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Críticas a los planteamientos del filósofo desde el catalanismo en LA VANGUARDIA y el mismo EL PAÍS

Julián Marías (EL PAÍS) critica que la nueva Constitución de España denomine como ‘nacionalidades’ a Catalunya y el País Vasco

HECHOS

El 15 de enero 1978 D. Julián Marías accionista y miembro del consejo de Administración del Grupo PRISA (editora de EL PAÍS) analizó en un artículo el debate sobre el término ‘nacionalidad’ para Cataluña y el País Vasco en la Constitución.

La utilización del término ‘nacionalidades’ en el texto de la Constitución Española provoca un debate entre el consejero de PRISA, D. Julián Marías Aguilera y columnistas catalanistas en los periódicos El País y La Vanguardia.

JULIÁN MARÍAS PROTESTA PORQUE UCD RECHAZE SUS EMIENDAS ANTES DE PRESENTARLAS

Como senador por designación real, D. Julián Marías aseguró que UCD le había anunciado que votaría en contra a toda enmienda que presentara sobre la Constitución.

Los argumentos de D. Julián Marías fueron replicados en prensa por figuras como D. Josep Meliá, D. Miquel Coll i Alentorn o D. Xabiert Rupert de Ventos

15 Enero 1978

Nación y Nacionalidades

Julián Marías

España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de esta palabra; ha sido la creadora de esta nueva forma de comunidad humana y de estructura política, hace un poco más de quinientos años -si se quiere dar una fecha representativa, sería 1474- Antes no había habido naciones: ni en la Antigüedad, ni en la Edad Media habían existido; ni fuera de Europa. Ciudades, imperios, reinos, condados, señoríos, califatos; naciones, no. Poco después de que España llegara a serlo, lo fueron Portugal, Francia, Inglaterra; con España, la primera «promoción»; más adelante, Holanda, Suecia, Prusia;. en un sentido peculiar, Austria, y desde fines del siglo XVII empieza a germinar algo así como una nación dentro de Rusia. Italia y Alemania no llegan a ser naciones hasta hace un siglo (aunque se sentían ya así, social si no políticamente, mucho antes, y verdaderamente lo eran).Políticamente, las expresiones «Monarquía española» y «Nación española» han precedido largamente a «España». El Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias (1611), da esta definición: «NACION. Del nombre latino natio, is, vale reyno o provincia estendida, como la nación española.» Ricardo de la Cierva, en un artículo impecable, acaba de recordar lo que ha sido siempre, cuantitativamente incluso, el uso constitucional de las expresiones «Nación» y «Nación española».

Hasta hace unos días, el anteproyecto de Constitución recién elaborado arroja por la borda, sin pestañear, la denominación cinco veces centenaria de nuestro país. Me pregunto hasta dónde puede llegar la soberbia -o la inconsciencia- de un pequeño grupo de hombres, que se atreven, por sí y ante sí, a romper la tradición política y el uso lingüistico de su pueblo, mantenido durante generaciones y generaciones, a través de diversos regímenes y formas de gobierno.

En la época en que el nombre «nación» se usa abusivamente -Naciones Unidas- por todos los países que son o se creen soberanos, desde los más grandes hasta los que apenas se encuentran en el mapa, con estructuras sociales y políticas que nada tienen que ver con la de la nación, resulta que la más vieja nación del mundo parece dispuesta a dejar de llamarse -y entenderse- así. El anteproyecto recurre a cualquier arbitrio imaginable con tal de escamotear el nombre «Nación»: «sociedad», «pueblo», «pueblos» y, sobre todo, «Estado español» -la denominación que puso en circulación el franquismo por no saber bien cómo llamarse, que ha ocupado tantos años los membretes de los impresos oficiales- Pero ocurre que estos conceptos no son sinónimos; y usarlos como si lo fueran significa una falta de claridad sobre las realidades colectivas, disculpable en la mayoría de los hombres, pero no en los autores de una Constitución.

Ahora que la Iglesia -sabiamente- ha añadido a los pecados de pensamiento, palabra y obra los de omisión, la de la palabra Nación en el texto constitucional propuesto resulta difícilmente perdonable. En él, en efecto, nunca se dice que España es una nación, lo cual equivale a decir que España no es una nación, ya que en ese texto era necesario decirlo. Me gustaría computar -en caliente, directamente- lo que de ello piensan los españoles, si se dan cuenta de lo que se intenta hacer con su país, es decir, con ellos (y con sus descendientes).

Pero no es esto sólo. La idea nacional se cuela en el anteproyecto, como de pasada, en el artículo dos, que dice así: «La Constitución se fundamenta en la unidad de España y la solidaridad entre sus pueblos y reconoce el derecho a autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.» Yo no sé qué quiere decir que la Constitución «se fundamenta en la unidad de España»; entendería que la reconozca o la afirme o la proclame; pero esto no es demasiado grave. Sí lo es que el texto diga que integran España «nacionalidades y regiones». Explicaré por qué me parece así.

Esta Constitución, tan enemiga de toda « discriminación », la practica aquí en las más serias cuestiones. Según ella, hay en España dos realidades distintas, a saber, «nacionalidades» y «regiones». En una Constitución, habría que decir cuáles son -y me gustaría saber quién se atreve a hacerlo, y con qué autoridad-. Pero lo más importante es que no hay nacionalidades -ni en España ni en parte alguna-, porque «nacionalidad» no es el nombre de ninguna unidad social ni política, sino un nombre abstracto, que significa una propiedad, afección o condición. El Diccionario de Autoridades (1734) dice: «NACIONALIDAD. Afección particular de alguna nación,. o propiedad de ella.» Y la última edición (1970) del Diccionario de la Academia la define así: «Condición y carácter peculiar de los pueblos e individuos de una nación. 2. Estado propio de la persona nacida o naturalizada en una nación. »

Es decir, España no es una «nacionalidad», sino una nación. Los españoles tenemos «nacionalidad española»; existe la «nación España», pero no la «nacionalidad España» -ni ninguna otra-. Con la palabra «nacionalidad», en el uso de algunos políticos y periodistas en los últimos cuatro o cinco años, se quiere designar algo así como una «subnación»; pero esto no lo ha significado nunca esa palabra en nuestra lengua. El artículo del anteproyecto no sólo viola la realidad, sino el uso lingüístico.

Algunos defensores de esa acepción espúrea de la palabra «nacionalidad» invocan el precedente del famoso libro Las nacionalidades, publicado hace poco más de un siglo por D. Francisco Pi y Margall, catalán, republicano federal, uno de los presidentes del poder ejecutivo de la efímera I República Española (febrero de 1873 a enero de 1874). Ahora bien, al invocar ese libro demuestran no haberlo leído. Porque Pi y Margall no llamó nunca «nacionalidades» a ningún tipo de unidades político-sociales, ya que sabía muy bien la lengua española en que escribía -en que escribió tan copiosamente- Las «nacionalidades» de que habla son, no Francia, España, Alemania, Suiza o Estados Unidos, sino la nacionalidad francesa, la española, la alemana, la suiza, la norteamericana, etcétera. Usa la expresión en el sentido en que -todo el siglo XIX habló del «principio de las nacionalidades». A las naciones, Pi y Margall las llamaba «naciones»; y a lo que solemos llamar «regiones», casi siempre las denominaba con la vieja palabra romana, de amplísima significación, «provincias». Lo que pasa es que resulta más cómodo leer títulos que libros, y los antiguos, ni siquiera solían tener las socorridas solapas que tantas veces simulan un conocimiento inexistente.

Al hablar -con entusiasmo- del principio federalista, que Pi y Margall pretendía aplicar a todos los niveles, desde el municipio hasta Europa, escribe, por ejemplo:

«Yerra el que crea que por esto se hayan de disolver las actuales naciones. ¿Qué había de importar que aquí, en España, recobraran su autonomía Cataluña, Aragón, Valencia y Murcia, las dos Andalucías, Extremadura, Galicia, León, Asturias, las Provincias Vascongadas, Navarra, las dos Castillas, las islas Canarias, las de Cuba y Puerto-Rico, si entonces como ahora había de unirlas un poder central, armado de la fuerza necesaria para defender contra propios y extraños la integridad del territorio, sostener el orden cuando no bastasen a tanto los nuevos Estados, decidir las cuestiones que entre éstos surgiesen y garantizar la libertad de los individuos? La ración continuaría siendo la misma. Y ¿qué ventajas no resultarían del cambio? Libre el poder central de toda intervención en la vida interior de las provincias y los municipios, podría seguir más atentamente la política de los demás pueblos y desarrollar con más acierto la propia, sentir mejor la nación y darle mejores condiciones de vida, organizar con más economía los servicios y desarrollar los grandes intereses de la navegación y el comercio; libres por su parte las provincias de la sombra y tutela del Estado, procurarían el rápido desenvolvimiento de todos sus gérmenes de prosperidad y de riqueza: la agricultura, la industria, el cambio, la propiedad, el trabajo, la enseñanza, la moralidad, la justicia. En las naciones federalmente constituidas, la ciudad es tan libre dentro de la provincia como la provincia dentro del cuerpo general de la República.»

Pi y Margall extiende la misma Consideración a otras nacion es: «Otro tanto sucedería en Francia si se devolviese a sus provincias la vida de que disfrutaron, y en Italia, si se declarase autónomos sus antiguos reinos y repúblicas, y en la misma Inglaterra, si lo fuesen Escocia e Irlanda… Inglaterra, Italia y Francia seguirían siendo las naciones de ahora.» Pi y Margall habla constantemente de «grandes naciones» y «pequeñas naciones»: ni a unas ni a otras se le pasa por la cabeza llamar «nacionalidades». Y el libro III de Las nacionalidades se titula La Nación española.

¿De dónde viene entonces este uso caprichoso e inaceptable de la palabra «nacionalidad»? Es, simplemente, un anglicismo, de los que tanto gustan los que no tienen mucha familiaridad con la lengua inglesa. Si no me equivoco, procede de John Stuart Mill, que en su tratado sobre Representative Government (1861) usó la palabra nationality en su recta significación y, además, de manera imprecisa, como designación de una comunidad. Mill habla de feeling of nationality (sentimiento de nacionalidad), French nationality (nacionalidad francesa), etcétera. Pero también dice, por ejemplo-, «A portion of mankind may be said to constitute a Nationality if they are united among themselves by common sympathies which do not exist between them and any others, etcétera.» («Puede decirse que constituye una Nacionalidad una porción de humanidad si están unidos entre sí por simpatías comunes que no existen entre ellos y otros cualesquiera, etcétera.»).

Por esta vía -una teoría política inglesa de mediados del siglo XIX- ha entrado en nuestra lengua una moda recentísima, imprecisa, que aparece con alguna frecuencia en nuestros periódicos y en los discursos de algunos políticos que acaso no saben muy bien de qué hablan. Parece demasiado que tan livianos motivos determinen la Constitución de la Nación española, introduzcan una arbitraria desigualdad entre sus miembros y pongan en pelígro la articulación inteligente y fecunda de un sistema de autonomías eficaces, fundadas en la realidad, no en oscuros rencores o en la confusión mental.

Julián Marías

28 Enero 1978

Comentario a Julián Marías. Algunas puntualizaciones

Miquel Coll i Alentorn

El artículo de don Julián Marías titulado ‘nación y nacionalidades’ me ha suscitado varias reflexiones de signo diverso. Mientras me siento concordante con alguna de sus afirmaciones, no tengo más remedio que discrepar de casi todas las demás. Sin ánimo de dar lecciones a nadie, sabiendo que hay muchas cosas perfectamente opinables y que los vocablos evolucionan con el tiempo y van adquiriendo nuevos significados o matices distintos de los originales, me voy a permitir algunas puntualizaciones a diferentes pasajes de lo que ha escrito el señor Marías.

Empieza dicho artículo con la rotunda afirmación de que España ha sido la primera nación que ha existido, en el sentido moderno de la palabra. Como no nos dice en qué consiste este sentido moderno de nación, se hace tal difícil aceptar su tesis como contradecirla. Algo que añade a continuación puede ayudarnos a comprender su pensamiento: Nos dal a fecha en que aparece tan extraordinario fenómeno, y es, según él, la de 1474. ¿Qué sucedió de especial en ese año en relación al tema que nos ocupa? Que yo sepa, no ocurrió nada más que la muerte de Enrique VI de Castilla y, en consecuencia, el acceso al trono de este país de la princesa Isabel, casada desde 1469 con el infante Fernando, hijo de Juan II de Aragón. El hecho, pues, no tiene para nuestro objeto una especial relevancia. Es la fecha de 1479, la de la muerte de Juan II, la que puede tener más interés. En tal año y como consecuencia de ese fallecimiento, se produjo la unión matrimonial de los países de la Corona de Castilla con los de la Corona catalano-aragonesa. Y parece que, de las tres fechas que acabamos de indicar – 1469, 147 y 1479 – la única que, para lo que estamos comentando, tiene importancia (no decisiva, ni de nacimiento de una España nación) es esta última.

Pero es preciso ver qué sucedió a consecuencia del acontecimiento de 1479, porque casi nunca los manuales de historia de Espapña al uso nos precisa lo que realmente se produjo. En pura verdad, los dos Estados siguieron separados, con instituciones totalmente distintas, sin nada en común más que la Inquisición castellana, introducida en los Estados patrimoniales de Fernando por el empecinamiento de su esposa en 1484-1487 con toda su secuela de sangre, lágrimas y abominaciones. Y que la fecha de 1479 no fue decisiva y representó sólo una unión matrimonial queda evidenciado por lo que aconteció al fallecimiento de la reina Isabel (1504). Fernando, había sido designado por su esposa gobernador y administrador de Castilla, pero la ambición de su yerno Felipe el Hermoso, y el recelo y la ingratitud de los magnates y los pueblos castellanos le obligaron a retirarse a mediados de 1506 a sus Estados catalano-aragoneses, y, según cuenta Rodríguez Villa, ‘fue despedido de Castilla tan descortés y villanamente, que en algunos pueblos por donde pasaba le cerraban las puertas no permitiéndole la entrada en ellos’.

Vuelto a Cataluña, Fernando el Católico contrajo nuevas nupcias en 1506 con su sobrina Germana de Foix de la que tuvo en 1509 un hijo, de nombre Juan, que, de no morir a poco de nacer, habría sido sucesor en sus Estados patrimoniales, mientras los sucesores de Felipe el Hermoso (que nunca fue rey del a Corona catalano-aragonesa) y de Juana la loca lo hubieran sido sólo en la Corona de Castilla.

La muerte de Felipe el Hermoso en sepiembre de 1506 y la enfermedad mentral de su esposa obligaron al rey Fernando a volver a hacerse cargo en 1507 de la administración de Castilla y a seguir ejerciéndola hasta su muerte en 1516. Y es digno de nota que, después del fallecimiento de la reina Isabel, cuando Fernando tuvo que nombrar inquisidor general no lo designó para todos los reinos, sino uno para los de la Corona de Castilla y otro para los de la catalano-aragonesa, que fue un natural del país, fra Joan d- Enguera, obispo de Lérida.

Es sólo en 1516 cuando se produce la unión personal y permanente de las dos Coronas, que ostentará Carlos de Gante, pero su ausencia y su juventud habían dado lugar a la designación de una regencia por parte de su abuelo don Fernando. Pues bien, es preciso subrayar que el regente no fue uno, sino dos: el cardenal Cisneros para la Corona de Castilla, y Alfonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza e hijo natural del Católico para la catalano-aragonesa. Ni que decir tiene que la unión personal no representó mayor fusión que la matrimonial: las dos Coronas siguieron con sus instituciones propias y separadas, y hasta sus aduanas controlaban las mercancias que atravesaban sus fronteras comunes como lo hacían en las fronteras comunes como lo hacían en las fronteras con Estados terceros. Por otra parte, es bien sabido que América, Granada y Navarra se resevaron para la Corona de Casilla, a pesar de la participación que en su incorporación tuvieron los naturales de la otra Corona, en lugar de unirlas a esta supuesta España ‘nación’ que, según el señor Marías se había creado en 1474.

Si se creó, los catalanes no llegaron a enterarse, porque, por ejemplo, Cristofer Despuig decía en 1577: «Cert ella es una gentil nació la catalana, valorosa i molt savia; Viladamor escribía en 1585 refiriéndose a Cataluña: «Lo que nostra nació ha menester, les altres nacions diuen nos falta», Jeroni Pujades en 1609, también con referencia a Cataluña exponía: «Així per no ser ingrat a la patria i nació»; en el prologo de la primera edición de las poesías de Vicenç García (1700) se habla de la nació catalana, lo mismo que en los Anales de Feliu de la Penya (1709); hasta que por fin Ferrer i Sitges, en su famoso discurso de 5 de julio de 1714 ante la asamblea del Brazo Militar de Cataluña, pocas semanas antes de la caída de Barcelona, asaltada por los ejércitos de Luis XIV y Felipe V, exclamaba: «Fineixi la nació amb gloria!».

Y por si esto no fuese bastane, podríamos añadir lo que proclamó la Junta de Brazos del Principado ante un grave extralimitación del virrey en 1921, cuando hizo gravar en un edificio de las Atarazanas de Barcelona las armas de Castilla y León: «Nunca lo regne de León ni de Castilla han tingut autoritat de posar armes, sent aquelles molt estranyes a esta terra, i si bé de present dits regnes i est Principat resideixen sota una mateix persona, empero ells son molt diversos i separats».

Y en cuanto a la afirmación del señor Marías de que antes de 1474 no había habido naciones, permítasee recordar la emocionada frase, escritap or nuestro cronista Tomic en 1438, cuando después de narrar la muerte de nuestro Martí el Jove apenas, ganda la batalla de Sant Luri añadía: «De que la victoria torna en plor e gran dol; e no sens raó, car en aquell jorn se perdé la honor e prosperitat de la nació catalana».

Pero es preciso hacer notar que ya en la exclamación de Ferrer i Sitges se introducía una matización en el cocnepto anterior de nación. Es evidente que para aquel patriota lo que estaba en peligro de extinción en juli de 1714, no era el pueblo de Cataluña, sino sus instituciones. Nos encontramos pues con un principio de confusión entre nación y Estado, que luego será moneda corriente. Esta misma confusión, y originada quizá en la frase de Ferrer, dará lugar al título de un importante estudio de Sanpere i Miquel sobre la guerra de Sucesión: Fin de la nación catalana. Éste título, correspondiente a una publicación de 1905, a en una fase avanzada del movimiento de recuperación de la conciencia colectiva de Cataluña, no podía significar nada más que el fin del Estado catalán, o sea de las instituciones tradicionales del Principado de Cataluña.

Miquel Coll i Alentorn

31 Enero 1978

Julián María y el concepto de nación

Josep Meliá

El artículo de Julián Marías sobre Nación y «nacionalidades» (véase EL PAÍS de 15-1-78) tiene brillantez. Toca un tema que está a flor de piel y ha obtenido un resonante éxito periodístico. Su destino, sin embargo, no es digno de un filósofo. Porque confundirá las cosas en lugar de ayudar a clarificarlas. Quienes sin encomendarse a Dios ni al diablo han dado por buena la erudición del señor Marías son los primeros que tienen derecho a quejarse. Vaya por delante que a mi me parece que toda la obstinación a la hora de defender la existencia de una única nación española me parece querer poblar el país de fantasmas y de lóbregos temores. Opinión por opinión, cada quien tiene derecho a la suya. Respeto la del señor Marías. Pienso, de todos modos, que tendríamos derecho a exigirle que delimitara el terreno de sus ideas personales de los categóricos juicios históricos en los que trata de fundamentarlas.

Marías dedica toda su artillería a destruir el concepto de «nacionalidades». Que quede claro, de todos modos, que su objetivo no es descalificar un concepto inadecuado para darle un sustitutivo correcto. En este caso Marías tendría que decir que no se debe llamar «nacionalidades» a Cataluña o a Euskadi, sino «naciones». Esto sería lo correcto para alguien que invoca la historia y el uso lingüístico. Pero a Marías no le importa distinguir entre «el fenómeno político del Estado y el fenómeno étnico de la nación» (Akzin). Y entonces es cuando equivoca el camino. Porque si, como ciudadano dedicado a la política, tiene derecho -como Licinio de la Fuente- a mantener que no hay más nación que la española, como autoridad en materia histórica y lingüística no tiene derecho a cometer simplificaciones que van contra la verdad.

El señor Marías, por ejemplo, se escandaliza de que el término «nacionalidades» se haya introducido «en nuestra lengua (como) una moda recentísima, imprecisa, que aparece con alguna frecuencia en los periódicos». Podría añadir, a continuación, que el libro de Stuart Mill que cita ya fue traducido al castellano antes de que comenzara este siglo. Pero hay más. Porque si por un lado su lectura de Pi y Margall deja mucho que desear -al fin y a la postre Pi parte de una concepción voluntarista y habla del «libbre consentimiento, que lo mismo sirve para la constitución que para la reconstitución de las nacionalidades»-, puesto que le pide a nuestro insigne federalista que defina desde fuera realidades territoriales que él quería conformar desde la conciencia de identidad de cada pueblo; por otro, parece concebir el idioma castellano como un castillo roquero que pudiera vivir al margen de los fenómenos políticos que puedan sucederse sobre territorio español. Voy a poner un ejemplo.

Este: el libro de Prat de la Riba La nacionalitat catalana se publicó en 1906. Es decir, hace más de setenta años. No se trata, pues, de una moda tan reciente. Y no se me diga que este libro estaba escrito en catalán. Porque en 1917 Royo Villanova lo tradujo -con el mismo título- al castellano y se publicó en Valladolid, la ciudad natal del señor Marías. Entonces nuestro filósofo todavía no había cumplido los tres años. De haber tenido un mínimo interés habría podido familiarizarse con la expresión desde el mismo momento en que comenzó a hablar.

Desde entonces ha llovido mucho, y el que un término no le guste a Marías no le da derecho a ignorarlo o achacarle un origen bastardo y advenedizo. A mí tampoco me hace muy feliz, que conste. Pero los hechos son los hechos. Creo, por otra parte, que aunque el libro de Carretero (México, 1948) Las nacionalidades españolas pueda ser discutible cuando se hacen juicios tan categóricos merecería haber side recordado.

Erudición inútil

Pero volvamos a Pi y Margall y a su contexto histórico. Marías desempolva una cita de Stuart Mill de 1861. Es un ejercicio gratuito de erudición inútil. Porque, evidentemente, Stuart Mill no inventó la expresión «nacionalidad» en el sentido que ahora le damos. Sin ir más lejos, según cuenta Robert Lafont en Sur la France, Cavour la usó con idéntico sentido en su discurso ante la Cámara piamontesa del 28 de mayo de 1860. Y si leemos un manual como el libro de G. Weil. La Europa del siglo. XIX y la idea de nacionalidad, veremos que hay testimonios muy anteriores. Yo creo que el señor Marías tenía el deber, hacia sus lectores, de no pasar por alto estas cuestiones. Así, por ejemplo, nos podría decir que la palabra aparece en inglés en el Diccionario Murray, en 1691, y que en Alemania se introduce en la tercera mitad del siglo XVIII. Entonces, curiosa mente, Jahn la combate, como Marías ahora, por creer que es un galicismo. Bueno, ya hemos visto que Marías insinúa que es un anglicismo lo que en el mejor de los casos sería un catalanismo Jahn antepone a la nacionalidad el término «Volksturn», derivado de «Volk» (Pueblo). Y dice Weil: «No obstante los esfuerzos de Jahn, la palabra «Nacionalitát» se abre camino en Alemania al lado de «Volkstum»; ya emplea da por Navalis en 1798, por Guillermo de Humboldt y Goerres, reaparece frecuentemente en las lecciones de Federico Schlegel, en los discursos de Ficlite. De este modo ha adquirido el derecho de ciudadanía antes de 1815.» Ya ve quiénes son, verdaderamente, los que acuñaron el concepto. Poetas y filósofos. No juristas. Y en todos ellos el término tenía por lo menos los dos sentidos que Marías reconoce en la extravagante cita de Stuart Mill. Así, en 1866 Buchez, al consagrar la expresión en francés, la define en estos términos plenamente actuales: «Cuando pronuncié por vez primera la palabra nacionalidad creí inventarla… le daba un significado nuevo que todavía le mantengo, pero hoy en día con total autoridad, ya que la palabra ha hecho fortuna en su nuevo sentido… Quiere decir no sólo la nación, sino también alguna cosa más en virtud de la cual una nación subsiste incluso cuando ha perdido su autonomía.»

Nacionalidad-Nación

A pesar de todo lo anterior el señor Marías, como un servidor, tiene perfecto derecho a que no le gusten las «nacionalidades». ¿Por qué no habla entonces de «naciones»? La explicación es muy sencilla. Al señor Marías no le gusta el «uso lingüístico clásico», a pesar de que lo invoque para confundir a los ingenuos. Y voy a tratar de demostrarlo. En uno de sus libros, el señor Marías dice que «Cataluña no ha sido nunca una nación». Si con ello quiere decir que nunca ha sido un Estado puede que tenga razón, aunque un historiador tan competente como el catedrático francés Pierre Vilar diga que entre 1250 y 1350 Cataluña fue el primer ejemplo europeo de Estado-nación. ¿Pero cómo podría explicarme el señor Marías que a pesar de carecer Cataluña de entidad política propia -y ser tan sólo un pueblo con señas de identidad propias dentro de la Corona de Aragón-, los propios -catalanes se consideraran a sí mismos una nación y este mismo tratamiento les dieran los castellanos? Y ello, por supuesto, antes y después de los Reyes Católicos. Tengo docenas de citas para acreditarlo, de las que prescindo en aras de no extenderme demasiado. Citaré tan sólo una que precisa extraordinariamente los términos. Es el texto de las Cortes de Tortosa (1411) que alude a la enemistad de los genoveses hacia «la Corona de Aragón y los naturales de aquélla y sobre todo la nación catalana». ¿Puede decirnos el señor Marías cuándo desapareció aquella nación tan reiteradamente documentada por la historia y que carecía, pese a todo, de entidad política? Pero es que ni siquiera desde la lengua castellana cabe involucrar «no sólo la realidad, sino el uso lingüístico» para descalificar las «nacionalidades» y no colocar en su lugar el concepto de «nación». Porque, ¿es o no verdad, señor Marías, que Pero López de Ayala, en su Rimado de palacio, escrito hacia 1400, habla de las principales naciones de Europa y se refiere a los catalanes, los lombardos, los escoceses? ¿Es o no cierto que Baltasar de Romaní, en el siglo XVI, comenta las obras de Osias Marco, cavallero valenciano de nación catalana? ¿Y es o no cierto, en fin, que un conocedor del idioma como Azorín escribió el párrafo.que transcribo como cierre de este ya largo artículo? Este es el texto de Azorín: «No se puede confundir e identificar el Estado y la nación. En España hay un Estado y varias naciones. De «naciones» han hablado siempre los escritores clásicos: Lope, Gracián, Cervantes -al referirse a catalanes, vascos, castellanos, gallegos, etcétera-. A la «nación catalana», así, expresamente dicho, muestra su simpatía Gracián.» ¿Dónde está entonces el verdadero uso lingüístico?

Josep Meliá

31 Enero 1978

En torno a la filosofía nacional de Julián Marías

Xabiert Rupert de Ventos

A la mentalidad totalitaria le gusta que las cosas – las más de las cosas – coincidan: Estado, Patria, Nación, y, si es posible, también Partido, Religión, Raza e Historia. A la mentalidad libertal le ocurre todo lo contrario. El liberal piensa que la libertad efectiva – no la que se proclama o decreta – sólo puede surgir en la diversidad de las Verdades y del relativo desajuste entre las instituciones que las encarnan.

El talante totalitario aspira siempre a un Estado que capture y subsuma sin residuos la realidad social del país: que sea, como quería Hegel ‘la realización perfecta del Derecho y la moral’. Un Estado debería, pues, incluirlo todo: los cuerpos y las almas, la gestión y la crítica, la administración y la política. El liberal, en cambio, cree que una sociedad ágil y libre sólo puede sostenerse sobre la base de no confundir la administración y los movimientos populares, el control del gobierno y la creatividad de las fuerzas sociales, la estructura burocrática del Estado y la realidad histórica y cultural de las naciones. El liberal piensa incluso que el desfase entre la realidad social y su asimilación institucional no sólo es inevitable, sino también deseable: deseable que la dinámica social nucna se vea agotada por el marco jurídico que le da carta de naturaleza oficial; que la transformación y progreso social no pasen sólo por la oposición del Estado, sino por la oposición al Estado.

Estas perdades de perogrullo vienen a cuento de la irritación que a Julián Marías le ha producido el uso caprichoso e inaceptable de lap alabra ‘nacional’ que se hace en el artículo segundo del anteproyecto de la Constitución: el artículo donde se reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones de España. En él, piensa Marías, «no sólo se viola la realidad, sino el uso lingüístico. ¡Nada menos que una violación ontológica y semántica! ¡Un atentado a la vez al Ser y al Verbo! La atrocidad es de una envergadura que merece sin duda que la analicemos por partes.

La violación semántica

¿Qué querrá decir, en primer lugar eso de un uso caprichoso e inaceptable de la palabra ‘nacionalidad’? Como sin duda sabe Julián Marías, el sentido de las palabras no está escrito en el cielo ni en la tierra, sino que surge del uso mismo que de dellas se va haciendo. A los liberales, claro está, no les inquieta en absoluto el que las palabras vayan tomando la pátina de quien las utiliza. Piensa, por el contrario, que a ello se debe la infinita riqueza del lenguaje. ¿No supuso acaso un enriquecimiento del castellano el ‘uso caprichoso e inaceptable’ que hicieron los andaluces al término ‘huelga’ y que dio origen a la palabra ‘juerga’?

Pero a Marías – tan sensible de costumbre a la dimensión histórica y vital de las cosas – sí parece irritarle ne este caso. Y lo que se le antoja ya intolerable es la utilización de un término que, como nacionalidad, ‘no es el nombre de ninguna unidad social o política, sino un nombre abstracto que significa una propeidad, afección o condición». ¿Pero desde cuándo el sentido de las palabras ha sido algo conreto y singular?

No es extraño, ciertamente, que esta dimensión ideal o abstracta del  lenguaje inquiete a quienes quisieran a la palabras atadas y bien atadas a la realidad establecida, a quienes les molestan lasp alabras que pueden sugerir realidades alternativas y que sueñan en un lenguaje en el que el sentido de las palabras fuera tan ‘sentido único’ como el de las calles o de la Información oficial. A los liberales, en cambio, les complace especialmente estas palabras que, como ‘sociedad’ o ‘nacionalidad’ no esconden el ser ‘meras propiedades, afecciones o condiciones’ y en todo caso las prefeiren a otras que, como ‘Nación’ o ‘Estado’ parecen sugerir – y obviamente pretenden consolidar – una supuesta impuesta realidad sustancial.

Esta disgresión lingüística sólo era necesaria para mostrar que la argumentación de Maráis nada tiene de neutral o filosófica: que no es sólo tendenciosa, sino, además, inconsistente. De hecho las consideraciones semánticas de Marías sólo sirven para dar tono académico a sus particulares opciones u opiniones – e impresionar así al personal – Pero las verdaderas cuestiones terminológicas -como aprendío Alicia en el País de las Maravillas – son cuestiones de Poder. ¿Por qué no dejarse pues, de discgresiones lingüísticas y habalr de lo que en verdad ocurre?

Y lo que ocurre no puede ser más claro ni sencillo: se habla de nacionalidades y no de naciones porque aquel es un término menos rotundo, que hiere menos susceptibilidades, y con más posibilidad de ‘pasar’. En otras palabras (y aunque, por lo que apunté, éste no sea mi caso) se dice nacionalidad porque no se peude decir ‘nación vasca o catalana’. Acusar, desde Madrid, de la imprecisión del término, es como el censor que, luego de haber ‘depurado’ el texto que se le presenta, dice que la obra es demasiado elusiva y criptica; o como el profesor que exige a sus estudiantes que hablen en voz baja y luego les acusa de no oír bien lo que dicen.

Por lo demás nada tiene la palabra nacionalidad de vago e impreciso: en ella se esconde toda una realidad diferencial, disidente y reticente, que el Estado no ha podido todavía abolir ni elevar a la dignidad de Instittución Burocrática. «Entre la utopía de la libertad y la realidad del poder – escribía S. Paniker, imagino que pensando en Marías – sólo cabe ensanchar el campo del pluralismo. ¿Puede la utopía de la democracia proseguirse (perseguirse) indefinidamente? He aquí algo más que un rompecabezas procedente del mal uso del lenguaje».

La violación ontológica

Hemos visto la violación lingüística que suponía el uso del término nacionalidades. Pero es que se trata también de una violación de la realidad. ¿Cuál será esta realidad que, movidos según Marías por oscuros rencores y por la confusión mental se pretende ahora violar? Como ha apuntado muy bien Maurici Serrahima, al hablar de nacionalidades nada se viola a no ser que, con Marías ‘se haya querido dar a la palabra ‘nación’ como los jacobinos hace un par de siglos, un sentido que le equipara a la palabra Estado.

Esta es, pues, la realidad vioalda: El Estado-Nación soberano. Pero Marías es el primero en reconocer que esta Nación es una estructura política moderna que, como no existió antes del siglo XV, pensamos nosotros, que podría dejar de existir desde el XX. ¿A qué llamar, pues, violación a lo que podría ser simplemente el reconocimiento de un declive histórico? Si el Estado-Nación es una realidad histórica y contingente, ¿a qué viene tanto escándalo? ¿A qué, luego de violación, hablar de pecado de omisión porque la palabra no aparece en el anteproyecto?

Marías mismo explica sus razones. El Estado-Nación fue una anticipación y una lección que dio España al mundo y ahora resulta que el anteproyecto de Constitución recibén elaborado arroja por la borda, sin pestañear la denominación cinco veces centenaria, la más vieja nación del mundo parece dispeusta a dejar de llamarse – y entenderse – así.

La manera de hacer los honores a nuestra anticipación histórica sería, pues, para Marías sostenerla y no enmendarla. Yo pienso, por el contrario, que estar hoy a la altura de aquella anticipación consiste en ser también los primeros en reconocer su crisis. Cuando las Naciones-Estado europeas parecen haber quedado ‘fuera de escala», es decir, cuando resultan demasiado pequeñas para controlar la economía, defender sus fronteras o representar una fuerza real en el equilibrio mundial de fuerzas, pero suscitar la lealtad y participación efectiva de sus minorias, ¿no consistiría la auténtica anticipación en ser los primeros en plasmar constitucionalmente esta situación?

Emparedados entre los grades bloques de poder político o económico y entre los pequeños núcleos nacionales que se despiertan en su seno, temerosas y a la defensiva, la función de estas naciones se ve cada vez más reducida al celoso y quisquilloso control de sus últimas prerrogativas. Poca justicia se hace a la gran realidad histórica de la Nación-Estado al pretender asimilar a ella sus residuos actuales. Más honor se le hace, pienso yo, con una Constitución que se atreva a levantar acta de su edad y condición.

Xabiert Rupert de Ventos

10 Febrero 1978

La significación de las palabras

Julián Marías

Perdone el lector este artículo, que no debería ser necesario escribir. Siento un poco de vergüenza al tener que recordar que desde Aristóteles es sabido que hay palabras unívocas (con una significación única), equívocas (con significaciones dispares y sin conexión) y, sobre todo, analógicas (con varias significaciones, referidas, a un núcleo semántico común). Palabras unívocas hay muy pocas; supongamos que lo son «hombre» o «perro»; «león» (animal) y «León» (ciudad) son enteramente equívocas; «cabo» (geográfico, del ejército o de vela) es una palabra analógica, de significaciones solamente enlazadas por la referencia a «cabeza» o «extremo». Las voces que se refieren a asuntos humanos, y sobre todo históricos, políticos, sociales, nunca son unívocas. «República» es el gobierno del público, la «cosa pública». «En cada una de las tres formas de República: monarquía, aristocracia y democracia, son diversos los gobiernos», decía Saavedra Fajardo. ¿Es esa la «república» que piden los republicanos? Se les podría responder que ya está establecida, pero no es probable que se contentaran.Diversos autores han escrito artículos para comentar -y condenar- lo que he dicho sobre «nación» y «nacionalidad». La palabra «nación» tiene larguísima historia y una compleja evolución semántica. Se refiere a la noción de «nacimiento». Se dice de alguien que es «ciego de nación» o «tonto de nación». Se llamaban «naciones» en las universidades medievales a los grupos de escolares, según su origen natal. En el Dictionnaire de l’Académie Francaise(1789) puede leerse: «La Faculté des Arts de l’Université de Paris est composée de quatre nations, qui ont chacune leur titre particulier. (L’honorable Nation de France, la fidelle Nation de Picardie. La vénérable Nation de Normandie, & la constante Nation de Germanie.)» En Estados Unidos se llamaba «las seis naciones indias» (the six Indian nations) a los sioux, comanches, etcétera.

No es de extrañar que don Miguel Coll i Alentorn encuentre ejemplos en que se llama «nación» a Cataluña o se habla de «nación catalana». Naturalmente. Pero sabe muy bien que esa palabra se empleaba en un sentido bien distinto del vigente hoy cuando decimos que Francia, Alemania, Italia, España, Suecia son «naciones». Esté sentido se inicia cuando, en el último cuarto del siglo XV, se supera la concepción patrimonial de las monarquías, el feudalismo de los ejércitos nobiliarios, de la administración de justicia, etcétera, y se llega a una concepción nacional de la sociedad y del Estado. En una nación moderna, el gran poeta Ausias March no hubiera podido plantar horca en sus dominios, adminitrar justicia por sí mismo y mandar cortar la mano derecha a un vasallo moro acusado de robo, como cuenta Martín de Riquer en su espléndida Historia de la Literatura Catalana, volumen II. Y cuando de Ausias March se decía que era «caballero Valenciano de nación Catalán», ¿qué significaba? ¿Era una nación Cataluña, otra Valencia, otra Aragón? ¿O era una nación Aragón, quiero decir el Reino de Aragón en su conjunto? En el sentido medieval, cualquiera y todos; en el moderno, ninguno.

El proceso de nacionalización de España, de constitución de una nación española, fue lento e «inexacto», como todo lo humano. La fecha 1474 es aquella en que Fernando e Isabel empezaron a reinar juntos en Castilla, en que un rey aragonés reinó con una reina castellana en el reino mayor, comenzando a realizar el sentido de unidad que ya era antiguo. En la biblioteca del rey Martín el Humano, muerto en 1410, se encontraban las Canoniques del Rey de Castella, Istorias de Castella, Chróniques, Cróniques de Castella, La Segona part de les Croniques d`Espanya, La Terça part de la Gran Crónica d`Espanya, Canónicas de España, La Segona partida de les Cróniques dels Conqueridors d`Espanya. Y en 1462, los catalanes ofrecen la corona del Principado a Enrique IV de Castilla, y los diputados juran «que sia feta perpetual unió e incorporació de aquest Principat ab lo regne de Castella».

En cuanto a «nacionalidad», es claro que es una palabra abstracta, que indica una cualidad o afección; ahora algunos reconocen que con ella quieren decir nación, pero no se atreven, porque temen que esta palabra «no vaya a pasar». Me interesa mucho esta afirmación. Si en el anteproyecto de Constitución se hubiera hablado de «naciones», mi respuesta habría sido política e histórica, no lingüística. Creo que en el siglo XX no hay más que una nación en España, una sola en Francia, una sola en Italia; pero esto se puede discutir, lo que no me parece bien es deslizar el supuesto contrario por la puerta falsa de un uso indebido de la voz «nacionalidad».

También don Josep Meliá ha escrito (en EL PAÍS) sobre mis artículos. No ha sido muy afortunada su intervención. No soy erudito -no soy tampoco erudito-, pero suelo saber de qué hablo. El señor Meliá parece haber descubíerto una mina en el libro de Georges Weill, L`Europe du XIX siecle et l’idée de nationalité (1938). Pero tengo ese libro en mi biblioteca desde 1945, y lleno de señales en lápiz rojo, y lo cité en mi Introducción a la Filosofía, publicada hace 31 años (es decir, que cuando algunos van, vuelvo).

Y resulta que en ese libro se habla de «nacionalidad» en el sentido abstracto, que me parece perfectamente legítimo. Cuando en Alemania se combate el uso de la palabra Nationalität y se la rechaza como galicismo, se la contrapone a Volkstum,como recuerda el señor Meliá; el cual debería saber que Volkstum es una palabra abstracta, la condición de Volk, como su estructura muestra bien a las claras; nadie la contrapone a VoIk (pueblo o nación en raíz germánica). Y Cavour usa siempre la palabra nacionalidad en ese sentido abstracto (nacionalidad francesa, italiana, etcétera) y nunca como denominación de una nación o alguna de sus partes.

Buscar con lupa media docena de textos inoperantes en el uso lingüístico e incluso leídos por muy pocos, como la traducción del libro de Prat de la Riba (cuyo título, La nacionalidad catalana, es por lo demás lingüísticamente inobjetable), y contraponerlos al abrumador uso centenario de los cientos de millones de personas que hablan español, no parece muy discreto. Es posible que esa acepción de «nacionalídad» se introduzca algún día en el uso, pero ese día no ha llegado, y no es la Constitución lugar adecuado para imponerlo aprovechando la distracción de los legisladores.

Por último, leo en LA VANGUARDIA del 31 de enero un artículo de don Xavier Rubert de Ventós, En torno a la filosofía nacional de Julián Marías, del cual tengo que decir una palabra. No sé bien qué es «filosofía nacional», y no sabía que tuviese ninguna. Ni mi filosofía es «nacional», ni mi pensamiento sobre la nación es «filosofía», sino sociología e historia. Poco añade el señor Rubert a lo que ya se había dicho, a no ser su afirmación de que «se dice nacionalidad porque no se puede decir nación vasca o catalana». También es interesante su emparejamiento de «nacionalidad» y «vaca», porque «vaca es un nombre abstracto».

Pero el señor Rubert se permite introducir su artículo con un largo párrafo en que contrapone la «mentalidad totalitaria» a la «mentalidad liberal» y compara al «totalitario» con el «liberal» a lo largo de media columna. Y todo esto, añade, viene a cuento de mis comentarios sobre «nación» y «nacionalidad» en el anteproyecto constitucional.

No me voy a «depurar» ante nadie, y menos ante el señor Rubert. No lo he hecho nunca ante los que tenían mayor entidad y poder que él. Por no aceptar ningún totalitarismo he conocido por dentro las prisiones franquistas -esas de que tanto hablan muchos de oídas – y no he tenido acceso a ningún puesto público, ni siquiera universitario, que tan cómodamente han gozado muchos rebeldes de última hora. He defendido la autonomía de Cataluña, el derecho al uso libre del catalán, la fuerte personalidad histórica, social y cultural de los catalanes, cuando nadie lo hacía, cuando había una censura a la que nunca me doblegué, ya que publiqué fuera de España todo lo que era prohibido en ella, sin tener en cuenta los inconvenientes y peligros que ello acarreaba. Durante unos veinte años, si no el único liberal, creo que he sido el único liberal en ejercicio, que lo era activa y públicamente. Y voy a seguir siéndolo, guste o no. Se comprenderá que una imputación de «totalitarismo» sólo puede inspirarme un desprecio sin límites.

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