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Muere Fernando Vizcaíno Casas, escritor satírico franquista en prensa y tertuliano en la COPE hasta que le echaron Vocento y Jiménez Losantos, respectivamente

HECHOS

El 2 de noviembre de 2003 falleció D. Fernando Vizcaíno Casas.

La amargura del veterano escritor.

En los últimos años de su vida el Sr. Vizcaíno Casas se sentía marginado. En sus memorias refleja así sus exclusiones:

Contaré para terminar este desagradable apartado de mis recuerdos mi peripecia en ‘Suplemento Semanal’ que es, imagino que muchos conocen, una revista (por cierto magnífica) que aparece los domingos, incoporada a distintos periódicos de varias ciudades españolas. Comencé a colaborar asiduamente en ella a poco de publicarse y puedo decir que con fortuna. De tal modo que por primera vez (y única hasta ahora) en mi vida, en dos ocasiones la empresa editora me aumentó de oficio, es decir, sin yo pedirlo, el precio de mis artículos. Tan satisfechos estaban por mi labor.

Ni uno solo de estos artículos (y fueron muchos) tuvo nunca la menor implicación política; eran simples comentarios de humor sobre temas de la vida cotidiana, algunos de los cuales recogí en ‘La chapuza nacional’, libro que me editó en 1993 ‘Temas de Hoy’. Allí puede comprobarse la intención puramente lúdica, como hoy suelen decir los cursis de aquellas colaboraciones. Que eran ruidosamente celebradas por su director de entonces, un tal Dorrego, de cuyo apellido siempre pensé que tenía equivocada la primera letra.

Pero lo que son las cosas: hubo cambios en los órganos directivos de la sociedad editora, que pasó a gestionar un grupo de creciente implantación en el sector informativo, así escrito como audiovisual [Grupo Correo] que a este paso pronto quedará dominado en España por tres empresas monopolísticas. Y un mal día, Dorrego me invitó a comer, menos mal que doró la píldora, para comunicarme nerviosamente que los reajustes, de rigor en estos casos, obligaban a prescindir de mi colaboración.

No es que no gustara, se apresuró a tranquilizarme, era consciente de mi aceptación por los lectores. Yo lo debía comprender, se trataba de darle un nuevo enfoque a la revista. Pamplinas. La revista sigue igual y supe después que muchos lectores habían escrito extrañados por la ausencia en sus páginas de mi firma. Por la que nunca se volvió a darme posterior explicación, aunque en nombre de la seriedad y ética empresarial (?) me pagaron puntualmente los dos artículos que tenia entregados antes de mi defenestración, pero que ya nunca se publicaron.

Aquel cese, despido, patada o como queramos llamarle, me intrigó durante bastante tiempo. No podía comprender que si mis escritos tenían buena acogida y en ellos nunca había aparecido la menor alusión política, existiera razón objetiva para prescindir de mi colaboración. Hasta que hace algunos meses, en ocasión de que un buen amigo me contara que por razones comerciales había entrado en contacto con los editores del Suplemento, le rogué que procurara enterarse de los motivos de mi exclusión.

Su respuesta fue contundente: porque yo soy políticamente incorrecto. Tan curiosa definición ha hecho fortuna en los últimos tiempos.
La conjura del silencio o si lo prefieren la censura por omisión, seguía actuando. Y sigue, sigue. Ahora mismo soy persona non grata en numerosos medios periodísticos comenzando por el diario LEVANTE de mi ciudad natal.

No tengo el gusto de conocer personalmente a ninguno de los que allí escriben ni a su director ni a su editor, tampoco creo haberles dado motivo de agravio, pero como irán viendo, hay gentes que cogen manía a distancia. O quizá cumplen consignas superiores. Distintas deben ser las motivaciones en EL PERIÓDICO DE CATALUNYA donde mi nombre está expresamente vetado. Pienso que en este caso quizá se trate de una decisión de su director, para evitar malos entendidos acerca de su profunda fe democrática. Ya que se apellida Franco.

Que nadie imagine que cuento estas cosas con rencor (con tristeza, sí). Muchas puertas se me han ido cerrando para mi labor periodística, hoy casi limitada a la semanal colaboración en LAS PROVINCIAS, el diario valenciano donde comencé mi andadura hace 53 años y uyas páginas siguen abiertas a mi firma. Dios se lo pague.

(Rosa Inés García escribió en ALERTA un artículo contra Vizcaino Casas titulado ‘lo que sobra en Cantabria son fachas’ protestando porque le escogieran como pregonero y considerando que el escritor «era ídolo literario de todo el facherio nacional».).

También los micrófonos se me fueron apagando. Durante cuatro temporadas intervine asiduamente en ‘Protagonistas’ alternando con muy diversos y siempre cordiales compañeros. Hasta que a comienzos de 1990 Luis del Olmo presindió de mi colaboración sin más motivo oficial que los tan sobados reajustes, excusa harto desprestigiada. En el semanario ÉPOCA se publicó que mi despido fue impuesto por Alfonso Guerra. No lo sé.
Nada descubro diciendo que Del Olmo tiene una voz preciosa, espléndida, puramente radiofónica. Que cuenta con un magnífico equipo de colaboradores comandado por la impagable Pilar Blanco, que le localizan al momento a los más difíciles personajes. No es de extrañar el seguimiento popular de ‘Protagonistas’. Claro que también Luis es arrogante, reafirmado por su éxito en cierta prepotencia que no le permite admitir fácilmente las críticas ni las opiniones discrepantes ni siquiera las observaciones contrarias a sus criterios. Últimamente ha dicho que piensa retirarse pronto. No me lo creo.

Cuando me desahució como tertuliano encontré rápida y cordialísima acogida en ANTENA 3 RADIO hasta su cierre y después en ‘La Linterna’ de Luis Herrero en COPE. Mi salida en la COPE se produce cuando Luis Herrero pasa a dirigir el matinal y Federico Jiménez Losantos pasa a dirigir el nocturno. Este turolense, inteligente, a menudo, buen periodista, tiene la radicalización de todos los conversos. Como procede de la izquierda se esfuerza en demostrar la verdad de su integración en democracia, incluso en sus variantes más conservadoras, lo que por otra parte nadie le discute. Debí de parecerle un tanto retrógrado y prescindió de mi colaboración sin intentar siquiera justificar su decisión».

Fernando Vizcaino Casas.

Los Pasos Contados.

03 Noviembre 2003

La pluma amable del franquismo

Jesús Pardo

Fernando Vizcaíno Casas, que murió ayer a los 77 años de edad, fue un gran caballero, una excelente y servicial persona, un abogado de talento, un gran amigo, un buen humorista, un periodista de talento y un mediano escritor.

Nació en Valencia («donde hay que nacer», decía él) el 23 de febrero de 1926, y salió a la escena nacional como escritor en 1978 con su historia-ficción Y al Tercer Año Resucitó, libro más importante como documento histórico que como obra puramente literaria. En ella se salió muy oportunamente al paso de los camisas viejas/chaquetas nuevas (glosando el título de otro de sus libros) que, a la muerte de Franco, querían medrar en la democracia tras haber medrado con el franquismo.

El sí que era franquista de toda la vida, y con tan retadora sinceridad que no se le podía censurar por ello. Cuando hay buena fe y autenticidad, todas las ideas políticas o religiosas son de recibo. Vizcaíno Casas fue siempre, además y por encima de todo, fiel a sus convicciones, aunque solía decir que él solo estaba dispuesto a morir por una causa: la de su propia supervivencia.

Llegó a Madrid pensando triunfar en el teatro, pero eso no le salió. Sí que triunfó, en cambio, en otros terrenos: el periodismo, la abogacía y la literatura. Dejaba en Valencia un intento de ser, como él decía, «paragüista y abaniquero», del que, según parece, él mismo supo librarse a tiempo; en Valencia, además, publicó y estrenó de todo, y siempre con gran éxito regional.En Madrid comenzó dedicándose a cultivar su afición al cine, arte del que fue brillante crítico y sobre el que escribió varios libros importantes, entre los que, a mi juicio, descuella su Diccionario del Cine Español, obra de referencia que aún es válida. Fue un apasionado del fútbol y la literatura, y tuvo siempre el deseo de dejar huella indeleble en las letras españolas, afán éste último que, desgraciadamente, no logró rematar. Y esto no por falta de talento, que sí lo tenía, sino por sobra de ingenio y falta de genio. El escribía en un vacío, sin consciencia de la tradición literaria occidental, y no supo ampliar su panorama literario, cosas ambas que se notan en sus libros. En cambio sí que ganó el aplauso de las masas, pues raro es el libro suyo que no resultó un gran best-seller; sólo el titulado Las Autonosuyas vendió 80.000 ejemplares en 15 días. También fue brillante y ocurrente conferenciante.

Pero el éxito nunca melló su ecuanimidad ni obscureció su sentido del humor: «¿Qué tonterías habré dicho para que me aplaudan tanto?», le oí decir al final de una conferencia sobre cine, cuando las ovaciones se sucedían. «A mí lo que realmente se me da bien es el mus», me dijo en una ocasión, «esa es mi verdadera vocación; todo lo demás que he hecho son simples distracciones».

La lista de sus obras es contundente testimonio de su perseverancia: entre Contando los Cuarenta (1971) y el tercer volumen de sus memorias (2002), hay nada menos que 37 libros, entre ensayos y novelas, casi todos de sátira política, todos muy leídos y mejor vendidos, en general muy bien pensados y escritos, pero sin llegar nunca a la grandeza, excepto en algunos momentos de Al Tercer Año… e Isabel, Camisa Vieja, que son, a juicio de muchos críticos, lo mejor de su obra. A la larga, su eterna tendencia a encontrar mal todo cuanto no fuese franquismo acabó cansando, y reduciendo su público a los irreconciliables, lo que le supuso un gran desgaste.

Ganó, si no he contado mal, 15 distinciones, premios, medallas y menciones honoríficas, casi todos importantes, entre los que destacan un Premio Nacional de teatro (1951), un premio del ministerio de Información y Turismo a la mejor labor periodística en materia de cine (1966), el título de Escritor del Año de la Editorial Planeta y los Libreros de Madrid (1984) y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2001).

A Fernando Vizcaíno Casas, con su excelente pluma y su eterno y agudo ingenio, le faltó, como escritor, sentido de la medida, y hasta cierto punto también contacto con la sensibilidad de una buena parte de la masa lectora española.

Fue un periodista estupendo, y el periodismo penetró en ocasiones en su obra literaria. Sobre sus colaboraciones en diarios de extrema derecha al principio de la democracia pesaba también la rémora de tener que encontrar fallos en todo cuanto oliese a democrático, y algunos críticos han apuntado que si hubiese diversificado sus intereses, tratando, por ejemplo, temas costumbristas, para los que tenia evidente talento, le habría ido mejor en su trayectoria como periodista.

Su labor como abogado fue extensa, intensa y meritoria («Soy casi tan buen abogado como crítico cinematográfico e hincha de fútbol», solía decir). Al dinamitar el Gobierno el diario Madrid, facilitó la entrada en la agencia EFE de periodistas -como fue mi caso- a pesar de que el gobierno de la dictadura había puesto el veto a los náufragos de ese diario en oficinas periodísticas oficiales. Un día que le di las gracias por tan importante favor, él me respondió: «Es que a mí me gusta meter goles, aunque sea al mismísimo Franco».

Yo le consideré siempre mi amigo. Los fallos que aquí apunto los discutí amigablemente con él, sin que jamás se enfadase. Al contrario, siempre acabábamos la conversación tan cordialmente como habíamos empezado.

Cuando alguien le preguntaba cuántos años tenía, Vizcaíno Casas solía contestar: «Pues, mira, aquí 50 (o los que fuesen), y 51 en Canarias». Llevó su buen humor y sus ganas de vivir hasta el final.

03 Noviembre 2003

Ánimus iocandi

Manuel Martín Ferrand

Si es cierto, como rezaba un anuncio publicado en los periódicos de los cuarenta, que «los rojos no usan sombrero», Fernando Vizcaíno Casas nunca se quitó el chambergo ni tuvo la más mínima tentación de hacerlo. Este valenciano cabal y divertido nació, como anticipo de su sentido del humor, el 23-F del mismo año en que Francisco Franco ascendió a general de brigada y, hombre de lealtades y sin complejos, nunca renegó de la memoria del dictador aún siendo, como fue, un espíritu abierto, un talante liberal y un manantial de sonrisas.

Su padre, fabricante de paraguas, y su madre, propietaria de buenos huertos de naranjos, le llevaron a estudiar con los jesuitas y, por eso de la guerra, comenzó el bachillerato con un par de años de retraso. Los recuperó enseguida y ya en 1951, renunciando al cómodo estatus de hijo único en una acomodada familia de Valencia, estaba en Madrid y escribía, con éxito, en «Triunfo», entonces una revista dedicada al cine y al espectáculo. De ahí le vino su primera cartera de clientes como abogado: actores, guionistas, productores y directores desamparados a los que él, como magnífico laboralista, representó con eficacia.

De hecho, Vizcaíno Casas era, de lunes a viernes, un abogado solvente y trabajador. A las nueve de la mañana ya estaba en su despacho y, sin cansarse y después de desgastar la toga, en él seguía al caer la noche. Era un dominguero de las letras. Se retiraba a su casa de Navacerrada y con el único recreo de un rato de charla y partida con su fraternal Antonio Buero Vallejo, sacaba adelante sus muchos y muy vendidos libros. De algunos, como «… Y el tercer año resucitó», se vendieron más de 600.000 ejemplares y todos los demás -«Niñas… ¡al salón!», «Las autonosuyas», «La boda del señor cura», «Hijas de María»…- merecieron el favor del público en docenas de miles de ejemplares. Sólo con Planeta, su editorial de referencia, vendió en España cuatro millones de ejemplares con treinta y tantos únicos títulos.

Fue uno de los miembros del primer equipo de Antena 3 TV. Redactó, como abogado, el reglamento laboral que marcó los primeros y pacíficos años de aquella casa hoy enrarecida y, como escritor, los guiones de un serial -«El orgullo de la Huerta»- que, durante seis meses, fue uno de los éxitos de la primera televisión privada.

Todos los géneros le eran propios, desde el artículo a la charla radiofónica, de la novela al cuento pasando por el teatro y el ensayo, y sus tres tomos de memorias -«Los pasos contados»-, lo más fresco de su obra, son un testimonio valioso de la historia reciente en una contemplación tan sesgada como honesta y chispeante. Vivió y escribió, siempre con un toque de vanidad, haciendo gala del animus iocandi. Su hijo Eduardo tiene publicada una magnífica biografía de un escritor singular, un abogado señero y un hombre lleno de amigos… y de enemigos. Un gran hombre en consecuencia.

05 Noviembre 2003

Vizcaíno Casas

Alfonso Ussía

FERNANDO Vizcaíno Casas fue un hombre generoso, un amigo leal y un escritor valiente. Representante único del franquismo liberal, que es difícil de catalogar, pero él lo supo llevar sin dificultad alguna. Hubo un franquista liberal -Vizcaíno-, como hay un liberal falangista, Enrique de Aguinaga, maestro de periodistas y azote de los desmemoriados. Fernando era, además, un prestigioso y reclamado abogado laboralista, que humanizó con su sentido del humor y su agudeza las salas de los juzgados. Se ganó y cultivó amigos en todas partes, que respetaban sus ideas como Fernando respetó siempre las que arañaban su sensibilidad. Era valenciano, como Luis Sánchez Polack «Tip». Un día le pidió a su amigo y paisano que le presentara un libro. Las presentaciones de los libros de Fernando eran multitudinarias. «Tip» llegó al salón abarrotado de lectores con una caja de cartón bajo el brazo. En la mesa, José Manuel Lara, «Tip» y el autor. No recuerdo de qué libro se trataba, que Fernando escribió más de cuarenta, pero la actuación de «Tip» resultó asombrosa. Nos tuvo veinte minutos hablando de los árboles caducifolios. La gente no sabía dónde mirar. «Tip», muy serio, seguía refiriéndose a los árboles de hoja caduca. Pasada la media hora interrumpió la lectura: «Perdón, me he equivocado de folios. He traído los que he escrito para presentar un libro de árboles. Los del libro de Fernando me los he dejado en casa. Pero da igual, porque será un éxito seguro. Y ahora, con su permiso, los de la mesa nos vamos a comer las croquetas que he traído de mi casa». Y abrió la caja de cartón y se repartieron las croquetas. A Fernando, aquella gamberrada de «Tip» le hizo mucha más gracia que una presentación formal. Otro autor se habría tirado al cuello del maravilloso Luisito.

Fernando tenía el don de la ubicuidad. Acudía a todos los actos convocados por sus amigos. Yo tuve la fortuna de presentarle dos libros. Defendía sus ideas con valentía y gracia, y a más de uno dejó sin argumentos ni palabra. Pero no se regodeaba con la falta de ingenio del prójimo, porque su bondad se lo impedía. Escribió novelas, ensayos, entrevistas, artículos, guiones y teatro. Fue amigo de todos los grandes maestros de la «Otra Generación del 27», desde Edgar Neville a Pepe López-Rubio, pasando por «Tono», Enrique Herreros, Mihura y Jardiel. También de los hijos de esa generación, y especialmente del hijo predilecto, Antonio Mingote. Se ganó la antipatía de muchos escritores sin lectores, de los grandes genios que no ha leído nadie. No fue su militancia posfranquista el motivo de la animadversión, sino sus éxitos editoriales. Molestaban sus abrumadoras cifras de venta y su abono permanente a la relación de libros más vendidos. Fue ninguneado y despreciado por los envidiosos, por los que Fernando sentía piedad. No era un virtuoso de la floritura escrita, pero su estilo directo era de una eficacia indiscutible. Vivió y dejó vivir, y jamás gastó un segundo de su vida para el rencor o el resentimiento.

Ha muerto a sabiendas de que lo hacía y con su buena educación característica. Como era más presumido que un pavo real en época de celo, no quiso que sus amigos vieran su desmoronamiento físico. Su gran amigo, Antonio Buero Vallejo, le dejó sin partida serrana. Fue de los pocos que consiguieron un casi imposible. Que Buero Vallejo sonriera con sus ocurrencias improvisadas. Fue leal a su gente y a sus ideas, y nunca se le secó el pozo de la cordialidad. Es de esperar que los envidiosos hayan descansado con su muerte. Y que aprovechando su alivio, reconozcan al fin las muchas virtudes literarias de un escritor que fue protagonista y cronista de toda una época. Duerme para siempre en Navacerrada un hombre bueno.

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