3 febrero 1992
‘La Clave’ de Balbín en Antena 3 realiza un programa especial contra la corrupción al que rechazaron asistir representantes del PSOE como Benegas o Leguina
Hechos
El 31 de enero de 1992 el programa ‘La Clave’ de Antena 3 TV de D. José Luis Balbín Meana emite un coloquio sobre corrupción.
02 Febrero 1992
Poco debate
Evidentemente, el debate de Balbín estuvo cojo. El tema de la noche, La Corrupción, era como para que hubiesen estado presentes representantes de todas las tendencias. Sobre todo de la Administración central. Más que nada porque a ella fueron dirigidas la mayoría de las acusaciones. Claro que no fue culpa de ‘La Clave’. Una y otra vez, eran sobreimpresionados en la pantalla los nombres de aquellos que habían declinado amablemente su asistencia. Entre los citados estaban Txiki Benegas y Joaquín Leguina. Y entre los presentes Luis Olarra y el exalcalde de San Sebastián de los Reyes, el pueblo de moda en actualidad por estar dentro de sus límites los famosos terrenos adquiridos por RENFE. Y, volviendo al principio, el debate quedó cojo. Así, no vale.
03 Febrero 1992
La vuelta de Xirinachs
Hacía tiempo que no veíamos a este hombre de aire angelical que permanecía de pie en el salón de comisiones del Senado durante debates constitucionales para pedir con su silencio la amnistía. Tuvo su papel entonces este padre escolapio catalán, admirador de Mahatma Ghandi, místico más que político representante de una época en que la política no era aún la profesión que ha llegado a ser, José Luis Balbín le invitó la otra noche para debatir sobre la corrupción de un panel que, sin culpa alguna de presentador, dio como resultado uno de los más pintorescos debates de los últimos tiempos.
Ningún representante socialista acudió al programa aunque habían sido invitados numerosos y conspicuos líderes del PSOE cuyos nombres aparecieron en pantalla, desde Benegas hasta Javier Solana, pasando por Almunia. Este último, dijo Balbín, fue el único que se puso al teléfono para anunciar que no iba porque no quería convertirse en el pim-pam-pum de la fiesta. La composición del panel podía hacer suponer que el debate acabara siendo un proceso al Gobierno y al Partido Socialista. Pero no. El diputado popular Luis Ramallo, implacable y sarcástico debelador del PSOE, bastante trabajo tuvo en defenderse de las acusaciones que, contra el PP, lanzaba otro de los contertulios. Me refiero a Luis Olarra, ex senador real en las constituyentes y que ahora parece querer fundar algo, aún no se sabe qué, a la derecha del primer partido de la oposición.
La izquierda estaba representada por Alonso Puerta, ex militante del PSOE, fundador del PASOC y miembro de la dirección de Izquierda Unida. Puerta, que, por lo que él dijo, había ido al debate a regañadientes, se dedicó como hombre de caletre que es, a defender la idea de que las corrupciones que hay no significan que la corrupción sea consustancial a la democracia y de que el sistema democrático tiene medios para combatirla y acabar con ella. En medio de aquellos políticos que abominaban la corrupción, el padre Xirinachs parecía buscar más bien, fuera del campo de la política tal como ahora se entiende, la posibilidad de que se obrara un milagro que la erradicara. Propugnó que se incluyera en las listas electorales a personas de acrisolada y reconocida honradez (no me pareció que se postulara él mismo para ese cometido) a fin de hacer una ofensiva ética que acabara con las corrupciones que vive España.
Llegó Xirinachs, en su afán moralizante, a poner un entredicho en el sistema democrático cuando dijo que era un grave defecto de la democracia el hecho de que la mayoría domine el Parlamento y tenga al mismo tiempo el gobierno, porque así no se respeta el principio de la división de poderes.
Pero la propuesta más sonada que hizo fue la relativa a la manera de controlar a los corruptos. Dijo que, con medios informáticos, podía lograrse que en los billetes y mnnedas quedaran inscrito el nombre de aquellos por cuyas manos pasa. «Eso es policial», dijo Puerta con lógica. «Se haría bajo control judicial», aclaró el escolapio. Al final todos hablaban a la vez, Balbín trataba de poner orden. Un senador comunista francés que participaba en el debate ponía cara de no dar crédito a l oque oía y de estar pensando: «L´Espagne, l´Espagne, aquelle salade!».
02 Febrero 1992
En la calle
La Ley de la calle: madrugada. Radio Nacional 1. Lo oí por dejar ‘La Clave’ de Antena 3 que entraba en tromba en la campaña preelectoral de la corrupción. Interesante personaje, Balbín, tan valioso. Por haber sido ofendido personalmente en TVE, da la vuelta a su ideología como si fuese un guante: se le ve del revés, que da la vuelta al camino que antes anduvo. ¿No es más digno sufrir que te censuren otros que retorcerse uno mismo por venganza? Parece comprendido en la amplitud que dan a la corrupción.
08 Febrero 1992
Triste protagonismo
Con buena o mala intención me pasan la breve referencia que el amigo Eduardo Haro hace a las motivaciones que supone en mi decisión de que ‘La Clave’ haya dedicado un programa a la corrupción. Me sorprende que le dedique esa atención después de otros premonitores desapercibimientos, como si fuera el único medio de comunicación que se ocupa del asunto, incluido ese en el que él escribe.
Jamás protesto por cualquier crítica sobre mi calidad profesional. (probablemente sea difícil de creer que soy el más escéptico y el más duro crítico de mí mismo), pero me duelen dos alusiones del amigo Haro, precisamente por ser el admirado maestro que tanto ejemplo ha dado para dignificar esta profesión y uno de los pocos columnistas, serios y sutiles, que nos han hecho creer a algunos de los que nos dedicamos al periodismo más denostado – el de la caja de la mala fama – que todavía merece la pena intentarlo. Sus críticas podrán ser duras, pero casi siempre motivadas. Lo de menos es que Haro crea que lo hago mejor o peor en un determinado programa, o que interpreto bien o mal mi personaje; sería una barata vanidad sentirse herido por ello. Lo de más, que atribuya mi programación a la venganza. No sólo porque él debiera saber que dispongo de munición más eficaz si de venganza se tratara, sino porque descubro así la pobre opinión que tiene de mi persona, no ya del personaje.
Jamás se me ocurriría atribuir ciertos elogios de Haro para el periodismo aparentemente más vulgar de la televisión y algunos de sus sorprendentes silencios a sus vinculaciones políticas amistosas o empresariales. Si algún remordimiento me asalta, no es precisamente el de desandar camino. Quizá no sea lo más inteligente, pero sigo en el mismo sitio: menos interesado en el continente que en el contenido. Las siglas no hacen al monje.