17 septiembre 2004

Una entrevista de Gallardón a EL PAÍS (diario de PRISA) en la que criticaba al Gobierno Aznar causó la indignación de la derecha mediática, en particular de la COPE y LA RAZÓN

La COPE inicia temporada con una bronca entre Jiménez Losantos y Ruiz Gallardón después de que este arremetiera contra PRISA

Hechos

En septiembre de 2004 el programa ‘La Mañana’ de la COPE del Sr. Jiménez Losantos comenzó una nueva temporada entrevistando al alcalde de Madrid, Sr. Ruiz Gallardón en la que ambos se hicieron reproches.

Lecturas

EL DETONANTE

centridon El 18.08.2004 el diario EL PAÍS (del Grupo PRISA) publicó una entrevista al Sr. Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y dirigente del PP en la que este pedía autocrítica a su partido. Pedía al PP ser más de centro y evitar ‘tentaciones conservadoras’.

http://youtu.be/8wkqNSSUlec

TRANSCRIPCIÓN:

Jiménez Losantos: ¿Por qué está tan a la defensiva? ¿Cree que hay una conspiración de liberales contra usted?

Gallardón: Liberales imposible, los liberales me apoyan. Quizás haya una distancia con algunas personas no ubicadas en el centrismo sino en posturas radicales. Liberal es el que escucha.

Jiménez Losantos: Ah, entonces como Juan Luis Cebrián. 

Gallardón: No se defina Ud. por sus fantasmas profesionales, don Federico.

Jiménez Losantos: A una empresa [PRISA] que ha llevado a las manifestaciones del 13-M que ha llamado a su partido “asesino” y “mentiroso” y les lleva a perder las elecciones no la catalogaría de fantasma.

Gallardón: Don Federico, no es razonable invitar a una persona que está en política para hacer un alegato en contra de otras empresas. Ese es un problema que tiene Ud. Lo razonable es hablar de política, usted habla de empresas periodísticas.

Jiménez Losantos: Está usted perdiendo los papeles. Está tan tenso que no entiende los chistes, yo entiendo que los hago peor que Iñaki [Gabilondo].

Gallardón: Mi papel en estos momentos es de sorpresa el ver como se me convoca a una mesa para hacer una diatriba en contra de otras empresas periodísticas.

Jiménez Losantos:  ¿Pero qué dice usted? ¿Qué dice? ¿Qué dice? Yo he hecho un chiste con Juan Luis Cebrián. 

Gallardón:  La obligación de un político es hablar con todos los ciudadanos. A usted le hacen gracia cosas que a mí no me lo hacen. Usted trata con frivolidad algunos asuntos que a mí me parecen más serios.

Jiménez Losantos:  Si ya me va a dar lecciones de ética, de prosodia y hasta de ortografía, don Alberto, esto va a acabar bastante mal. A mí me parece frívolo que cuando una empresa periodística eche del poder a un partido la preocupación sea la cautela…

Gallardón: Nuestro adversario político es el PSOE. Presentarlo como un instrumento en manos de otro le deja exento de la crítica y no se hace una valoración negativa como creo que tiene que hacerse. Cuando tengamos motivos para reírnos lo haremos. Pero por el hecho de estar aquí no voy a reírme de cosas que para usted tienen gracia y para mí no.

19 Agosto 2004

¿Regreso al centro?

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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Por cuarta o quinta vez, el PP debe emprender su viaje al centro, según voces significativas que se han hecho oír estos días, a poco más de un mes de su XV Congreso. Desengancharse de la nostalgia por el poder perdido es la bandera con que ha saltado al ruedo el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, al ofrecerse para formar parte del equipo dirigente que salga del cónclave. Volver a la primera legislatura (de Aznar), recomponiendo el diálogo con los antiguos aliados, es la receta complementaria del ex ministro Piqué desde Cataluña. Ambos proponen mirar al futuro, apostar por la moderación, huir de todo radicalismo. Otros dirigentes dicen cosas similares, pero sólo algunos reconocen en público que ese viaje al centro implicará dar carpetazo a la comisión del 11-M y no plantear que declare Aznar. Pero esto no lo puede decir directamente el PP, así es que tendrá que ser un acuerdo implícito no cuestionado por el PSOE.

No quedar anclados en la nostalgia significa para Gallardón asumir el resultado del 14 de marzo: dejar de darle vueltas a las circunstancias que influyeron en ese resultado y pasar a ejercer una «oposición muy exigente», y también «muy leal», en los asuntos de interés nacional. Al PSOE le costó mucho, tras la derrota de 1996, interiorizar su nueva condición; pero no porque dejase de criticar a Aznar, sino porque lo hacía desde una actitud defensiva de lo suyo (los 13 años de gobierno), cayendo en la trampa de un Gobierno que actuaba como oposición de la oposición. Los socialistas parecen a veces hacer ahora lo mismo -a propósito de los precios del petróleo, por ejemplo-, estimulados, a su vez, por la actitud del PP: vindicativa, o al menos reivindicativa, de su pasado; e incluso ligeramente paranoica cuando Acebes dice que todavía no está claro la no implicación de ETA en el 11-M o que, en todo caso, hay que averiguar quién estuvo detrás de un atentado pensado para «derribar» al Gobierno.

Una oposición exigente y leal implica cerrar cuanto antes ese debate, o un debate sobre lo que sea en esos términos. Piqué reconoció hace poco la inutilidad de oponerse a la reforma del Estatuto catalán desde la negativa a discutirlo; participará en el debate, defendiendo su opinión y sabiendo que sin un consenso que incluya al PP no puede haber convalidación de la reforma en las Cortes. Ahora avanza la necesidad de reanudar los lazos con los antiguos aliados. Es decir, de no dar por supuesto que tienen que serlo del PSOE. Parece esbozarse, por tanto, un movimiento de regreso del PP a algunas de las políticas (y actitudes) que le llevaron a ganarse en 2000 al electorado de centro (y cuyo abandono, una vez instalado en la mayoría absoluta, le hizo perderlo).

19 Agosto 2004

Las Nostalgias de Gallardón

Luis María Anson

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El PP no es un partido anclado en la nostalgia. Derrotó al PSOE de Felipe González en 1996, gracias a la defensa moderada y coherente de los valores del centro derecha y a los errores y corrupciones del Gobierno socialista, amparados por EL PAÍS pero denunciados por el ABC verdadero, EL MUNDO de Pedro J y la COPE de Antonio Herrero. Gobernaron los populares con eficacia y modernidad. Vencieron en 2000 por mayoría absoluta. Tan poco anclado estuvo el PP en la nostalgia que Aznar renunció a continuar en Moncloa, dando una soberana lección de sabiduría política. Un partido renovado y con vista en el futuro ganaba holgadamente en todas las encuestas, incluso la de TELECINCO, hasta el mismo 11-M. Perdió las elecciones a consecuencia de una salvajada terrorista y su hábil instrumentalización por el PSOE y los medios adictos. Dejaron, por cierto, los populares una espléndida herencia que permitirá al PSOE de Zapatero gobernar en la abundancia hasta el año 2008.

A mí me parece buena cosa que Gallardón, que es uno de los hombres más lúcidos y capaces de la política española se incorpore a los órganos de decisión del PP siempre y cuando no se dedique a declarar en EL PAÍS medias verdades que denigran la espléndida labor del Gobierno Aznar. Y generosa. Porque fue el propio Aznar el que se envainó antiguos rencores y propuso a Gallardón para la Alcaldía de Madrid. No sé si eso fue o no una tentación conservadora. Gallardón sabe, en todo caso, que tiene a la derecha cautiva. Por eso hace permanentemente aspavientos y no vacila en postrarse de hinojos ante Polanco, para que le trate bien el grupo Prisa y le entrevisten en EL PAÍS, diario independiente de la mañana que desde el 19 de abril ha publicado en su portada 25 fotos de Zapatero y ninguna de Rajoy, que ha insertado 24 entrevistas con líderes del PSOE y dos sólo con dirigentes del PP: la obligada de Mayor Oreja en las elecciones europeas y la de ayer de Alberto Ruiz Gallardón, complaciente compañero de viaje, cuya concejala de las artes ‘para no caer en ningún tipo de tentación conservadora’ sin duda, acudió a solidarizarse con Ramírez de Haro, autor de esa comedia de gran calado intelectual titulada ‘Me cago en Dios’.

Luis María Anson

07 Octubre 2004

Que se presente Gallardón

Isabel Durán

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Ruiz Gallardón continúa viviendo una luna de miel con la progresía de billetera y talonario. Pero ha llegado su hora. Ha echado un órdago para conquistar la presidencia del Partido Popular en Madrid. Que se presente y diga de una vez lo que piensa. Que deje de ponerse morado a costa del PP, de vivir con el coche oficial y del presupuesto bajo un programa que no es el suyo. Que diga que es la segunda marca de Polanco, que proclame que sube los impuestos porque la administración se lo merece, que la píldora abortiva es lo que las familias españolas desean para sus hijas a espaldas de los padres y que la adopción por parte de homosexuales es lo mejor porque se vela por los niños basándose en informes a la medida carentes de rigor, pero, eso sí, pagados rigurosamente con el dinero del contribuyente madrileño.
Ruiz Gallardón es la terminal de Jesús Polanco en la derecha, como Rodríguez Zapatero lo es hoy desde La Moncloa bajo la enseña del puño y de la rosa. Lo de Ruiz Gallardón viene de antiguo. Durante la campaña de 1993 un grupo de banqueros empresarios y periodistas activó su poderoso lobby para impedir el triunfo de José María Aznar en las urnas. Junto al emperador de la prensa destacaban el entonces presidente del Instituto de Empresa Familiar, Leopoldo Rodés o el armador Fernando Fernández Tapias, pasando por Mario Conde o Manuel Prado. Una variopinta amalgama de poderosos decididos a aunar sus esfuerzos en reuniones de moqueta y salón para decidir desde sus cómodas poltronas el futuro de los destinos de España. Les unía un punto en común, su deseo de que González se perpetuara en el poder para el buen cuidado de sus fortunas e intereses personales. Consiguieron su objetivo.
Tres años después, la corrupción le llega al cuello a González y sus gobiernos y José María Aznar se hace con la victoria en las urnas. El poderoso lobby de la beautiful filosocialista se resiste a acatar el resultado de los comicios. El jefe de la banda sigue siendo Jesús Polanco. Desde sus rotativas pone en marcha un auténtico golpe de timón, sólo equiparable al del 23-F. Se trata de impedir que Aznar llegue a La Moncloa y su candidato es Alberto Ruiz Gallardón. El primer torpedo lo lanza a través de Cinco Días. El periódico económico de Polanco aseguraba al día siguiente de las elecciones, el 4 de marzo de 1996, que Jordi Pujol no respondió las llamadas telefónicas de Aznar tras su victoria pero sí las del presidente de la comunidad de Madrid para “agradecerle su moderado discurso” y al que espetó la siguiente duda: ¿sabe usted si es necesario que el presidente del Gobierno sea un diputado electo?” Fue el toque de corneta. A partir de ahí entró a la carga la artillería pesada del grupo Prisa. “Cabe la posibilidad constitucional de un gobierno de gestión encabezado por un independiente que ni siquiera tiene que ser diputado” rezaba el editorial de El País. La jugada les salió rana.
El delfín de la beautiful, Alberto Ruiz Gallardón, siempre despreció a Aznar. Lo mismo le ocurre con sus sucesor Mariano Rajoy. Al nuevo presidente popular le presume debilidad porque ahora todo está por hacer. Ha esperado a la salida definitiva de Aznar para quitarse la careta. Pero no ha comenzado su lanzamiento definitivo con buen pie. Su rentrée del curso político ha sido patética. Fue en La Mañana de la COPE. Quien sólo ve “fantasmas” cuando se le recuerda que los instigadores del acoso del 13-M –de un intensidad sólo sufrido por esa formación política– son los medios de su mentor periodístico, poco recorrido le queda, al menos en su propio partido. Quien se demuestra incapaz de articular una sola crítica contra el imperio mediático que les acosó al grito de asesinos, manipuladores y golpistas, poco más tiene que explicar.
Gallardón es la expresión de su propia ambición. Nada más. El Partido Popular se recuperará de este órdago. Él no. Si no le sale bien, deberá cambiarse definitivamente la chaqueta y pasarse por Ferraz. Que se presente y que cuente la verdad. Los resultados, en noviembre.

07 Octubre 2004

Gallardón rompe la baraja

Ignacio Villa

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La última zancadilla política de Alberto Ruiz Gallardón no sorprende a nadie, pero es de una gravedad y una trascendencia tremenda para el Partido Popular. Este nuevo pulso del alcalde de Madrid a la dirección de su propio partido nos devuelve a la realidad. Gallardón siempre ha ido a lo suyo, no sabe trabajar pensando en el partido. Cuando percibe que cualquier decisión afecta a su carrera política se revuelve con todas sus fuerzas. Gallardón, a pesar de sus victorias electorales, ha hecho mucho daño a su partido con su desmedido protagonismo. Gallardón es libre de hacer lo que quiera pero con su actitud está dejando bien claro hasta donde llega su ambición personal y su carácter maniobrero.

Ruiz Gallardón ha abierto de forma consciente e intencionada la puerta a una posible división interna en una Comunidad Autonóma básica para el Partido Popular. El desafío del alcalde tiene una dimensión decisiva de puertas adentro. Cualquier victoria de los populares en unas elecciones generales pasan por Madrid y Gallardón parece que eso no le importa. El alcalde Madrid con la actitud que ha mostrado ha enterrado para siempre en su diccionario político personal los conceptos de responsabilidad y lealtad. Gallardón es un peligro para el PP y ha avisado a Mariano Rajoy que está dispuesto a romper la baraja en cualquier momento.

Anunciando y fomentando la candidatura de Manuel Cobo, Gallardón tritura cualquier lazo de confianza con Rajoy y con la nueva dirección. El presidente de los populares no puede permitir esta nueva salida de tono. No es la primera en este último año de sucesión, hay otra que fue muy sonada cuando anunció una súbida de impuestos municipales en plena precampaña de las generales. Entonces el propio Rodrigo Rato le tuvo que reprender en público.

Sin salir a la palestra, el nuevo presidente del PP tiene que poner a trabajar a su secretario general, Ángel Acebes, para que este fuego se apague de inmediato. Gallardón no puede hacer lo que le venga en gana cuando le apetezca. En el PP tiene que haber orden y concierto porque es la única forma de volver al poder. En la nueva dirección del PP no  se pueden olvidar de aquello que dice: «cien días de gobierno, cien años de reinado». Estamos en los días de gobierno y alguien tiene que dar un golpe en la mesa.