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Muere Fernando Vizcaíno Casas, escritor satírico franquista y tertuliano en la COPE hasta que le echó Jiménez Losantos

HECHOS

El 2 de noviembre de 2003 falleció D. Fernando Vizcaíno Casas.

03 Noviembre 2003

La pluma amable del franquismo

Jesús Pardo

Fernando Vizcaíno Casas, que murió ayer a los 77 años de edad, fue un gran caballero, una excelente y servicial persona, un abogado de talento, un gran amigo, un buen humorista, un periodista de talento y un mediano escritor.

Nació en Valencia («donde hay que nacer», decía él) el 23 de febrero de 1926, y salió a la escena nacional como escritor en 1978 con su historia-ficción Y al Tercer Año Resucitó, libro más importante como documento histórico que como obra puramente literaria. En ella se salió muy oportunamente al paso de los camisas viejas/chaquetas nuevas (glosando el título de otro de sus libros) que, a la muerte de Franco, querían medrar en la democracia tras haber medrado con el franquismo.

El sí que era franquista de toda la vida, y con tan retadora sinceridad que no se le podía censurar por ello. Cuando hay buena fe y autenticidad, todas las ideas políticas o religiosas son de recibo. Vizcaíno Casas fue siempre, además y por encima de todo, fiel a sus convicciones, aunque solía decir que él solo estaba dispuesto a morir por una causa: la de su propia supervivencia.

Llegó a Madrid pensando triunfar en el teatro, pero eso no le salió. Sí que triunfó, en cambio, en otros terrenos: el periodismo, la abogacía y la literatura. Dejaba en Valencia un intento de ser, como él decía, «paragüista y abaniquero», del que, según parece, él mismo supo librarse a tiempo; en Valencia, además, publicó y estrenó de todo, y siempre con gran éxito regional.En Madrid comenzó dedicándose a cultivar su afición al cine, arte del que fue brillante crítico y sobre el que escribió varios libros importantes, entre los que, a mi juicio, descuella su Diccionario del Cine Español, obra de referencia que aún es válida. Fue un apasionado del fútbol y la literatura, y tuvo siempre el deseo de dejar huella indeleble en las letras españolas, afán éste último que, desgraciadamente, no logró rematar. Y esto no por falta de talento, que sí lo tenía, sino por sobra de ingenio y falta de genio. El escribía en un vacío, sin consciencia de la tradición literaria occidental, y no supo ampliar su panorama literario, cosas ambas que se notan en sus libros. En cambio sí que ganó el aplauso de las masas, pues raro es el libro suyo que no resultó un gran best-seller; sólo el titulado Las Autonosuyas vendió 80.000 ejemplares en 15 días. También fue brillante y ocurrente conferenciante.

Pero el éxito nunca melló su ecuanimidad ni obscureció su sentido del humor: «¿Qué tonterías habré dicho para que me aplaudan tanto?», le oí decir al final de una conferencia sobre cine, cuando las ovaciones se sucedían. «A mí lo que realmente se me da bien es el mus», me dijo en una ocasión, «esa es mi verdadera vocación; todo lo demás que he hecho son simples distracciones».

La lista de sus obras es contundente testimonio de su perseverancia: entre Contando los Cuarenta (1971) y el tercer volumen de sus memorias (2002), hay nada menos que 37 libros, entre ensayos y novelas, casi todos de sátira política, todos muy leídos y mejor vendidos, en general muy bien pensados y escritos, pero sin llegar nunca a la grandeza, excepto en algunos momentos de Al Tercer Año… e Isabel, Camisa Vieja, que son, a juicio de muchos críticos, lo mejor de su obra. A la larga, su eterna tendencia a encontrar mal todo cuanto no fuese franquismo acabó cansando, y reduciendo su público a los irreconciliables, lo que le supuso un gran desgaste.

Ganó, si no he contado mal, 15 distinciones, premios, medallas y menciones honoríficas, casi todos importantes, entre los que destacan un Premio Nacional de teatro (1951), un premio del ministerio de Información y Turismo a la mejor labor periodística en materia de cine (1966), el título de Escritor del Año de la Editorial Planeta y los Libreros de Madrid (1984) y la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2001).

A Fernando Vizcaíno Casas, con su excelente pluma y su eterno y agudo ingenio, le faltó, como escritor, sentido de la medida, y hasta cierto punto también contacto con la sensibilidad de una buena parte de la masa lectora española.

Fue un periodista estupendo, y el periodismo penetró en ocasiones en su obra literaria. Sobre sus colaboraciones en diarios de extrema derecha al principio de la democracia pesaba también la rémora de tener que encontrar fallos en todo cuanto oliese a democrático, y algunos críticos han apuntado que si hubiese diversificado sus intereses, tratando, por ejemplo, temas costumbristas, para los que tenia evidente talento, le habría ido mejor en su trayectoria como periodista.

Su labor como abogado fue extensa, intensa y meritoria («Soy casi tan buen abogado como crítico cinematográfico e hincha de fútbol», solía decir). Al dinamitar el Gobierno el diario Madrid, facilitó la entrada en la agencia EFE de periodistas -como fue mi caso- a pesar de que el gobierno de la dictadura había puesto el veto a los náufragos de ese diario en oficinas periodísticas oficiales. Un día que le di las gracias por tan importante favor, él me respondió: «Es que a mí me gusta meter goles, aunque sea al mismísimo Franco».

Yo le consideré siempre mi amigo. Los fallos que aquí apunto los discutí amigablemente con él, sin que jamás se enfadase. Al contrario, siempre acabábamos la conversación tan cordialmente como habíamos empezado.

Cuando alguien le preguntaba cuántos años tenía, Vizcaíno Casas solía contestar: «Pues, mira, aquí 50 (o los que fuesen), y 51 en Canarias». Llevó su buen humor y sus ganas de vivir hasta el final.

03 Noviembre 2003

Ánimus iocandi

Manuel Martín Ferrand

Si es cierto, como rezaba un anuncio publicado en los periódicos de los cuarenta, que «los rojos no usan sombrero», Fernando Vizcaíno Casas nunca se quitó el chambergo ni tuvo la más mínima tentación de hacerlo. Este valenciano cabal y divertido nació, como anticipo de su sentido del humor, el 23-F del mismo año en que Francisco Franco ascendió a general de brigada y, hombre de lealtades y sin complejos, nunca renegó de la memoria del dictador aún siendo, como fue, un espíritu abierto, un talante liberal y un manantial de sonrisas.

Su padre, fabricante de paraguas, y su madre, propietaria de buenos huertos de naranjos, le llevaron a estudiar con los jesuitas y, por eso de la guerra, comenzó el bachillerato con un par de años de retraso. Los recuperó enseguida y ya en 1951, renunciando al cómodo estatus de hijo único en una acomodada familia de Valencia, estaba en Madrid y escribía, con éxito, en «Triunfo», entonces una revista dedicada al cine y al espectáculo. De ahí le vino su primera cartera de clientes como abogado: actores, guionistas, productores y directores desamparados a los que él, como magnífico laboralista, representó con eficacia.

De hecho, Vizcaíno Casas era, de lunes a viernes, un abogado solvente y trabajador. A las nueve de la mañana ya estaba en su despacho y, sin cansarse y después de desgastar la toga, en él seguía al caer la noche. Era un dominguero de las letras. Se retiraba a su casa de Navacerrada y con el único recreo de un rato de charla y partida con su fraternal Antonio Buero Vallejo, sacaba adelante sus muchos y muy vendidos libros. De algunos, como «… Y el tercer año resucitó», se vendieron más de 600.000 ejemplares y todos los demás -«Niñas… ¡al salón!», «Las autonosuyas», «La boda del señor cura», «Hijas de María»…- merecieron el favor del público en docenas de miles de ejemplares. Sólo con Planeta, su editorial de referencia, vendió en España cuatro millones de ejemplares con treinta y tantos únicos títulos.

Fue uno de los miembros del primer equipo de Antena 3 TV. Redactó, como abogado, el reglamento laboral que marcó los primeros y pacíficos años de aquella casa hoy enrarecida y, como escritor, los guiones de un serial -«El orgullo de la Huerta»- que, durante seis meses, fue uno de los éxitos de la primera televisión privada.

Todos los géneros le eran propios, desde el artículo a la charla radiofónica, de la novela al cuento pasando por el teatro y el ensayo, y sus tres tomos de memorias -«Los pasos contados»-, lo más fresco de su obra, son un testimonio valioso de la historia reciente en una contemplación tan sesgada como honesta y chispeante. Vivió y escribió, siempre con un toque de vanidad, haciendo gala del animus iocandi. Su hijo Eduardo tiene publicada una magnífica biografía de un escritor singular, un abogado señero y un hombre lleno de amigos… y de enemigos. Un gran hombre en consecuencia.

05 Noviembre 2003

Vizcaíno Casas

Alfonso Ussía

FERNANDO Vizcaíno Casas fue un hombre generoso, un amigo leal y un escritor valiente. Representante único del franquismo liberal, que es difícil de catalogar, pero él lo supo llevar sin dificultad alguna. Hubo un franquista liberal -Vizcaíno-, como hay un liberal falangista, Enrique de Aguinaga, maestro de periodistas y azote de los desmemoriados. Fernando era, además, un prestigioso y reclamado abogado laboralista, que humanizó con su sentido del humor y su agudeza las salas de los juzgados. Se ganó y cultivó amigos en todas partes, que respetaban sus ideas como Fernando respetó siempre las que arañaban su sensibilidad. Era valenciano, como Luis Sánchez Polack «Tip». Un día le pidió a su amigo y paisano que le presentara un libro. Las presentaciones de los libros de Fernando eran multitudinarias. «Tip» llegó al salón abarrotado de lectores con una caja de cartón bajo el brazo. En la mesa, José Manuel Lara, «Tip» y el autor. No recuerdo de qué libro se trataba, que Fernando escribió más de cuarenta, pero la actuación de «Tip» resultó asombrosa. Nos tuvo veinte minutos hablando de los árboles caducifolios. La gente no sabía dónde mirar. «Tip», muy serio, seguía refiriéndose a los árboles de hoja caduca. Pasada la media hora interrumpió la lectura: «Perdón, me he equivocado de folios. He traído los que he escrito para presentar un libro de árboles. Los del libro de Fernando me los he dejado en casa. Pero da igual, porque será un éxito seguro. Y ahora, con su permiso, los de la mesa nos vamos a comer las croquetas que he traído de mi casa». Y abrió la caja de cartón y se repartieron las croquetas. A Fernando, aquella gamberrada de «Tip» le hizo mucha más gracia que una presentación formal. Otro autor se habría tirado al cuello del maravilloso Luisito.

Fernando tenía el don de la ubicuidad. Acudía a todos los actos convocados por sus amigos. Yo tuve la fortuna de presentarle dos libros. Defendía sus ideas con valentía y gracia, y a más de uno dejó sin argumentos ni palabra. Pero no se regodeaba con la falta de ingenio del prójimo, porque su bondad se lo impedía. Escribió novelas, ensayos, entrevistas, artículos, guiones y teatro. Fue amigo de todos los grandes maestros de la «Otra Generación del 27», desde Edgar Neville a Pepe López-Rubio, pasando por «Tono», Enrique Herreros, Mihura y Jardiel. También de los hijos de esa generación, y especialmente del hijo predilecto, Antonio Mingote. Se ganó la antipatía de muchos escritores sin lectores, de los grandes genios que no ha leído nadie. No fue su militancia posfranquista el motivo de la animadversión, sino sus éxitos editoriales. Molestaban sus abrumadoras cifras de venta y su abono permanente a la relación de libros más vendidos. Fue ninguneado y despreciado por los envidiosos, por los que Fernando sentía piedad. No era un virtuoso de la floritura escrita, pero su estilo directo era de una eficacia indiscutible. Vivió y dejó vivir, y jamás gastó un segundo de su vida para el rencor o el resentimiento.

Ha muerto a sabiendas de que lo hacía y con su buena educación característica. Como era más presumido que un pavo real en época de celo, no quiso que sus amigos vieran su desmoronamiento físico. Su gran amigo, Antonio Buero Vallejo, le dejó sin partida serrana. Fue de los pocos que consiguieron un casi imposible. Que Buero Vallejo sonriera con sus ocurrencias improvisadas. Fue leal a su gente y a sus ideas, y nunca se le secó el pozo de la cordialidad. Es de esperar que los envidiosos hayan descansado con su muerte. Y que aprovechando su alivio, reconozcan al fin las muchas virtudes literarias de un escritor que fue protagonista y cronista de toda una época. Duerme para siempre en Navacerrada un hombre bueno.

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