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José Manuel Díaz Quintanilla, que había ocupado el cargo de CEO hasta entonces, abandona la compañía

Julio Ariza nombra a Alfredo Dagnino nuevo Consejero Delegado del Grupo Intereconomía delegando en él funciones ejecutivas

HECHOS

El 10.10.2011 el Grupo Intereconomía informó del nombramiento de D. Alfredo Dagnino como Consejero Delegado de la compañía.

El Sr. Dagnino -que fuera presidente de la Fundación San Pablo CEU- era hasta este momento presidente de la Fundación Intereconomía desde febrero de este año, así como miembro del Consejo Editorial del Grupo Intereconomía y del diario LA GACETA desde 2010.

04 Noviembre 2013

La era dañina y los mercaderes del templo

Enrique de Diego

Del libro 'Dando Caña'

El 10 de noviembre de 2011, los trabajadores de Intereconomía fuimos abrumados con el comunicado interno del Grupo informándonos del nombramiento de Alfredo Dagnino como consejero-delegado. El correo electrónico general, remitido desde márketing, era un homenaje a la vanidad irrestricta.

Se trataba de cuatro páginas de curriculum, con cuerpo bajo, y líneas sin espacio, que para periodistas, formados en la capacidad de síntesis, era un ejercicio que rayaba en el insulto a la inteligencia. Cualquier minucia del ególatra era allí reflejada para tormento de quien osara intentar leer aquella montaña de cascotes. El curriculum se podía, sin embargo, resumir con facilidad: letrado del Consejo de Estado, expresidente de la Asociación Católica de Propagandistas y exabogado del despacho del exministro de Justicia, José María Michavila, uno de los focos de lo que comúnmente se conoce como tráfico de influencias en el ámbito del PP. No era un historial muy presentable y por eso, quizás, aquella selva de letras abigarradas.

Pocos días después, de nuevo el correo vomitó un comunicado interno, en el que se desgranaba el organigrama que el nuevo consejero-delegado había establecido para la ‘era dañina’, la etapa iniciada en una Intereconomía con todos los frentes abiertos, y de la que había conseguido salir, para su tranquilidad y gozo, el anterior consejero-delegado, José Manuel Díaz Quintanilla, una buena persona, que daba credibilidad a una empresa que la estaba perdiendo a chorros. Quintanilla había decidido ponerse en su sitio y Ariza no soportó la verdad. Dagnino no tenía ya donde ir, después de tanto bandazo, tanto ex y tanto curriculum, y era, por tanto, el hombre apropiado para esa atmósfera de hundimiento, tras los tiempos pretéritos de autocomplacencia infundada.

El nuevo organigrama era casi tan atorrante y prolijo como el curriculum de Dagnino y, en sí, tan inconsistente. Era un despliegue similar, en metáfora, a los que movientos que desarrollaba Adolfo Hitler, sobre gastados mapas, divisiones inexistentes o como Erich Rommel asaltando Tobruk y marchando hacia El Alamein. Se abría con una retahíla de directores generales, que parecía la de todos los ministerios del Gobierno. Y luego se repartían funciones a través de lo que se denominaban “unidades de negocio”. ¿Qué negocio? ¿Qué unidades de negocio? Los soldaditos de plomo se mantenían hieráticos en el megalómano organigrama, que sugería dosis excesivas de pérdida del sentido de la realidad. Ascendían, ante el asalto final, los aduladores.

A efectos internos, era defenestrado Diego Martínez Perán sin reconocerle servicios prestados, que supongo alguno habrá hecho desde el inicio de Intereconomía; ascendía Luis Usera a director comercial, el rebotado de la Obra, sin el conocimiento de un sector en el que son fundamentales los contactos. Claro que la facturación publicitaria, especialmente en televisión, había descendido el 60% a lo largo del año 2011, lo cual no es un dato, sino una catástrofe. Había un hedor lampedusiano en aquella catarata de directores generales y unidades de negocio, uno de esos caos que se esconden tras apariencias de un orden excesivo.

Una curiosidad significativa es que en la torrentera de aquella nutrida oficialidad, de aquel impresionante generalato de Dagnino, era que no figuraba periodista alguno. Eso, en un Grupo de comunicación, es cuanto menos sorprendente. “El nuevo consejero delegado odia a los periodistas”, valoró Xavier Horcajo, una de las víctimas colaterales de aquel despliegue burocrático prusiano del inefable y soporífero Dagnino. En efecto, del organigrama habían desaparecido Xavier Horcajo, que era hasta entonces, aunque fuera nominalmente, director general Editorial del Grupo Intereconomía, y Carlos Dávila, como director general de Publicaciones del Grupo. Dávila se lo tomó muy a mal y su carácter, ya de por sí insoportable, empeoró notablemente.

El malestar de Horcajo estaba acrecentado porque se sentía engañado por Dagnino, al que había recibido bien, como todo lo venido de la mano de Julio Ariza. Dagnino le había llamado a su despacho y habían tenido una larga conversa de acercamiento y plena sintonía, en la que tras informarle Xavier Horcajo de que no había podido dar contenido a su dirección general por falta de medios, y de competencias reales, Dagnino, sin mover un músculo de la cara, como en él es habitual, le prometió el oro y el moro; medios, por supuesto, y funciones. Dagnino iba a potenciar la dirección general Editorial y contaba por completo con Horcajo. Fue defenestrado sin previo aviso, después de ese compromiso, el presentador de Más se perdió en Cuba y de Disidentes públicos, programa de la tarde en el que se disiente poco y al que asisten demasiados políticos del PP, hasta haber tenido casi en nómina a Cristina Cifuentes, flamante nueva delegada del Gobierno de Madrid, quien, según me confesó, tenía que tomar Lexatin, en los descansos publicitarios, cuando coincidía conmigo en los debates.

A Horcajo le gustó tan poco enterarse por el moderno motorista que es el correo electrónico de que ya no era nadie en Intereconomía, cuando había más jefes que indios, y no es que no hubiera indios, la verdad, que tuvo el cuajo de subir al despacho de Alfredo Dagnino y despacharse a gusto sobre su capacidad para la simulación y el engaño. El aparentemente flemático Dagnino se llevó tal sofocón que pidió asilo político en el despacho de Julio Ariza, para llorar en el hombro del jefe. Ariza salió raudo a defender a su muchachote y anduvo buscando a Horcajo por toda la redacción. Era la hora del almuerzo y Horcajo había levantado el vuelo para buscar el condumio. Allá que se fue Ariza buscándole hasta dar con él en la cuarta planta de las Galerías de Abc, en el buffet de Pedro Larumbe. Compungido Ariza, le afeó la pupita que le había hecho a Dagnino y le hizo ver que no era el consejero delegado el que lo había defenestrado sino él, en persona, su viejo amigo. Tras la desavenencia, Horcajo empezó a proclamar que quería irse del Grupo y hay quien dice que se puso a buscar trabajo en otros lares y envío curriculums -espero que más breves que el de Dagnino- para comprobar que hace mucho frío en la calle y que en Telemadrid tienen que despedir a gente, no ficharla, que la nómina alcanza la cifra de 1.735 personas.

Dávila rezongó mucho, despotricó, gritaba aún más que de costumbre a los redactores, pasaba raudo por los pasillos como alma que lleva el diablo, pero sin entrar en los despachos, porque si Dávila dice de irse se descorchan las botellas de champán y Ariza que tanto jabón le ha dado, se fuma un puro.

El inmenso organigrama de Dagnino no fue suficiente y aún se le olvidaron oficiales de su ejército de Pancho Villa con ínfulas de Werchmadt invadiendo Polonia, a lo Woody Allen, porque a los pocos días se produjo una enmienda, una fe de errores, con dos nuevas directoras generalas. Todas las amigas de Ana Roldán ya eran directoras generalas. Están dos eran directamente de la cercanía de Dagnino, lo cual debía hacer doloroso el olvido, y lógica la corrección de errores, porque le debían haber hecho alguna escena y haberle pegado algún grito. Es un suponer. Una de las directoras generalas, de ese pelotón de las torpes, era Cristina Alonso, a la sazón directora general de la Fundación Intereconomía, un chiringuito a la medida del nuevo jefe del alto estado mayor intereconómico, montado para su desafortunado desembarco. La Fundación Intereconomía es a imagen y semejanza de Dagnino: no existe, pero cuesta. Y no se sabe muy bien de qué era directora generala Cristina Alonso pues en la Fundación es ella y otra. La cabeza de puente para el desembarco del capitán general Dagnino en Intereconomía fue, en efecto, montarle una Fundación, cuya única actividad es una llamada universidad para mayores puesta bajo el patrocinio del santo mártir inglés, Tomás Moro, con un anagrama muy cristiano, la Cruz, y el lema Fidelis (fiel).

Esa universidad para mayores es la traslación a Intereconomía de la correspondiente que existe en el CEU de Senioribus -mucho latín para los que ni han olido la Logse- y que se caracterizó, en la etapa de Dagnino, por ser deficitaria. A eso le llama Alfredo unidad de negocio, que el papel lo aguanta todo y el correo electrónico de márketing vomita despliegues abracadabrantes. Los que, a edad avanzada, se apuntan a este tipo de iniciativas, existentes en muchas universidades de verdad, por lo que la oferta es amplia, no sólo quieren recibir cultura, sino también rejuvenecerse respirando un ambiente universitario real; es decir, conviviendo con los jóvenes, aunque sea viéndoles por los pasillos o codeándose con ellos en la cafetería.

La llamada Universidad Tomás Moro -nunca se hizo mayor abuso del nombre del gran humanista, autor de Utopía- es de mayores y sólo de mayores, y sólo ven a la directora generala, Cristina Alonso, que ya es madurita y marisabidilla. En una empresa en la que uno de los errores de Ariza, alcanzado el nivel de horrores, es el disparatado precio que paga por alquileres, la total ausencia de patrimonio, la Fundación Intereconomía con la unidad de negocio Universidad Tomás Moro tuvo, de principio, la ocurrencia de instalarse, con un alquiler altísimo, en el piso primero del número 39 de la calle Fortuny de Madrid, una de las más caras en el monopoly y en la realidad, casi enfrente, con una calle de por medio a Castellana, 36. Techos altos de más de dos metros y medio, artesonados de escayola. El alquiler es superior a dieciocho mil euros mensuales, para unas instalaciones que permanecen casi todo el tiempo vacías, ocupadas por una sola directora generala, la centinela de Occidente y la Fundación, Cristina Alonso, que en el departamento de márketing del CEU no la soportaba nadie, la promocionó Dagnino y todo el mundo se felicitó cuando la vieron partir. Intereconomía no precisaba una Fundación ni más alquileres. Ese es el gesto Dagnino, el del curriculum atorrante.

En realidad, lo principal en el historial de Alfredo es su defenestración democrática como presidente de la Asociación Católica de Propagandistas y su expulsión como presidente-ejecutivo del CEU; es decir, como presidente que acumuló el cargo de director general, porque los Estatutos de los Propagandistas y del CEU estipulan que el presidente no ha de cobrar sueldo alguno, cuestión que, en clamoroso ejercicio de hipocresía, Dagnino sorteó despidiendo al director general y asumiendo sus funciones. Como presidente seguía sin cobrar y como director general se puso un sueldo suculento; a esa trapacería le llamó ser presidente-ejecutivo e incluso dijo que se había encontrado una administración “artesanal” y él la había profesionalizado.

Desde los tiempos fundacionales del cardenal Ángel Herrera Oria nadie había cobrado hasta que llegó Dagnino, así que ha hecho historia. Es, pues, Alfredo un hombre que ha hecho del catolicismo un negocio y que se sirve de la Iglesia para mejorar sus retribuciones y su calidad de vida. El hecho de que fuera abogado del Estado, a semejanza de Herrera Oria, fue uno de los datos a su favor para que accediera a la presidencia de la Asociación de Propagandistas, 330 escasos miembros en toda España, pero muy influyente en el catolicismo, y con el poder que le da pastorear a cuarenta mil alumnos en tres universidades y veintiocho centros educativos. Si bien Herrera Oria sirvió siempre, y bien, a la Iglesia, mientras que Dagnino, en términos evangélicos, es un mercader del templo, como Ariza, el que no tiene amigos sino negocios, y vive obsesionado con que le regalen la COPE, que fue el motivo de que fichara a un Dagnino expulsado del templo propagandista.

En el CEU, Dagnino mostró su gusto por el dinero y su incompetencia, a tenor de todos los testigos, que son muchos. Fue puesto, sin resistencia, como heredero de Alfonso Coronel de Palma, que marchó hacia la presidencia de la COPE. Ese dato de escalafón fue muy tenido en cuenta por Ariza. Y lo fue por esa consideración de que era joven y abogado del Estado como Herrera Oria, aunque sin su desprendimiento y su vocación de servicio. Dagnino entró haciendo sangre y derrochando dinero. Hizo una purga inmisericorde con criterios centristas, que no se paró ni ante Carlos Mayor Oreja, hermano del exministro del Interior. Y acumuló una fortuna que le permitió construirse una mansión en la exclusiva Cuesta de las Perdices, cerca de la marisquería Portonovo, del aquelarre con Mariano Rajoy, con el que hemos iniciado esta incursión en la mentira, la corrupción moral y el relativismo moral en los medios de comunicación, a propósito de Intereconomía. Abrió Dagnino un agujero de once millones de euros el primer año y sembró el CEU de cadáveres.

Dagnino ha hecho historia porque ha sido el primer presidente de la Asociación Católica de Propagandistas que ha convertido el puesto en un pingüe negocio, el primero que ha cobrado, y el primero que no ha sido reelegido, lo cual también es un hito. Dado que una parte importante de los propagandistas son profesores y directivos del CEU, Dagnino tenía fácil la reelección y recurrió incluso a la presión obvia. Los miembros de la Asociación que también lo eran miembros de la Fundación Universitaria San Pablo CEU recibieron el siguiente sms: “Se presenta Carlos Romero como presidente contra Alfredo. Si quieres que Alfredo continúe, te ruego que firmes el aval, cuando te llegue la carta. Un fuerte abrazo. Alejandro R. de la P.” El firmante del coactivo sms era Alejandro Rodríguez de la Peña, un hombre de Dagnino, que ocupaba, entre otros cargos, el de secretario nacional de jóvenes de la AcdeP.

Carlos Romero, capitán de navío de la Armada, había sido buscado por los críticos al enriquecimiento de Alfredo por su respeto al espíritu de Herrera Oria, es decir, por su probidad. Se suponía, en principio, que no tenía posibilidades, pero el 7 de diciembre de 2010 se produjo un inesperado empate, lo que, según los Estatutos, obligó a una especie de segunda vuelta, a una nueva Asamblea General que se convocó y tuvo lugar el 5 de febrero de 2011. Entre medias, se había producido el fichaje de Dagnino por el Grupo Intereconomía, porque a los mercaderes del templo Dios los cría y ellos se juntan. Primero, a decir verdad, entró a presidir, con remuneración, el Consejo editorial, más inexistente que la dirección general editorial de Xavier Horcajo.

Aprovechó Dagnino el tiempo muerto para firmar un convenio del CEU con Intereconomía, que hizo saltar las alarmas, sobre la entrega del CEU y los Propagandistas al del pelo blanco. Era una mezcla clara de intereses, una utilización de la institución en su propio beneficio, que habrá hecho removerse en la tumba al cardenal Herrera Oria. Uno de los que puso el grito en el cielo fue el director de La Razón, Francisco Marhuenda, Propagandista, que veía como se iba a utilizar el CEU para hacerle la competencia. Alfredo Dagnino, tal y como marcaban los Estatutos, había dejado de ser presidente-ejecutivo el 1 de diciembre de 2010 y, por lo tanto, dejó de ingresar el sustancioso sueldo que por esa función se había puesto. Al poco tiempo, comenzó a decir a sus amigos que ya estaba trabajando, sin aclarar ni dónde ni en calidad de qué.

El día 20 de enero de 2012, PR Noticias, una web que suele estar bien informada en el mundo de los medios, desveló el secreto: “Intereconomía ficha a Alfredo Dagnino”. La noticia corrió como la pólvora entre los Propagandistas y, como he indicado, produjo indignación ética, mientras Dagnino echaba sal sobre la herida difundiendo que “soy un privilegiado, tenía varias ofertas y he podido elegir”. Este fichaje terminó siendo letal para sus expectativas electorales y el 5 de febrero de 2011 dejó de ser presidente de la Asociación Católica de Propagandistas para cederle el puesto a Carlos Romero, que lo ganó de calle y no cobra un euro por su gestión, en un noble gesto, que ha recuperado las esencias de los Propagandistas de pro.

¿Por qué fichó Ariza a Dagnino? Ya se ha adelantado: para intentar por enésima vez asaltar a la COPE, sin poner un euro en la mesa, con el único salvoconducto de servir a la Iglesia no como ella quiere ser servida, sino como los mercaderes del templo consideran que deben servirse de ella. Ariza, como hemos visto, tenía todos los puentes cortados en la relación con el cardenal, Antonio María Rouco, todopoderoso en la jerarquía católica actual, en la que la mayoría de los obispos le deben a él el puesto. Rouco no se priva de hablar mal de Ariza en público y de poner en duda la condición católica de Intereconomía. Tras la Jornada Mundial de la Juventud, ofreció un almuerzo a los que habían participado en la organización en puestos directivos. El almuerzo derivó en una francachela de comentarios críticos hacia Intereconomía, mientras Rouco callaba. Uno de los invitados, un militar de la base de Cuatro Vientos, se puso a defender al Grupo y a defender que sí era católico y defendía valores. Rouco golpeó la mesa con los cubiertos y le contradijo por completo, mientras el militar escuchaba sobrecogido.

Dagnino era el hombre para volver a Ariza al redil de la Iglesia, al contacto con la jerarquía. Había de servir de puente. El presidente de la Asociación Católica de Propagandistas tiene acceso a toda la jerarquía y por supuesto al cardenal de Madrid. Durante el tiempo de su mandato, Alfredo tuvo una relación que todos definen como buena con el arzobispo de la capital y presidente de la Conferencia Episcopal. Existía el precedente de la marcha de Alfonso Coronel de Palma a la presidencia de la emisora de los obispos, y esa era una tentación demasiado fuerte para Ariza. Bien podía repetirse la jugada y alcanzar, por fin, el capelo cardenalicio. Era una huida hacia adelante en toda regla. Con la deuda acumulada, con la televisión hundiéndose al 1,5 por share, ninguno de los datos avalaba ya la autocomplacencia de Ariza en la que había vivido autoengañado los años anteriores. La COPE siempre había sido suya, en sus ensoñaciones, por católico comprometido; ahora era la solución y la solución pasaba por Dagnino. Para Dagnino, desacreditado entre los suyos, de salida, Ariza también era la solución. A la postre, se han unido dos problemas irresolubles.

Después del fantasmal Consejo Editorial, se puso en marcha el delirio de la Fundación Intereconomía. Durante tiempo, los domingos, el soporífero Alfredo Dagnino escribió una página entera en La Gaceta, con ese cuerpo de letra pequeño, abigarrado e ilegible que parece gustarle tanto y, de esa manera, ayudó a hundir aún más las ventas, siempre bajas y escasas del diario. Vino también la agresión con ínfulas de Universidad y alto alquiler de la Tomás Moro en Fortuny, 39. Y, por último, el nombramiento de consejero delegado. ¿Y qué hay de Rouco pues no está pero se le espera? Según las fuentes consultadas, en la parte humana de la Santa Madre Iglesia funciona con parámetros similares a los de cualquier organización humana, con sus pros y sus contras, sus vicios y sus virtudes. Es decir, cuando estás en el puesto, en el disfrute del poder, mandas mucho y todo el mundo se te pone al teléfono, y cuando dejas el puesto -no digamos, si te echan- ya no mandas nada y nadie se te pone al teléfono. Cuando alguien es obispo, su poder es omnímodo en la diócesis; cuando llega a la edad de jubilación se va a la residencia de sacerdotes ancianos de la diócesis. La salida de la presidencia de la Asociación Católica de Propagandistas y de esa rentable y aprovechada presidencia-ejecutiva del CEU le ha cerrado puertas a Dagnino o, por lo menos, le ha hecho perder influencia.

Porque declinando 2011 y al alborear de 2012, Ariza, desesperado, precisaba echar gente y fusionarse. Lo primero lo acometió Dagnino con ganas, poniendo de una tacada a más de treinta de Madrid y siete de la delegación de Barcelona. Lo segundo está, en alguna medida, relacionado con mi salida de Intereconomía, porque entre los candidatos a la fusión estaba Libertaddigital. También TV13, que es de la Conferencia Episcopal. Por tanto, Dagnino debía ocupar el papel de killer y el de mediador. Hasta ahora, ha puesto en práctica el primero y está inédito en el segundo, aunque consta que Ariza ha llamado a todas las puertas, acompañado de fidelis Dagnino, sin que nunca se le abra. Incluso a la de Diego de León, 14, visita que le causó tal impresión a Dagnino que empezó a comentar que se había dado cuenta de la espiritualidad de los Propagandistas no iba con él y que se sentía atraído por la del Opus Dei. Vade retro.

La era dañina ponía por completo punto final al mínimo de relaciones personales, entendidas en términos de convivencia aceptable, para incrementar el terror de la hipocresía, que Ariza había ido imponiendo a medida que se hacía patente su fracaso. Hundido en la mentira, Dagnino era la continuidad y la elevación tediosa al paroxismo. Intereconomía había pasado el cepillo, con engaños, a su clientela, amenazándola con una inexistente ofensiva acosadora del Gobierno, pero ahora habían llegado los nuestros, digo los suyos, los de Ariza y Dagnino. En realidad, los ingresos por el Club de Amigos de Intereconomía -iniciativa mendicante que se apresuró a copiar el mantenido Losantos, al que Esperanza Aguirre ya no sustentaba con tanta magnanimidad y dispendio- no daban ni para mantener a la camarilla de amigas de Ana Roldán. ¿Qué pasaría ahora con el Partido Popular? ¿Habría llegado Intereconomía a la tierra prometida? ¿Por qué no iban a salir Ariza de nuevo con lo del acoso, ahora con Rajoy y Soraya, cuando el Dando caña parecía ya Dando vaselina y El gato al agua parecía una gaviota carroñera de tanto arrastrarse y doblar el espinazo? ¿Habría llegado, en todo caso, Dagnino con el cuerno de la abundancia episcopal?

El 13 de enero de 2012, ante un Antonio Jiménez, más alopécico que nunca, incapaz de vender un crecepelos al mismo Dávila: flanqueado por un Mario Conde, que había desembolsado dinero hasta hacerse con el 5% de las acciones a cambio de notoriedad, y que durante tiempo había considerado que hacía tándem con Ariza, hasta estar en ese momento despechado; y acompañados por el hierático Alfredo Dagnino, se escuchó la voz de Ariza como venida de ultratumba, a través del teléfono, como en él es habitual cuando interviene, sin que se sepa el motivo a ciencia cierta. Hete aquí que los gatoadictos tenían que seguir aflojando la faltriquera porque Intereconomía continuaba pasando el cepillo y poniendo el cazo. Antonio Jiménez, con cara ya de gaviota, se preguntó, literal, que “¿por qué seguimos apelando a su apoyo que, no vamos a engañarnos, nunca es suficiente?”. Buena pregunta. Tanto acoso socialista, tanto remar para que la nave de Génova llegara a puerto, para nada. Y ese “nunca es suficiente” sonaba a amenaza.

Pasara por lo que pasara, los espectadores de Intereconomía TV tendrían que seguir contribuyendo para pagar los errores de Ariza y el sueldo de Jiménez. Respondió la voz de ultratumba de Ariza: “Mucha gente nos ha preguntado durante estos últimos meses qué iba a pasar a Intereconomía cuando hubiera un cambio de Gobierno. El cambio de Gobierno no ha supuesto ningún cambio”. ¡Dios mío, con son los mercaderes del templo! No había ningún cambio en las cuentas de Intereconomía, aunque ya no estaba Rubalcaba. Ariza habló de formas de financiación que provengan de los espectadores como el futuro. Era para apagar el televisor no fuera a salir una mano directa a la cartera. El navarro de pelo blanco, fundador de la nueva orden mendicante intereconómica, que no había defendido nunca a los espectadores del expolio, y que me había marginado y silenciado a mí por querer precisamente defenderles, se remontaba, como coartada impúdica, a los principios. “Si los españoles -dijo- piensan que defender la libertad y la defensa de la vida es gratis, se van a equivocar”. Desde luego, quien piense que Ariza defiende la libertad está en un grave error. La defensa de la vida, ya se sabe, siempre que no sea en el territorio de la Comunidad de Madrid.

Ariza recurrió incluso al patriotismo. Desgranó la fuerte presencia de capital extranjero en los medios de incomunicación que operan en territorio español -Liberty en Prisa, RCS en Unidad Editorial. Silvio Berlusconi en Tele5. DeAgostini en Antena 3 y Televisa en La Sexta- para sentenciar que “creemos que vale la pena que se fortalezcan grupos de comunicación con capital español, que defiendan intereses españoles”. Los intereses de Julio Ariza y Alfredo Dagnino, mercaderes del templo.

Alfredo, que gusta de incursiones espesas en la ideología y que hace críticas al sistema tan endebles que se ve claro que su pretensión es fortalecerlo, se elevó también a las alturas para sisar al espectador desprevenido. “Detrás de Intereconomía no hay un proyecto puramente empresarial. Detrás de Intereconomía hay un proyecto cultural, un modelo de sociedad, que nosotros defendemos porque creemos que es nuestra razón de ser”. Estos mercaderes del templo son fáciles para la verborrea y se conocen la lección homilética.

En realidad, en la tierra prometida del Partido Popular no se veía hueco para Julio Ariza y Alfredo Dagnino, ni tan siquiera había forma para que ficharan a Antonio Jiménez o Carlos Dávila. En el clima de adulación abrumadora en que competían los medios, no parecía que Mariano Rajoy tuviera necesidad de apoyar ese “proyecto cultural” de Julio Ariza, Alfredo Dagnino y Cristina Alonso. A finales de enero de 2012, el navarro de pelo blanco fue recibido en La Moncloa por Mariano Rajoy. El gallego le dio buenas palabras, que eso es gratis y en ello es ducho. Se fumaron un puro. Y Ariza sudó frío.

La tierra prometida no era tal y como se la había imaginado. El infierno se abría bajo sus pies. Pedro J Ramírez, más desenfadado, había pedido, sin cortarse, que el Estado nacionalizara El Mundo, pero sin removerle del puesto ni bajarle la asignación. Ante seis ministros recién estrenados del PP, afirmó que él no era partidario de ayudas, pero que no quedaba más remedio. Bonita forma de no ser partidario.

Intereconomía seguía, por su parte, acosada, a lo que se ve por el Gobierno, y precisaba el poco dinero que les quedaba a sus seguidores, a los que Mariano Rajoy, contra todo lo prometido en campaña, les confiscaría sus bienes en forma de subida de impuestos, que, por supuesto, fue apoyada por Intereconomía. Todos precisaban el dinero del español al que nadie defendía y menos que nadie esos mercaderes del templo que son Julio Ariza y Alfredo Dagnino, vaya par. Como sentencia el dicho: “Con el dinero de otros hacen fiesta los devotos”. Pues eso.

Si te encuentras con Dagnino, cámbiate de acera

Carlos Dávila

Si te encuentras en vida con alguien similar, o sea, con tipos que te quieren salvar no sin antes zurrarte la badana échate a un lado. A LA GACETA de los éxitos llegó un tal Dagnino para limpiarla de supuestos impíos, y en el menester urdió una trama potente de infamia y vituperación. De actor invitado tuvo en aquel teatro a Mario Conde, el banquero que aspiró a La Moncloa. Conde no soportó el tremendo varapalo que tuvo en unas elecciones gallegas en las que se presentó como adalid del centro derecha español y volcó culpas sobre Antonio Jiménez, director y presentador de ‘El Gato al Agua’ y sobre mí mismo, quienes al parecer no le habíamos ayudado en aquel menester.

El sujeto era un armario de guardarropía falsa. Un armario con pretensiones de lujo pero definitivamente con arañas y a las venenosas me refiero. Se apellidaba Dagnino y nunca una conducta respondió tan propiamente a la fuerza de aquel apellido. Llegó a Intereconomía cuando aún le toleraban en el CEU, en el secular y prestigioso Centro de Estudios Universitarios de los propagandistas católicos. Con él al mando, aquel CEU se convirtió en una covachuela de intrigas, rencores y venganzas, en la que rápidamente Dagnino se ganó merecidamente la repulsa de todos sus congéneres. Desde aquel podio convenció a su socio de religión mendaz artificial, Julio Ariza, de que la institución, la suya, la que fundó el cardenal Ángel Herrera y el Grupo que presidía, el hombre que se suicidó a sí mismo debían aliarse para aunar voluntades y tácticas casi bélicas para en el menester de asentar el reino (con minúsculas) de dios,, con minúscula, claro, en la Tierra, domeñar en consecuencia a los herejes y eliminar a los disidentes como si ellos, los ortodoxos indiscutibles, encarnaran la cruzada del siglo XXI.

Un comité para la decencia

Dagnino pasó en sus inicios por ser miembro muy activo de un peculiar Comité Editor de Intereconomía, donde aparte, claro, de Ariza, se sentaban Mario Conde, Viladrich, Vidal Quadras (cuando le cuadraba), Arturo Moreno y un sinfín de deambulantes, la mayoría de los cuales duraban una sola sesión. Yo asistía, entre impávido porque aquellas opiniones me importaban un bledo, y atónito y espantado al tiovivo de iniciativas que parían los presentes. En aquella feria destacaba por su entereza talibanesca el tal Dagnino, que pertinazmente presentaba sus reflexiones sesudas para regenerar España y todo lo que se pusiera a su alcance. Se trataba de conducir al mundo a una nueva época en que los valores más recios se impusieran a ‘la ola de pornografía social que nos invade’. En aquel Comité, dos de sus integrantes más preclaros, llegaron a redactar un Código de Conducta de Intereconomía que pretendieron, sin éxito alguno, comercializar. ¡Qué momentos pasamos en la Redacción glosando estas incomparables idioteces! ¡Nadie nos pagará nunca aquellas risas!

LA NUEVA HORRIBLE ETAPA

Perdió todos sus puestos en la dirección del CEU en la que según recuerda un directivo que le soportó hasta la histeria: “Dejó como herencia un enfrentamiento que nunca se había dado en el Centro”. Los parlamentos de Dagnino en el Comité eran tediosos, farragosos, presuntuosos y rencorosos. Rezumaban un dogmatismo de Torquemada plagado de llamadas a la conversión moral al precio que fuera. El armario en cuestión, siempre tapizado de un gris penitencial, fue precipitadamente y sin descanso erosionando el cerebro atormentado, genialoide, difuso y un tanto orate de Ariza, a base de fumarse interminables Cohíbas y de perpetrar conjuras para alejar a impíos. Se fue abriendo paso por el Grupo hasta conseguir su meta preciada: el mullido sillón de consejero delegado. El nombramiento nos lo comunicó Ariza bajo el puente de las esculturas del Juan Bravo madrileño, muy adecuado como lugar para un traficante de la insidia como el afortunado. Dijo Ariza como toda explicación: “Es una nueva etapa”.

Lo fue. Eso sí. Una de las más repugnantes que haya soportado en mi tópica y larga carrera profesional. Llegó el okupa al despacho y lo rellenó de iconografía similar a la de una santera caribeña, hasta el punto de que aquella estancia se asemejaba tanto a la capilla de un torero supersticioso  como al a oficina de Roberto Calvi, el banquero ambrosiano que reventó las arcas vaticanas y también el prestigio de una Casa impoluta hasta su llegada. Allí se refugiaba Dagnino para urdir estrategias y tretas no exentas de las peores calumnias destinadas prioritariamente a echarme cuanto antes de la Dirección de LA GACETA. El tipo dibujó un organigrama nuevo del que naturalmente me desalojó y en que situó a tres o cuatro inútiles arrebatacapas y pichilingues que le ayudaran a tomar el poder traicionando incluso a su mentor, el ingenuo – o quizá no – Ariza y a su habitual contertulio, el veterano catedrático de Derecho Canónico, Pedor Juan Viladrich, un poco plasta el hombre pero que no se ocmportaba como competidor de Dagnino en el fango de la vileza.

La izquierda rabiosa contra el Papa.

Intolerancia en grado sumo lo pude comprobar personalmente en agosto de 2012 con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud que presidió el emérito Benedicto XVI. El número de LA GACETA que recogía la celebración en Cuatro Vientos del grandioso – lo fue – acto principal, era un desplegable, una sábana en el argot, con una fantástica fotografía de Chema y un titular significativo y muy gráfico: “La izquierda rabiosa contra el Papa.” Lo estaba. Ratzinger había pronunciado un magistral conferencia en El Escorial en la que se había pasado por la piedra a todos los perroflautas de esa panoplia de analfabetos que moran en la izquierda española. El alegato que desmontó todos los lugares comunes con que se ataca a la Religión como el lobo de la intelectualidad, soliviantó los magines de la casposa ‘inteligencia’ del país que presidían desde sus medios Cebrián, en PRISA, y Roures directamente en el puro zapaterismo más cutre. Y aquí viene lo curioso: la ultraderecha, que tan ajustadamente representaba Dagnino, se subió infestada de pasión al carro de las críticas contra LA GACETA y ahí explotaron todas las rencillas contra su director.

Subrepticiamente, el armario concitó la complicidad de cuatro o cinco sujetos que actuaban como terminales activas de El Yunque (dedicaré un capítulo a esta secta abyecta) que en Intereconomía encarnaban el hijo mayor de Ariza, radical en sus planteamientos religiosos y morales y espeso de seso y conocimientos. El segundo era lo más parecido a un bellaco. Luis Losada personalizaba en sí las clases de buenas costumbres del Grupo, pulpeaba por la Redacción a la búsqueda de secuaces y allá donde iba aseguraba, sin mover un músculo, que era el candidato de Ariza para sustituirme en la Dirección de LA GACETA. Personalmente me trae al fresco que este individuo, que personificaba los macizos de la raza del Grupo, se liara o no con una becaria según la constancia general; cada uno hace con su vida lo que más le apetezca y convenga, pero, eso sí, ni de él, ni de símiles a él acepto una sola clase: ni de Periodismo, ni de moral. Con la música a otra parte, a El Yunque o donde le resulte más cómodo engañar, pero pedagogía ética ni por el día ni por la noche.

Un día subí a su despacho y con cara de vinagre me espetó: “Mis amigos ya no leen LA GACETA. Respondí con toda la seguridad que acopié en aquel instante en que el cuerpo me urgía una réplica más vigorosa: “No me extraña”. Seguidamente me anunció que tenía ‘grandes planes para la Casa de los que yo me iría enterando en el momento oportuno” y añadió: “Todos, absolutamente todos, cuentan con el beneplácito del presidente”. Me levanté de la silla en la que no me había invitado a sentarme, le volví la espalda (una auténtica temeridad por mi parte) y me largué de aquel habitáculo de ignominia infernal en el que sólo se echaba en falta el olor a azufre, restos químicos de una pira en la que yo debía arder como un depravado moral.

Dagnino, ayudado por una mujer enredadera ideó una estrategia homicida: arramplar a dentelladas con toda la obra de LA GACETA. Con todo y con su persistencia de killer logró que Ariza se aviniera a una iniciativa estólida que disfrazaba la real intención del armario: levantarme del sillón gaceteril. La genial idea consistía en que tras una primera etapa en la que el diario se había plantado en España ofreciendo una información diferente y divertida ‘tocaba’ – era el verbo de moda – hacerlo más profundo de valores musitaba el sujeto. Naturalmente que en aquel proyecto sobraba uno: el que suscribe.

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