28 octubre 2011

Los medios de Diego Gvirtz acusan al periodista Martín Caparrós de anti-argentino por criticar al kirchnerismo desde el periódico español EL PAÍS

Hechos

El 28 de octubre de 2011 el periódico argentino ‘Diario Registrado’, propiedad de Diego Gvirtz publica el artículo «Caparrós, el argentino antiargentino» que, además, también fue leído en la televisión pública argentina desde el programa ‘678’ producido igualmente por Diego Gvirtz.

27 Octubre 2011

La Apoteosis de Él

Martín Caparrós

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Todas las muertes son tristes, despiadadas; muy pocas son útiles. Si hay una que, más allá de legítimos dolores, lo fue, fue la del ex presidente Néstor Kirchner, de la que hoy se cumple un año triunfal.

Alguien, en estos días, subrayó que los tres presidentes –peronistas, por supuesto– que fueron reelectos en la Argentina contemporánea tenían algo en común: tanto el general Perón como el doctor Menem y la doctora Fernández habían sufrido, en los meses de su reelección, la muerte de un pariente muy cercano: dos cónyuges, un hijo.

Yo no lo tenía presente cuando escribí, hace dos años, el artículo más raro que publiqué en mi vida. Era el 15 de mayo de 2009, la popularidad de los doctores Kirchner estaba en mínimos históricos, y yo solía armar unas historias que parecían ficción para la contratapa de Crítica de la Argentina. Ésta se llamó La solución final, y contaba la historia de un «Comando Conspiraciones» que se preguntaba cómo hacer para ganar las elecciones que el kirchnerismo, entonces, tenía casi perdidas. La conclusión era clara y espantosa, y el Comando decidía seguirla hasta sus consecuencias más letales.

«–¿Y entonces?

–No se hagan los boludos, muchachos, que me entendieron perfecto.

Los tres hombres se miraron como se miran los que no quieren ver lo que están viendo: la esposa manoteando una entrepierna ajena, el telegrama de despido, aquella foto de sus veintiuno.

–¿Vos querés decir que para que hagamos una buena votación en junio se tendría que morir alguien?

Le preguntó despacito el segundo, muy flaco, barba rala, sus ojeras.

–Vos sabés que estoy diciendo eso.

–¿Pero quién, animal, de quién estás hablando?

–¿De quién voy a estar hablando?

El mozo llegó con la segunda botella de montchenot y un par de provoletas bien doradas. El tercer hombre, pelo largo entrecano, prestancia de caudillo antiguo, amagó una sonrisa: ¿pingüino o pingüina?

–Veo que ya nos vamos entendiendo.»

Meses más tarde la realidad se hizo cargo de las fantasías del Comando. El doctor Kirchner se murió de una muerte que todos le anunciaban y él no llegaba a imaginar. Ese día publiqué una columnita en El País diciendo que “en la Argentina no hay político más poderoso que la muerte –y vuelve y vuelve y no nos suelta”.

Ahora, a un año de su fin, el doctor Kirchner ya es una comisaría de Resistencia, la ruta 40 de San Juan, una calle de Tucumán, la avenida principal de Río Gallegos, la costanera de Caleta Olivia, el centro integrador Puerto Esperanza, Misiones, una calle de Paraná, una plaza de Ushuaia, un hospital de Florencio Varela, la sede de la Unasur en Buenos Aires, el Torneo Clausura del Fútbol argentino, la ruta 66 de Jujuy, una escuela y un barrio de Albardón, San Juan, un barrio de viviendas sociales en La Plata, una escuela en El Impenetrable, una comisaría en Puerto Rico, Misiones, un centro de estudios “para la integración de los pueblos latinoamericanos” en Buenos Aires, una escuela de Santiago del Estero, un cine-teatro en Palpalá, Jujuy, una calle y una plaza en San Vicente, un puente de Cosquín, un túnel vial en Carupá, el auditorio del Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora, la ruta de entrada al Parque Nacional Pre-Delta en Entre Ríos, el aeropuerto de Villa María, la terminal de ómnibus de San Rafael, la terminal de ómnibus de Santiago del Estero, la terminal de ómnibus de Jujuy, el acceso principal de Pehuajó, un paseo costero en Calafate, una plazoleta en la ciudad de Buenos Aires, la ex ruta provincial 26 en Pilar, una plaza de Escobar, una beca para estudiar en Nueva York, un túnel de 800 metros en José C. Paz, un barrio de viviendas sociales en Tartagal –y siguen firmas, proyectos, nominaciones varias. No hubo aviso oficialista en esta campaña electoral que no lo tuviera entre sus imágenes más repetidas.

Hoy, entre otras cosas, se inaugurará su mausoleo en Santa Cruz; es lo que los antiguos llamaban una apoteosis: el momento en que un hombre era ascendido a dios –o esa versión moderna del dios que convinimos en llamar mito: los Grandes Muertos Siempre Vivos. Los mitos suelen ser una construcción lenta, un efecto de años y de muchos; aquí, ahora, el contrasentido de un mito instántaneo creado por el poder se desarrolla ante nosotros. Es curioso -un privilegio raro- ver cómo se arma un mito: con qué herramientas, recursos, firuletes. Por supuesto hay, para empezar, un relato totalmente sesgado de la vida de un hombre que, como todos, hizo cosas muy dispares -pero la historia mitificadora elude su apoyo a ciertos militares de la Dictadura, su largo rechazo a los defensores de los derechos humanos, su relación con Carlos Menem, su participación en la entrega de los recursos nacionales, sus negocios turbios. El mito se alimenta de otros ritos: su nombre se ha vuelto el nombre de innumerables cosas pero su viuda nunca lo pronuncia; todo lo nombra menos ella, que lo nombra sin nombres, como si no necesitara nombres, como si todos los nombres lo nombraran: sigue diciendo Élcomo quien nombra a aquel dios innombrable y vengativo de la Biblia.

El mito se alimenta de esos ritos, y los ritos no paran, no pueden parar si quieren cumplir su cometido. Hoy los habrá por toda la Argentina, de todas formas y colores, con más y menos contenido, con menos y más magia. Ninguno, quizá, tan prístino como el de la señora Bonafini, que lidera desde hace treinta años a las Madres de Plaza de Mayo y esta tarde conducirá una radio abierta para “hablar con él”. “Se cumple un año del día en que Néstor, sin avisarnos, se mudó a otro planeta. Pero aunque no nos avisó, porque se fue de golpe, nos dejó un legado increíble de enseñanzas políticas”, dice su comunicado. Por eso, dice, hoy “hablaremos con él y le agradeceremos todo lo que nos dio”.

El diálogo recién está empezando -y dirá tanto sobre la Argentina.

PD: hoy estuve escuchando mucha radio sobre el aniversario de la Muerte, y entendí algo más de mi incomodidad con la construcción del personaje heroico: fue por la cantidad de veces que oí decir que «gracias a Néstor tal, gracias a Néstor cual», que se hace inversamente proporcional a la cantidad de veces que se dirá que «gracias a los argentinos, gracias al pueblo, gracias a tales o cuales militantes».
Es la utilidad del jefe: cuanto más espacio ocupa el líder, menos queda para sus seguidores. Entonces hoy todos hablan de cómo «gracias a Néstor se juzgó a los represores de la Esma»; no dicen que fue porque miles y miles de personas se pasaron años en la calle y estallaron en 2001 y obligaron a ciertos políticos menemistas a tomar en cuenta reclamos que nunca habían atendido; no, es «gracias a Néstor». Para eso sirven las estatuas.

28 Octubre 2011

Caparrós, el argentino antiargentino

Matías Castañeda

Diario Registrado (propiedad de Diego Gvirtz)

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Martín Caparrós tiene un blog en El País de España, diario que habla mal de los argentinos. Podríamos hacerla larga y fundamentar, pero no tengo ganas, no me parece relevante argumentarle al cinismo.

Los cínicos siempre tienen un pero para ser críticos, independientes, irónicos. Tiene un blog, Caparrós, contaba, en un diario español, El País, que denosta las elecciones populares argentinas, y las sudamericanas también. Y Caparrós escribe ahí, criticando los procesos, las síntesis, y las elecciones del pueblo argentino.

Siempre hay que aclararlo porque si no un trasnochado cree que hablamos de intentos de censura cuando precisamente quien defendió (y no sabemos si aún defiende) el voto calificado es Caparrós. ¡Qué mayor censura que no poder elegir tus representantes! Decía, claro, puede decir lo que se le ocurra, lo celebramos, como cualquiera puede criticar a Caparrós, de eso setrata.

Pero el problema tampoco es Caparrós, ni que su opción por el voto calificado sea censura o un exceso de pensamiento crítico infundado arrojado para sacudir pensamientos estancos, el problema es que mucha gente crea bien, disfrute, celebre, que hable mal del trato diferencial a los pueblos originarios, del peronismo, de todas las campañas presidenciales, del derecho de los pueblos a entronar próceres y celebrarlos: que no haya mayores inconvenientes para ser antiargentino en el exterior, que no se le tribute, cuanto más no sea para redistribuir autoestima.

Suelo poner un ejemplo, siempre el mismo, porque tengo pensamientos estancos: se imaginan el tratamiento de un blog de un francés que habla mal de Francia en un diario alemán. Lo mismo, un chileno que hable mal de Chile en Perú, en una columna. Un español que diseccione cínicamente a los «gallegos», en Clarín. Y así podemos seguir. No, es imposible, eso no existe.

No existe porque los pueblos del mundo son orgullosos de sí, defienden sus intereses sobre los demás países, son nacionalistas, tiene autoestima y orgullo patrio; a nosotros nos huelga, nos parece natural hablar mal de la Argentina en el exterior, tirarnos mierda, somos un pueblo que no valora la estima.

Pero algo está cambiando, entre otras cosas, con este tiempo político. Los Caparrós ya no son tótems y el tabú de contestarle no existe más. Hay una horizontalidad que les descose los sintagmas y los sofismas. La estupidez supina de que somos subdesarrollados porque le hacemos un monumento a Kirchner no resiste el más mínimo análisis. Pamplinas. Acaso los demás países no tiene estatuas ecuestres, bulevares, bustos, religiones, plazas, monarquías, estampitas, rostros en los billetes, mausoleos, calles.

No existieron Lady Di, Kennedy, Garibaldi, Franco, De Gaulle, Adenauer, Nobel, Colón, Mandela.

A lo mejor no es contra la Argentina sino contra la humanidad toda, que puede ser, su incomodidad de vida.

Explicar la felicidad es cualquier cosa, pero se la deseo a todos.

Martín, que seas muy feliz.

Te mando un abrazo.

08 Noviembre 2011

Una polémica argentina

Martín Caparrós

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Esta entrada será inusualmente larga; es un abuso, pero quiero reproducir fielmente cada paso de una polémica que tuvo lugar lejos. Todo empezó hace tres semanas, cuando la gente de Internazionale, una de las revistas más prestigiosas de Italia, me pidió un análisis breve de los años kirchneristas para un número en el que habría varias notas sobre Argentina –en elecciones. Lo preparé y lo titulé Kirchnerismo para dummies futuros. La editora italiana, prudente, me dijo que el título era malo pero incomprensible y lo cambió por El hambre y las mentiras de una década; era, es cierto, un poco demasiado. El texto, en cualquier caso, es éste:

Dentro de cien años, cuando ninguno de nosotros sea, cuando el mundo sea otro, los manuales de historia argentina –si es que sigue habiendo manuales, si sigue habiendo historia, si Argentina– incluirán, seguramente, diez o doce líneas sobre “la década de los doctores Kirchner”. Esas líneas empezarán por sorprenderse ante el tribalismo arcaizante de una esposa sucediendo a su esposo; dirán quizá que fue el apogeo de lo que alguien llamó la “política de la sangre”, ese período en que, a falta de ideas y proyectos que cohesionaran a sus militantes, los únicos vínculos firmes eran los del parentesco: ese retorno a las formas dinásticas.

También dirá –sobre todo dirá– que el peronismo de los años ‘00, encabezado por los doctores Kirchner, se dedicó más que nada a recomponer el aparato del Estado que el peronismo de los años ‘90, encabezado por el doctor Menem con la colaboración provincial de los doctores Kirchner, había desarmado. Dirá que los manuales no deben hacer juicios de intenciones, así que no se arriesgará a decir por qué los doctores Kirchner decidieron esa recomposición; ofrecerá un abanico de razones que van desde su convicción de que el Estado era la única herramienta para aminorar la desigualdad de las sociedades de esos años hasta la idea sibilina de que si uno va a gobernar un Estado le conviene que haya Estado –y apuntará que la razón verdadera debe estar en una mezcla de ambas y otras más.

El manual sin duda recordará que los doctores Kirchner llegaron al poder a la salida de una crisis –como casi todos los gobiernos argentinos– y que, inteligentemente, supieron escuchar sus gritos y desactivarlos: quitarles su potencial de verdadero cambio. Y que para adaptarse a los nuevos tiempos cambiaron su discurso privatizador de los noventas por uno levemente estatista, y cambiaron su desdén anterior de los derechos humanos por su reivindicación insistente. Y entonces quizá diga –es improbable, impropio de un manual, pero quién sabe– que los doctores usaron esos derechos humanos y la memoria mistificada de ciertas luchas setentistas para legitimar a un gobierno cuyo acción no tenía ninguna relación con esas ideas revolucionarias. Hasta podrá, quiza, citar la frase de un escritor ya entonces olvidado que solía decir que le parecía muy bien que el gobierno de los doctores Kirchner defendiera los derechos humanos de 1976 pero que hubiera preferido que defendieran los de 2011, y lo explicaba: que no sólo no defendían los derechos humanos básicos –a comer, educarse, curarse– sino tampoco los más específicos, porque durante sus gobiernos la cantidad de muertos por represiones y abusos policiales fue bastante extraordinaria.

(Y, a propósito de confusiones y discursos, quizá el manual recuerde –probablemente no– que hubo un breve período, tras la muerte del doctor Kirchner, en que los medios oficialistas insistieron en que “la juventud” se identificaba con el proyecto del difunto y su viuda. Pero si lo dijera diría que esa falacia empezó a  desarmarse sólo unos meses más tarde, cuando, en las siguientes elecciones de la juventud más politizada, los estudiantes de la Universidad de Buenos Aires, las agrupaciones kirchneristas no pudieron ganar ni un solo centro de estudiantes –y su derrota dejó claro que la idea era perfectamente falsa.)

El manual irá cerrando el tema, pero es probable que antes cite una frase feliz de esos años: que el kirchnerismo fue un ejemplo infrecuente y fecundo de “épica posibilista” o “posibilismo épico”: que pocos movimientos políticos han sabido combinar tan bien la declamación de que son portadores de cambios decisivos con la justificación de que en realidad no pueden cambiar mucho porque bueno, así están las cosas, esto es muy complicado, miren de dónde veníamos.

Y apuntará, en muy pocas palabras, que esa retórica de cambio se apoyaba en comparaciones insistentes de sus cifras socioeconómicas con las cifras del peor momento de la crisis –y no con los números más normales de los años normales, y que eso es un viejo truco peronista. Y quizás hasta recuerde que los doctores decidieron prohibir cualquier cifra sobre la inflación y la pobreza que no fueran las oficiales: falsas, inverosímiles.

Para terminar, el manual subrayará lo que fue, junto con la recuperación de parte del Estado, lo más importante del período: el remate de la reconversión de la Argentina en un país agroexportador, que tantos problemas le traería más adelante. O, dicho de otro modo: la vuelta de la Argentina a su forma del año 1910, antes de que le dieran las veleidades industriales.

Y señalará la falla de un gobierno que tuvo, durante una década, tanto dinero fácil proveniente de las exportaciones agrícolas y no pensó en usar esa bonanza tan casual para construir una alternativa económica que subsistiese cuando la demanda de esos bienes primarios, tan dependiente de los mercados externos –no dirá “del apetito de los chanchos chinos”–, se cayera. Y concluirá, quizá, que era esperable: que la Argentina siempre se especializó en perder sus oportunidades.

Entonces terminará por preguntarse cómo fue que un gobierno que insistía tanto en que estaba “redistribuyendo la riqueza” fracasó justamente en ese punto: por qué llegó a los diez años de poder en un país enriquecido por las exportaciones y, sin embargo, a fines de su ciclo todavía quedaban en la Argentina diez millones de pobres, más que en los peores años del peor neoliberalismo menemista. O, si se pusieran dramáticos, cosa que un manual en general no hace: que cómo fue posible que en un país que producía tantos alimentos siguiera habiendo personas que se morían –literalmente– de hambre. En el manual estará la respuesta; en este artículo, la pregunta basta.

2.

Días después, la gente de Internazionale me dijo que Horacio Verbitsky, periodista de antiguo prestigio y asesor actual del gobierno en materias varias, había pedido derecho a réplica y ejercídolo en un texto del mismo tamaño que el mío. Se titulaba En defensa de Kirchner y aquí lo reproduzco, traducido del italiano en que fue publicado.

La opinión de Martín Caparrós “El hambre y las mentiras de una década” es un conjunto de falsedades contra el proceso político más innovador que se haya verificado en la Argentina en los últimos cincuenta años. La reelección de Cristina Fernández de Kirchner con el porcentaje más alto desde que los argentinos eligen libremente a su líder y con la mayor diferencia que se recuerde con respecto a su principal adversario, indica que el juicio de Caparrós sobre los gobiernos que se sucedieron desde 2003 no se corresponde con el de sus compatriotas.

Pero quizás esto no le importe, dado que desde hace algunas elecciones Caparrós manifiesta su posición elitista con comentarios llenos de aristocrático desprecio hacia los electores. Hace dos semanas definió a la población indígena como “una especie protegida con el apoyo de la comunidad internacional, de las organizaciones no gubernamentales, de programas internacionales y de los medios”.

Lo cual sería sólo una conducta que desprecia lo que no entiende si no fuera por la superficial falsificación de los hechos y de los procesos en los que se basa. La presunta indiferencia de los Kirchner hacia los derechos humanos es sólo una proyección de lo que hace él, personaje emblemático de la izquierda de salón. Miembro como yo de la guerrilla peronista, después del exilio Caparrós publicó varios libros que exaltaban la militancia de los años setenta. Esta conducta duró hasta el 2003, cuando Néstor Kirchner, elegido presidente, reivindicó a esta generación pero no los métodos de la lucha armada, e hizo suyos los reclamos de memoria, verdad y justicia de las organizaciones que defienden los derechos humanos. Ahora que toda la sociedad argentina ha abrazado esta causa –doscientos militares han sido condenados y en los tribunales se habla sin eufemismos de la militancia de las víctimas– Caparrós se declara “harto de los años setenta”, con la indignación del dueño de casa que ve un intruso en su bello jardín. Cualquier causa que tenga la aprobación de la mayoría le parece sospechosa y para él nada valen los documentos –entre los cuales algunos discursos grabados en video en 1983– que muestran la coherencia de Néstor Kirchner al denunciar a la dictadura.

Las críticas de esta gauche divine son cada vez más parecidas a las de quienes defienden la represión dictatorial de la derecha. Caparrós sostiene que, mientras se ocuparon de los derechos humanos de 1976, los Kirchner ignoraron los de 2011 (como el hambre, la educación y la salud) y los abusos de la policía. Pero lo cierto es lo contrario: nunca se construyeron tantas escuelas y hospitales públicos ni se inaguraron tantas universidades suburbanas, ni el balance de la educación ha sido tan alto ni la mortalidad infantil y el analfabetismo tan bajo como en estos años. En 2004 Néstor Kirchner ordenó a la policía que no usara armas de fuego contra los manifestantes y despidió al jefe de la policía y el ministro del Interior que no querían obedecerlo. En 2010 Cristina Fernández relevó al jefe de policía que desobedeció estas instrucciones y creó un ministerio de Seguridad en el cual los principales responsables son civiles con antecedentes en la defensa de los derechos humanos.

La banalidad del pensamiento de Caparrós resulta evidente cuando escribe que “el fracaso de los grupos kirchneristas” en las elecciones estudiantiles de la Universidad de Buenos Aires ha revelado que los jóvenes no se identifican con Kirchner. Según el último censo de la población, en Argentina viven 11,3 millones de jóvenes entre los 17 y 34 años. En la Universidad de Buenos Aires los estudiantes de esta franja etaria son 300.000. Este 2,65 por ciento de la población pertenece a las clases más ricas de la población. Después de haber citado tantos años a Marx, Caparrós todavía no aprendió a sacar las conclusiones justas.

El escritor también sostiene que con Kirchner la Argentina ha vuelto “a ser conocida como un país agroexportador” como en los años del Centenario, “cuando no tenía veleidades industriales”. Teoría seductora pero falsa. En 2011, por primera vez en la historia argentina, los productos industriales encabezan las exportaciones del país: constituyen el 35 por ciento contra el 34 por ciento de los productos agrícolas.

Caparrós concluye que los Kirchner dejaron a la Argentina más pobre que el neoliberalismo de Menem. No es cierto. La pobreza ha sido reducida del 54 al 21 por ciento y la indigencia del 27 al 6 por ciento, según los datos de los institutos estadísticos provinciales. Ambos valores bajaron a los niveles de los años ochenta, igual que la desigualdad. En esta incesante marcha atrás todavía no llegamos a los años setenta, antes del golpe de 1976, cuando la desocupación y la pobreza estaban por debajo del 5 por ciento. Esta es la tarea por la cual 54 argentinos sobre 100 confiaron a Cristina Fernández el nuevo mandato que fastidia a los que son como Caparrós.

3.

No entendí quiénes “son como Caparrós” ni me preocupó mucho: mi supuesto carácter y mis supuestas motivaciones, que tanto preocuparon al articulista, no me parecieron un tema interesante. Pero sí sus afirmaciones; por eso pedí a la gente de Interrnazionale el espacio para mi propia réplica. Me dijeron, con toda lógica, que podría mandarles una carta de 1.500 caracteres, porque necesitaban espacio para tantas otras cosas. Lo entiendo, y por eso publico mi respuesta aquí mismo:

Lamento que Horacio Verbitksy, ex periodista que yo respeté mucho, vuelva a caer en la trampa más habitual de los portavoces kirchneristas: no discutir lo que se dice sino injuriar a quién lo dice.

Hay que reconocer que lo hace con entusiasmo: en unas pocas líneas, Verbitsky consigue llamarme falsificador, elitista, aristocrático, “personaje emblemático de la izquierda de salón”, gauchiste divin, pensador banal –y decir incluso que escribo con “la indignación de un dueño de casa que ve un intruso en su bello jardín”. De sus épocas de periodista quizá recuerde que cuando uno afirma algo debería poder sostenerlo: me intriga saber en qué informes psicológicos se basa para sostener que mis opiniones se deben a tal rasgo de carácter, a cual emoción, o incluso a “una proyección de lo que hace él” (sic). Y, sobre todo, cómo justificará adjudicarme entre comillas cosas que nunca he dicho, como que estoy “harto de los años setenta” –cuando he escrito tanto sobre el tema. Sobre todo en tiempos en que otros, como él, preferían silenciar sus historias.

Es cierto, en cambio, que cuestioné muchas veces el uso que este gobierno, con su asesoría, hace de los setentas. Por eso sostengo que la indiferencia de Kirchner hacia el tema no fue, durante muchos años, “presunta” sino real. Los lectores italianos no tienen por qué saber –y de eso se aprovecha el ex periodista– que el doctor Kirchner gobernó su provincia austral por ocho años durante el mandato de Carlos Menem –que amnistió a los militares asesinos sin que Kirchner haya manifestado ninguna oposición. Y que, durante esos años, cada vez que las Madres de Plaza de Mayo visitaron su capital, el gobernador Kirchner se negó a recibirlas, y que nunca organizó actos como los que sí había en tantos otros lugares para recordar el 24 de marzo, fecha emblemática del repudio al golpe de 1976. Verbitsky lo dice –¿sin querer?– cuando dice que, en 2003, Kirchner “hizo suyos los reclamos de memoria, verdad y justicia de las organizaciones que defienden los derechos humanos”. Fue bueno que, ya presidente, empujado por el cambio de humor general, se ocupara de esas cuestiones; es difícil adjudicarle a ese cambio carácter retroactivo.

Y sigo sosteniendo que los doctores Kirchner y Fernández se han ocupado mucho más de los derechos humanos de 1976 que de los de 2011, incluyendo la instrucción, la salud y la alimentación –no el hambre, como dice Verbitsky: en mi manual el hambre no está considerado un derecho humano. En la Argentina actual, país que produce alimentos para 300 millones de personas, sigue habiendo desnutrición y, cada verano, chicos que mueren literalmente de hambre.

Del estado de la educación y la salud públicas mejor no hablar: los define claramente el hecho de que ni siquiera los directivos de esas áreas se resignan a usarlas.

Para negar la violencia del Estado en estos años, Verbitsky recuerda las medidas que tomaron sus presidentes contra jefes de policía que no cumplieron sus órdenes. Olvida cuidadosamente que, en los últimos 18 meses, la represión polical a las protestas sociales produjo tres muertos en Bariloche, dos en Formosa, tres en el Indoamericano y cuatro en Jujuy: hace mucho tiempo que no pasa nada así en la Argentina. Y que los tres gobiernos provinciales que asesinaron manifestantes eran y son gobiernos kirchneristas, y que la presidenta Fernández no hizo nada al respecto.

Mi pensamiento -acepto- debe ser banal; mis datos tratan de ser ciertos. En la Argentina actual las cifras son aproximativas, y Verbitsky lo reconoce cuando dice que usa estadísticas provinciales –porque las nacionales, controladas por su gobierno, son inventos descarados, que nadie, ni aún él, se toma en serio. Lo cual ya debería servir como prueba: si un gobierno miente en su descripción cuantitiva del país, ¿qué se puede esperar del resto? Verbitsky, aunque no parece creer en las cifras del Indec, no define su fuente cuando dice que en 2011 “por primera vez en la historia argentina, los productos industriales encabezan las exportaciones”, con el 35% contra el 34% de los productos agropecuarios. Al decirlo, Verbitsky no dice tantas cosas: por ejemplo que la suma de ese 35% de las “manufacturas de origen agropecuario” –aceites, pellets de soja y otros– y el 22% de “productos primarios” hace que la venta de materia prima sin transformar o muy levemente transformada constituya más de la mitad de nuestras exportaciones –y la mitad de esa mitad son productos sojeros, igual que en 2003. O que, por trucos de nomenclatura, un 10% de esos “productos industriales” consiste en el oro que las mineras extranjeras se llevan sin procesar ni dejar ninguna plusvalía. Tampoco dice que un tercio de las “manufacturas de origen industrial” que se exportan proviene de la industria automotriz, que se dedica a ensamblar autopartes importadas; tanto que el sector tiene un déficit de más de 5.000 millones de dólares, o sea: que esa industria cuesta muy cara en la balanza comercial.

“Caparrós concluye que los Kirchner dejaron a la Argentina más pobre que el neoliberalismo de Carlos Menem”, dice Verbitksy. Otra mentira: como cualquiera puede leer aquí arriba, nunca escribí eso. Escribí, sí, algo parecido pero diferente: que tras estos años de crecimiento y supuesta redistribución de la riqueza hay más argentinos pobres que “en el peor momento del peor neoliberalismo menemista”. Para confundir las cuentas, Verbitksy compara las cifras actuales con las de 2003, cuando Menem ya llevaba cuatro años en el llano. En cambio, si se comparan, como escribí, 2010 y 1999, mi afirmación se confirma: hay, ahora, entre 9 y 10 millones de pobres; había, en 1999, entre 7 y 8 millones. Es lamentable y muestra una distancia soprendente entre discurso y hechos –pero no por eso es menos cierto.

Son datos, no improperios. En el terreno de las palabras me sorprende, sí, que Horacio Verbitsky caracterice su “proceso político más innovador” como una “incesante marcha atrás”. Él –a diferencia de mí– sabe, sin duda, lo que dice.