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El Secretario de Organización del PSOE, guerrista, se refiere despectivamente a Felipe González como 'Dios' o 'Number One' y a Carlos Solchaga como 'el enano'

La SER emite una conversación telefónica de Txiki Benegas que revela el enfrentamiento entre felipistas y guerristas

HECHOS

El 25 de abril de 1991 la Cadena SER emitió una conversación telefónica del Secretario de Organización del PSOE, Sr. Txiki Benegas con D. Germán Álvarez Blanco y D. Fernando Múgica.

TXIKI BENEGAS DEMANDA AL GRUPO PRISA

Benegas_1991_cintas El Sr. Txiki Benegas a anunciado que demandará a la Cadena SER y a la empresa propietaria de esa emisora, el Grupo PRISA, a los que acusa de haber cometido ‘terrorismo radiofónico’ contra él.

SOLCHAGA, ‘EL ENANO’

Sochaga1991_Cintas D. Carlos Solchaga, ministro de Economía era calificado como ‘el enano’ por el Sr. Txiki Benegas en esa conversación con el Sr. Álvarez Blanco en la que, además, calificaba a D. Felipe González de ‘Dios’, sarcásticamente.

D. Iñaki Gabilondo habla con J. F. Lamata sobre el pleito por aquella escucha:

Gabilondo_cintas_Benegas_mp3

En 27 de abril de 1991 el ABC puso en su portada una felicitación al director de la SER, don Eugenio Galdón. No era demasiado habitual que el ABC elogiara al Grupo PRISA y menos aún que lo hiciera en la portada del periódico. La explicación estaba en que la Cadena SER acababa de hacer algo que había desatado las iras del PSOE, o para ser más exactos de un sector del PSOE: la emisión de conversaciones privadas realizadas por teléfono por el Sr. Txiki Benegas. El Sr. Benegas era el secretario de Organización del PSOE y primer espada de don Alfonso Guerra, todopoderoso Vicesecretario General del partido y en esa conversación se le oía hablar despectivamente tanto del presidente del Gobierno, D. Felipe González (al que calificaba como ‘el Dios’ o el ‘Numer One’) y como al ministro de Economía, D. Carlos Solchaga, al que llamaba ‘el enano’.

El propio dirigente socialista, Sr. Benegas acusó a la SER de haber cometido “terrorismo radiofónico”. Aquella conversación telefónica fueron emitidas por la SER en el programa de don Iñaki Gabilondo ‘Hoy por Hoy’ – el magazine de mañana con más audiencia, aunque empatado por poco con ‘Protagonistas’  – entonces aún en la COPE). Y también en los informativos de la SER. Los responsables de aquella emisión fueron D. Luis Fernández, como director de informativos y D. Luis Fernández, aunque con el necesario visto bueno de D. Eugenio Galdón y D. Juan Luis Cebrián, CEO del Grupo (no del presidente la SER y de todo el Grupo PRISA, D. Jesús Polanco, que aseguró no haber sido informado hasta después de su emisión por encontrarse en el extranjero).

QUERELLAS DE TXIKI BENEGAS Y FERNANDO MÚGICA CONTRA LA CADENA SER 

luisfernandez_gabi D. Luis Fernández (Director de Informativos de la SER) y D. Iñaki Gabilondo (Director de ‘Hoy por Hoy’) en el momento de comparecer ante los tribunales por la querellas del Sr. Benegas y el Sr. Múgica presentaron contra ellos por considerar delictiva su actuación. Las causas terminarían archivadas.

En la conversación se escuchaba hablar al Sr. Benegas con sus amigos D. Germán Álvarez Blanco y el abogado D. Fernando Múgica.

TRANSCRIPCIÓN DEL AUDIO QUE EMITIÓ LA SER EL JUEVES 25.04.1991:

JOSÉ MARÍA BENEGAS – GERMÁN ÁLVAREZ BLANCO

 

  • Germán Álvarez Blanco. Creo que se llama un aviso a navegantes.
  • Benegas. ¿Eh?
  • G. Que es lo que se llama un aviso a navegantes. Pero el Telediario de Piqueras arrancó hablando primero del tema del nuevo proyecto de ley antidroga y, a continuación, el número tres del partido socialista, José María Benegas, negó hoy prácticamente validez a las cleclaraciones del ministro [Carlos] Solchaga (…) Eso está claro; él no es tonto, él va a lo suyo.
  • B. Ya te contaré las chulerías de este tío [Solchaga] conmigo, y, bueno, bueno…
  • G. ¿Ah, sí?, ¿desplantes y todo?
  • B. Por teléfono. Pero, bueno, aquí el problema no es Solchaga, aquí el problema es el one [Felipe González].
  • G. Pero ahí, coño, ahora ya no es cuestión de que es un tenia personal entre Alfonso [Guerra] y Solchaga. Si el catalán [Narcís Serra] resulta que opina también, lo que pasa es que lo hará con mucha prudencia, si lo llega a hacer.
  • B. No, no, el catalán anda ahí en medio de las dos aguas y no quiere…
  • G. Claro, pero hay que dejar…
  • B. El catalán lo que se sabe es que el problema que tiene en ese Gobierno es precisamente el enano [Carlos Solchaga].
  • G. Pero eso también. Yo creo que la profundización de vuestras conversaciones con el catalán habrá que llegar un momento en que se hable con una cierta claridad.
  • B. Oye, ¿te comentó el del bastón [Miguel Durán, director general de la ONCE] algo del otro grupo, de aquello que no sale con el otro catalán [probablemente Antonio Asensio, presidente del Grupo Zeta, o Javier de la Rosa, socio de Zeta en alguna publicación]?
  • G. No, no. Exactamente eso, no. Pero del proyecto global, sí. Que el italiano [Silvio Berlusconi] está receptivo, pero la verdad es que no entramos en profundización sobre el tema del otro grupo, no.
  • B. Ya, ya. De acuerdo.

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JOSÉ MARÍA BENEGAS – FERNANDO MÚGICA

FernandoMugica_1995Fernando Múgica. ¿Lo has oído?
Benegas. ¿Qué ha dicho?
F. Bueno, pues peur el teléfono del coche te lo digo de todas maneras. Pues que no entiende, que habrá un malentenclido, probablemente en ese ministerio, porque el secretario general, que es a la vez el presidente ha estado volando también el plan de las municipales, ¿entiendes? O sea, que…
B. Yo he ido tarribién en esa dirección, pero sin decirlo así.
F. Que tenemos la suerte, ha dicho, de que el presidente sea secretario general al mismo tiempo. Ha tirado con bala envenenada,¿eh?
B. ¿Has oído lo clue dije yo en la tele? (…)
F. Sí, a ver, lo poIies en su terreno, ¿no? ¿Y Dios [Felipe González] está tranquilo?
B. Dios está muy, bien.
F. ¿Está tranquilo Dios o no?
B. No, no; no está, y lo de [Eduardo Martín] Toval lo habrá encabronado.
F. Lo habrá encabronado mucho. Pues lo tienes bien. Lo mejor que puedes hacer es echar almohadillas a Curro Romero, así te desfogas, ¿eh? Luego no vayas al ferial. ¿Irás; al ferial?

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DIFERENCIAS MEDIÁTICAS

piqueras_1991
 
Las escuchas al telefónicas al Sr. Benegas sacaban el debate entre el derecho a la información frente al derecho a la intimidad.

Naturalmente EL PAÍS sale en defensa de su ‘hermanos’ de grupo de la SER asegurando en su editorial del día 26: “Si la información es de interés público (…) debe darla a conocer una vez contrastada: ése es el único criterio razonable para un medio de comunicación”. Igualmente los principales periódicos  como eran EL MUNDO de D. Pedro J. Ramírez, el ABC de D. Luis María Anson, DIARIO16 de D. Justino Sinova y el YA de D. Miguel Larrea apuntan en esa dirección y apoyaron la actitud de la SER.

Pero no así el diario EL SOL de Anaya, considerado un periódico ‘guerrista’ donde se publicaron varios artículos contra la SER de sus principales plumas (D. César Alonso de los Ríos, D. Pedro de Vega…). Tampoco TVE, dirigida por el “guerrista” Sr. García Candau: la directora de Informativos, doña María Antonia Iglesias se niega a reproducir las cintas en televisión y los telediarios, presentados por don Pedro Piqueras se convierten en una recopilación de declaraciones de políticos y abogados en defensa del derecho a la intimidad y en contra de lo hecho por la Cadena SER.

26 Abril 1991

LA VIOLACIÓN

César Alonso de los Ríos

A Gabilondo le entregaron el material, le encargaron la misión. El periodista ha sido el último eslabón. El asunto es moralmente nauseabundo. Esto es incuestionable. Una vez perpetrado, el material ya obtenido ¿puede difundirse impunemente?

La voz familiar metía en nuestra alcoba, en nuestro coche, un material arrancado, robado de otro ámbito íntimo. Estábamos oyendo el producto de un ‘pinchazo’ telefónico, es decir, de una acción ruín. Asistíamos a la utilización salvaje de la tecnología electrónica, a un espionaje compartido. Allanábamos la sacralidad de lo privado. Miles y miles de oyentes, unidos todos en este acto de voyerismo indigno, de mironismo morboso. ¿Quién fue capaz de apagar el receptor, de correr el dial, de escapar de la escena? Cómplices como oyentes ¿podemos acaso condenar al locutor? Cada palabra de José María Benegas inducía a la piedad. Se estaba desnudando ante la calle sin saberlo.

Toda la plaza nacional mirando la ventana iluminada, sin cortinas, y él desnudándose en plena inconsciencia, y la grabación era detenida de vez en cuando para repetir algún pasaje, para subrayar algún término. Pieda por Benegas, por todos nosotros, víctimas posibles, víctimas ya en el otro, sacrificados en el otro, en comunión de privacidades arruinadas, asaltadas, escarnecidas.

Gabilondo ha explicado que la dirección de la SER estudió detenidamente el caso. Convocaron a los juristas de la casa, a los expertos legales. Estos dieron el informe positivo, el aval penal, el pase jurídico, la bendición pericial. A Gabilondo le entregaron el material, le encargaron la misión. El periodista ha sido el último eslabón. Insisto en esto. Detrás de la emisión hay patrones y expertos no periodistas que deciden. Desde luego el pinchazo no es obra de una investigación periodística. En el caso de que el violador o violadores fueran periodistas no actuaron como tales. Los que capturaron la conversación son salteadores de conciencias. Unos delincuentes.

El asunto es moralmente nauseabundo. Esto es incuestionable. Una vez perpetrado, el material ya obtenido ¿puede difundirse impunemente? Los abogados se dividen. Benegas ha puesto una denuncia y ha dejado que sea el juez quien determine sobre quienes son los culpables.

EL caso debe ser tratado por nuestros moralistas, por los profesionales de la ética. Los periodistas necesitamos que se nos ilumine. Los periodistas necesitamos criterios extraprofesionales, no corporativos, Yo he sentido piedad por Benegas y comprensión hacia Gabilondo, ¿qué hubiera hecho yo en tal caso?

Pero dejemos la vertiente moral y jurídica. ¿Por qué dar publicidad a este material que no añade nada a la polémica socialista a no ser la normalidad escandalosa del lenguaje coloquial? Lo dicho por José María Benegas  en esta intimidad es venial Transmitido por la ondas resulta brutal. He oíod comentarios de un puritanismo farisaico, de gentes que no registrarían una grabación en cualquier momento de su vida.

Si la cinta no tiene justificación periodística, informativa, queda reducida a un acto contra la civilización. Ésta a un acto contra la civilización. Ésta consiste precisamente en distinguir entre lo público y lo privado. La ocultación de gestos, la elusión de ciertas expresiones son conquistas culturales. La contención para lo público es una prueba de respeto, la base de la convivencia. Llevar lo privado, lo íntimo a lo público no es un acto de sinceridad sino de vuelta al estado salvaje, es un acto destructor de la civilización. Como ha dicho Benegas un acto de terrorismo. Solchaga se ha mostrado también humilldo, vilipendiado. 

La polémica sobre la vivienda ha dejado de ser una polémica de coeficientes bancarios y de Ley del Suelo para ser una pugna en el lodo. A pesar de los propios protagonistas.

Si el PSOE está escindido por diferencias respecto al modelo político (ésa es la cuestión de fondo) todos hoy estamos comprometidos en la búsqueda de un modelo de sociedad que impida, que destierre para siempre, prácticas salvajes como esta de las escuchas telefónicas, de la violación de la intimidad del asalto a la vida privada.

César Alonso de los Ríos

26 Abril 1991

BENEGAS Y LAS ONDAS

Pedro de Vega

Aunque resulte noticioso el mundo privado de los hombres públicos, sería terrible para nuestra democracia la utilización por los hombres públicos de las vidas privadas. Máxime cuando esa utilización se ve motivada por mecanismos jurídicos inadmisibles y éticamente desdeñables.

Decía Alain que existe siempre una política de la razón y una política del entendimiento.

Si con la primera, recurriendo al análisis más cómodo, se juzgarían los hechos a corto plazo, obteniendo de ellos una versión raquítica, con la segunda se contemplarían los fenómenos en su verdaero alcance y complejidad que es la única manera de comprender su significación histórica. Todos nuestro males – concluía el filósofo francés – nos vienen de no practicar con la asiduidad debida la política del entendimiento.

La tensión PSOE-Gobierno, reflejada en los medios de comunicación estos últimos días adquiere ahora dimensiones notables con la emisión por una importante cadena de radio de unas conversaciones telefónicas de Txiki Benegas. Desde la óptica de la política de la Razón es evidente que la polémica está servida, máxime en un momento de campaña electoral.

Importa, sin embargo, poner de manifiesto tres icrcusntancias, que, desde la que Alain llamaba política del entendimiento no se puede ni se deben desconocer. Alude la primera al hecho en sí de la polémica entre Benegas y Solchaga, y que las cintas grabadas subrepticiamente se limitan a confirmar. Por escandalosas que parezcan, es lo cierto que las cintas no revelan nada nuevo, ni nada particularmente dramático. La historia del socialismo, como la de los demás partidos, está llena de querellas de este tipo. Marx contra Lasalle en Alemania, Guesde contra Jaurais en Francia, Lazzari contra Turati en Italia y Largo Caballero contra Prieto en nuestro país constituyen ejemplso reveladores. En el plano de la economía de la hsitroia, y en el de la lógica de la democracia parlamentaria, la existencia de confrontaciones no sólo no suele resultar negativa, sino que acaso aparezca siempre como instrumento revitalizador de los partidos y de las instituciones.

Otra cosa es el procedimiento a cuyo través la polémica se presenta ahora. Que un mecanismo ilegal dé consistencia real a unas tensiones expresadas ya por Benegas y Solchaga en declaraciones públicas, constituye un fenómeno singularmente anómalo, que no debía dejar de preocupar a todos los demócratas. No todo vale en democracia. La utilización de escuchas ilegales, aparte de vulnerar derechos fundamentales de las personas, mina supuestos cimentadores de la arquitectura democrática. Lo que significa, y ésta es la tercera circunstancia que acaso convenga recordar, que más allá y más importante de lo que Benegas diga en las cintas, está el hecho de que la pokítica democrática no puede envilecerse.

Y aunque resulte noticioso el mundo privado de los hombres públicos, sería terrible para nuestra democracia la utilización por los hombres públicos de las vidas privadas. Máxime cuando esa utilización se ve motivada por mecanismos jurídicos inadmisibles y éticamente desdeñables. Existe una ética de lo público, aquella virtud política de la que hablaba Montesquieu, principio básico de la democracia que, cuando desaparece, ‘todo se corrompe y todo definitivamente se pierde’.

Pedro de Vega.

26 Abril 1991

LOS ESTADOS POLICIACOS

José Luis Gutiérrez

El telediario de Piqueras de ayer se convirtió en uno de esos repugnantes shows que avergüenzan a cualquier demócrata, cascada de delcaraciones de políticos, hasta Cristina Almeida desbarró hablando del derecho a la intimidad. Todos los demócratas hemos de estar con la SER.

Hace algunos días, un alto cargo de Moncloa comentaba ante este columnista que en España hay en estos momentos más libertad que nunca (…)

Lo de Benegas, sin embargo, es otra cosa, aunque acaso este incidente le haya hecho sentir en carne propia lo que otros padecemos, inermes e indefensos, desde hace años. Hace falta descaro para decir lo que ayer oíamos de algunos dirigentes socialistas, sobre la imposibilidad de mantener conversaciones telefónicas privadas en España. ¿Quién manda aquí desde hace nueve años?

Ha dicho Benegas que el espectacular scoop de la Cadena SER es un caso de terrorismo telefónico. El telediario de Piqueras de ayer se convirtió en uno de esos repugnantes shows que avergüenzan a cualquier demócrata, en una cascada de delcaraciones de políticos de diversos colores – hasta Cristina Almeida desbarró hablando del derecho a la intimidad. Sólo Nicolás Sarotrius ha sabido estar en su sitio. Es la vieja colisión del derecho a la información de los icudadanos frente al derecho a la intimidad del individuo, en la que siempre prevalece, obviamente, el primero. Es una cuestión doctrinalmente ya zanjada y en EEUU se posee una abundante y ruidosa casuística al respecto. Ayer, sin embargo en TVE todos los entrevistadores cerraron filas en uno de los ejercicios colectivos más olvidadizos y repguntantes que se recuerdan. Y l opeor de todo es que en España ya hay jurisprudencia al respecto. Hasta de la Fiscalía General del Estado, que retiró su acusación contra este columnista y otros compañeros, en un procesamiento frente a Ruíz Mateos y sus amigos, haciendo prevalecer el derecho de los ciudadanos a estar informados sobre el de la intimidad de un solo individuo. ¿O es que Benegas es, ante la Ley, distinto de Ruíz Mateos? Si es así, esto no es una democracia, donde todos hemos de ser iguales ante la norma legal. La libertad de expresión funciona así y la SER – cadena con la que este columnista ha discrepado en muchas ocasiones – ha prestado un impagable servicio a los ciudadanos de este país, lanzado al aire las conversaciones del señor Benegas. En este asunto, la cuestión es clara: ante el linchamiento moral a que fueron sometidos ayer los responsables de la cadena de emisoras por parte de los políticos entrevistas en TVE – en una farisaica y colectiva lapidación del mensajero – todos, los demócratas se entiende, hemos de estar con la SER. Benegas tiene derechos pero también obligaciones que no tenemos los ciudadanos de a pie. Y esa expresión castiza, de lavandería política, que parece ser una de las cerchas medulares del comportamiento interno del aparato guerrista – los trapos sucios se lavan en casa – es, sencillamente, un enunciado autoritario, antidemocrático, que escamotea a los ciudadanos el control de los asuntos públicos.

José Luis Gutiérrez.

27 Abril 1991

Las incógnitas de una operación política

Lorenzo Contreras

Es difícil ahuyentar la impresión de que el diálogo telefónico captado a José María Benegas, el tercer hombre del PSOE y hasta ahora guerrista evidente, ha sido la presa codiciada de un seguimiento inspirado por móviles políticos. Es decir, una operación deliberada y calculada y no el mero fruto de un azar políticamente aprovechable.

Las incógnitas que surgen de esta historia de piratería política fáctica son fundamentalmente tres: quién hizo la interceptación a tiro fijo y sobre un vehículo camino de Sevilla; por qué transcurrieron siete días desde la captación hasta la divulgación, y en tercer lugar, por qué ha sido el mundo de PRISA, sociedad controladora de la SER y de EL PAÍS, el encargado de dar a conocer los contenidos de esos diálogos.

Las dos primeras preguntas son de respuesta inasequible. En cuanto a la tercera, admite una aproximación interpretativa. En PRISA están nerviosos ante unos movimientos empresariales en virtud de los que el guerrismo está consiguiéndole al PSOE un socio muy competitivo y competidor para la casa del señor Polanco. Incluso, más que un socio, un nuevo ‘partenaire’ concretado en la ONCE y en la persona de Miguel Durán, identificado como ‘el bastón’ en las conversaciones de Benegas.

Polanco, en efecto, y con él PRISA, puede perder, en favor de la ONCE, la privilegiada posición de su imperio periodístico. La organización de los ciegos españoles controla TELECINCO, primera cadena privada en audiencia. Controla también ONDA CERO, tercera cadena en audiencia radiofónica. Igualmente tiene dentro de su ámbito de poder periodística una agencia informativa en auge, llamada Servimedia. Acaba de conseguir la mayoría accionarial de EL INDEPENDIENTE, diario de ámbito nacional, con una tirada inferior a su influencia cualitativa, lograda bajo la dirección del hasta hace unos días director Pablo Sebastián. Por último, la ONCE se sitúa entre las cinco primeras sociedades en el ranking de anunciantes, lo cual implica un impresionante poderío informativo.

Si a esto se añaden los contactos de los magnates de la Prensa extranjera Murdoch y Berlusconi, en cuya virtud el Grupo Zeta podría entrar en TELECINCO y, a su vez, la ONCE controlar a parte del mundo periodístico de Asensio, el panorama que se configura es de alta importancia para los intereses en juego.

Lorenzo Contreras

 

28 Abril 1991

Pretexto del método

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

LA DIFUSIÓN por la cadena SER de sendas conversaciones telefónicas del secretario de organización del PSOE con dos personas de su confianza ha dado lugar a otros tantos debates de interés para la sociedad española: el primero, subsidiario, afecta. al método con el que fueron obtenidas las cintas de las conversaciones; el segundo, central, se refiere al contenido de la información, esto es, al estado actual de las diferencias entre el Gobierno y el partido que lo sostiene, después de casi una década de plena identificación entre ambos.La polémica sobre el método remite a la relación, potencialmente conflictiva, entre el derecho a la intimidad, por una parte, y a la información, por otra. Se trata de un debate bastante frecuente en las sociedades democráticas, especialmente en la última década. La experiencia de anteriores discusiones indica que se trata de un asunto arduo, resistente a las simplificaciones. Pues, contra lo que pretenden algunos moralistas de ocasión, aficionados a las respuestas rotundas, siempre que hay conflicto entre dos derechos resulta difícil dilucidar dónde están los límites -jurídicos, pero también morales- entre ambos y cuál es la frontera que en cada caso separa el uso del abuso.

Sobre el aspecto jurídico de la cuesti5n tendrán ocasión de pronunciarse los jueces, dado que existe una denuncia. Sobre el aspecto ético, la discusión está abierta. Este periódico ha adelantado su opinión y la reitera. Pensamos que lo inmoral hubiera sido secuestrar al público aquello de lo que la radio en cuestión había tenido conocimiento; que esa ocultación, en nombre de cualquier consideración imaginable, hubiera resultado de más difícil justificación que la publicación de las grabaciones, una vez verificada su autenticidad y garantizado que no incidía en asuntos privados de las personas. Ésa es nuestra opinión, aunque admitimos que puede haber otras no menos respetables. Entendemos que democracia es transparencia, y que esa transparencia debe aplicarse también a los medios de comunicación y sus métodos de trabajo. No conocemos el origen de la información de la SER, que esta cadena debe reservarse según la, Constitución, que, al consagrar el secreto profesional, le reconoce el derecho, pero también el deber, de mantenerlo. Aunque no es ése el elemento decisivo en la discusión; lo decisivo es que la SER dio un tratamiento profesional y riguroso al material de que disponía, a la luz de los siguientes elementos:

-Las cintas se obtuvieron poco antes de ser emitidas, y los medios para su consecución fueron totalmente ortodoxos.

-Sólo se emitieron tras una investigación exhaustiva sobre su autenticidad y la forma en que se lograron, y una vez que fueron eliminados los elementos que afectaban a la intimidad de las personas.

-La decisión de su emisión fue adoptada exclusivamente por los criterios periodísticos de la dirección de la SER.

-No existen otras cintas cuya emisión haya sido reservada por la cadena o para emitir posteriormente, puesto que no existe ninguna campaña política, sino unos criterios rigurosamente profesionales, aunque puedan no resultar del gusto de los protagonistas.

El contenido

Dicho esto, el indudable interés de la discusión sobre el método no podrá sustituir al no menos necesario sobre el contenido. Algunas de las personas interesadas -interesadas en cambiar de conversación, como mínimo- han fingido ignorar lo que las grabaciones revelaban con el argumento de que, tratándose de conversaciones privadas, carecían de significación política. Es justamente lo contrario: su condición de pláticas no destinadas al público es lo que las hace reveladoras, como demuestra la atención con la que las ha seguido la sociedad; su interés político deriva del hecho de que, al quedar excluida la posibilidad de simulación, desvelan lo que se pretendía mantener oculto. Tampoco es válido el argumento de quienes, admitiendo la dimensión política de lo revelado, niegan su interés por considerar que eran cosas sabidas que nada añaden al conocimiento de los ciudadanos.Es cierto que algunas intervenciones recientes de Benegas permitían sospechar que el verdadero destinatario de sus arremetidas era, por persona interpuesta, el presidente del Gobierno. Mucho de desafío tenía, por ejemplo, su imperioso emplazamiento a Felipe González instándole a salir del burladero para testificar a su favor (y por ende, contra Solchaga) en relación a lo discutido por la ejecutiva socialista sobre el plan de vivienda.

Pero tras la difusión de las cintas la sospecha ha pasado a certeza. De ellas se desprende lo siguiente: que el conflicto potencial entre el Gobierno y el partido que lo sostiene -habitual en todo régimen democrático- se ha convertido en abierta desconfianza de parte del aparato dirigente del partido respecto a quien es su líder público. Nada tendría de particular esa desconfianza a no ser por algunas características singulares del sistema de poder socialista en España que explican el interés por evitar que tal situación trascendiera.

Ningún político ignora -y los integrados en el aparato menos que nadie- que de la buena imagen pública del líder dependen las expectativas electorales del partido. Y puesto que esa buena imagen se asocia a su independencia personal respecto a intereses particulares o de grupo, cualquier presión o cuestionamiento de la autonomía del líder habrá de mantenerse fuera del conocimiento de la opinión pública. Pero el líder sabe que su autonomía no puede ser ilimitada: si se separase excesivamente de las ideas, sentimientos, tradiciones e intereses dominantes en el partido, el aparato podría retirarle la confianza. Esa relación de mutua dependencia determina un inestable equilibrio.

Pocas dudas puede haber hoy de que la salida de Alfonso Guerra del Gobierno ha supuesto el inicio de la ruptura de ese equilibrio. Si los socialistas han sido capaces de atravesar sin graves quebrantos internos una década de vertiginosos cambios ideológicos y Políticos, ello se ha debido a dos factores. Primero, a que han estado en el poder, lo cual facilita acuerdos para ignorar las contradicciones o aplazar su discusión. Segundo, a que Alfonso Guerra, número dos del partido, ha venido avalando sistemáticamente ante el colectivo socialista -apenas 200.000 militantes, frente a ocho o diez millones de votantes- tales cambios. Rota la asociación, ese aval deja de ser automático: González debe revalidar cada día, con sus decisiones, la confianza de] aparato (y a través de él, la de] partido). Y si las contradicciones -sean ideológicas o simplemente de poder- no son ya ignoradas o aplazadas es porque, pese a que el PSOE sigue gobernando, la salida de Guerra del Ejecutivo ha sido Interiorizada por sus fieles como una expulsión a las tinieblas exteriores.

Ello explica las reticencias y los recelos. Si Alfonso Guerra se sintió ofendido porque no se le reservó su escaño en el Congreso el día de la visita del presidente Patricio Aylwin, ¿cómo extrañarse de que el siguiente en la jerarquía, José María Benegas, interprete como una desautorización personal las precisiones técnicas del ministro de Hacienda sobre el plan de vivienda? Y una vez en marcha el proceso, ¿por qué detenerse en el ministro y no extender el resquemor hacia quien lo mantuvo en el puesto tras destituir a su principal rival?

La difusión de las conversaciones de Benegas no ha creado una realidad nueva sino dado carta de naturaleza pública a algo que ya existía tras la cortina. De paso, esa difusión ha servido para desvelar algo que aquí nos limitamos a apuntar: que los hábitos, expresiones, relaciones, filias y fobias de algunos dirigentes socialistas tienen poco que ver con la imagen que de sí mismos cultivan.

29 Mayo 1991

LA VACA, LOS MUGIDOS, EL GOBIERNO Y EL PAÍS

Juan Luis Cebrián

En noviembre de 1990, Richard Needham, subsecretario para Irlanda del Norte en el Gobierno de la señora Thatcher, llamó desde el teléfono del coche a su esposa: «Nada nuevo, querida, sólo una enorme cantidad de trabajo». «Yeah», contestó ella por el auricular. Y el confidente marido añadió: «Estoy deseando que la vaca dimita».Días después, esta conversación, grabada por el escáner de un radioaficionado, o quién sabe si por un grupo paramilitar irlandés, fue publicada en los periódicos. Nadie, ni siquiera la vaca (metáfora para designar a la Thatcher más pobre que la de dios, referida a Felipe González), se preguntó sobre la conveniencia de dicha publicación, sino más bien sobre la inconveniencia de los apelativos utilizados por tan parlanchín político.

El episodio acabó a la inglesa: míster Needham pidió públicamente perdón a la vaca, que se lo otorgó, para acabar después dimitiendo ella, como Needham ansiaba.

Cuando uno compara estas actitudes con las tonterías e infamias que se han dicho en torno a las famosas cintas de Txiki Benegas corre el peligro de exagerar el juicio acerca de la capacidad mental y la honradez de pensamiento de una gran parte de nuestra clase política y una no pequeña de la periodística. Conspiración, espionaje, traición e irresponsabilidad son los apelativos más suaves que la SER, el grupo PRISA y sus directivos hemos recibido. Otros, menos capaces en el manejo del vocabulario, se han limitado a llamarnos -a nosotros y a los colegas en general- sinvergüenzas o hijos de puta, desconocedores quizá del aprecio que tenemos en esta profesión a todo lo que nace y habita en la calle. Luego se han organizado grandes debates en torno a la intimidad o privacidad de la conversación de Benegas, al derecho a la información y a la actividad de los servicios secretos en este país. Pero lo que no se ha visto es que Txiki pidiera perdón públicamente a dios o al enano, ni que éstos se lo concedieran.

Si mi atención, o mis emociones, no se perturban ya con las diatribas de determinados círculos, siguen padeciendo con las de no pocos sedicentes profesionales del intelecto. Bien o mal, en mis ya casi tres décadas de ejercicio del periodismo, he predicado con insistencia la necesidad del rigor a la hora de narrar los hechos, y es tan poco el que ha caracterizado a las informaciones sobre el asunto que merece la pena preguntarse sobre las intenciones de algunos empedernidos columnistas. ¿Tratan de iluminar a sus lectores o únicamente de practicar el vudú con sus obsesiones?

Lo que insignes cabezas de huevo pretenden dilucidar es cómo una empresa ligada a EL PAÍS, nada menos que el periódico gubernamental, es capaz de publicar cosas desagradables para el Gobierno. «Eso tiene que venir del propio González», se dicen los más finos, «que quiere cepillarse a Guerra». Empeñados en idéntico objetivo, andaríamos unos cuantos contratando detectives, y agentes del Mosad, pero no para fotografiar lances amorosos de un puñado de financieros, como hacen otros, sino para interceptar conversaciones telefónicas de líderes tan indiscutibles y preclaros como el señor Benegas. Por habilidad táctica, o por estulticia estratégica, se desvía la cuestión de fondo -las divisiones en el seno del socialismo- y se analiza, de acuerdo con el mandato filosófico, el porqué de las cosas. Pero se rechaza la única explicación sencilla: la SER emitió las conversaciones porque comprobó que eran verdad y resultaban del interés del público. Es para lo que están los medios de comunicación en una democracia, y lo que hubiera hecho cualquier otra radio decente que hubiera tenido acceso a las cintas. Naturalmente, solución tan obvia se aviene mal con las angustias vitales de los mediocres: si la SER, PRISA y Polanco hacen todo eso es porque son independientes, del poder político. «Y ya se sabe que no lo son», espetan de consumo.

Con ocasión de celebrar el número 5.000 de EL PAÍS mencionaba yo el deseo de Jesús Polanco y mío de escribir un libro sobre la historia desconocida de la transición a través de la de este periódico. Comentando días atrás el gaytrinar desatado por el caso de las cintas, llegamos ambos a la conclusión de que quizá era bueno aclarar algunos puntos, toda vez que la mendacidad y la insidia contra esta casa se han venido acumulando en las últimas semanas. En las redacciones de los medios controlados o gestionados por PRISA reina la escrupulosa costumbre de no polemizar con los colegas y de menospreciar las injurias. Esta es, pienso, una buena política, pero sus propiedades desaparecen en el momento en que el conocido sistema nazi de repetir las mentiras muchas veces para convertirlas en verdad amenaza con confundir a nuestros lectores e incluso al propio celo de nuestras convicciones privadas. No resulta preciso pensar mucho para entender que las opiniones aquí vertidas son de mi exclusiva responsabilidad, pero ni una sola de ellas se hace pública sin el acuerdo y consentimiento del presidente de esta casa. En lo que concierne a los hechos, ni a él ni a mí corresponde modificarlos. Y si esta explicación se ha dilatado en el tiempo por encima de lo deseable, es debido a que la prudencia aconsejaba no interferir el reciente proceso electoral con un debate que, en nuestro ánimo, se encuentra absolutamente alejado de cualquier coyuntura política.

PRISA fue fundada, gracias a la inspiración de José Ortega Spottorno, con el objeto inicial de publicar EL PAÍS. Era, y es, un esfuerzo colectivo que trataba de dar respuesta a las carencias culturales y políticas de la prensa del franquismo y cooperar a la construcción democrática. Todo el desarrollo empresarial de PRISA se ha hecho a partir del éxito del periódico y responde al mismo aliento moral que inspiró su fundación. No existe ningún grupo, institución o persona física que controle la mayoría del capital, aunque el consenso en torno a Jesús Polanco de los principales socios que dieron a luz el proyecto garantiza una rnayoría sólida, que siempre ha amparado las decisiones profesionales. Esta actitud sólo corrió peligro de truncarse con la bárbara irrupción de intereses ajenos al diario en los días del inicial éxito del mismo. Hubo un proceso de compraventa de acciones, al margen de los estatutos de la sociedad, que amenazó con desfigurar el contenido editorial y profesional del invento. Resuelta aquella batalla interna, hace ya muchos años que la sociedad goza de estabilidad y pujanza. En el interregno, en el accionariado de PRISA ha habido fraguistas, suaristas, comunistas…. pero nunca nadie del PSOE que no fuera debido a los resultados imprevistos de la fusión del partido de Tierno Galván con el de Felipe González. De modo que cualquier intento de demostrar la supuesta vinculación de nuestro periódico al Gobierno socialista por vías de la propiedad resultaría tan fallido que los calumniadores de turno siempre se han abstenido de ensayarlo.

El hecho de ser EL PAÍS un periódico crítico con el poder, en tiempos en los que se arrastraba una tradición de obediencia por parte de muchos colegas, y una cierta coincidencia de intereses generacionales también, beneficiaron a los socialistas, durante su etapa en la oposición, con las actitudes editoriales del diario. Pero la suposición de algún tipo de conexión privilegiada entre EL PAÍS y el Gobierno ha llevado y lleva a cometer errores de bulto. No es el menor el de buscar una influencia del poder tras la presencia de PRISA en la cadena de radio responsable de la difusión de las cintas de Benegas. Las cosas, sin embargo, tienen un origen bien distinto.

Al hilo del éxito editorial de EL PAÍS y del anuncio de una ley de televisión privada por parte del Gobierno de Suarez, el otrora director de la cadena SER, Eugenio Fontán, se acercó a nosotros en el verano de 1980 sugiriéndonos la creación de una empresa conjunta que optara a una licencia. Entusiasmados con la idea, nos pusimos a trabajar y llegamos a un acuerdo de principio. De manera que en marzo de 1981 teníamos la oportunidad de celebrar una comida con los dirigentes de la SER para sellar los términos del pacto. Nuestra todavía juvenil ingenuidad no había previsto lo que el propio Fontán nos comunicó entonces: la actitud inequívoca del periódico en los azarosos días del golpe del 23-F nos hacía indeseables a ojos de los militares y de otras instancias del poder, por lo que nos descalificaba como socios eventuales de la SER. Reconozco que, pese a ser coherente esta actitud con la tradición reaccionaria de nuestros interlocutores, no dejó de molestarnos.

Quiso la casualidad que, por aquella época, el Banco Hispano decidiera desprenderse de un paquete de acciones de la SER de su propiedad. Gregorio Marañón, consejero de PRISA y compañero mío en la Universidad, alertó a Polanco de este hecho -y me parece difícil identificar a Gregorio con los intereses del PSOE-. De modo que hicimos patente nuestro deseo de comprar. El banco, no obstante, extendió una opción durante nueve meses a beneficio de los accionistas de la radio. Ni la familia Garrigues ni la familia Fontán hicieron uso de ella, por lo que, transcurrido el plazo, pudimos nosotros acceder a la propiedad. Antes habíamos realizado otras adquisiciones menores, pero, en realidad, el control de la SER por parte de PRISA no se obtuvo sino cuando la familia Fontán, conocedora de la situación de quiebra y desorganización que su propia gestión había llevado a la empresa, vendió sus acciones a la sociedad editora de EL PAÍS. O sea, que, desde cualquier punto de vista, los intentos de vincular de nuevo a PRISA y EL PAÍS con el Gobierno socialista, a través de la SER, resultan del todo contrarios a la más mínima decencia intelectual.

Había entonces, y persiste ahora, un hecho lamentable. El 25% de la SER pertenece al Estado por causa de una expropiación perpetrada por la dictadura. Esta situación la padecen también otras cadenas radiofónicas en mayor o menor medida. Insistentemente, los responsables de PRISA hemos pedido negociaciones al Gobierno para lograr la devolución a los accionistas de las radios privadas de lo que les fue directamente expoliado y confiscado por la burocracia franquista. La buena disposición aparente del Gobierno -en definitiva, el mismo que privatizó la prensa del Movimiento- se ha visto truncada una vez más por culpa o con motivo de la difusión de las cintas de Benegas, que ha llevado al Patrimonio del Estado a reforzar su presencia en el consejo de la SER y a protestar -y que conste en acta- por la decisión de ésta de publicarlas.

La tercera insidia, que avalaría la gubernamentalidad de nuestro grupo de comunicación, es la atribución de una licencia de televisión de pago a una empresa participada al 25% por PRISA. Nadie reclama, en cambio, idénticas marcas de pecado para otros colegas que participan en el capital de Antena 3 o en el de Tele 5. Pero, al margen de cualquier otra sospecha, hemos mantenido inequívocamente nuestra crítica a la actual ley de televisión, fruto de una retorcida e ignorante concepción del mundo de la empresa y de los medios de comunicación de masas. En cualquier caso, la eficacia y profesionalidad de los servicios informativos de Canal + han imposibilitado cualquier acusación de sectarismo contra él, y las pérdidas acumuladas que las televisiones sufren -y han de sufrir en los próximos años- facilitan la reflexión de que, si han sido un regalo para alguien, el caramelo estaba envenenado.

Los lectores de EL PAÍS tenían derecho a estas explicaciones desde hace tiempo. Ellos son los únicos jueces posibles de las posiciones del diario y de sus inclinaciones editoriales. Lo que opinen sobre nosotros quienes no nos leen sólo nos preocupa en tanto en cuanto les pueda alejar de la decisión de hacerlo en el futuro. Pero aspiramos a mantener una legión de lectores juiciosos que, de acuerdo o no con nuestros criterios, valoren la profesionalidad de nuestro trabajo.

De forma unánime, y a propuesta de su presidente, el Consejo de Administración de PRISA ha avalado la decisión del director de la SER de emitir las cintas de la discordia. Como no escribo para incrédulos, sino para amantes de conocer la verdad sobre los hechos, repetiré en público lo que tantas veces hemos tenido ya que explicar en privado. Cuando la radio emitió la conversación de Txiki Benegas, Jesús Polanco estaba de viaje en Buenos Aires, y, por más esfuerzos que hice para alertarle de la existencia de las cintas, sólo pude hacerlo horas después de haber sido radiadas. Es verdad que dije a Delkáder que la decisión de emitirlas, o no, le correspondía a él como director del medio. Pero es verdad también que, cuando lo hice, él y yo sabíamos que todo el mundo en esta casa -del presidente al último llegado- entiende que los medios de comunicación están para dar noticias, no para callarlas. Incluso si esas noticias revisten a veces la apariencia de mugidos, como en el caso de míster Needham y la vaca.

Juan Luis Cebrián

El Análisis

NO HABLABAN DE FÚTBOL, PRECISAMENTE

JF Lamata

¿Por qué PRISA sacaba a la luz unas declaraciones que dañaba la imagen del Gobierno del PSOE al mostrar una evidente división entre el partido (dominado por los “guerristas”) y el Consejo de Ministros “felipista”. Podía ser posible que PRISA no fuera tan pro-PSOE como señalaban sus enemigos y que aquella conversación tenía un indudable interés informativo.

Pero hay otra lectura más probable: en la conversación del Sr. Benegas no sólo llamaba “enano” al Sr. Solchaga, hablaba de otra cosa, que no era precisamente de fútbol: hablaba de medios de comunicación, de un plan para unir a los amos de TELECINCO (la ONCE y el grupo del Sr. Berlusconi) con el Grupo Zeta, creando una multimedia afín al PSOE, o mejor dicho al “sector guerrista” del PSOE. Una operación que podía ser bien vista por los socialistas – ¡cuando más medios amigos mejor! –  pero no por PRISA, que no iba a permanecer quieto ante la gestación de un competidor a la izquierda que le pudiera suponer perjuicios.  Y la mejor manera de pararles los pies era haciendo pública la operación.

La principal duda que queda en esta historia es porque en una conversación que el Sr. Benegas no sabía que estaba siendo grabada usaba tantos apodos: el “bastón” (D. Miguel Durán), los ‘catalanes’ (por el vicepresidente del Gobierno Don Narcís Serra y el presidente del Grupo Zeta, don Antonio Asensio).

J. F. Lamata

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