12 enero 1994
Sus dirigentes no implicados en escándalos se dividirán entre los que se unirán a pactos con el centro-izquierda (PPI) y los que optarán por unirse a la coalición derechista que está montando Berlusconi (CCD)
Los escándalos destruyen a la Democracia Cristiana en Italia

Hechos
El 19.01.1994 se oficializó la disolución de de la formación política italiana Democracia Cristiana, que fue heredada por un Partido Popular Italiano (PPI) y un Centro Cristiano Democrático (CCD),
Lecturas
ROMA, 19 de enero de 1994. La Democracia Cristiana, el partido que había constituido el eje de todos los gobiernos italianos desde 1945, ha dejado de existir como organización política unitaria. Su último secretario general, Mino Martinazzoli, ha formalizado la transformación de la formación en el Partido Popular Italiano (PPI), recuperando el nombre del movimiento católico fundado en 1919 por Luigi Sturzo. La refundación se produce después de que el sector conservador encabezado por Pierferdinando Casini y Clemente Mastella anunciara su separación para constituir el Centro Cristiano Democrático (CCD), favorable a una alianza con las nuevas fuerzas de derecha. La antigua Balena Bianca («Ballena Blanca»), como era conocida la DC por su tamaño y capacidad para absorber corrientes políticas muy distintas, se descompone después de casi medio siglo de hegemonía. En las elecciones legislativas de 1992 todavía había obtenido el 29,7 % de los votos, pero desde entonces las investigaciones de corrupción y los escándalos que afectan a sus principales dirigentes han precipitado una crisis de credibilidad sin precedentes.
Uno de los principales símbolos de esa crisis es el antiguo secretario general Arnaldo Forlani, presidente del Gobierno entre 1980 y 1981 y dirigente fundamental del pacto de poder que había unido a la DC con el Partido Socialista de Bettino Craxi. Forlani se ha visto implicado en investigaciones por presunta financiación ilegal, entre ellas las relacionadas con la empresa pública de carreteras ANAS y con el escándalo Enimont, la operación de privatización y posterior recompra de una empresa química que habría generado enormes comisiones destinadas a dirigentes y partidos. El caso Enimont también ha salpicado al exministro democristiano de Presupuestos Paolo Cirino Pomicino, uno de los principales hombres de confianza de Giulio Andreotti y figura destacada del poder político en Nápoles. Pomicino afronta, además, investigaciones relacionadas con presuntas irregularidades administrativas y sus vínculos con determinados empresarios y ambientes de la Camorra napolitana. Ambos han rechazado las acusaciones, pero el volumen de los procedimientos judiciales ha deteriorado profundamente la imagen de la vieja dirección democristiana.
Todavía más graves políticamente son las investigaciones abiertas contra Giulio Andreotti, siete veces presidente del Gobierno y uno de los personajes más influyentes de la historia republicana italiana. En 1993, la Fiscalía de Palermo solicitó proceder contra él por sus presuntas relaciones con Cosa Nostra, a partir de declaraciones de colaboradores de la justicia y de las investigaciones sobre la protección política de organizaciones mafiosas. El nombre de Andreotti había quedado especialmente comprometido tras el asesinato, el 12 de marzo de 1992, del eurodiputado democristiano Salvo Lima, su principal aliado en Sicilia. Lima había sido durante décadas uno de los intermediarios entre la corriente andreottiana y el poder político siciliano, y las investigaciones antimafia le atribuían relaciones con personajes vinculados a Cosa Nostra. Su asesinato fue interpretado por los investigadores como una posible represalia mafiosa ante la incapacidad de determinados protectores políticos para impedir la confirmación judicial de las condenas del gran proceso contra la Mafia. Andreotti, que niega haber mantenido relaciones delictivas con organizaciones mafiosas, afronta también otra investigación judicial por su presunta implicación en el asesinato del periodista Mino Pecorelli, cometido en Roma en 1979. Ninguna de estas acusaciones constituye, a comienzos de 1994, una condena judicial contra el antiguo presidente del Gobierno.
La descomposición de la corriente andreottiana se refleja asimismo en el enfrentamiento entre sus antiguos dirigentes. Vittorio Sbardella, conocido como «Lo Squalo» («El Tiburón»), había sido durante años uno de los principales organizadores electorales de Andreotti en Roma y el Lacio, mientras Pomicino representaba una parte importante de su influencia en Campania. Sbardella rompió con Andreotti en 1992, después de enfrentarse a otros miembros de la corriente, entre ellos Pomicino y Claudio Vitalone. Desde entonces ha denunciado aspectos del funcionamiento interno de aquella maquinaria política y ha prestado declaraciones ante los magistrados. Su nombre también ha aparecido en investigaciones sobre financiación irregular, adjudicaciones públicas y relaciones entre empresarios y responsables democristianos. La crisis no afecta, por tanto, únicamente a dirigentes acusados desde fuera: antiguos colaboradores se han convertido en adversarios y testigos de las disputas que durante años permanecieron ocultas dentro del partido.
La desaparición de la Democracia Cristiana coincide con el hundimiento de su principal socio de gobierno, el Partido Socialista Italiano (PSI) de Bettino Craxi, igualmente golpeado por las investigaciones de Mani Pulite, iniciadas en Milán en febrero de 1992. Las pesquisas han descubierto presuntos sistemas de financiación ilegal mediante comisiones pagadas por empresarios a cambio de contratos y decisiones administrativas. La crisis judicial se ha unido al final de la Guerra Fría, que había permitido a la DC presentarse durante décadas como la principal barrera frente al Partido Comunista Italiano, y a una reforma electoral que favorece las coaliciones amplias frente a los tradicionales acuerdos parlamentarios. A las puertas de las elecciones previstas para el 27 y 28 de marzo de 1994, la antigua clase dirigente pierde sus organizaciones históricas mientras aparecen nuevos protagonistas: la Liga Norte de Umberto Bossi, la derecha posfascista de Gianfranco Fini y el empresario televisivo Silvio Berlusconi, que prepara su entrada en política con Forza Italia. El derrumbe de los partidos tradicionales amenaza con transformar por completo el sistema político italiano.
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LOS PRINCIPALES ESCÁNDALOS CONTRA LA DEMOCRACIA CRISTIANA ITALIANA
Giulio Andreotti

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Arnaldo Forlani

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Cirino Pomicino

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Vittorio Sbardella ‘El Tiburón’
Considerado durante muchos años la mano derecha de Giulio Andreotti con el que rompió a principios de los noventa. Acusado de estar implicado en escándalos de financiación ilegal y cobro de comisiones ha lanzado duras acusaciones contra sus antiguos compañeros de partido de la DC.
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Salvo Lima



19 Enero 1994
Muere por escisión la Democracia Cristiana italiana
La Democracia Cristiana (DC), el partido que ha regido la Italia de la posguerra con una permanencia política sin parangón en Occidente, murió ayer para la historia entre las convulsiones de un doble parto. El próximo fin de semana verán la luz las dos nuevas formaciones: un Partido Popular Italiano (PPI), orientado hacia el centro, y un Centro Cristiano Democrático (CCD), dispuesto a integrarse en el bloque de la derecha con el empresario Silvio Berlusconi y la Liga Norte. Esta escisión se produce tras el llamamiento a la unidad de los católicos lanzado recientemente por el Papa.
La división culmina un enfrentamiento cuya profundidad se evaluaba ayer cuando, anticipándose en cuatro horas a la firma solemne de los estatutos del PPI, el ala derecha democristiana anunciaba en un hotel de Roma la creación del CCD. Según un portavoz de esta tendencia, el CCD nace como fuerza alternativa para «representar mejor la doctrina social de la Iglesia».La tradición doctrinal no es el único objeto de la disputa, ya que los promotores del CCI) anuncian acciones legales para dilucidar el futuro del patrimonio material de la DC. Un tercer querellante en liza es el ex diputado democristiano Publio Fioi, quien ha recurrido a los tribunales de Roma con el argumento de que, aunque cualquiera es libre de fundar un nuevo partido, nadie puede declarar extinta la DC ni mucho menos apropiarse de su patrimonio mediante una sucesión autoproclamada. Fíoi se ha pasado a la Alianza Nacional, que promueve el Movimiento Social Italiano, neofascista hasta hace pocas semanas.
La identidad de estos litigantes es significativa, pues en la DC han convivido desde su fundación, en 1943, tradicionalmente sectores populares católicos muy orientados a la izquierda con elementos de una derecha ultra que ahora vuelve a los cauces naturales de sus fuentes fascistas.
El fermento que hizo posible el milagro de un sólo cuerpo político dotado de dos y hasta tres almas -encarnadas por los sucesivos Alcide De Gasperi, Amintore Fanfani, Benigno Zacagnini, Flaminio Piecoli, Arnaldo Forlani, Mario Gava o Ciriaco De Mita- no fue ideológico, terreno sobre el que la DC siempre se mostró cuando menos ambigua. Prueba de ello es que no se escindió a pesar de que, en 1974, buena parte de sus diputados votaron a favor del divorcio y más tarde por el aborto.
La base de su cohesión fue el frente anticomunista, y esto explica que, ahora, tras la disolución de los bloques y la adopción por Italia de un sistema electoral mayoritario, que fomenta la polarización del electorado y compromete la supervivencia del centro, la unidad democristiana haya sucumbido a un debate que no es en absoluto ideológico. Se discute, en efecto, si el partido debe aliarse con la izquierda o la derecha, vieja cuestión que ya condicionó el comportamiento de la DC durante el secuestro del ex primer ministro izquierdista Aldo Moro, en 1978, y que incluso hoy arroja dudas sobre la responsabilidad última de su asesinato por las Brigadas Rojas.
La diferencia con entonces es que la unidad en el centro ya no ofrece rentabilidad política. De ello están convencidos los jóvenes de entre 40 y 50 años que el próximo domingo crearán el CCI) en Roma. Sus nombres son Pierferdinando Casini, Clemente Mastella o Francesco D’Onofrio, por citar algunos de lo más conocidos. Éstos dicen contar con entre 40 y 50 de los 207 diputados democristianos de la última legislatura.
Mino Martinazzoli dirige el sector mayoritario en evolución hacia el PPI, que el sábado celebrará sus primera asamblea.
Tampoco en sus filas deben buscarse apellidos de más tradición en la historia de la DC, porque casi todas sus grandes figuras aún vivas, salvo el longevo Amintore Fanfani y el excéntrico Francesco Cossiga, yacen bajo graves sospechas de corrupción o actividades mafiosas.
Salvar lo salvable
Para salvar lo salvable de esta formación tan bendecida por la Iglesia como admirada en la política y que hoy cierra su historia como el compendio de los aspectos más sombríos de la Primera República italiana, Martinazzoli se ha remitido a la tradición de la preguerra. El Partido Popular fue lanzado por el sacerdote Luigi Sturzo hace ahora 75 años, cuando el Vaticano rechazaba la presencia de los católicos en la política de un Estado que desde su nacimiento sólo le había causado problemas.
El PPI se propone, pues, como no confesional. En él sigue buena parte de la derecha tradicional democristiana, sin que se pueda descartar la posibilidad de nuevas escisiones. Todo el sector vinculado al movimiento Comunión y Liberación, que aspira a sustituir a Martinazzoli en la secretaría del nuevo PPI por el filósofo Rocco Butiglione, bien relacionado con el Papa Juan Pablo II, continúa negociando una alianza con la Liga Norte y la derecha que la mayoría de los fieles de Martinazzoli no aceptan.
Por otra parte, el Consejo de Ministros emitió ayer un decreto-ley por el que se prolonga en 24 horas la jornada electoral de los próximos comicios generales, para permitir a los judíos practicantes el ejercicio del derecho de voto tras la fiesta de Pascua. El anuncio del presidente Scalfaro de disolver el Parlamento y convocar elecciones anticipadas el 27 de marzo próximo, día de la Pascua judía, desató un ola de protestas entre la comunidad judía y el conjunto a la clase política. La religión judía prohíbe todo tipo de actividad el día de Pascua. Con el nuevo decreto-ley los judíos podrán votar el 28 de marzo.
El Análisis
La desaparición de la Democracia Cristiana constituye mucho más que la muerte de un partido: representa el hundimiento del sistema político que ha gobernado Italia durante casi medio siglo. La organización que había logrado reunir a las distintas familias del catolicismo político y mantenerlas unidas frente al comunismo ha terminado desintegrándose bajo el peso de sus propias contradicciones. Las investigaciones judiciales han alcanzado a Arnaldo Forlani, Paolo Cirino Pomicino y Giulio Andreotti, mientras el asesinato de Salvo Lima ha colocado bajo sospecha las relaciones entre determinados sectores democristianos y la Mafia siciliana. Las disputas de Vittorio Sbardella con sus antiguos compañeros ilustran la descomposición de una maquinaria política que durante décadas había distribuido poder e influencia mediante acuerdos internos. Pero la crisis no se limita a la Democracia Cristiana. El Partido Socialista Italiano de Bettino Craxi, que había aspirado a sustituir a los democristianos como principal fuerza del país, se encuentra igualmente devastado por los escándalos de financiación ilegal y las investigaciones de Tangentopoli. El final de la Guerra Fría ha eliminado además el argumento que durante generaciones justificó la concentración del voto moderado en la DC: el temor a una victoria comunista. En apenas dos años, los partidos que habían constituido el núcleo del poder italiano han perdido buena parte de su autoridad moral, su cohesión y su capacidad para representar a sus antiguos electores.
Cuando se derrumba un sistema de partidos, no desaparecen con él los millones de ciudadanos que votaban a esas organizaciones: queda abierto un enorme espacio político que otros pueden ocupar. En Italia, esa circunstancia ofrece oportunidades a la Liga Norte de Umberto Bossi, al movimiento reformista de Mario Segni, a la derecha de Gianfranco Fini y a los herederos del antiguo Partido Comunista, ahora agrupados en el Partido Democrático de la Izquierda (PDS) de Achille Occhetto. Pero también puede favorecer a un protagonista que hasta ahora ha desarrollado su carrera fuera de los partidos: Silvio Berlusconi, propietario del grupo Fininvest, de tres cadenas nacionales de televisión comercial y del club de fútbol Milan. El empresario dispone de una notoriedad pública y una capacidad de comunicación de las que carecen muchos dirigentes políticos tradicionales. Su proyecto Forza Italia, recién constituido, podría atraer a votantes conservadores y moderados que no desean apoyar a la izquierda, pero tampoco encuentran ya una referencia convincente en la Democracia Cristiana. Queda por comprobar si una organización creada alrededor de un empresario puede transformarse en un partido capaz de gobernar y cómo se resolverían los posibles conflictos entre sus intereses privados y sus responsabilidades públicas. Lo que parece indiscutible es que las elecciones de marzo no se celebrarán sobre el viejo tablero político italiano. La desaparición de la DC y el hundimiento del PSI han abierto una competición por la representación de sus antiguos electores, y Berlusconi figura entre quienes aspiran a aprovecharla.
J. F.
