6 diciembre 1992
"Excavando en la vida de los partidos y en la financiación de sus últimos diez años no es difícil construir un caso judicial", aseguró Craxi, denunciando que había corrupción en todos los partidos
La corrupción destruye al Partido Socialista Italiano: su líder, Bettino Craxi, huye al exilio para evitar ser juzgado
Hechos
El 11.02.1993 D. Bettino Craxi anunció su dimisión como líder del Partido Socialista Italiano.
Lecturas
Tangentopoli derriba a Bettino Craxi
17 de febrero de 1992 | Mario Chiesa abre la puerta. Todo comienza aparentemente con un asunto menor. Mario Chiesa, dirigente socialista milanés y presidente del Pio Albergo Trivulzio, es detenido en flagrante cuando recibe una comisión ilegal de siete millones de liras de un empresario de limpieza. El fiscal Antonio Di Pietro dirige la investigación. Craxi comete entonces uno de sus mayores errores políticos: intenta aislar el caso presentando a Chiesa como un personaje marginal que ensucia la imagen de un PSI fundamentalmente honrado. Chiesa, abandonado por sus compañeros, empieza a hablar. Y lo que describe no es una anomalía individual, sino un sistema de tangentes mediante el cual empresarios pagaban por contratos públicos y una parte del dinero financiaba ilegalmente a los partidos. La investigación de Milán, Mani Pulite, comienza a extenderse bajo la dirección de Francesco Saverio Borrelli y magistrados como Di Pietro, Gherardo Colombo, Piercamillo Davigo e Ilda Boccassini.
Primavera de 1992 | De Chiesa al sistema. Empresarios y administradores empiezan a confesar porque cada declaración permite descubrir nuevas cuentas, pagos y receptores. La investigación alcanza especialmente al PSI milanés, el núcleo político del craxismo, pero pronto resulta evidente que no se limita a los socialistas: aparecen democristianos, socialdemócratas, republicanos, liberales y también investigaciones relacionadas con la izquierda poscomunista. La peculiaridad del PSI es que su secretario lleva dieciséis años controlando el partido y había sido presidente del Gobierno entre 1983 y 1987. Llegar hasta la cúspide socialista significa inevitablemente llegar hasta Bettino Craxi.
3 de julio de 1992 | «Todos lo sabían». Craxi pronuncia ante la Cámara de Diputados el discurso que terminará constituyendo el núcleo de su defensa histórica. No niega la existencia de financiación irregular; prácticamente hace lo contrario. Sostiene que buena parte de la financiación política italiana es irregular o ilegal y desafía implícitamente a los responsables de los grandes partidos a negar que conocen esa realidad. Su argumento es extraordinario: si se pretende juzgar el sistema de financiación política, que se juzgue al sistema entero; lo que Craxi considera inadmisible es presentar como corrupción específicamente socialista aquello que durante décadas habría permitido funcionar a toda la partitocracia italiana.
15 de diciembre de 1992 | La investigación llega a Craxi. La Fiscalía de Milán comunica a Craxi que está siendo investigado. Ya no se trata de colaboradores o dirigentes intermedios: Mani Pulite ha alcanzado al secretario del PSI y antiguo presidente del Consejo de Ministros. Las investigaciones incluyen corrupción y financiación ilegal. Craxi empieza a recibir sucesivos avisos judiciales mientras el partido, identificado durante los años ochenta con su liderazgo personal, descubre que apenas dispone de mecanismos para sobrevivir políticamente sin él.
Enero-febrero de 1993 | El «conto protezione». La situación empeora con las investigaciones sobre una cuenta suiza relacionada con dinero procedente del entorno del quebrado Banco Ambrosiano. Silvano Larini, hombre próximo a Craxi, se entrega y comienza a colaborar; sus declaraciones comprometen al antiguo delfín de Craxi, Claudio Martelli, entonces ministro de Justicia y precisamente uno de los candidatos naturales a suceder al secretario. Martelli dimite del Gobierno y se aparta del PSI el 10 de febrero. Craxi pierde así al mismo tiempo su propia autoridad y al sucesor que podía garantizar cierta continuidad al craxismo.
11-12 de febrero de 1993 | Fin de la era Craxi. Después de dieciséis años y medio al frente del PSI, Craxi pone la secretaría a disposición del partido y abandona definitivamente el liderazgo. Al día siguiente es elegido Giorgio Benvenuto, antiguo dirigente sindical, que promete hacer de la lucha contra la corrupción la prioridad socialista. Pero hereda una organización devastada: no sólo tiene que sustituir a un secretario, sino convencer al país de que existe un PSI independiente del sistema construido alrededor de Craxi.
Primavera de 1993 | Ya no cae solamente el PSI. Tangentopoli alcanza sucesivamente a las restantes fuerzas del antiguo pentapartito. Dimiten dirigentes del PRI, PLI y PSDI y la investigación penetra profundamente en la Democracia Cristiana, incluida su gigantesca estructura de financiación. Incluso aparece el llamado «compagno G», Primo Greganti, relacionado con fondos destinados al antiguo PCI. El Gobierno intenta aprobar el denominado decreto Conso, que habría despenalizado determinados supuestos de financiación ilegal, pero el presidente Oscar Luigi Scalfaro se niega a firmarlo. La percepción pública ya no es la de una sucesión de políticos corruptos: parece estar siendo procesada la Primera República entera.
29 de abril de 1993 | La defensa de Craxi. Ante las peticiones de autorización para proceder contra él, Craxi vuelve a defender en la Cámara su tesis fundamental: reconoce la realidad de la financiación ilegal pero rechaza la criminalización selectiva de la clase política y denuncia también los métodos de Mani Pulite. El Parlamento rechaza algunas autorizaciones para procesarlo. La reacción popular es furiosa. Cuando Craxi abandona el Hotel Raphael de Roma, una multitud le arroja monedas mientras grita consignas contra él. Es una escena casi funeraria para el antiguo hombre fuerte de Italia: el dirigente que había tratado de convertir al PSI en una gran fuerza moderna aparece ahora ante buena parte de la opinión pública como símbolo de la partitocracia que pretende conservar sus privilegios.
1993-1994 | Desaparece el mundo de Craxi. Los resultados electorales muestran que el problema ya no puede solucionarse cambiando de secretario. El PSI se hunde en las municipales de 1993; la DC también se descompone. Benvenuto dura apenas unos meses y es sustituido por Ottaviano Del Turco. Paralelamente se reforma el sistema electoral y desaparecen las estructuras políticas que habían organizado Italia desde la posguerra. En las elecciones de marzo de 1994, el PSI queda reducido a una fuerza residual; la Democracia Cristiana ya ni siquiera concurre con su antiguo nombre.
1994 | Hammamet. Craxi se traslada a Hammamet, Túnez, donde poseía una residencia y mantenía buenas relaciones políticas. Desde allí seguirá proclamándose víctima de una justicia selectiva y describirá su estancia como exilio. Pero los procedimientos continúan sin él.
1996-1999 | Las condenas. Algunas causas terminan en condenas firmes. En 1996, la Casación confirma una pena de cinco años y seis meses por corrupción en el asunto ENI-SAI; en 1998 queda definitivamente confirmada otra condena relacionada con las comisiones de la Metropolitana Milanese. Hubo otros procedimientos con resultados diversos —condenas no firmes, anulaciones o prescripciones—, por lo que tampoco sería exacto sumar indiscriminadamente todas las penas pronunciadas contra él como si todas hubieran alcanzado firmeza. Craxi nunca regresará para cumplir las condenas definitivas. Morirá en Hammamet el 19 de enero de 2000.
Su legado judicial y político quedará, por tanto, dividido entre dos afirmaciones que no son incompatibles: los tribunales establecieron responsabilidades penales concretas de Craxi y dictaron condenas firmes; pero su afirmación de que la financiación irregular no era una peculiaridad exclusiva del PSI quedó ampliamente corroborada por la extensión de Tangentopoli a prácticamente todo el sistema de partidos de la Primera República.
El Análisis
La dimisión de Bettino Craxi puede ser mucho más que la caída de un político. Durante dieciséis años transformó un pequeño Partido Socialista situado entre la gigantesca Democracia Cristiana y el gigantesco Partido Comunista en una fuerza capaz de decidir quién gobernaba Italia y, finalmente, de colocar al propio Craxi en el Palazzo Chigi. Ahora todo ese edificio parece desmoronarse. Su defensa —«no éramos nosotros, era el sistema»— resulta jurídicamente insuficiente pero políticamente inquietante, porque cada semana aparecen indicios de que contiene una parte sustancial de verdad. PSI y Democracia Cristiana, los partidos que han gobernado Italia durante décadas, pueden estar destruyéndose simultáneamente. Y detrás tambalean liberales, republicanos y socialdemócratas mientras ni siquiera la izquierda procedente del PCI aparece completamente inmune. Italia corre así el riesgo extraordinario de conservar intactos el Parlamento, la Presidencia de la República, los tribunales y la Constitución mientras desaparecen los partidos que durante casi medio siglo hicieron funcionar esas instituciones. La República permanece; lo que puede estar muriendo es su sistema político.
El vacío difícilmente permanecerá vacío. La Lega Nord de Umberto Bossi ya convierte el desprestigio de Roma y de los partidos tradicionales en votos; desde otros sectores puede aparecer la demanda de un hombre capaz de gobernar sin las viejas maquinarias, un empresario, un tecnócrata o incluso alguna forma de caudillismo democrático construido directamente a través de la televisión. Y ahí aparece una ironía formidable: Silvio Berlusconi debe una parte fundamental de la consolidación de su imperio televisivo precisamente al mundo político que ahora se hunde. Su amistad con Craxi fue pública y decisiva; cuando en 1984 varios tribunales ordenaron apagar las emisiones simultáneas de las cadenas de Fininvest, el Gobierno Craxi aprobó decretos que permitieron mantenerlas, antes de que el sistema privado de televisión nacional recibiera una regulación más estable. Berlusconi, aquel empresario al que fuera de Italia podía describirse como «el amigo de los socialistas italianos», dispone ahora de tres cadenas nacionales, publicidad, editoriales, periódicos y una extraordinaria capacidad para dirigirse directamente a millones de italianos. Si la DC y el PSI desaparecen y una parte del país reclama a alguien situado aparentemente fuera de la vieja política, no sería absurdo que el hombre que mejor conoce la televisión italiana terminase preguntándose si puede utilizarla para algo más que vender publicidad. Craxi ayudó a construir el imperio de Berlusconi; la caída de Craxi podría, paradójicamente, crear el espacio político que permita a Berlusconi convertir ese imperio en poder.
J. F.