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Premios Oscar 1998 – ‘Titanic’ arrasa en los Óscars al llevarse 11 estatuillas incluidas las de ‘Mejor Película’ y ‘Mejor Director’ para James Cameron

HECHOS

Fue noticia en prensa el 24 de marzo de 1998.

25 Marzo 1998

Ninguna sorpresa, Hanson se la merecía

Carlos Boyero

Ese barco grandioso, predestinado y trágico, revivido y homenajeado otra vez por el cine más lujoso y sabiamente planificado de Hollywood 85 años más tarde de que un maldito iceberg enviara al fondo del Atlántico la travesía que se preveía de vino y rosas, ha conseguido multiplicar su inversión económica, pero siempre arrastrará la frustración de no haber superado los 11 Oscar de Ben-Hur, aquella aparatosidad piadosa sobre judíos conversos, romanos furiosos y espectaculares carreras de cuádrigas.

Han quedado en tablas. No se puede tener todo, sabio y pragmático James Cameron. Yo he olvidado casi todo lo que ocurría en la historia del aristócrata judío que recibía la divina luz cristiana, a excepción del impresionante trabajo de Yakima Cannut dirigiendo la segunda unidad en las secuencias de acción, y la sospecha de que la rivalidad entre el heroico Ben-Hur y el torvo y despechado Messala no respondía a un enfrentamiento ideológico o religioso, sino a una vieja y apasionada historia homosexual en la que uno de los protagonistas decide hacerse bisexual y ponerle los intolerables cuernos a su pareja con una dama.

Es probable que a mi memoria le ocurra lo mismo con la triunfante Titanic, la película que ha deslumbrado a todo dios. Peor aún: ya se me ha difuminado su argumento, aunque la vi hace unos meses. Recuerdo que no me molestaba casi nada en ella, que su mecanismo era de precisión suiza, que la mezcla coctelera era perfecta y al gusto de cualquier paladar, que por primera vez no sentía ganas de estrangular a Leonardo DiCaprio, pero no creo haberme emocionado en ningún momento.

Ni con la provisional e imperecedera historia de amor entre la aspirante a aristócrata y el proleta audaz, ni con los infinitos muertos, ni con los que se salvan, ni con sus primorosos efectos especiales. Supongo que yo tenía un mal día. Tantos y tan selectos enamorados de Titanic no pueden equivocarse, pero eso tampoco me obliga a revisarla y lamentarme de mi miopía.

Por el contrario, sí he gozado más de una vez y sospecho que dentro de 20 años se mantendrá esa agradable sensación con algo cercano a la obra maestra (lástima que pensando en la taquilla se hayan acojonado al final, consintiendo que el medio bueno se cargue al diablo) titulado L.A. Confidential, cine negro a la altura de sus mejores épocas.

Me alegro de que la Academia haya tenido la valentía de premiar el magnífico trabajo de la siempre subvalorada Kim Basinger, bastante más que una muñeca de lujo, y la lucidez de reconocer que nadie ha entendido mejor el universo del brutal y fascinante escritor James Ellroy que el director Curtis Hanson al adaptar al cine su terrorífica e hipnótica novela.

El vocacional, aunque en esta ocasión necesariamente pasado Jack Nicholson de la deliciosa comedia Mejor imposible merece el Oscar por su creación de un personaje patético, sarcástico y finalmente conmovedor. También la extraordinaria Helen Hunt, a condición de que no existiera Julie Christie, una mujer y actriz que ha vuelto a enamorarme (mentira, mi cuelgue con ella es eterno) con su maravillosa interpretación en la romántica Afterglow. Mi secundario favorito era el granítico e inquietante Robert Forster de Jackie Brown, pero recononozco que Williams está dramáticamente creíble en el pasteleo que fabricaron los agrios niñatos Matt Damon y y Ben Affleck (de risa su Oscar) en la convencional, eficaz y mentirosa El indomable Will Hunting.

Gracioso, inteligente, excepcional como siempre el maestro de ceremonias Billy Cristal. También el inaplazable tributo al gran Stanley Donen, su baile y su canción. Todos los amantes del cine nos pusimos de rodillas ante la presencia conjunta de los inmortales Lemmon y Matthau. Si llega a acompañarles Wilder, el orgasmo hubiera sido inmediato. Muy cachonda Ashley Judd y su tocado de flores. Secretos del corazón seguirá conmoviendo a todos los espectadores sensibles, excepto a sus miopes jueces de la Academia. Y el año que viene, más de lo mismo.

29 Marzo 1998

Los Oscar

Francisco Umbral

LOS Oscar. Se han concedido los Oscar de este año y, para nuestra gran sorpresa, han salido los que ya sabíamos. Como siempre. Hollywood no tiene otra filosofía que la comercialidad y la comercialidad no tiene otro camino que la monumentalidad, o sea las superproducciones. Y Titanic no es de lo peor. En la cabeza de los Oscar está desde hace muchos años esa falla valenciana llamada Ben-Hur. Hollywood se premia siempre a sí mismo y, mayormente desde que existe la televisión, premia lo grande, lo descomunal, el género catastrófico, lo que nos obliga a ir al cine porque no cabe en la pequeña pantalla. El género/catástrofe -Tiburón o El coloso en llamas- a mí no me interesa nada, como tampoco me interesan las catástrofes reales de la vida, salvo que haya víctimas humanas o animales. Quiero decir que con un tiburón de por medio, dándole mordiscos a los muebles, no hay manera de plantear una comedia psicológica fina, que es lo que a uno le place ver. Los protagonistas y personajes de ese cine no tienen otro contenido humano que el miedo o el valor. Son esquemáticos. Un terremoto real a mí no me dice nada como tal terremoto, aunque Voltaire sacase muchas consecuencias del terremoto de Lisboa, pero uno tampoco es Voltaire. Sabemos que la naturaleza es azarosa y caprichosa. Como decía Baudelaire, «los árboles no enseñan nada». Una joven estrella amiga mía me decía hace años: «Bueno, pues ya estoy al día; he visto todas las películas con Oscar de esta temporada». Creía de verdad que la cultura del cine son los Oscar. Otra cosa es que un Oscar lo gane Garci o Trueba, que son jóvenes y se mueven con cuatro perras. Eso ya tiene su mérito.

Los realizadores de Titanic han tenido la sabiduría de profundizar un poco en sus personajes, históricos o inventados, para darle algún interés a la monumental cosa, porque un jaleo de astillas y olas da como rubor intelectual. Uno piensa que con el Titanic lo que se hunde para siempre es la belle époque. A partir de aquel suceso empieza el siglo XX. Los viajeros del Titanic fueron la última élite del fin de siglo. Sólo la visión historicista, un poco orteguiana, puede dar relativo interés a una película que no lo tiene. Tras los primeros estrenos esnobs, pasará a las sesiones infantiles.

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