, que nos aísle y nos distinga de lo demás? Dicen que desde ‘extramuros’ se ve a España como si fuera Suiza o Suecia y que ahí está el error. Y yo pregunto: ¿por qué hay ‘extramuros’ y por qué debe hacer ‘muros’ en una época en que la comunicación social ha hecho realidad la interdependencia humana en todos los ámbitos?

Pero aun teniendo en cuenta el miedo parlaizante que parece atenazar el ánimo de quienes pueden iniciar este debate de tan grave y extendida trascendencia ¿no sería posible, no sería conveniente, no sería justo, averiguar de alguna manera la opinión sobre el asunto, de los protagonistas, quiero decir de los trece millones que componen nuestra población activa o de los veinte millones de españoles que son mayores de edad?

José María de Areilza

02 Abril 1970

¡Un poco de formalidad!

Luis Carrero Blanco

El señor Fernández estaba furioso; él no era un hombre violento, pero entendía que las bromas, hasta las más pesadas, tenían un límite. “¿Es que creen que yo soy idiota?”, decía el buen señor, refiriéndose a unos amigos empeñados en convencerle, con tenacidad digna de mejor causa, de que volviera sin temor a beber desordenadamente. Para los que conocían “el caso del señor Fernández”, su indignación estaba plenamente justificada.

El señor Fernández había tenido una juventud borrascosa. Se dio a la bebida y se convirtió en un ebrio impenitente. Su cabeza era bastante firme y aun en sus más celebradas borracheras se mantuvo con una cierta dignidad, pero su estómago no demostró la misma fortaleza ante los embates de alcohol. Pronto se le averió y empezó a pasarlo fatal. Todo cuanto comía le caía mal y casi dejó de alimentarse, pero seguía bebiendo. Le hablaron de una úlcera de duodeno y de que debía cuidarse, pero no hizo caso. Al cabo de unos años llegó a ser una verdadera piltrafa humana; estaba en los huesos; no podía trabajar; su patrimonio había sufrido graves quebrantos y sus asuntos iban de mal en peor. Con él ya no contaba nadie, y todo el mundo le daba por un hombre totalmente perdido, cuando una noche una tremenda hemorragia interna estuvo a punto de acabar con él. Medio muerto, hubo que llevarlo a toda prisa al quirófano…

La hora del señor Fernández no había llegado aún y Dios se valió de un hábil cirujano para conservar su vida. Tras una operación larga y difícil, especialmente por el estado de debilidad del enfermo y de varias semanas de clínica, el señor Fernández volvió a su casa y, siguiendo al pie de la letra el plan de vida que le fijó el cirujano que lo había salvado, en el que entraba, naturalmente, el no volver a probar una gota de alcohol, al cabo de unos cuantos meses el señor Fernández fue otro hombre. Recuperó su peso; se puso a trabajar intensamente para rehacer su economía; empezaron a prosperar sus asuntos, volvió a tener prestigio y pudo mirar el porvenir satisfecho y con optimismo. Y entonces, cuando estaban ya superadas todas las incidencias de su recuperación, unos pocos amigos, precisamente unos amigos que le habían acompañado en su grave crisis y que habían hecho los mayores elogios de la habilidad del doctor que le operó y habían aplaudido calurosamente sus aciertos y sus prescripciones, empezaron insistentemente a aconsejarle que volviera a beber, que no tuviera “complejos de inferioridad”, que todos los hombres bebían rudamente y que si no quería hacer el ridículo en un mundo de bebedores tenía que volver al coñac con el ímpetu de un cosaco. El señor Fernández no salía de su asombro. ¿Cómo explicarse aquel vergonzoso cambio de chaqueta? Y el señor Fernández, que era un hombre que razonaba con lógica, llegó a la conclusión de que aquellos famosos amigos debían haberse metido en algún buen negocio de licores, que iban a los suyo y que no les importaba que él reventara…; a lo que, naturalmente, el señor Fernández no estaba dispuesto.

A los españoles, cuando se pretende convencernos de las deliciosas bondades del sistema demoliberal de democracia inorgánica sobre la base fundamental de los partidos políticos nos sucede lo que al señor Fernández… ¿Quién mejor que nosotros sabe lo que nos conviene? ¿Acaso no exprimentamos el sistema durante más de un siglo? ¿Y cómo nos fue? “Por sus frutos los conoceréis…” ¿Y cuáles fueron los frutos de la democracia inorgánica en nuestro país? Recurramos simplemente a los datos que registra la Historia y que algunos parecen haber olvidado. Desde la muerte de Fernando VII (1833) hasta el 18 de julio de 1936, es decir, en poco más de un siglo, que corresponde a la experiencia demoliberal de nuestra nación y durante la cual los partidos políticos tuvieron la más fecunda floración, España sufrió: ocho cambios de régimen (reina Gobernadora, Regencia dde Espartero, Gobierno provisional del general Serrano, Amadeo I, primera República, Gobierno provisional del general Serrano otra vez, restauración de la monarquía liberal con Alfonso XII y segunda República; tres destronamientos de reyes (Isabel II, Amadeo I y Alfonso XIII); dos destierros de regentes (María Cristina y Espartero): cuatro atentados contra reyes (Isabel II y Alfonso XIII); dos Repúblicas que fueron dos caos indescriptibles; ocho Constituciones (1812, 1834, 1845, 1845 reformada, 1845 vuelta a reformar, 1869, 1876 y 1931) que ninguna pudo ser puesta en práctica con continuidad arriba de unos cuantos meses por la necesidad de suspender las garantías constitucionales para poder dominar el desorden interno, dos dictaduras (Narváez, en 1847, y Primo de Rivera, en 1923), únicos oasis de la vida nacional en que hay orden y prosperidad económica; tres guerras civiles; cuatro presidentes del Gobierno asesinados (Prim, Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato); la friolera de 109 Gobiernos, que corresponden a una media de uno cada once meses; más de 25 revoluciones serias, amén de un sinfín de revueltas, asaltos, incendios de iglesias y conventos, matanzas de religiosos, represalias y crueles persecuciones; varias guerras, intentos de separatismos regionales y pérdida de nuestras últimas posesiones ultramarinas y, por último, desastre económico, constantes conflictos sociales y en los últimos años un terrorismo casi permanente que se manifiesta, en los cuatro últimos meses del Gobierno del Frente Popular, en las siguientes cifras, bien elocuentes por cierto: 160 iglesias destruidas, 275 templos incendiados, 260 muertos, 1.287 heridos, 321 huelgas generales e innumerables atropellos de todo orden, culminando esta situación de todo orden, culminando esta situación de absoluto desprecio a todo en el hecho inaudito de que, en la noche del 13 de julio de 1936, agentes de la autoridad, por orden del Gobierno, sacasen de su casa al jefe de la oposición parlamentaria, don José Calvo Sotelo, para asesinarlo y dejarlo tras las tapias de un cementerio.

En 1936 estuvimos a punto de perder nuestra independencia y nuestra fe, porque la persecución religiosa en la zona roja se manifiesta en las siguientes cifras que parecen también olvidadas por algunos de los que menos debieran olvidarlas: por el sólo hecho de creer en Dios, son asesinados 13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2. 365 religiosos, 283 religiosas y muchísimos millares de seglares.

Tras una guerra de Liberación que duró tres años y que nos costó muchas vidas, mucho sacrificio y mucho dolor en los hogares, España se salvó y, bajo la dirección del Caudillo, empezó una nueva vida cuyos resultados a la vista están.

Durante treinta años tiene lugar el proceso institucional que queda totalmente terminado con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado de 10 de enero de 1967. En el Referéndum de 14 de diciembre de 1966, el pueblo español no sólo dio su conformidad a la Ley Orgánica del Estado, sino que, al aprobar también determinadas modificaciones a las otras dos leyes fundamentales, ratificó el Referendum de 6 de julio de 1947, con lo que en definitiva a lo que los españoles dieron su asentimiento el 14 de diciembre de 1966, con la abrumadora mayoría del 85 por 100 del cuerpo electoral, que representó el 95,8 por 100 de los votantes, fue al conjunto de las siete Leyes Fundamentales que, con sus textos actualizados, integran el sistema institucional español. Nuestro sistema político, un sistema político que tiene el respaldo de dos clamorosos referéndums en el pazo de casi veinte años, tiene, pues como firmes cimientos los Principios del Movimiento Nacional, que son “por su propia naturaleza permanentes e inalterables”, y como cauce de desarrollo las otras seis Leyes Fundamentales y en este sistema institucional está establecido (Principio VIII) que: “El carácter representativo del orden político es principio básico de nuestras instituciones públicas. La participación del pueblo en las tareas legislativas y en las demás funciones de interés general se llevará a cabo a través de la familia, el municipio y el sindicato y demás entidades con representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes. Toda organización de cualquier índole, al margen de este sistema representativo, será considerada ilegal.

Y esto no es una opinión de unos cuantos. Esto es un precepto de nuestro sistema institucional que tiene el respaldo de un Referendum Nacional. ¿Qué en otras partes les gusta más otro sistema? Bien, cada cual puede hacer en su casa lo que estime más conveniente, y nosotros no queremos comentar cómo les va porque no queremos meternos en cuestiones que son privativas de cada país. ¿Que nuestro sistema es diferente? Es posible; pero ¿qué? Algún día puede que no lo sea porque otros adopten nuestro sistema o algo similar, pero, aunque así no fuese, nuestra peculiaridad no es una tara. Se trata de una profunda convicción… Y, sobre todo, de que somos gente seria y no estamos dispuestos a comulgar con ruedas de molino del tamaño del argumento de que gracias al sistema demoliberal se ha llegado a la Luna. ¿Sí? Verdaderamente hay que estar en ella para poder aceptar que la Humanidad ha conocido los avances tecnológicos, el progreso en suma, sólo como consecuencia del sistema demoliberal. ¡Un poco de formalidad!

Ginéz de Buitrago (Luis Carrero Blanco)

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