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Se da la circunstancia de que Lamet está casado con una actriz de doblaje, María Massip

Juan Miguel Lamet escribe que el doblaje ha causado que el público español «esté secuestrado» por el cine americano

HECHOS

El 21.05.1995 D. Juan M. Lamet publicó en DIARIO16 la tribuna ‘Misterioso síndrome de Estocolmo’.

Misterioso síndrome de Estocolmo (DIARIO16, 21-05-1995)

Es un principio fue el doblaje, debería comenzar esta historia. El artículo 8 de la Orden Ministerial del 23 de abril de 1941, en plena euforia de la autarquía francofalangista, disponía taxativamente: “Queda prohibida la proyección cinematográfica en otro idioma que no sea el español, salvo autorización que concederá el Sindicato Nacional del Espectáculo, de acuerdo con el Ministerio de Industria y Comercio y siempre que las películas en cuestión hayan sido previamente dobladas. El doblaje deberá realizarse en estudios españoles que radiquen en territorio nacional y en personal español”.

Ninguna multinacional norteamericana, ninguna mente calenturienta de Wall Street se habría atrevido a soñar con semejante regalo providencial: a partir de aquella fecha sus películas hablarían, obligatoriamente, en un castellano (ni un resquicio para el catalán, el gallego o el vasco) tan perfecto como las del propio país. Nada de subtítulos enojosos, nada de dobles versiones descafeinadas; las mejores voces de una legión de anónimos actores y actrices indígenas se acoplarían como un guante a las inigualadas interpretaciones a las inigualables interpretaciones de las estrellas de Hollywood, posibilitando su difusión en profundidad hasta alcanzar el último rincón de la geografía patria. ¡Qué magna obra cultural, qué visión clarividente de futuro, qué ambiciosa y sutil cruzada xenófoba, qué estropicio sin arreglo organizaron los muy cretinos!

No tengo nada contra el doblaje porque todo en cine es mixtificación. Prefiero, eso sí, una buena versión original a una mal e incluso a un correcto doblaje; pero creo, también, que un buen doblaje es mejor que una mala versión original. Salvando su origen espúreo, me parece que el doblaje ha llegado a ser entre nosotros un arte noble servido por una técnica impecable (aunque últimamente deje bastante que desear) que propicia el acceso al cine de las capas menos favorecidas de la sociedad.

Pero el doblaje, hay que reconocerlo, está asimismo en la raíz de los problemas endémicos del cine español al facilitar la competencia desleal de su principal adversario, el cine norteamericano, y servirlo en bandeja a quienes, por pereza mental, prefieren la cultura masticada y deglutida.

Es obvio que lo ideal sería que ambas versiones, la original y la doblada, se exhibiesen de manera simultánea para que cada espectador pudiese elegir la que fuese más de su agrado.

De esta forma, unas veces por gusto personal, otras por afán de aprender y otras por simple esnobismo el público, sobre todo el más joven, iría desembarazándose de esta dictadura que empezó, como todas, vía imposición irracional, se convirtió con el tiempo en hábito social inocuo en apariencia y ha terminado desenmascarando su verdadero talante de ley del embudo del mercado cinematográfico, trágala comercial intolerable e incluso bandera de fariseas huelgas en pretendida defensa de la libertad del espectador. “¡Van a obligarnos a ver las películas en versión original!”, gritaban los cucos mercaderes durante su sonado ‘lock out’ de diciembre de 1993.

Cincuenta y cuatro años de doblaje son muchos años; tantos que ya es difícil distinguir los árboles, y voces en principio bienintencionadas suelen argumentar con cifras en la mano que el cine norteamericano (casi un 80 por 100 si se suman las películas del Reino Unido) es el predilecto, y con mucho, del público español. Sin embargo admitir este dislate estadístico sería tanto como concluir que a los españoles de la posguerra, por su consumo masivo, les encantaban las lentejas con piedras y el pan de maíz.

Cuando no hay dónde elegir, ¿cómo hablar de preferencias? El público consume lo que más tiene a la vista, películas norteamericanas, partidos de fútbol nacional o plátanos de Canarias. Porque, ¿qué otras películas o partidos de fútbol o plátanos hay?

Otra cosa es que a la larga (y cincuenta y cuatro años han dado mucho de sí) el público español, secuestrado en su propio mercado y sin posibilidad de establecer comparaciones, haya terminado siendo víctima de una especie de síndrome de Estocolmo que le fuerza no sólo a ser comprensivo con los defectos y abusos de quienes tienen embargada su libertad de elección, sino, incluso, a admirar sin ambages a sus sayones. Vaya un botón como muestra. ¿Ha comentado usted alguna vez que la película que acaba de ver es una mamarracha norteamericana o, por el contrario, ha silenciado misteriosamente su nacionalidad? ¿Es que no las hay por docenas? ¿Es que no está usted hasta la coronilla de juramentos imparciales, de policías corruptos, de políticos venales, de ‘stalloones’ invencibles, de militares paranoicos, de esforzados granjeros, de subnormales inteligentes, de simpáticos y pulquérrimos negros, de toda esta ‘troupe’ de personajes que usted jamás ha visto por la calle?

Si su respuesta es negativa, desengáñese, amigo, está usted secuestrado.

Juan M. Lamet

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