7 junio 1993

Los periódicos españoles ante los resultados de las elecciones generales de 1993 (V Legislatura)

Hechos

El 7 de junio de 1993 los periódicos publicaron sus análisis sobre los resultados de las elecciones generales de ese año.

07 Junio 1993

Oportunidad concedida

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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EL PARTIDO socialista obtuvo ayer un éxito indiscutible al alzarse, por cuarta vez consecutiva, con la victoria en unas elecciones legislativas, con cerca de nueve millones de votos. La distancia con el Partido Popular se redujo sensiblemente y el número de escaños obtenido por el ven cedor queda lejos de la mayoría absoluta. Pero Felipe González podrá seguir gobernando, lo que, dadas las circunstancias en que se produjo la convocatoria, supone un triunfo muy notable. El candidato del PP, que lleva meses dando por descontado que tendría que ASUMIR esa responsa bilidad, tendrá que esperar. Los populares deberán demostrar ahora que saben perder -Aznar reconoció los resultados con una grandeza que faltó a algunos de los suyos-, pero también González habrá de probar que sabe- ganar. La movilización de última hora del voto crítico socialista, factor que ha contribuido a reducir la abstención y a limitar el ascenso de Izquierda Unida, ha permitido a los socialistas contener el retroceso anunciado como consecuencia de los escándalos de corrupción y los efectos de la crisis.

07 Junio 1993

Se acabó el «rodillo», pero sigue el felipismo

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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LO que se ha dado en llamar felipismo el modo de gobernar que, apoyado en una mayoría parlamentaria aplastante, ha dominado los últimos once años de la vida política española- recibió en el día de ayer un golpe importante: se le acabó el «rodillo». El núcleo felipista ya no podrá decidir a su guisa por dónde camina o deja de caminar este país. Pero va a seguir mandando. Los primeros resultados de las elecciones del 6J indican que el PSOE ha logrado una sensible ventaja en porcentaje de votos sobre el PP, aunque esa diferencia tal vez se vea algo compensada con el avance del escrutinio y/o a la hora de convertir los votos en escaños. Por su parte, Izquierda Unida se ha estancado, mostrándose incapaz de arrebatar electores al PSOE -un factor que era clave en las previsiones sobre la erosión del felipismo. ¿Qué conclusiones podemos extraer de estas primeras estimaciones? Es obvio que el PSOE ha sufrido en las urnas un cierto castigo y que el PP ha logrado un avance considerable. Pero resulta igualmente claro que ni el castigo de los primeros ha sido ni mucho menos tan severo como el que hubiera podido deducirse de su actuación a lo largo de la última legislatura ni la progresión de los segundos ha alcanzado los niveles que propiciaba su ventajosa posición crítica. Desde luego, la utilización que el PSOE ha hecho de los medios de comunicación públicos, y de TVE en particular, ha contribuido a este desenlace. Pero también hay que contar con los muy graves errores que el PP ha cometido en la conducción de su campaña electoral, entre los que ocupa un lugar principal la decepción que produjo en el momento decisivo su candidato José María Aznar. Puede afirmarse en suma que, si ha prendido en amplios sectores de ta ciudadanía el sentimiento de rechazo al felipismo, ;lo ha prendido con suficiente vigor el apoyo a las alternativas que se ofrecían frente a él. Es probable que haya que esperar a que el escrutinio de los votos llegue a su totalidad para establecer con plena certeza qué combinaciones parlamentarias serán necesarias para formar el próximo Gobierno. En todo caso, está claro que la política española ha doblado un cabo: el de las mayorías absolutas. A partir de ahora, el PSOE deberá contar con otros, negociar, llegar a compromisos con ellos. Ya no podrá funcionar con la prepotencia del reciente pasado. Pero la oposición seguirá estando a notable distancia. La histórica jornada de ayer deja algún regusto amargo. El principal, el de las chapuzas del censo, que provocaron la muy airada y justificada protesta de miles de ciudadanos. Pero ha proporcionado ya, a expensas de otros datos aún pendientes de clarificación en el momento de escribir estas líneas, una satisfacción: la de haber insuflado un tanto de aliento a la política española. Se ha acabado el «rodillo». Algo es algo.

07 Junio 1993

Aires del 79

Javier Pradera

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Los resultados del 6-J han dado una desahogada victoria a los socialistas tanto en voto popular como en número de escaños. La remontada del PSOE, tras varias semanas de sostenido empate (registrado día a día por los sondeos), no puede sino traer a la memoria la recta final del referéndum de la OTAN, cuando la entrada en escena de Felipe González logró invertir el sentido de la marea. Pero estas elecciones generales de 1993 parecen aún mas emparentadas con los comicios de 1979, tanto por el desarrollo de la campaña como por su desenlace. Desde la convocatoria de los comicios hasta el cierre de los colegios, el reñido carácter de la lucha, el esfuerzo de los contendientes por adueñarse del centro (empujando cada partido a su competidor hacia los extremos del espectro) y las grandes expectativas albergadas por la oposición (el PSOE entonces y el PP ahora) para alzarse con el triunfo construyen un puente analógico entre dos citas con las urnas separadas por catorce años.También las reacciones ante los resultados de 1993 y sus eventuales consecuencias recuerdan con viveza la cosecha de 1979; la victoria de los socialistas dejará inevitablemente una herida emocional en los populares, que creyeron rozar, con los dedos la victoria después del primer debate televisivo entre Felipe González y Aznar y que han vivido con amargura comprensible su fracaso. Si entonces el PSOE no encajó con excesiva deportividad la derrota, las primeras reacciones de algunos dirigentes del PP al conocer los datos oficiales hicieron temer que su rabieta de malos perdedores pudiera alcanzar extremos peligrosos: afortunadamente la correcta comparecencia de Aznar en rueda de prensa al filo de la medianoche despejó cualquier duda al respecto. Hasta el más decepcionado de los populares terminará por darse cuenta de que el derrotado en unas elecciones democráticas no pierde una guerra sino una batalla: los perdedores de 1993 pueden ser los triunfadores de 1997.

La oposición dispone en un régimen parlamentario de un amplísimo campo de acción, tanto para preparar las condiciones que le permitan vencer en la próxima cita como para participar en la adopción de las decisiones a través del trabajo parlamentario. En 1979, los socialistas sólo superaron su depresión post-electoral después de aclarar sus ideas: el mensaje de moderación de Felipe González logró finalmente imponerse a las tesis que atribuían a un déficit de radicalismo la derrota del PSOE en las urnas. Posiblemente el PP tenga que pasar ahora por un rito, de iniciación semejante: para consagrase como alternativa de poder necesita que su deriva hacia el centro, no se vea interrumpida por maniobras orientadas a hacerle regresar a las posiciones de la derecha autoritaria. Cabría preguntarse también si las analogías entre 1993 y 1979 pueden hacerse extensivas a la victoria socialista. Hace catorce años el amplio triunfo de Suárez en las urnas no impidió la posterior derrota y destrucción de UCD, no sólo por los conflictos internos del centrismo sino también por su incapacidad para actualizar sus mensajes y su programa; sólo el tiempo dirá si Felipe González y el PSOE sufrirán un destino semejante o si los socialistas conseguirán realizar a tiempo su renovación.

07 Junio 1993

La ley de la gravedad

Arcadi Espada

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Las sacó. Solo: como decidió convocarlas, como las afrontó a lo largo de una campaña en que el socialismo español era una frágil avioneta descendiendo sobre las ciudades, llevando a bordo un médico, una secretaria, y un griego llamado José María Maravall. Las sacó en un punto en que la derecha española había decidido que su alternativa no debía esperar más. En un paisaje, las sacó, repleto de minas: el cansancio personal, el cansancio de los ciudadanos después de una década brillante, pero que tenía la guinda amarga de unos últimos años deslabazados. Confusos.Las sacó cuando el empate histórico en España siempre ha acabado por decantarse en favor de la derecha. Las sacó sin rectificar significativamente su genética de hombre desapegado, de orientalizante desprecio frente a los que no asumen que están delante de un hombre cargado de razón. Las sacó a través de una campaña mediocre, de mensajes repetitivos y de escasa solvencia intelectual, de una campaña cargada de apelaciones sentimentales y unipersonales.

Una campaña, además, donde el partido socialista fue, muchas veces, una estridente ausencia, un vago reflejo de lo que fuera. Las sacó, a pesar de Madrid, a pesar del asalto a La Moncloa, esa operación arduamente planeada, que no reparó en gastos de épica ni de moneda.

Todo eso es ganar desafiando la ley de la gravedad. Afrontando tres millones, tres, de parados; tres devaluaciones de la moneda; el brusco despertar del sueño del 92 -¿fue únicamente un sueño?- y la convicción de que algunos socialistas tenían bastante con haber llegado a los 100 años de honradez y firmeza. Afrontando, en fin, la pura ley de la física, la que acabó con Thatcher, la que acabó con Bush y tantos otros.

Felipe González ha tenido que habérselas además con un mapa europeo de general reproche a la izquierda, con una juventud que no conoció otro establishment que el que él encarnaba y con la reducción de su estimado discurso europeísta a la incertidumbre más agobiante. A una incertidumbre que amenazó en algún momento de esta campana con dejarle, efectivamente, sin discurso.

Al hombre que desafía las leyes de la física, de la razón y hasta del mito, le espera según toda la literatura disponible un futuro trágico. Pero los españoles, en cualquier caso, decidieron ayer que el futuro, el futuro cósmico, puede esperar todavía un rato.

Sobrepasada la medianoche entraba el candidato en el hotel Palace. Una emoción semejante no se había vivido en ese hotel desde la noche iniciática del 82. Entraba y decía con ironía apenas apagada: «Supongo que no se les escapará la anormalidad que representa en Europa que un gobernante revalide por cuarta vez su mandato». No se les escapaba: ni a lo periodistas presentes ni al público ni a Felipe González mismo, el hombre que acababa de desafiar con éxito la ley de la gravedad y que ahí estaba, encima, narrándolo.

Todo ha sido otra vez un asunto personal: como lo fue el abandono del marxismo, como lo fue el referéndum de la OTAN. Eso habrá de asustar cuando repose la gloria. Pero esta noche se trata de su gloria y en ella hay que dejarle.