28 mayo 1993

El político y asesor del PP, Losantos, asegura que Tusell manipula su obra

Javier Tusell (DIARIO16) critica el libro ‘La Dictadura Silenciosa’ de Jiménez Losantos, causando la réplica de este desde ‘ABC’

Hechos

El 28.05.1993 D. Javier Tusell publicó en DIARIO16 el artículo ‘¿Es España una dictadura?’.

Lecturas

En su artículo del 17 de junio de 1993 en ABC D. Federico Jiménez Losantos acusa a los directivos del Grupo PRISA, D. Jesús Polanco Gutiérrez y D. Juan Luis Cebrián Echarri de haber establecido una ‘dictadura silenciosa’ por no promocionar su libro en sus medios de comunicación.

28 Mayo 1993

¿Es España una dictadura?

Javier Tusell

Leer

El vibrante periodista Federico Jiménez Losantos, sin duda el más entusiasta y aclamado mentor del elemento juvenil del PP, acaba de escribir un libro cuya aparición obviamente tiene un propósito electoral. En ‘la Dictadura silenciosa’, cuya portada exhibe las efigies de Felipe González, Jordi Pujol y Javier Arzalluz, ofrece un diagnóstico de lo que él considera como un régimen político. El lector tiene la sensación de que de paso está condenando una posible alternativa gubernamental de coalición. Se trata de un libro ágil, bien escrito y que demuestra lecturas y preocupaciones bien justificadas en su autor.

Pero, en mi opinión, se trata al mismo tiempo de un texto extremadamente simplificador cuya posible influencia resulta por ello peligrosa y contraproducente. Se inicia con una primera parte que pretende ser teórica, en la que aborda los peligros que siguen amenazando al mundo y allí empiezan sus fallos de planteamiento. Con razón advierte Jiménez Losantos de que el supuesto ‘fin de la historia’ no existe, pero cuando trata de explicar lo que en el mundo es el peligro dictatorial, desbarra, al entremezclar de forma confusa totalitarismo y dictadura de una manera que a cualquier especialista en ciencia política le resultaría inadmisible. Ni dictadura es lo mismo que totalitarismo, ni éste es un término que pueda emplearse para México, ni se puede hablar de propensiones totalitarias en una democracia, ni el felipismo es un régimen, ni de su desaparición puede esperarse el milagroso advenimiento de la felicidad universal. Jiménez Losantos posee la virtud profética que caracteriza al buen articulista, pero le pierden la indigencia teórica y los fervores del converso. Se justifican por raznes personales: según nos cuenta, a los veinticuatro años salió por vez primera de España como militante del PCE y se fue a la China de Mao. Supongo que eso imprime carácter.

El problema político español no es el de combatir una dictadura ni hacer desparecer el totalitarismo. Eso requeriría la existencia de héroes, cuando la realidad es bastante más prosaica. Se trata de un problema de calidad y de nivel de nuestra democracia que siempre hemos tenido desde 1977, lo mismo que libertad, aunque no todos la hayan ejercido. Aquí no ha habido nunca dictadura, y menos aún silenciosa, porque muchos, entre ellos Jiménez Losantos, no nos hemos callado. La realidad es, además, que ni isquiera merece la pena emplear palabras gruesas – dictadura, totalitarismo – para describir el Gobierno de mayoría absoluta de Felipe González, con todas sus evidentes lacras, porque cualquier previsión electoral demuestra que la batalla contra él ya está ganada.

El problema ahora es el del día después de las elecciones. La simplificación de Jiménez Losantos consiste en dar la sensación de que todo se resuelve echando a Felipe González y que lo demás vendrá por añadidura. De ahí la presunción de que basta con zarandearle para que llegue el bien absoluto. Para quien, en 1982, vio con desagrado la llegada del PSOE al poder, bajo palaio arrastrado por un movimiento snetimental y mesiánico, insustancial y milagrero, la situación actual, alimentada por parte de la derecha, empeñada tan sólo en elargumento negativo, resulta igulamente irritante. Lo cierto es que podemos perder de nuevo la oportunidad para conseguirlo. Siempre habrá una tensión entre el ciudadano y la clase política y ahora es el momento de establecer unas nuevas reglas entre ellos. El propio programa del PP a este respecto aún tímido, resulta esperanzador. Lo que no lo resulta en absoluto es la propensión a la pura descalificación de un adversario, en realidad desfigurado por completo, sobre todo cuando se hace con la pretensión de colocarse con la pretensión de colocarse uno como modelo. Al final de su libro Jiménez Losantos y un puñado de amigos se convierten en los únicos defensores de la libertad de expresión en España.

Me preocupa la condición de mentor de la derecha de Jiménez Losantos. Sie el programa del PP se aplica, el nivel de nuestra democracia puede mejorar. Si el talante de Jiménez Losantos triunfa, habrá que organizar la oposición a él. Lo haremos con el buen ánimo que ya tuvimos en 1982.

Javier Tusell

30 Mayo 1993

Fray Manípulo

Federico Jiménez Losantos

Leer

Cuando uno publica un libro sólo tiene derecho a una cosa: que en la crítica no se tergiversen sus palabras ni se aproveche su salida para perpetrar venganzas personales o políticas. Eso es lo que hace Javier Tusell en su crítica a ‘La Dictadura silenciosa’ en DIARIO16 del viernes. No entro a dicutir sus valoraciones o desvaloraciones, porque allá él con su conciencia, si la tiene, y sus compromisos que son obvios aunque en estado mendicante. Tiene derecho a decir de mi libro lo que de la gana, aunque su crédito le permita ya muy poco. Pero hay tres cosas que merecen comentario.

La primera, que encabeza su crítica, es que yo tengo una gran influencia en el sector juvenil del PP y que mi libro puede hacer mucho daño en la Derecha. No es verdad, al menos lo primer, pero muestra por dónde repsira el festivamente conocido como Fray Tusell. Lo que le cabrea noo es que yo tenga alguna influencia sino que él no tiene ninguna, a pesar de que lo ha intentado en el PP de tdas las formas posibles, orgánicas e inorgánicas. Ni la Derecha ni la izquierda han querido a Tusell, pero no por centrista a lo Calvo Ortega, sino porque lo conocen.

Dice Fray Tusell que el libro tiene obviamente un propósito electoral. Miente. El contrato editorial, documento comprobable es de fines del 92 y el libro está escrito cuando ni siquiera Flipe pensaba en adelantar las elecciones. Hay un par de líneas añadidas en la corrección de pruebas sobre estas elecciones pero sólo la mala fe puede llevar a decir que un libro que empieza con setenta páginas de discusión teórica tiene propósito electoral. Eso es un intento rastrero de rebajar su nivel sin llegar a discutirlo.

Pero donde se retrata TUsell es en la manipulación que hace de mi análisis de la situación política actual. Dice Fray Manípulo, que es el nombre que mejor le cuadra: «Ni el felipismo es un régimen ni de su desaparición puede esperarse el milagroso advenimiento de la felicidad universal. La simplimifación de Jiménez Losantos consiste en dar la sensación de que todo se resuelve echando a Felipe GOnzález y que todo lo demás vendrá por añadidura».

Nada más falso. Y como prueba, he aquí una cita textual: «Del régimen felipista no planteo sólo la denuncia, a veces fácil, sino la dificultad de desmontarlo, que equivale a la de reconstruir el sistema de libertades que creíamos asegurado en la Constitución de 1978. Cuales quiera que sean los avatares políticos futuros, gobierne quien gobierne, debe leerse (el libro) con esa perspectiva y espero con esa intención» (Prólogo página 14).

Y he aquí otra, aún más clara: «Pero lo peor de esta ocrrupción generlaizada es que puede perfectamente sobrevivir a un cambio de Gobierno. Sólo entendiendo que hay que cambiar radicalmente el sistema – la financiación de los partidos, la independencia de los jueces, la libertad de la prensa, el control del Gobierno y el respeto a una ética social elemental – podemos esperar que Filesa no se reproduzca una y otra vez. Hay que volver a los controles primigenios de la Constitución, al espíritu de la transición y a la sana vigilancia del poder. Sölo así podremos llegar a decir algún día que el felipismo ha muerto» (Página 136).

¿Dónde está el electoralismo o la idea de que si cae González se arregla todo? L que planteo es precisamente lo contrario de lo que me atribuye Fray Manípulo. Se puede criticar un libro cuanto se quiera, pero con una mínima honradez intelectual. Lo que no se puede es manipular, tergiversar o confundir a los lectores sobre un texto que no han leído. Eso es típico del totalitarismo y eso lo que hace Tusell, al que, a epsar de sus esfuerzos, no acaba de adoptar el felipismo. ¡Con lo bien que encajaría!

Federico Jiménez Losantos

23 Diciembre 1993

Los dictadores silenciosos

Ernest Lluch

Leer

En el escaparte de la importante librería Estudio de Santander vi la cubierta de un libro donde figuraban los retratos de Xabier Arzalluz, Felipe González y Jordi Pujol. El título era contundente, «La dictadura silenciosa», y el subtítulo, «Mecanismos totalitarios en nuestra democracia». Entré y lo hojee, puesto que temí que tres del os muchos hombres que habían personificado la democracia estuvieran a punto de ser silenciados por alguien o algunos. No: ellos eran los dictadores. Si miro al otro lado, temo a algunos hombres como Álvarez Cascos o a quien fue durísimo comunista, Guillermo Cortázar, pero muchos otros no me producen temor democrático alguno. El sistema constitucional, sobre todo, está tan arraigado que no es posible pensar en que pueda volver ni una dictadura silenciosa ni una vociferante.

Una lectura en diagonal me permitió saber que los dictadores silenciosos eran Arzalluz, González y Pujol. Descansé, puesto que el propio libro con su título y con su contenido distribuido libremente ya era demostración de que estaba viviendo en un ambiente abierto que desmentía absolutamente lo que se intentaba afirmar.

El autor, Federico Jiménez Losantos, se formó en el comunismo más autoritarismo. Aquel comunismo basado en la dictadura del proletariado y en considerar a Santiago Carrillo como un revisionista aliado de la burguesía. El autor ha cambiado de ideología, pero no de talante. No ha modifciado tanto como para no copiar el estilo que llevó a titular uno de los libros de la primera época de la pareja Marx-Engels, ‘Anti-Dühring’, cuando ha querido, por enésima vez, atacar al presidente del Gobierno con un ‘COntra el felipismo’. Lo dicho, se abandonó lo mejor del comunismo, las preguntas, según el juicio justo de Octavio Paz, para conservar el estilo y el talante autoritario que era lo peor.

Este ideólogo, con esta extraña mezcla, lo es de ‘la radio de los obispos’ [COPE] y de uno de los dos periódicos madrileños más derechistas [ABC]. Una radio que llevó a unas difíciles y ambiguas respuestas de monseñor Elías Yanes ante Ramon MIravitlles en la primera cadena de TVE: «La competencia por las audiencias es neurótica, es preocupante». Radio con escasísimos programas religiosos, uno de los cuales, en la madrugada, en las manos responsables, afortunadamente, de Javier Tusell y Eduardo Nasarre. Sorprende que ‘Catlaunya Cristiana’ se preocupe por su mal trato al catalán, con razón, pero se despreocupe, sin razón, del resto en un reduccionismo galicanista preocupante desde el punto de vista católico o universal.

José Faulí, a partir de algunas escuchas de la que cita como ‘la llamada cadena radiofónica de los obispos – ¿obispos?, ¿de qué obispos?, ¿obispos de quién? -«, estableció la triple clasificación de ‘socialista, catalán y nacionalista’. El orden se corresponde con la ordenación descalificadoria de ‘malos, peores y pésimos’. Casi seguro que con mis anteojos de ver la realidad haría otra ordenación, pero el resultado no sería muy distinto.

Las tres efigies en la cubierta de aquel libro que observé hace ya meses ya insinuabancon claridad quienes eran ‘los dictadores’, los ‘perseguidores’. Sobre el orden de maldad se puede estar de acuerdo con Faulí, conmigo simplemente o bajarar: el resultado no será muy distinto.

El resultado de las elecciones del 6 de junio, que les fue inesperado, aún les crispó más. Se radicalizaron más y lograron que a los dos meses (!) de las elecciones. Por fortuna, este líder castellano ha sufrido posteriormente algunos ataques del sentido común. Sin embargo, los asesores voluntarios serán implacables con él si no acepta que tiene que hacer siempre lo que se le dice por radio o por prensa. Será interesante ver esta tensión y comprobar la autonomía, la independencia o la sumisión de los políticos con respecto a periodistas conservadores.

Pero lo más grave no es la discrepancia, sino llamar a los que no piensan como nosotros ‘dictadores silenciosos’ o ‘introductores de mecanismos totalitarios’. ¿Cómo romper este tono descalificatorio aunque lo podamos explicar? ¿No existe un orden democrático irreversible y que afortunadamente nos envuelve?

Ser socialista, catalán o nacionalista se ha convertido así no en posición ideológica o condición de ciudadanía, sino en una condena: ¿y si resultara que más allá de las encuestas la suma de estos tres componentes den siempre una cantidad superior al 50%? Lo nervios de la derecha pueden ir consolidando, por exclusión, un bloque pese a la actual carrera aparente del PNV por erosionar del todo a EA y en una parte considerable del electorado de HB. Lo normal no es la mayoría absoluta, sino la coalición. ¿La dicotomía entre nacionalismo español y nacionalismos vascos y catalán no es más fácil de resolverla con socialistas ‘austro-húngaros’? ¿Cómo serenar las cosas para llegar a 1997? ¿Cómo sosegar los ánimos para que se pueda entender que las elecciones llegan de vez en cuando? ¿Es bueno, con toda nuestra historia detrás, que pueda parecer que la Iglesia ha bajado tanto a la arena, radical y concreta?

17 Junio 1993

LA DICTADURA SILENCIOSA DE POLANCO

Federico Jiménez Losantos

Leer

Recibo muchas cartas en los últimos días a propósito de las páginas dedicadas a Jesús de Polanco y al Pacto de los Editores en mi libro ‘La dictadura silenciosa’. Unos no acaban de creerse que en un país de la Europa occidental pueda construirse al abrigo del Gobierno un imperio radiofónico como el del santanderino y otros no comprenden cómo un periódico que goza todavía de algún prestigio internacional, aunque el nacional ya lo haya perdido, puede poner al servicio de unos intereses casi siempre inconfesables sus páginas de cultura y opinión.

Pues vamos a demostrarlo, una vez más, para los que se resisten a caerse del guindo. Este lunes, como reseña inevitable de un evento multitudinario, el diario de Polanco tuvo que hacer una información sobre la Feria del Libro. Una página casi entera dedicó a los libros más vendidos y a los autores con más éxito. Ahora bien, en esa información había un hueco, un vacío y un tachón, una censura, la de uno de los libros más vendidos de la Feria y su autor. Dirán ustedes que eso no es posible, que en los códigos más elementales de la prensa en los países democráticos, e incluso en los que no lo son, se admite que la valoración de los hechos puede variar, extremarse incluso, pero que no cabe ocultar un hecho, aunque resulte desagradable a la empresa o al editor y mucho menos cuando ese hecho es público y comprobable. Cierto. Pero ni las normas democráticas ni los códigos éticos rigen cuando de Polanco y EL PAÍS se trata.

Por la Feria del Libro han pasado dos millones de personas y han firmado más de 500 autores, según EL PAÍS. Pues bien, resulta que un tal Guillermo Altares – desconozco si es nombre o seudónimo – consigue hacer un largo reportaje en el que omite, qué casualidad, a ‘La Dictadura Silenciosa’. Como este pobre tiene la orden que tiene, dice que ‘las listas de libros más vendidos tienen dos protagonistas claros sobre los que coinciden tanto los libreros como los organizadores de la Feria, Antonio Gala y Arturo Pérez Reverte. Sobre el resto de los best sellers, muchos libreros y escritores discrepan de las listas proporcionadas por los organizadores de la Feria”. Lamentablemente este amanuense polanquillo para su jefa de sección, Ángeles García, para su redactora jefe de cultura, Rosa Mora, para su director, Joaquín Estefanía, para su consejero delegado, Juan Luis Cebrián y para su presidente don Jesús de Polanco, la realidad es más cruel. Antonio Gala, además de un fenómeno literario, es un fenómeno sociológico y resulta, una vez más, el triunfador indiscutible de la Feria. Pero la novela de Pérez Reverte, reportero meritorio y popularísimo, calificada de literatura fácil por ese mismo periódico, tuvo un rival sorprendente hasta el último día que fue el más vendido después de Gala hasta el último día en que agotó las existencias y que además no presentaba una novela, sino un ensayo político, precisamente ‘La dictadura silenciosa’. Que un ensayo compita con una novela, que alcance cuatro ediciones y venda treinta mil ejemplares en un mes puede ser un hecho lamentable, sobre todo si el libro es mío, pero es una noticia y en la literatura española, un notición. Lo sería exactamente igual si hubiera sido Jiménez de Parga, cuyo ensayo apadrinó Javier Pradera, el que tuviera esa fortuna, porque lo noticioso es el hecho literario no personal. Pero las noticias hay que darlas. Cuando un periódico no da las noticias, sino que, desvergonzada y arteramente, se dedica a esconderlas a sus lectores, ya no es un periódico, es un pasquín de partido o un boletín para el tráfico de influencias.

Polanco, Cebrián y compañía son como los estalinistas que borraban a Trotski de las fotografías una vez caído en desgracia. No critican lo que no les gusta, sino que lo niegan, lo tachan, lo censuran. Esa es la dictadura silenciosa de EL PAÍS. Algo típicamente totalitario que sólo puede sobrevivir donde no hay democracia. O sea, aquí.

Federico Jiménez Losantos