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Autor de 'Hacia un mundo socialista' nunca acabó de plasmar la búsqueda de una nación obrera donde se combinaran planteamientos marxistas y nacional-sindicalistas

El sindicalista exiliado en Argentina Pedro Lamata Mejias reflexionando sobre si la revolución debe ser violenta

HECHOS

El 30 de abril de 1974 se publicó en prensa el artículo ‘La Violencia y la Revolución’ de D. Pedro Lamata Mejias.

LA VIOLENCIA Y LA REVOLUCIÓN

Creemos recordar que fue Hume el panegirista entusiasta de las vivencias, como elementos del conocimiento más efectivo que las instituciones y las deducciones, referidas a la sola elaboración intelectual. La vivencia implica una experiencia y exige ‘pisar el terreno’. Es concepto predominantemente intelectual, puesto que se refiere a la comprensión, al conocimiento de la cosa; pero no es exclusivamente intelectual, puesto que en su elaboración entran las emociones y participan los sentidos.

En particular para la comprensión de los acontecimientos políticos creemos que son imprescindibles las vivencias, la percepción directa y personal del acontecer. Es necesario vivir el ambiente y las circunstancias que lo determinan, sentir con el pueblo que lo protagoniza tratando de comprender las razones que mueven a unos y a otros sectores en la gestación dramática del acontecimiento político. Por referencias indirectas, por intuiciones y reflexiones basadas en informaciones ajenas – y aun dejados ganar por una impresión propia superficial e insuficiente – es difícil acertar a desentrañar el significado verdadero de un acontecimiento político.

Tomamos como ejemplo válido y expresivo lo ocurrido con ocasión del Gobierno de la Unidad Popular en Chile, sobre cuyo suceso tanto se ha escrito atinada y desatinadamente. Mucho más – como es lógico – “a la buena de Dios” y arrojando los argumentos fuera del tiesto. Y admitimos como lógico que así ocurriera porque, en general todos somos propicios al a milagrería y nos dejamos tentar por las promesas de logros fabulosos, en cuanto no exigen cuota de sacrificios de nuestra parte. En la empresa fácil y simpática de la Unidad Popular chilena, que postulaba ‘establecer la sociedad socialista en democracia, pluralismo y libertad” casi todos habíamos suscrito acciones, y nos llamamos a engaño y hasta nos dejamos llevar de la indignación cuando llegó el fracasado de la utopía…

Sin pararnos a pensar si los hechos habían discurrido así porque no podían discurrir de otra manera. Ya que la otra manera en que podían haber discurrido conducía a idéntica conclusión, en el fracaso obligado y fatal del sofisma político que venía a ser “La vía chilena al socialismo”. Parto sin dolor o tortilla sin huevos… y todo tan contentos y boquiabiertos, a ver si nos lo hacían bueno; a ver si a costa de lo que fuera, los marxistas chilenos lograban romper la barrera del sonido de la lógica política y demostrarnos como se podía llevar a cabo el cambio de régimen jurídico-económico sin violencia ni sacrificio.

Las circunstancias que condicionaron el acceso al Poder de la Unidad Popular, con la investidura presidencial de Salvador Allende el 4 de noviembre de 1970, por el voto de un Congreso con mayoría opositora, tras la elección de septiembre, ela que ninguno de los candidatos consiguió la mayoría absoluta, aún cuando él fuera el que obtuvo la mayor votación, no consentían moralmente al Gobierno marxista más que la reforma; la política de transformación paulatina del orden económico político establecido. Tampoco el juego constitucional de las instituciones políticas permitía precipitar la revolución. ¡Claro que cupo hacer la revolución! Haberla intentado, cuando menos. Pero aceptando sus cánones clásicos: recurriendo a la violencia, con ánimo de arrostrar sus consecuencias de dolor y de sacrificio; y de riesgo, en la incertidumbre de conseguir el logro perseguido.

La Unidad Popular chilena optó no obstante, por el camino fácil, que suele acabar siendo el camino imposible: el de las añagazas, los subterfugios y la doblez. Quiso hacer la revolución social, pero con los procedimientos impropios de la reforma política: empleando los hechos consumados, las coacciones, las amenazas solapadas a echar mano de la violencia… Los resquicios legales en los que un vocero gubernamental quiso ampararse para justificar atropellos injustificables, y cuya expresión hizo fortuna y quedó como concepto definitorio de la estrategia política del Gobierno de la Unidad Popular.

Aun cuando, como no nos duelen prendas, sea de justicia hacer la salvedad de criterio realista sustentado por el partido comunista chileno que sucumbió una y otra vez ante el infantilismo revolucionario del partido socialista dominado por el sector extremista de Altamirano y por el MIR, que le secundaba en la carrera sin freno de las insensateces. Este sector extremista de las fuerzas integrantes de la Unidad Popular impuso su política: y su triste final.

¿Era necesaria, sin embargo la revolución en las condiciones económicas sociales del pueblo chileno? Este es otro cantar. La revolución social pudo ser necesaria: y puede seguir siendo necesaria. Más, si no están dadas las condiciones para su realización, el ánimo popular sobre todo, bueno será limitarse al paso corto de una política reformadora. Lo indeseable es el estancamiento o el retroceso que suelen ser los pobres resultados de las falsas recoluiones disparatadas. “¡Con empanadas y vino tinto!”… Cualquiera se apunta a una tal revolución. Pero ‘el cambio radical de régimen económico han de imponerlo los pueblos por la violencia”, advirtió hace años Carlos Marx, que algo debía entender de estas cuestiones…

La causa del equívoco y de las contradicciones manifiestas – a nuestro entender –e s la falta de una teoría válida, de una doctrina, que instrumente el cambio social, la transformación económico política pretendida en el área independiente y sustantiva que trata de reivindicar la llamada ‘tercera posición política’. Área que se quiere ajena y equidistante de las dos ideologías clásicas, la capitalista y la socialista, pero que carece – hoy por hoy – de la imprescindible formulación teórica del orden económico social pretendido.

Faltos de régimen económico-social propio y definido, los Gobiernos que tratan de ampararse en la tercera posición se ven reducidos a prescindir en la práctica de la independencia que proclaman y que los legitima. Y obligados a optar en definitiva por una de las dos ideologías concretamente formuladas. Lo que aboca al riesgo cierto de negar la tercera posición política sustantiva, por muchas precauciones reformistas que traten de paliar las consecuencias de la servidumbre que supone el royalty ideológico.

Pedro Lamata

 

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