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El primer programa en dar su nombre fue 'Con T de Tarde' (TELEMADRID) y el primer especial tras el anuncio fue 'Salsa Rosa' (TELECINCO)

La Casa del Rey anuncia que el príncipe heredero Felipe se casará con la periodista y presentadora de TVE, Letizia Ortiz

HECHOS

El 1.11.2003 la Casa del Rey informó el compromiso oficial del príncipe heredero, D. Felipe de Borbón, con la periodista Dña. Letizia Ortiz.

LOS PERIODISTAS QUE DIERON LA PRIMICIA:

zap_tv3_gabilondo2 La sección ‘el buho’ del programa ‘Hoy por Hoy’ de D. Iñaki Gabilondo en la Cadena SER (Grupo PRISA) adelante el día que se iba a producir el anuncio del matrimonio del Príncipe Felipe, aunque no desveló el nombre de su prometida aunque sí dio pistas sobre que era conocida.

zap_tereluEn el programa ‘T de Tarde’ de TELEMADRID Dña. Terelu Campos y su tertuliano D.Carlos Pérez Gimeno fueron los primeros en adelantar el nombre de la prometida del príncipe Felipe en tono jocoso «puede que se llame Letizia y que tenga apellido de marca de magdalenas».

zap_muerte_letizia_Acosta Tras el anuncio oficial, el programa ‘Salsa Rosa’ (Boomerang) de TELECINCO presentado por D. Santiago Acosta orquestó en tiempo relámpago la primera tertulia en analizar el matrimonio entre el Príncipe Felipe y Dña. Letizia Ortiz

 El programa ‘Salsa Rosa’ de la productora Boomerang presentada por D. Santiago Acosta fue la primera tertulia de un programa de crónica social en analizar el compromiso entre el príncipe y la periodista junto a sus tertulianos entre los que se encontraba Dña. Maika Vergara. El programa logró arrancar las primeras declaraciones al padre de Dña. Letizia Ortiz.

EL DIARIO LA RAZÓN PIDE UN CAMBIO CONSTITUCIONAL

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El diario LA RAZÓN, que presidía D. Luis María Anson pidió en sus páginas un cambio constitucional para que acabara el predominio del varón en el acceso a la Corona. El propio Sr. Anson insistió en aquella tesis durante sus reiteradas apariciones en TVE aquellos días.

02 Noviembre 2003

Anuncio de boda

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La Casa Real anunció en la tarde de ayer el compromiso del heredero al trono, don Felipe de Borbón, con la periodista Letizia Ortiz. Cuando en el verano de 2004 se celebre la boda en la catedral de la Almudena, en Madrid, tal y como se indicaba en el comunicado oficial, Letizia Ortiz se convertirá en la primera reina española contemporánea que no es de origen familiar real o aristocrático. La futura reina es una mujer española bien representativa de nuestro tiempo: joven, profesional, viajera, independiente y con experiencias personales y laborales comunes a las de millones de compatriotas. Don Felipe y Letizia formarán, pues, una pareja real en clara consonancia con otros casos registrados en algunas de las monarquías europeas contemporáneas.

Con motivo de su 35º cumpleaños, en enero de este año, don Felipe de Borbón dejó claras cuáles eran las condiciones que para él debería reunir su prometida: «La futura Reina», dijo, «debe conocer, apreciar y saber representar» los valores de la Corona. También declaró entonces el Príncipe que era consciente de su responsabilidad y marcó de manera definida las bases sobre las que tomaría su decisión: «La pretensión de abordar el matrimonio con una persona de la que me sienta enamorado y sobre esa relación, honesta y profunda, pueda fundar una familia». Si finalmente la decisión de contraer matrimonio con Letizia Ortiz se ha basado en esas razones, sólo queda felicitarle por ello.

03 Noviembre 2003

Reforma de la sucesión

LA RAZÓN (Director : José Antonio Vera)

El anuncio oficial del próximo enlace de Su Alteza Real Don Felipe con la periodista Letizia Ortiz ha sido acogido con satisfacción por la inmensa mayoría de los españoles, que aprueban la elección hecha por el Príncipe de Asturias y que confirma el talante de una Corona perfectamente incardinada en la España actual. Su Padre, Don Juan Carlos, ha sabido construir, conforme a lo que siempre defendió Don Juan, la Monarquía de todos, hoy por hoy, entre las más prestigiosas del mundo. Una institución sencilla, moderna y profundamente respetuosa con la voluntad popular, puesto que la soberanía nacional no reside en el Rey sino en el pueblo. Es una Monarquía de este siglo y, como tal, debe mantenerse a la vanguardia.

De ahí que debamos insistir en la conveniencia de una reforma constitucional que recoja la igualdad entre el hombre y la mujer, también en las previsiones sucesorias. El heredero de Juan Carlos I es Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias, porque así lo establece la Constitución de 1978, aprobada con el voto mayoritario de los españoles. Y Don Felipe juró como heredero de la Monarquía española ante el Congreso de los Diputados en cumplimiento del mandato constitucional. Pero el respeto a los derechos humanos, que consagran la igualdad entre los sexos y la trayectoria propia de la Corona, exige que, a partir del actual heredero, se concluya con la discriminación por razones de género en el orden sucesorio, como ya lo han hecho otras monarquías europeas.

Las diversas encuestas realizadas por LA RAZÓN entre intelectuales y políticos sobre esta cuestión, coinciden en la necesidad de afrontar en el más breve lapso de tiempo posible esa reforma de nuestra Carta Magna. Aunque se mantienen posturas que preconizan la conveniencia de abordar este paso desde la reflexión y sin apremio de plazos, lo cierto es que los legisladores y los gobiernos no deben escudarse en la maduración de sus criterios ante un asunto que viene siendo debatido desde hace ya demasiados años y que ahora tras el anuncio de la boda de Don Felipe es ya urgente.

No es, por lo demás, una cuestión compleja. El artículo 57.1 de la Constitución dice en su actual redacción que la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. Respecto al orden sucesorio, seguirá ‘el orden regular de promogenitura y representación’, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto: en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a menos.

Bastaría pues, con un simple modificación de este artículo en el siguiente sentido: ‘en el mismo grado, el hijo o LA HIJA de más edad’. El Gobierno de José María Aznar, que se comprometió a estudiar este asunto, debe tomar cuanto antes la iniciativa legislativa, siempre, en este caso, de acuerdo con el Rey.

04 Noviembre 2003

¡Que se jodan!

Carmen Rigalt

El nombre de Letizia Ortiz ha sido muy bien acogido por los medios de comunicación. A lo mejor hay en eso una especie de orgullo corporativo, quién sabe. Vamos a colocar en el trono a una colega. Que se jodan.

Por muy periodistas que seamos, nunca trataremos las noticias con el distanciamiento del que hablan los manuales. La objetividad no existe, ni falta que hace. En nuestro trabajo siempre hay un grado de implicación más o menos consciente, de modo que al final, o incluso al principio, se nos ve el plumero.

El nombre de Letizia Ortiz ha sido muy bien acogido por los medios de comunicación. A lo mejor hay en eso una especie de orgullo corporativo, quién sabe. Vamos a colocar en el trono a una colega. Que se jodan.

Esto último no lo han dicho mis compañeros, pero a mí me sale del alma. Yo soy mujer de prontos. Primero reacciono y después pienso. Y el pensamiento que desgrané tras el anuncio del compromiso fue un pensamiento de victoria. Felicité por teléfono a Letizia Ortiz, pero esa felicitación también iba dirigida a mí, a mis amigos y a mi gente, a la gente que camina anónimamente por las aceras de la vida y, en definitiva, a la España real, que ha sido la gran vencedora de esta apuesta.

Para quienes desenvainaron las espadas con Eva Sannum, la elección aún era mejorable, pero no se han atrevido a insinuarlo. Ya no. Habían quemado sus cartuchos con la modelo nórdica y estaban gastadas las exigencias. Esta vez ni siquiera han tenido tiempo de pronunciarse. La casa del Rey lo ha dado todo hecho, abortando así cualquier posibilidad de controversia. Por su parte, el Príncipe ha puesto un empeño concienzudo en preservar su relación de la curiosidad pública. Era la única forma de llevar adelante su proyecto. Por la cuenta que le traía, no escatimó cautela.

Albergo recelos sobre el entorno del Príncipe. El Rey hace amigos en todas partes, pero Felipe de Borbón frecuenta una sociedad endogámica y pasmada que se protege con el blindaje del ensimismamiento.Es una sociedad hermética, refractaria a las influencias exteriores.Yo le llamo Pijolandia. En Pijolandia siempre se ha creído que la elección del príncipe quedaría dentro. Desde que Felipe de Borbón entró en edad de merecer, allá donde fuera le rodeaban decenas de chicas rubias y bien nutridas, chicas estupendas con unos apellidos sonoros que habrían lucido mucho en una invitación de boda, chicas cuyo único objetivo era ponerse a tiro y facilitar la labor del heredero. Pero el heredero siempre miraba más allá, hacia algún lugar donde los paraísos no fueran tan fáciles. Es ahí donde finalmente ha visto la realidad reflejada en los ojos de Letizia, la reina de corazones.

Que se jodan.

Carmen Rigalt

02 Noviembre 2003

La elección del Heredero

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

EL compromiso oficial de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias con la periodista Letizia Ortiz entraña una decisión personal del Heredero construida sobre la base de sus legítimos sentimientos afectivos y de sus deberes constitucionales con la Corona.

De la misma manera que cuando Don Felipe decidió poner fin a una relación afectiva generalmente considerada inadecuada, recibió el reconocimiento, el respeto y la confianza de la sociedad y de la clase política, su compromiso actual se hace acreedor del mismo nivel de confianza.

En numerosas ocasiones, el Príncipe de Asturias ha manifestado ser consciente de la responsabilidad histórica que le incumbe como Heredero de la Corona. Sus palabras siempre han estado respaldadas por su comportamiento institucional y su formación política. Por eso, nadie debe dudar de que Don Felipe habrá tenido muy presentes, en la elección de su futura esposa, las condiciones que debe reunir quien esté llamada a ser Reina de España. Y también habrá sido consciente del legado histórico que recibe. En el XXV aniversario de la Constitución, se ha hecho especialmente visible la fuerza integradora del reinado de Su Majestad el Rey. La personalidad de Don Juan Carlos, su aportación esencial a la convivencia, su proximidad inmediata a los ciudadanos, han configurado una Monarquía arraigada en la cultura política de los españoles, como un factor insustituible de la autoestima y de la estabilidad que ha alcanzado España en este cuarto de siglo.

Hay muchas razones para estar seguros de que el Príncipe de Asturias ha tenido en consideración esta perspectiva histórica y futura de la Corona para afrontar su compromiso matrimonial. Su naturaleza privada debe mover al respeto más estricto por la decisión del Heredero, tanto como su trascendencia política e institucional le obliga a considerar que el interés de España siempre es preferente. Ahora bien, la misma sociedad española que, después de 25 años de vida constitucional y democrática, se siente absolutamente identificada con la Monarquía de Don Juan Carlos I, también ha evolucionado, como el resto de Europa, en su propia organización interna, de tal manera que no hay sectores ni clases sociales estancos que pudieran considerarse limitativos de las relaciones posibles del Heredero.

La prometida del Príncipe de Asturias responde al perfil de esta sociedad moderna, permeable y con criterios de valoración que priman el desarrollo profesional, la formación intelectual y la imagen personal, cualidades que sin esfuerzo son reconocibles en la persona de Letizia Ortiz. Si de los errores del pasado se ha aprendido el daño que pueden provocar las descalificaciones insultantes y los elogios paternalistas, desde este momento sobran los juicios retrospectivos sobre una persona que, ante todo, ya representa el futuro. Un futuro compuesto, el suyo y el de España, por lo que le es exigible que lo asuma con toda la ilusión personal y también con toda la dignidad y sentido del deber.

En la propia libertad de la elección de Don Felipe y de la aceptación de su prometida se halla el fundamento de su doble compromiso mutuo y con las obligaciones constitucionales que les incumben para con la Corona y España. No nos sirven aquellos modelos europeos en los que la apertura de las Monarquías a la sociedad se ha traducido en una fuente de deslegitimación y en un abandono progresivo de las responsabilidades institucionales. Tampoco tenemos duda de que el Príncipe de Asturias, fiel reflejo de una Monarquía constitucional e históricamente legitimada, mantendrá a la Corona en la dignidad que le exige ser la piedra angular de la Nación

04 Noviembre 2003

Del Príncipe

Alfonso Ussía

SÉAME permitido un reproche y un homenaje. Ambos dirigidos a mi persona. En verano escribí del Príncipe, sus amigos y su futuro. Aquí el reproche. «Para ello, para elegir, para comparar, para conocer, para enamorarse, el Príncipe de Asturias tiene que ampliar su bosque de allegados, que no es frondoso». Mal orientado estaba. Cuando se publicó mi artículo, el pasado 29 de agosto, el Príncipe había ampliado su bosque de allegados y muy discretamente se guardaba para sí sus planes y sus proyectos. Ahora el homenaje. «Nadie pretende historias de princesas vacías y cuentos de hadas. En las dignísimas Fernández, Pérez, Gómez o García podría estar la solución que no se resuelve. En las Universidades o las profesiones liberales, en las empresas o en el deporte». No escribí el apellido Ortiz, pero la intención lo incluía.

El Príncipe ha elegido y los Reyes han aprobado su elección. La ciudadanía, en esta ocasión, ha reaccionado con alegría. Nada tiene que ver este caso con el anterior. Hace dos años el Príncipe decía «sí» y la calle le repetía «no». Ahora, la calle se ha puesto de su lado, casi unánimemente. Una buena parte del casi que no lo ha hecho forma parte de un sector de la sociedad excesivamente obsesionado con los ayeres. También hay que respetar sus opiniones, como las que defienden que, por esta vez, el Príncipe se ha enamorado de la persona adecuada. En principio, un rasgo de esa persona, Leticia Ortiz -no me gusta que la futura Princesa de Asturias sea una falta de ortografía- fortalece la impresión de su elección acertada. Su discreción hermética. En su profesión ha destacado por su capacidad de trabajo y brillantez. Es políglota. Es española, asturiana y guapísima. Sus compañeros en el periodismo no le escatiman méritos ni elogios. Las voces menos entusiastas insisten en su condición de divorciada. Sinceramente, condición superable en los tiempos que vivimos. Le pedíamos, le exigíamos al Príncipe una resolución urgente. De su última experiencia salió anímicamente herido y nada agradecido con quienes le habían, le habíamos, planteado peligros e inconvenientes. Se sabía que su paso adelante lo daría por amor. Lo ha dado. Todos con él. El principal problema se resuelve y la época manda. Me lo decía ayer una recalcitrante monárquica, que curiosamente no estuvo del lado de Don Juan en los tiempos del exilio. Convivir con el Régimen era más fácil y beneficioso. Pues eso, que me decía ayer: «No quiero tener un Rey que se apellide Borbón Ortiz». Bueno, pues yo sí. Me importa un bledo. Mucho mejor un Ortiz bien puesto que un rimbombante nombre del Gotha mal encajado en la realidad. Además, que el tópico de que un Príncipe tiene que casarse con una mujer «preparada para ser Reina» no se sostiene. En las Casas Reales hay muchas princesas que no sirven para nada. Esa preparación la va a recibir y padecer Leticia Ortiz en los próximos años. No hay contradicción en esta reflexión. El asunto Sannum no era admisible. La demagogia se puso a su favor y a los que nos atrevimos a poner en duda sus beneficios institucionales y personales nos llamaron de todo, pero nada bueno. Lo de ahora es diferente, y además, irreversible. La Monarquía, que fue emoción, hoy es pragmatismo. Será complicado modernizar lo que, por espíritu, es antiguo. Pero se hará. Un síntoma de modernización será la desaparición de la distancia protocolaria entre los príncipes y la ciudadanía. No se puede pretender que lo moderno acepte las viejas normas. Si la Monarquía es nueva, el tratamiento también. A modernizarnos todos, incluida la Casa Real. A deberes limitados, limitados privilegios. Pero sin poner trabas al impulso del Príncipe, que ha elegido como mujer y futura Reina de España a una persona inteligente y trabajadora que ha sido aceptada por la ciudadanía. Y todos a una.

04 Noviembre 2003

Letizia con zeta

Jaime Campmany

A mi amigo del alma, vecino de página y hermano de paladar Manolo Martín Ferrand le choca que esta chica que se va a casar con el Príncipe escriba su nombre con zeta, y quizá se pregunte si no será por esnobismo. Al Diccionario de mi ordenador le sucede lo mismo que a Martín Ferrand, y cada vez que escribo Letizia con zeta me corrige la ortografía y sustituye la zeta por la ce. A mí me extraña menos esa zeta, porque estoy acostumbrado a la ortografía italiana, hasta el punto de que a veces, no muchas, claro, al escribir una palabra, me viene primero a la memoria la grafía en italiano que en español.

He oído decir que al padre de esta Letizia se le ocurrió escribir así el nombre que para ella eligió por devoción hacia las cosas de Italia. De una manera o de otra, en español o en italiano, «leticia» es una hermosa palabra, que significa alegría, regocijo, contento, y que en castellano forma «letificar» y «letificante», o sea, alegrar y lo que alegra. Todo viene de «ledo» (alegre), pero esa es palabra que ya no se usa, ni siquiera en poesía. Cuando yo era niño y ayudaba a misa, que entonces se decía en latín, cada vez que el cura la empezaba diciendo «Introibo ad altare Dei», yo tenía que responder: «Ad Deum qui laetificat juventutem meam», y enseguida me enteré que Dios llenaba de alegría mi juventud. Es natural ahora que Leticia, con zeta o con ce, llene de alegría la ya granada juventud del Príncipe.

Letizia (o Laetitia) es el nombre de una diosa que concede no sólo el don de la alegría, sino también los dones de la fertilidad y de la abundancia. Los artistas representan a esta simpática diosa con un niño en los brazos y con una brazada o haz de espigas. El nombre es un buen augurio para que la novia del Príncipe dé pronto un heredero a la Corona y que siga creciendo, después de su matrimonio, la prosperidad y riqueza de España. Si la memoria no me traiciona, que desde hace algún tiempo lo hace con alguna frecuencia, Leticia se llamaba la madre de Napoleón, pero tampoco vamos a pedir a esta chica que haga un esfuerzo semejante al de su ilustre tocaya. Con darnos un principito sano y listo y lo que quiera venir detrás, está cumplida.

No es que yo vaya a creer a mis años en los dioses de la mitología, pero siempre será mejor estar bajo la protección de Leticia, diosa de la alegría y la fertilidad, que bajo la protección de Plutón, dios de los Infiernos. En estos páramos y en estos vergeles, hemos conocido de una cosa y de la otra, y todos los dioses del Cielo y del Olimpo sean bienvenidos a nuestra protección para mantenernos en la prosperidad y en la alegría por los siglos de los siglos, amén.

Con estas novedades, no estará de más protección alguna, tanto humana como divina, porque sería insensato ignorar que el Príncipe Felipe de Borbón comienza con su boda una aventura matrimonial e histórica (todo matrimonio es ventura y aventura) desconocida en nuestra Monarquía. Esta será una monarquía nueva, y las dos experiencias republicanas que España ha vivido y sufrido no parecen demasiado estimulantes para arriesgarnos a una repetición de los ensayos

07 Noviembre 2004

La opción del Príncipe

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

El príncipe Felipe tiene, por principio, el derecho a casarse con quien quiera, con un único límite que establece la Constitución, al señalar que quedarán excluidos de la sucesión quienes «contrajeren matrimonio contra la expresa prohibición del Rey y de las Cortes». Esta hipótesis quedó ya despejada el sábado y ayer se formalizó con la petición de mano de Letizia Ortiz, una periodista sín vínculo alguno con Casas Reales ni la nobleza. Si en otras monarquías europeas ya se han producido matrimonios similares con mayor o menor éxito, en España no hay precedentes.

Es, por tanto, muy explicable la expectación de los medios de comunicación y el genuino interés del público, aunque probablemente hayan sido excesivas las dosis de zalamería de algunos medios públicos, especialmente RTVE, la empresa donde trabajaba la novia. Al príncipe Felipe, educado y formado para ocupar en su día el puesto de su padre, se le presupone la consciencia de la responsabilidad que ha asumido con esta decisión, como protagonista de la continuidad de una institución, la jefatura del Estado, que ha jugado un papel clave en la consolidación de la democracia española.

El matrimonio con una mujer moderna, universitaria y de destacado perfil profesional ha sido bienvenido para la mayoría de los españoles, según todas las encuestas. Sólo puristas del monarquismo de siglos pasados pueden echar de menos junto al heredero de la Corona a una princesa, aunque sea de opereta y cuyos únicos méritos fueran su cuna y presencia en el Gotha. Cabe esperar que la modernización de la Monarquía incluya también en un futuro próximo la abolición del privilegio sucesorio que la Constitución establece a favor de los descendientes varones, aunque se trata de un artículo de la Carta Magna especialmente blindado y la oportunidad de su reforma exige un cuidadoso cálculo por parte de las fuerzas políticas.

La opción del Príncipe no está exenta de riesgos.Son muchos los que recuerdan que el inestimable papel jugado por la reina doña Sofía junto al rey Juan Carlos tiene mucho que ver con el hecho de que la princesa griega había sido educada desde su infancia precisamente para hacer lo que hace desde hace más de un cuarto de siglo. Tanto el Príncipe como Letizia Ortiz habrán de demostrar ahora día a día que su decisión ha sido la adecuada para ellos pero también para la institución que representan. El hecho de que la futura princesa esté divorciada de su anterior matrimonio civil es una condición que comparte con muchos ciudadanos de una sociedad que ha cambiado profundamente en el último cuarto de siglo. La vida de los príncipes es sólo suya, incluido el pasado de ambos. Pero su futuro forma parte del compromiso de la Monarquía con la sociedad española.

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