30 agosto 1992
Pone fin a 27 años que comenzaron en pleno franquismo
La Federación Española de Baloncesto despide a Antonio Díaz Miguel como Seleccionador tras una humillante derrota ante Angola
Hechos
El 30 de agosto de 1992 finaliza la relación de Antonio Díaz Miguel con la Federación Española de Baloncesto.
07 Agosto 1992
Que alivio el no verle nunca más.
Lástima de paliza
NO les espera a su retorno a Angola un Jaguar último modelo o un brooker ansioso por triplicar las astronómicas ganancias de los héroes nacionales, pero a los desheredados de la tierra nadie podrá arrebatarles el orgullo de haber ridiculizado a los sobrealimentados niñatos de la selección española. Su lúdico sentido de la anarquía no les sirvió en el último partido para volver a humillar a Goliath y consecuentemente hicieron uso de la marrullería, del codazo respondón, el ostentoso cuelgue del aro al marcar una canasta inútil, los infames modales del que no tie ne nada que perder. El final del partido entre España y Angola pudo haber rozado lo sublime si no lo hubieran impedido los civilizados árbitros. Hubiera sido gozoso paladear un combate múltiple de boxeo entre los tensos y resentidos jugadores españoles y esos negros insultantemente felices con sus pinturas de guerra, entre el entrenador angoleño (pinta inequívoca de «killer», un tipo realmente duro) y el delicado y blandito (la histeria no sirve en una pelea seria) Antonio Díaz Miguel. El diseño de sus ropas y de sus gafas lucirá mogollón en el geriátrico. Que alivio el no verle nunca más.
24 Agosto 1992
En la hora, de dos despedidas
N0 se han retirado; los han echado. Las lesiones, a Larry Bird; a Antonio Díaz-Miguel, la Federación interina y dubitativa dirigida por una reencarnación de Ernesto Segura de Luna, una Federación que mal vive las últimas semanas de un breve mandato que recuerda eso de las «segundas partes…». Ahora que todo está dicho, que se han escrito injusticias, tonterías y hasta unas cuantas cosas elegantes y atinadas sobre ellos, sólo se puede intentar un par de pinceladas sobre alguna faceta que haya quedado oscurecida de estos dos protagonistas -por mucho que les pese a algunos, desde Isiah Thomas hasta algún sesudo analista- del baloncesto de los últimos años. En España, muy poca gente -el baloncesto era entonces un deporte confidencial, y el universitario americano era aún peor conocido que ahora- ha visto la mítica final Indiana State-Michigan State de la NCAA que hace trece años catapultó a Bird y a Magic Johnson a la fama. Pese a que, aquel día, el rubio alero jugó un partido atípico, monopolizando mucho el juego para intentar -en vano- compensar la gran superioridad colectiva de Michigan State, lo que hoy recuerdan quienes vieron aquel memorable choque es lo poco que han cambiado desde aquel día -estilos capilares aparte- ambos protagonistas. Larry y Magic, Magic y Larry, eran jugadores completos, acabados, hechos y derechos, preparados para la NBA y para lo que hiciera falta. Parecían jugar, como al ajedrez, siempre con dos movimientos de anticipación. Veían toda la cancha, sabían dónde podían pasar el balón a cada compañero para que éste fuese más eficaz… representaban un ideal del baloncesto eterno, del juego libre de las canchas neoyorquinas de los años treinta, de la inteligencia y el afán de victoria puestos al servicio de la colectividad en un deporte de equipo. Virtudes que parecían olvidadas tras un decenio de juego individualista, espectacular pero egoísta, cada vez más fundamentado en la capacidad atlética y menos en los principios tácticos del más inteligente y sutil de los deportes colectivos. Tras Barcelona y el «Dream Team», con Bird jubilado y Johnson en el limbo, surge alguna inquietud, porque los individualistas vuelven a dominar la NBA. Pero los John Stockton, Chris Mullin, Brad Daugherty, Joe Dumars y hasta Michael Jordan permiten esperar que el legado de ambos sobreviva. Por cierto: Bird no era ni el gran saltador ignorado que el Herald Tribune reivindica (¿reinventa?) ahora, ni el antiatleta que todos los demás han dicho. Su excepcional coordinación, su engañosa rapidez en carrera, antes de sus lesiones (en 1980 terminaba más contraataques que nadie), y sobre todo su velocidad de movimientos y reacciones en distancias cortísimas hacían de él un superdotado del deporte. Que nadie se llame a engaño. La misma impresión engañosa puede dejar Díaz-Miguel en la hora del análisis de una carrera única e irrepetible, porque sus 27 años en el cargo cubren al menos cuatro generaciones de jugadores y otras tantas épocas de desarrollo del baloncesto español, que muy pocos de sus actuales críticos han conocido en su totalidad, por lo que sus evaluaciones resultan muy incompletas. Lo que no se ha dicho suficientemente es que, por encima de éxitos y fracasos que inevitablemente conviven en tan larguísima ejecutoria, Díaz-Miguel ha sido de verdad un excelente técnico, un renovador e impulsor del baloncesto en España. Y ello, muy por delante de su capacidad para formar el mejor equipo nacional posible en cada momento. Díaz-Miguel ha ido creciendo como técnico a la vez que se volvían más discutibles sus elecciones de jugadores (y, en represalia, crecían los casos de boicoteo de éstos a la selección); promotor hace años de la defensa moderna, sus sistemas ofensivos son hoy más depurados y eficaces. Pero quizá equivocó el camino al dedicarse a la selección, que sólo trabaja dos meses al año: su pasión por enseñar fundamentos, por moldear jugadores, por acoplarlos a su estilo, habría quedado mejor satisfecha en un equipo de club, donde se puede trabajar en profundidad y a largo plazo. ¿Quizá en una segunda carrera?