16 junio 1984

Ludolfo Paramio y Fernando Claudín inician un debate en EL PAÍS tras manifestarse a favor de que el PSOE cambia de criterio respecto a la OTAN y respalde la permanencia de España en la Alianza Atlántica

16 Junio 1984

OTAN: Razones para no salir /1

Ludolfo Paramio - Fernando Claudín

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En las líneas que siguen se pretende sostener la siguiente argumentación: la salida de España de la OTAN no favorecería las perspectivas de distensión o desarme en Europa; tampoco disminuiría los riesgos de nuestro país en caso de guerra mundial; en cambio, la permanencia en la OTAN, con el actual status, podría ofrecer en ciertas condiciones la posibilidad de que España contribuyera a la. distensión, la desnuclearización y el desarme europeos; esas condiciones, por último, dependen, de un lado, de la voluntad política del Gobierno español, y de otro lado, de la evolución de las relaciones económicas internacionales, aspecto en el que cabe subrayar que las tendencias observables favorecen la idea de un entendimiento paneuropeo y no la imagen de una creciente tensión.Los autores son conscientes de que en los presentes momentos la defensa de estas tesis, en este país, no pueden aumentar su popularidad, y hasta les expone a ser incluidos entre los «intelectuales orgánicos de la OTAN», categoría recientemente acuñada en algunos medios antiimperialistas que invirtiendo la paranoia de Reagan- parecen situar el imperio del mal en- la Casa Blanca. Pero el problema que nos ocupa es demasiado grave como para plegarse a los prejuicios dominantes o complacer a los amigos.

Como punto de partida es preciso recordar que la amenaza soviética no es simplemente un invento del Pentágono o de la CIA, menos aún del presidente Reagan, que en éste como en tantos otros aspectos se limita a resucitar consignas que ya han probado su éxito en otros momentos y en otras circunstancias. Mencionemos algunos hechos. Habiendo fracasado durante los años heroicos de la guerra civil en su intento de exportar la revolución sirviéndose del ejército rojo, y después de perder durante los años estalinianos el alma revolucionaria de octubre, la Unión Soviética extendió en 1945 hasta media Europa su zona de seguridad, estableciendo un cinturón de regímenes similares al suyo férreamente controlados desde Moscú.

Las únicas intervenciones militares en Europa desde la segunda guerra mundial han sido las protagonizadas por la Unión Soviética, de forma más o menos directa, en Berlín (1953), Budapest (1956) y Praga (1968), por no mencionar el obvio chantaje militar que provocó el golpe militar de Jaruzelski en Polonia. Intervenciones dirigidas no sólo contra el derecho a la independencia de estos pueblos, sino contra su aspiración a una democratización socialista. Por otra parte, la autonomía de los intereses militares en la URSS parece ser suficiente como para imponer en tiempos de Breznev la invasión de Afganistán en contra de la opinión del KGB de Andropov, o para presentar como un hecho consumado al propio Andropov, convertido ya en secretario del partido, el derribo del jumbo coreano. Mencionemos, por último, el inquietante síntoma que representa la represión de todo movimiento pacifista en la URSS.

Hay entonces una amenaza soviética. Otra cosa es que el agitarla en los últimos años setenta respondiera al fracaso de la presidencia de Carter y a la creciente histeria nacionalista que dio la presidencia a Reagan. El despliegue de los SS-20, en todo caso, no demostró especial voluntad de distensión, sobre todo si, como parecían pensar los soviéticos, la paridad estratégica de armamento ya se había alcanzado anteriormente. Afirmar que los SS-20 eran una simple renovación de lo ya existente no es serio. Los pacifistas que argumentan sobre la base del ya muy sobrepasado punto de overkill para criticar el despliegue de los misiles Pershing o de crucero bien podrían aplicar el mismo criterio moral a los cachivaches soviéticos.

Ciertamente, el belicoso actor establecido en la Casa Blanca no ofrece la misma imagen que el vacilante campesino que ahora parece dirigir la URSS. Pero el punto no es saber si Chernenko es persona pacífica o no, ojalá que sí. El punto es que las fuerzas convencionales del Pacto de Varsovia en Europa del Este son desmesuradas, que los SS-20 son un armamento razonablemente sofisticado, y que, a menos que alguien pare esta historia, los soviéticos siguen dispuestos a renovar sus misiles de alcance intermedio introduciendo tecnología de la última generación. Eso quiere decir que Europa occidental, con o sin la ayuda de Estados Unidos, necesita un acrecentado aparato militar para no quedar a disposición de los cambios de humor de Chernenko o de su previsible reemplazante a corto plazo. La OTAN no es solamente un invento del imperialismo norteamericano, aunque a veces se pueda comportar como tal. Europa occidental necesita un organismo de defensa.

El problema se complica porque la OTAN está subordinada a Estados Unidos y porque, para mayor mala suerte, este país se encuentra en pleno relanzamiento de su proyecto hegemónico bajo la dirección de Ronald Reagan, cuya política exterior ha agravado la tensión internacional. Veamos ahora qué pinta España en esta historia. Como sabemos, nuestro país fue incorporado a la OTAN, sin consultar a nadie, por el Gobierno de una UCD en franca decadencia. ¿Por qué no salir ya?

Prolóngar la tensión

¿Para qué serviría salir? ¿Contribuiría a la causa de la paz y la distensión? En primer lugar, teniendo en cuenta la actitud algo cerril que últimamente han adoptado los soviéticos en tomo a su posible vuelta a las conversaciones de Ginebra, cabe temer que no. Por el contrario, si España saliera de la OTAN se puede sospechar que los equivalentes soviéticos de Reagan verían en tal decisión una confirmación de la justa línea por ellos seguida, y acentuarían su dureza esperando nuevas escisiones de la alianza occidental. Sólo serviría para prolongar la tensión.

¿Podría contribuir nuestro país a la distensión desde fuera de la OTAN? Tampoco cabe mucho optimismo en este punto. Si nos marginamos de la OTAN no sólo se puede temer que quedemos marginados igualmente de la integración económica europea, lo que no sería cosa de broma para nuestros hijos y su nivel de vida, sino que hay razones para sospechar que nuestras opiniones sobre política internacional pesarían más o menos lo mismo que las de Marruecos, si mantenemos las bases norteamericanas, o que las de Malta, si no las mantenemos. Va siendo hora de aceptar con crudeza y visión de futuro nuestra situación: como parte de Europa podemos ser uno entre iguales; fuera de ella no somos nada excepto una referencia cultural para los países latinoamericanos.

¿Nos salvaría de una posible guerra mundial el estar fuera de la OTAN? No, desde luego, mientras las bases norteamericanas siguieran en nuestro suelo; pero supongamos que la vieja ineficacia de los servicios norteamericanos nos permitiera desmantelar las bases y sobrevivir como una democracia: si hubiera una guerra en Europa, ésta nos afectaría por pura geoestrategia, sin necesidad de mencionar que una guerra nuclear sensu stricto no dejaría sobrevivientes en Europa, aunque nuestro país no fuera terreno de conflicto. La única posibilidad de sobrevivencia para nuestro país es que no haya guerra nuclear, que no haya tercera guerra mundial, y en esta apuesta la salida de la OTAN no sería positiva ni suficiente.

En este contexto, en suma, debemos elegir entre confiar en nuestra buena estrella -y a tales efectos estar o no en la OTAN es casi lo de menos- o buscar vías de actuación eficaz para favorecer la distensión y el desarme. Nuestro razonamiento es que, si se opta por el voluntarismo y por contribuir a la causa de la paz, la permanencia en la OTAN nos ofrece perspectivas no desdeñables, y desde luego no asequibles si la abandonamos.

Fernando Claudín es director de la Fundación Pablo Iglesias. Durante varios años fue considerado la segunda personalidad más relevante del PCE, de cuyo comité ejecutivo y del partido fue expulsado en 1964. Ludolfo Paramio es profesor de Sociología en la universidad Autónoma de Madrid.

18 Junio 1984

OTAN: Razones para permanecer / y 2

Ludolfo Paramio & Fernando Claudín

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Supongamos simplemente, por conveniencias de la argumentación, que España quisiera permanecer en la OTAN. ¿Determinaría eso de antemano su política internacional? Es lo que sostienen quienes proponen el abandono de la OTAN por considerar la permanencia en el tratado como algo incompatible con la soberanía nacional. Sin embargo, no es nada evidente que sea así. Ciertamente, un país de la OTAN tiene restricciones en su política exterior e interior: si España permanece en la OTAN no podrá enviar voluntarios a las Malvinas del lado argentino o declarar la república soviética en la Mancha. Pero tampoco hay muchas razones para creer que pueda o deba hacerlo estando fuera de la OTAN.La apuesta sobre el carácter progresista de nuestra política exterior no tiene por qué pasar, en absoluto, por la opción OTAN sí u OTAN no. Puede muy bien ser, por el contrario, una apuesta sobre el tipo de política que se quiere hacer, dentro o fuera de la OTAN. El problema es que de antemano la OTAN aparece como el gran enemigo, el representante del ¡mperialismo, el protagonista de la guerra fría. España no tuvo su desembarco de Normandía, sino la no muy feliz llegada de un berlanguesco mister Marshall que tardíamente socorrió al régimen de Franco, absolviéndole de buena gana de sus pecados pasados por mor del anticomunismo. Es muy comprensible así que la opinión pública vea todos los defectos de la OTAN y no descubra en ella la menor virtud.

Sin embargo, una cosa es que sea comprensible, y otra que sea un juicio correcto. Las cosas son más complejas, y España debe asumir que la integración en Europa significa también la firma del tratado, olvidando la vieja cultura progre que identificaba la Coca-Cola, la OTAN, las películas de John Ford y el genocidio en Vietnam. La cuestión es saber qué política vamos a hacer si permanecemos en la OTAN, ya que, como hemos intentado razonar anteriormente, fuera de ella prácticamente nuestra política exterior carecería de cualquier relevancia positiva para la causa del desarme y la distensión.

El primer dato que es preciso tener en cuenta, en este sentido, es que la OTAN no funciona nada bien como instrumento de la nueva guerra fría. Como ha mostrado André Gunder Frank en su libro El desafío europeo, los intentos de Reagan de plegar a los países de Europa occidental a su política de tensión sólo han servido para crear tensiones dentro de la OTAN. La razón es que hay profundos intereses económicos que trabajan en fávor de la integración económica en Europa. Los países del Este necesitan tecnología de punta que no les puede ser proporcionada por la Unión Soviética, ya que en este país sólo la industria militar mantiene la paridad con la tecnología occidental, pero sin efectos de difusión a la industria civil.

La economía manda

Por otra parte, los países del Este están endeudados con los de Europa occidental. El caso más notable es el de Polonia, por descontado, pero no se trata de un caso aislado. Y las deudas son uno de los lazos que mayor comunidad de intereses puede crear. En el Este hace falta más tecnología, más bienes de consumo y de equipo, y en Occidente hace falta cobrar las deudas pendientes y mantener el mercado. Nadie está dispuesto a romper mientras pueda evitarlo, y la resistencia a las presiones exteriores quedó en claro con el fracaso del boicoteo de Reagan al gasoducto eurosiberiano. La economía, los crudos intereses materiales, mandan lo suficiente como para hacer inviable una guerra fría de larga duración y consecuencias profundas. El tiempo y las leyes del capital trabajan contra Reagan.

Agreguemos que el rearme tiene sus límites en una situación de crisis. Reagan ha utilizado los misiles para crear demanda y empleo en una forma de keynesianismo encubierto y vergonzante, pero esa vía no se puede seguir ilimitadamente. Sobre la recuperación de la economía norteamericana pesa como una losa el déficit presupuestario, y no hay razones para creer que los países de Europa occidental vayan a seguir úna línea tan suicida tras varios años de lucha por el control del déficit. En esta coyuntura se ha publicado la ya famosa opinión del doctor Kissinger sobre la conveniencia die aumentar la autonomía del lado europeo de la OTAN. Seguramente no es casual. Esa autonomía forzaría a los países de Europa occidental a aumentar sus gastos de defensa sin confiar en el armamento y las tropas convencionales norteamericanas.

Pero eso sólo sería así en la medida en que se mantuviera la escalada de la tensión. Dicho de otra forma: Estados Unidos no puede. pagar por sí mismo los costos de la estrategia de Reagan, y sólo ve como alternativa responsabilizar crecientemente a la Europa occidental de su propia defensa. Ahora bien, en la medida en que aumente la autonomía de la parte europea de la Alianza es muy posible romper con la actual guerra fría mediante negociaciones bilaterales entre los países del Este y los occidentales, estableciendo acuerdos para la reducción de efectivos convencionales, el desmantelamiento de arma! nucleares y la firma de tratados de no agresión. El objetivo final podría ser una Europa económicamente integrada, con un armamento definitivamente defensivo y desnuclearizada. A efectos prácticos, una Europa neutra, incluso si los países occidentales mantuvieran su pertenencia a la OTAN y los d el Este al Pacto de Varsovia (aunque el objetivo estratégico deba ser, obviamente, la desaparición de los bloques).

Estrategia realista y posible

¿Es esto un simple sueño? Lo sería si la economía no trabajara a favor de esta tendencia, pero de hecho lo hace. Es una estrategia realista y posible, y España podría’ apostar claramente por ella dentro de la OTAN, sin hipotecar su inde pendencia ni caer en la impotencia absoluta que conllevaría el ostra cismo respecto a Europa. Más aun, en este marco un cierre de las bases norteamericanas, paralelo a una integración militar en la defensa europea, podría no ser conflicti vo, sino la consecuencia lógica deun reordenamiento general de la situación. Ésta sería una apuesta compatible con el crecirniento económico europeo, que beneficiaría a la Unión Soviética y a, Estados Unidos, al descargarles del peso de unos gastos de defensa a la larga insostenibles, que mantendría a nuestro país en el marco europeo en lo político y en lo económico, y que beneficiaría de forma ba stante obvia a la causa de la paz mundial y a las posibilidades. de supervivencia del género humano. Seamos francos: lo más probable es que esta tendencia a la entente paneuropea se imponga también sin que España esté en la OTAN. Pero entonces nuestro país tampoco estarácá la CEE, y seguirá siendo el país semiperiférico que fue bajo el franqúismo. Y en todo caso, quienes hacen suya la causa de la paz tienen que optar en conciencia por defender esa causa allí donde se toman las decisiones cruciales o por tomar la postura.del avestruz, singularmente precaria cuando lo que está en juego es el riesgo del apocalipsis. En otras palabras: trabajar dentro de la OTAN por la paz, por una Europa unida y autónoma no es sólo la posibilidad más realista para nuestra democracia, sino una posición moralmente consecuente.

La pertenencia a la OTAN no impediría tampoco posiciones de colaboración con América Latina, ni una línea coherente de contribución a la paz en cualquier parte del mundo. Por el contrario, reforzaría el peso de las iniciativas pacificadoras y en favor del respeto a los derechos humanos que se tomaran desde Europa. En la OTAN no tenemos nada que perder que no tuviéramos perdido de antemano; hay, en cambio, posibilidades, de avance nada desdeñables para nuestro país y para una política exterior progresista.

El movimiento pacifista tiene en este país -como en toda Europa Occidental- unas posibilidades, de actuación y de influencia con las que no cuenta en otros países. Su responsabilidad moral es por ello muy grande: debe elegir entre, seguir la inercia ya establecida y seguir cultivando-los viejos prejuicios, o por replantearse a contracorriente las verdaderas posibili!dades en juego.

Dixi et salvavi animan mean.

Fernando Claudín es director de la Fundación Pablo Iglesias. Ladolfo Paramio es profesor de Sociología en la universidad Autónoma de Madrid.

20 Junio 1984

Intelectuales y la OTAN, la firma es el mensaje /1

José Manuel Martín Medem - Mariano Aguirre - Carlos Iriart

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Si el presidente del Gobierno español, Felipe González, leyó EL PAIS del sábado 16 habrá recibido dos sorpresas de diferente signo. La agradable fue ver que Fernando Claudín y Ludolfo Paramio le ahorraban el trabajo de explicar por qué España debe permanecer en la OTAN. La desagradable, enterarse de que en un estudio elaborado a instancias del Departamento de Defensa de EE UU se considera que España sería un sitio adecuado para que las Fuerzas de Despliegue Rápido -fuerza de elite aerotransportada creada para intervenir en zonas vitales para Washington- pudiesen repostar antes de llegar al norte de Africa, América Latina o el golfo Pérsico.Mientras Claudín y Paramio se esfuerzan por detallar las ventajas que tiene España permaneciendo alineada con EE UU y cómo ese alineamiento puede favorecer la distensión y la unidad neutral europea, el señor Caspar Weinberger está planificando otras tareas para España, como, por ejemplo, servir de plataforma para intervenciones en el Tercer Mundo. Claudín y Paramio dicen que fuera de la OTAN España no será nada, «excepto una referencia cultural para los países latinoamericanos». Habrá que decir, también, que dentro de la OTAN, o simplemente con las bases, puede llegar a ser un sitio desde el cual invadirlos.

Pero en el análisis de Claudín y Paramio no entran estos trabajos sucios de la OTAN, sino que se explican las razones para permanecer en ella. Y la primera es el peligro soviético. Resulta curioso que estos dos intelectuales -Claudín, agudo crítico e historiador del estalinismo; Paramio, siempre al día en las últimas corrientes del pensamiento político- puedan repetir las consignas reaganianas sobre la amenaza soviética, dejando de lado la amplísima bibliografía escrita en Occidente, especialmente en EE UU, sobre sus partes de realidad y de ficción propagandística para justificar el rearme del Oeste, cuando no la represión interior.

Dudas sobre la amenaza

En EE UU, el Reino Unido o la República Federal de Alemania son muchos los intelectuales, investigadores y políticos que denuncian la represión a las libertades en el Este, la militarización de sus sociedades o la adhesión de la URSS a la lógica de la carrera de armamentos, pero no por eso creen que a Moscú le interese, ni pueda llevar a cabo, un proceso expansionista y, menos aún, a través de un ataque hacia el Oeste. Nombres como George Keenan, artífice de la guerra fría; Edward Kennedy, y buena parte del partido socialdemócrata alemán están lejanos de esta retórica de la guerra fría. Dado que en dos párrafos Claudín y Paramio establecen como única verdad que la amenaza soviética existe, nos permitirnos ponerlo en duda y sugerir a los interesados recabar mayor información sobre el tema.

A Moscú le interesa más vender gas a Europa Occidental que invadirla para imponer un modelo que funciona bastante mal dentro de sus propias fronteras. Un estudio realizado por el Centro de Información para la Defensa de Washington, formado por ex oficiales de las fuerzas armadas norteamericanas y subvencionado por varias corporaciones privadas, llega a la conclusión de que «la URSS no tiene nada que ganar con un ataque militar sobre Europa Occidental. Sería un acto suicida. Cualquier guerra en Europa escalaría inevitablemente en un conflicto mayor». Y añade: «Los soviéticos tienen mucho más para ganar impulsando las relaciones políticas y económicas con sus prósperos vecinos».

El Este desea ganar zonas de influencia económica -por ejemplo, apoyando a la última dictadura argentina-, como cualquier otro país dentro de las despiadadas normas de la división internacional del trabajo. La URSS conserva su zona de seguridad para evitar intervenciones como las que Occidente lanzó varias veces en el curso de este siglo. Los países del Este y Afganistán son, por lo tanto, víctimas directas de Moscú como indirectas de varios países del Oeste.

Reglas de los bloques- Nicaragua, por citar un paralelismo cercano, no tiene zona de seguridad y ¿se abstiene por ello Estados Unidos de minar sus puertos o pagar mercenarios para que invadan por dos frentes? Son las reglas de la política de bloques: Moscú interviene en Budapest o Praga, y a Claudín y Paramio les parece un símbolo del peligro soviético. Pero se olvidan del papel de EE UU en Vietnam, Chile, Santo Domingo, El Salvador, bombardeando Beirut, arrojando la bomba sobre Hiroshima o apoyando 40 años de franquismo.

No creemos que la URS S tenga posibilidades -por no hablar de voluntades, que en política son siempre volubles, como bien saben Claudín y Paramio- de expandirse más allá de su propia zona de seguridad, lo cual no nos alegra ni por los polacos ni por los afganos. Pero creemos, también, que por otras vías, a veces más sutiles (España) o más brutales (Chile), EE UU transforma a buena parte del planeta en su zona de seguridad.

Claudín y Paramio temen a los SS-20 y los soviéticos temen a todos los misiles norteamericanos que se instalaron en Europa Occidental desde los años cincuenta, a las fuerzas nucleares francesa y británica y los misiles de crucero y los Pershing-2, que pueden lanzar un primer golpe norteamericano desde Europa. Nosotros nos quejamos de la dinámica de la política de bloques y el armamentismo que favorece la instalación de todo tipo de misiles. A ellos no les gusta la parte soviética del juego; a nosotros no nos gusta ninguna de las dos, ni el juego en su conjunto. Porque cuando se aceptan sus reglas todos nos convertimos en los 269 pasajeros del Jumbo surcoreano o en desaparecidos latinoamericanos o filipinos.

Mariano Aguirre Carlos Iriart y José Manuel M. Medem son miembros del Grupo de Información sobre el Desarme de la Asociación pro Derechos Humanos. 

21 Junio 1984

Intelectuales y la OTAN, la firma es el mensaje /y 2

José Manuel Martín Medem - Mariano Aguirre - Carlos Iriart

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La segunda justificación de Claudín y Paramio para la permanencia de España en la OTAN es que los intereses económicos de las dos Europas inducen a un entendimiento inevitable. Coincidimos en el diagnóstico, pero no en la solución. Por una serie lógica, difícil de sostener en pie, vienen a decir que la política de rearme de Reagan, unida a las presiones para que Europa occidental comparta el coste de la carrera de armamentos, las contradicciones de la OTAN y la CEE, la deuda externa del Este y las recetas de Henry Kissinger para calma a los aliados europeos dándoles un poco más de poder, darán como resultado «una Europa económicamente integrada, con un armamento definitivamente defensivo y desnuclearizada», y una España sin bases norteamericanas. Si Claudín y Paramio tienen razón, entonces Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Helmuth Kohl y Jaruzelski están luchando por los mismos objetivos que Petra Kelly, Edward Thompson y los pacifistas de toda Europa.La falacia pueden construirla porque no tienen en cuenta la dependencia en compras de armas y tecnología que tiene Europa del Oeste con EE UU, o no saben que cuando EE UU presiona a Europa para que modernice su armamento convencional no es para que se independice, sino porque se está cambiando la estrategia -de la defensa avanzada al golpe en profundidad (deep strike) en el Pacto de Varsovia- al incorporar nuevas tecnologías emergentes (ET), y adoptar la doctrina Air Land Batde, que pone el énfasis en la ofensiva por sorpresa. Esto último tiene mucho que ver con la negativa norteamericana a firmar un acuerdo para no ser los primeros en utilizar armas nucleares.

Utilizando los mismos elementos se puede argumentar que España podría establecer negociaciones bilaterales con los países del Este; que se una a países como Suiza, Austria, Yugoslavia o Suecia, que no están integrados en alianzas militares, pero tampoco son simplemente una refererencia cultural para América Latina; que el Plan de Defensa Nacional no se haga siguiendo las necesidades de la OTAN, sino elaborando una defensa no ofensiva según han delineado teóricos -que no son pacifistas- como Horst Afheldt, la Comisión de Defensa Alternativa británica, o el general alemán Jochen Laser.

Claudín y Paramio hablan de una Europa neutral: no es necesario ser un devoto de esa cultura progre que tanto desprecian para darse cuenta de que dentro de una al¡anza militar que está cambiando su estrategia desde la defensa a la ofensiva será difícil de construirla. No son progres además los que señalan y piden estos avances técnico-bélicos, sino los teóricos de la OTAN. Es cuestión de recibir la OTAN Review y leerla.

Además de considerar que EE UU sea líder en la OTAN es un problema de mala swerte, lenguaje asombroso en Claudín y Paramio, ponemos en duda que España sea «una entre iguales» dentro de la OTAN y de la CEE. La crisis de la CEE, la integración en etapas que parece imponerse y los costes en empleo que supondrá una política de austeridad para adaptar el aparato productivo españo¡ a las pautas del Mercado Común nos permiten acentuar la duda sobre el futuro promisono que Claudín y Paramio esperan para sus hijos y los de los trabajadores de futuros Saguntos. Respecto de la OTAN: ¿Dónde están las contrapartidas de los F-18A? ¿Qué pasó con el Aviocar? ¿Han crecido las exportaciones españolas a EE UU? El uno entre iguales recuerda a Orwell en Rebelión en la granja: aquí todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros.

Los argumentos de Claudín y Paramío no son convincentes, porque, por un lado, se basan en falacias o datos equivocados, y por otro, porque no dicen lo esencial: que si España no sale de la OTAN no será por temor a los posibles enemigos, sino por chantaje de los aliados. Es una cuestión de geografía política el dilucidar de qué situación se encuentra más cerca España: ¿de Chile bajo una dictadura añada de Washington o de Hungría? ¿De Argentina con el FMI presionando para que se salde la deuda o de los tanques en Praga? ¿De una Turquía dictatorial pero atlantista o de Afganistán? Quizá se acabó la cultura progre que asocia la Coca-Cola con el genocidio, pero no la percepción so bre dónde está la amenaza.

Cierre de puertas

Con las razones de estos autores se cierran las puertas a la colaboración para edificar un nuevo orden económico internacional; a elaborar otro tipo de defensa no ofensiva, y a dar pasos para la creación de una Europa desnucicarizada como los que proponen prosoviéticos de mala fe al estilo de Olof Palme. Aceptando la cuadratura del círculo de la disuasión se puede creer, como hacen Claudín y Paramio, que se alcanzará el desarme armándose más, se disolverán los bloques militares fortaleciéndolos, se llevará a Moscú a Ginebra instalando más misiles y se construirá una Europa neutral alineándose y siguiendo los consejos del doctor Kissinger, famoso por su vocación democrática y pacifista.

Para terminar, dos consideraciones. Primero, Claudín y Paramio no añaden nada nuevo a los múltiples argumentos que ya han dado los atlantistas convencidos -desde Guillermo, Kirkpatrick hasta Luis Solana- sobre las ventajas de la integración, además de no mencionar la cuestión del referéndum. Al pretender darnos una visión de izquierdas del alineamiento simplemente demuestran que su horizonte termina en la sombra de los tanques rusos cruzando los Pirineos y que, por tanto, no alcanzan a ver la especificidad que tiene la dinámica de la carrera de armamentos; una especificidad que se resiste tanto al análisis marxista ortodoxo como al conservador.

Los autores citados combinan los dos, y el resultado es pensar que la guerra nuclear es un tema comerciable (OTAN por CEE). Nos encontramos así ante una paradoja: no importa tanto lo que se dice, sino quién lo dice; dos señores que saben que la gente cree que son de izquierdas. De ahí el intento legitimador del artículo. La segunda: si tan claro tienen cuestiones como los SS-20 (que datan de los años setenta) o las ventajas de la integración española en la OTAN (mayo de 1982), ¿por qué esperaron hasta ahora para decirlo?, ¿lealtad a la línea del partido, como en los viejos tiempos.?

Mariano Aguirre Carlos Iriart y José Manuel M. Medem son miembros del Grupo de Información sobre el Desarme de la Asociación Pro Derecbos Humanos.

23 Junio 1984

OTAN: El optimismo fatuo

Antonio García Santesmases

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Si tras una guerra nuclear no habrá supervivientes, ¿para qué salir de la OTAN? ¿Lograríamos evitar con ese gesto quijotesco la tercera guerra mundial? ¿Es un gesto al menos positivo para la causa de la paz y la distensión? Tengo la impresión de que Paramio y Claudín operan con dos legitimaciones de muy distinta índole, que convendría explicitar y discutir.Según la primera de ellas, aludiendo al punto de partida de la historia actual, la amenaza soviética está ahí, y todos somos responsables de la defensa de Occidente. Si queremos estar integrados política y económicamente en Europa, es imprescindible asumir nuestra cuota de responsabilidades. Hay que estar a las duras y a las maduras.

Esta primera legitimación no es sino el viejo argumento de Unión de Centro Democrático sobre la congruencia. Sólo hay que repasar los discursos del señor Rupérez para recordar su insistencia en la conexión lógica entre los aspectos económico, político y militar de la integración europea. Y, por cierto, sólo hay que releer el libro de Fernando Morán para descubrir la simplificación de tal perspectiva.

La legitimación más fuerte, el argumento de más peso, en el artículo mencionado, no es, sin embargo, la amenaza soviética. Si he logrado entender a los autores, no es tanto que el pacifismo sea inmoral por abandonar a Europa a su suerte ante el ogro soviético, cuanto que es apocalíptico por exagerar el peligro de guerra nuclear.

Europa hoy está (la economía manda) en tratos de acceder a un proceso de entendimiento, el relanzamiento económico está a la vuelta de la esquina, y sería insensato desperdiciar esta oportunidad de engancharnos al tren del bienestar por prejuicios moralistas. Nos jugamos, nada menos, que el nivel de vida de nuestros hijos.

Una legitimación difícil

Creo que este argumento puede tener un efecto mayor en la polémica que el primero. Es difícil, muy difícil, que grandes sectores de la ciudadanía comiencen a temblar por la amenaza soviética, y más aún se sientan réprobos moralmente por no apoyar la estrategia atlantista. Como se ha afirmado, nuestros compatriotas tienen más temor ante nuestros presuntos aliados que ante nuestros hipotéticos enemigos.

La legitimación por el bienestar y por el nivel de vida es, sin embargo, mucho más útil. Y ¿si los pacifistas exageran? ¿Es tan grave el peligro de guerra? ¿A qué viene condenarnos al ostracismo, a la impotencia, al tercer mundo? Al meditar sobre el argumento de Claudín y Paramio me ha venido a la memoria la reflexión de Norberto Bobbio sobre ciertos dirigentes del Partido Socialista Italiano (PSI). Éstos habían criticado al pacifismo, afirmando que éste exageraba el peligro de guerra nuclear.

Pacifistas o apocalípticos

Para Bobbio, por el contrario, cualquier observador de la política internacional sabía que no era posible minimizar el peligro. La clase política italiana, sin embargo, propendía a mantener una confianza y un escepticismo excesivos; la categoría que mejor los definía era la del optimismo fatuo (Leviatán, número 6, entrevista con Norberto Bobbio).

Pienso que el artículo de Claudín y Paramio respira ese optimismo. Sólo desde la idea de que la guerra nuclear no es probable, cabe pensar que no es tan grave moralmente contribuir a reforzar el orden militar internacional. A fin de cuentas -se afirma- ahí están las mejores condiciones para poder enlazar con la locomotora norteamericana que nos permita salir de la crisis económica. Sólo así puede jugarse alegremente, ambiguamente, a conseguir nuestra integración en la CEE a costa de nuestra permanencia en la OTAN.

No está de más recordar que fue el presidente del Gobierno el que comenzó a hablar de la necesidad de que los españoles comprendieran las ventajas de nuestra permanencia en la OTAN. Es a partir de entonces cuando comienza a pensarse que la misión histórica de los socialistas es lograr las contrapartidas que UCD no supo obtener. El error de UCD no fue integrarnos en un bloque militar, sino realizar ese proceso sin obtener ningún tipo de beneficio.

La misión de los socialistas es volver a jugar la gran carta de la OTAN, carta que fue desaprovechada por UCD, y obtener nuestra definitiva integración en Europa. Si se obtienen contrapartidas, es estéril discutir sobre la OTAN, porque la OTAN no es buena ni mala; es una realidad que está ahí, y lo que procede es sacar la mayor tajada por nuestra permanencia.

Este planteamiento de la clase política socialista no es ajeno al de Claudín y Paramio. Para unos y otros, los pacifistas son demasiado apocalípticos. Son seres que gustan de emociones fuertes, rojos reconvertidos, que antes esperaban la revolución y hoy piensan que sólo es posible el holocausto. En fin, mentalidades milenaristas, incapaces de percibir la verdadera realidad. El equilibrio, aunque montado sobre el terror, es equilibrio, y la entente económica está a la vuelta de la esquina. No perdamos la oportunidad histórica de ser uno de los grandes, por ensoñaciones escatológicas.

Gabriel Jackson ha mostrado en estas páginas que tal estrategia es, cuando menos, discutible. Una España neutral podría tener mejores bazas internacionales que un país de segunda dentro de la OTAN. Igualmente ha insistido en que es excesivamente mecanicista la tesis que establece que soportaríamos graves represalias económicas si nos negásemos a asumir determinados compromisos militares. Los argumentos de Jackson merecen ser estudiados a fondo, pero lo que me interesa en este momento es llamar la atención sobre otro hecho.

Un socialista, no optimista ni fatuo, que piense que la disyuntiva política actual pasa por elegir entre colaborar con el armamentismo o propiciar las iniciativas pacifistas, ese socialista, aun aceptando que fueran ciertos los argumentos que hablan de ostracismo y marginación, de periferia y tercermundismo, ¿no tendría que optar moralmente por la neutralidad activa? ¿Es acaso el socialismo únicamente un proyecto que se mide por el bienestar y el nivel de vida?

Días antes del 29º Congreso, en octubre de 1981, interrogado Luis Gómez Llorente sobre las señas de identidad de la corriente de izquierda socialista, contestaba que éstas no se encontraban en el siglo XIX, como algunos malévolos e ignorantes habían insinuado, sino en las resoluciones aprobadas en diciembre de 1976. Efectivamente, hay que volver a releer las páginas de aquel 27º Congreso y percibir su innegable actualidad.

Los socialistas defendíamos entonces la neutralidad para nuestro país, el desmantelamiento de las bases norteamericanas y repudiábamos la dinámica de los bloques militares. Hoy, con más razones todavía que ayer, por la nueva situación internacional, algunos socialistas consideramos imprescindible volver a retomar aquella estrategia, y así lo defenderemos en el próximo congreso de nuestro partido.

Difícil, pero justificado

La integración del Gobierno de UCD en la OTAN ha acabado con una política intermedia que pretendía mantener unos márgenes de autonomía sin romper los equilibrios globales. Hoy sólo cabe optar por una vía que nos lleve hacia la neutralidad o continuar un proceso que nos satelitizará definitivamente.

En este sentido, afirmar, como hacen Fernando Claudín y Ludolfo Paramio, que no tenemos nada que perder que no tuviéramos perdido de antemano al integramos en la OTAN es incierto. Sí tenemos algo que perder; podemos aumentar el riesgo de destrucción nuclear, como siempre hemos afirmado los socialistas. Es cierto que ni siquiera siendo neutrales podemos garantizar nuestra seguridad; pero lo que es evidente es que siendo parte de la OTAN lo que ya podemos garantizar desde ahora -como afirma Galtung- es nuestra inseguridad.

Apearse hoy del tren atlantista tiene costes y puede hacernos asumir determinados riesgos. Ni unos ni otros se pueden negar, y tiene de todo, menos gracia, ironizar sobre la ineficacia de los servicios secretos norteamericanos. Congelar -la integración militar en la OTAN, proponer un referéndum para salir de la OTAN, apostar por desmantelar las bases extranjeras de nuestro territorio es un proceso difícil.

Es difícil, pero merece la pena luchar por él; aunque no sea una medida suficiente para evitar la tercera guerra mundial, sí es positiva para otros pueblos de Europa. ¿No es acaso ejemplar el lograr que la decisión sobre los temas de defensa no sea patrimonio de los tecnócratas de la guerra? ¿No es reconfortante que la ciudadanía empiece a jugar un papel activo al ver en peligro su supervivencia.

La neutralidad es deseable -y con ello concluyo-, no para realizar la política del avestruz, ni para evadirse insolidariamente de la seguridad y de la paz de Occidente, sino para contribuir más y mejor a esa causa.

Muchos socialistas seguimos pensando que esa causa se defiende mejor fuera y no dentro de los bloques militares, debilitando la hegemonía de las superpotencias y no reforzándola.

Antonio García Santesmases es militante del PSOE. Miembro del Consejo de Dirección de la revista Leviatán, pertenece a la corriente Izquierda Socialista.

02 Julio 1984

OTAN: la salvación del alma y la lógica / 1

Manuel Sacristán

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El autor de este trabajo, que contesta a los dos recientes artículos de Fernando Claudín y Ludolfo Paramio sobre la permanencia de España en la OTAN, considera que es un error el concepto de equilibrio militar basado en la superioridad, que en su opinión desarrolla la política norteamericana. Su conclusión es que las dos grandes potencias resultan al final igualmente peligrosas para la paz en el mundo.

Fernando Claudín y Ludolfo Paramio terminan su esfuerzo por completar el 0,5% de españoles que cada mes han de convertirse al amor de la OTAN (EL PAIS, 16 y 18 de junio) declarando, con el latino, que diciendo lo que dicen han salvado su alma. Si es así, hay que temer que la salvación del alma esté reñida con la lógica, pues lo que Claudín y Paramio llaman «razonar» o «argumentar» no se parece demasiado a lo que solemos llamar así. En la segunda parte de su artículo, cuando el lector cree llegado el momento de que los autores le expongan sus argumentos en favor de las desnudas afirmaciones de la primera parte, se encuentra con la declaración de que ya han intentado razonarlas anteriormente. Y, así, todo se queda en aseveraciones a palo seco, y en su mayor parte conjeturales e improbables, que no se argumentan nunca.Las doctrinas militares

Pero si lo que más salta a la vista en el artículo es su falta de lógica, eso no se debe al contraste con una buena información de hecho. La cojera de ésta es sobre todo evidente en la unilateralidad con que los autores describen la amenaza soviética sin mencionar ninguno de los hechos que documentan la peligrosidad del bloque occidental para la humanidad. La unilateralidad llega alguna vez a la falsedad redonda, como cuando Claudín y Paramio afirman que las únicas intervenciones militares ocurridas en Europa después de la segunda guerra mundial son las perpetradas por la URSS, silenciando la intervención occidental en la guerra civil griega (aparte de que no se ve por qué habría que considerar menos peligrosas, incluso para los europeos, las intervenciones de otro tipo y en otras áreas, como las rusas en Asia o las norteamericanas en América Central y América del Sur).

Lo más notable de lo mucho que ocultan Claudín y Paramio a propósito de este asunto de la peligrosidad de las superpotencias es la diferencia entre las respectivas doctrinas militares explícitas. Vergonzantemente admiten que «el belicoso actor establecido en la Casa Blanca no ofrece la misma imagen que el vacilante campesino que ahora parece dirigir la URS S. Pero el punto no es saber si Chernenko es persona pacífica o no, ojalá que sí». Desde luego que no es ése el punto, ni tampoco lo es la personalidad de Reagan, sino el hecho de que, mientras la doctrina militar y política de Moscú -acaso por la inferioridad económica y tecnológica que, contribuye a – determinarla- afirma la coexistencia pacífica y la paridad militar, y cuenta en su instrumental retórico con el compromiso de no realizar ningún ataque nuclear antes que el adversario, la doctrina norteamericana, persistente desde los años 150 -y patrón de la de la OTAN, que se ha negado a seguir a la URSS en la declaración de renuncia al primer golpe-, aspira a mantener la inicial superioridad nuclear de EE UU desde los días de Hiroshima y Nagasaki. Paul Warnke, el que fue negociador estadounidense en las conversaciones Salt II, observa que «ningún dirigente militar en su sano juicio (estaría) dispuesto a cambiar las fuerzas de combate norteamericanas por las soviéticas», lo que le mueve a rechazar el descontento de la Administración norteamericana por «el actual equilibrio nuclear estratégico, en el cual no seríamos lo suficientemente superiores».

En efecto: la peligrosa doctrina militar que busca la superioridad y no el equilibrio, doctrina que lleva a la irrefrenabilidad de la carrera de armamentos, se ha exacerbado bajo la Administración Reagan, cuyos miembros no dudan en formularla crudamente. Colin Gray, por ejemplo,-asesor del Departamento de Estado y de las comisiones de desarme. norteamericanas, escribía en Foreign Policy en el verano de 1980: «Sólo hay seguridad cuando se es algo superior. ( … ) Occidente debe encontrar caminos que le permitan utilizar armas atómicas como medio de presión, reduciendo a la vez a un mínimo la potencial y paralizante autodisuasión». El artículo, buena prueba de la hipocresía con que se sostiene la tesis de la disuasión recíproca, se titula significativamente «Victory is possible».

Más concluyente todavía es la Fiscal year 1984-1988 Defense guidance, redactada bajo la responsabilidad del secretario de Defensa norteamericano Weinberger, el hombre al que la conservadora Universidad de Múnich negó el grado de doctor, considerando irrecibible, por deficiencia científica, su tesis sobre política’ internacional. El New York Times del 31 de mayo de 1982 y el Los Angeles Times del 15 de septiembre del mismo año publicaron extractos que les habían Regado de esa Guía. Según ellos, EE UU «tiene que poseer la capacidad y ponerse en situación de obligar a la URSS a concluir lo antes posible las hostilidades en condiciones favorables para EE UU». Weinberger no desmintió esas informaciones, sino que se limitó a declarar que ésa debe ser la aspiración normal de todo ministro de Defensa. Por último -para terminar con nuestro modesto, reducido intento de rectificar el estrabismo de Claudín y Paramio-, el 16 de enero de 1983 United Press International, que había conseguido el texto completo de la Guía, comunicaba amplios trozos de ella; el siguiente puede servir de muestra: «No hay ninguna posibilidad de arreglo ni de coexistencia pacífica con la Unión Soviética». Nada parecido se puede poner en boca del más rudo mariscal del Este.

De todos modos, eso no nos parece muy importante; lo sensato es pensar que, llegados adonde hemos llegado, las dos superpotencias son igualmente peligrosas para todos, por lo que Claudín y Paramio llaman «la autonomía de los intereses militares», aunque ellos, con su lógica tuerta, la ven sólo en la URSS, ocultando que fue EE UU la primera sociedad en que se percibió el fenómeno, expresado en la célebre y meritoria declaración final del presidente Eisenhower acerca del «complejo militar-industrialUn vistazo a la cronología de la introducción de armas nuevas -que Claudín y Páramio parecen ignorar- les bastaría para comprobar que en esa peligrosa dinámica han ido casi siempre por delante EE UU, entre otras cosas por su superioridad tecnológica. Pero para nuestros autores, mientras que en la URSS hay que temer «la autonomía de los intereses militares», en EE UU el rearme tiene sus límites en una situación de crisis». Aquí la bizquera partidista se nutre también de ignorancia de hechos; nada permite garantizar que una guerra no puede estallar antes de que se alcance ese límite, y, por otra parte, el menor coste de la cohetería de contrafuerza -los cohetes de alcance intermedio, como los SS-20 y sucesores, los Pershing 2 y los de crucero- respecto de los proyectiles balísticos intercontinentales contribuye considerablemente a alejar aquellos límites económicos, ya de por sí remotos, como lo sugiere la correosa vitalidad de ese proyecto monstruo en futuras muertes y presentes dólares que es el MX norteamericano.

Manuel Sacristán es profesor de la Universidad de Barcelona y firma este escrito en nombre del colectivo editor de la revista Mientras Tanto.

03 Julio 1984

OTAN: la salvación del alma y la lógica / y 2

Manuel Sacristán

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El autor afirma, en esta segunda parte de su respuesta a Claudín y Paramio sobre la permanencia de España en la OTAN, que lo que es preciso provocar es la disidencia con relación a los dos grandes bloques militares que hoy existen en el mundo. Y pensar que la integración de España en la OTAN pueda favorecer la creación de una Europa desnuclearizada y en paz no pasa de ser, en su opinión, una utopía malintencionada.

Lo más característico del artículo de Claudín y Paramio es la gratuidad de las afirmaciones, el mal razonamiento (cuando lo hay) y el tradicionalismo de sus concepciones políticas. Sorprende -como otras muchas cosas del artículo- que los autores asuman ciegamente la falacia de los halcones de los dos bloques, basada en la ignorancia de nociones comunes de los juegos de estrategia. Claudín y Paramio, por su partidismo, la aplican sólo a la URSS, de esta manera: «Si España saliera de la OTAN, se puede sospechar que los equivalentes soviéticos de Reagan verían en tal decisión una confirmación de la justa línea por ellos seguida y acentuarían su dureza, esperando nuevas escisiones de la alianza occidental. Sólo serviría para aumentar la tensión». Si uno no está cegado por el partidismo nota en seguida que, de ser esa conjetura estratégica base racional de actuación, también habría de serlo desde el lado ruso, por lo que la situación desembocaría en una espiral de réplicas duras recíprocas y, dado el marco nuclear, en la catástrofe. Por lo demás, también en este punto hay ignorancia de hechos pertinentes, a saber, que ni la desvinculación de Yugoslavia del bloque oriental ni la salida de Albania del Pacto de Varsovia aumentaron el peligro de guerra en Europa, sino todo lo contrario. Lo que han de promover los hombres y las mujeres de buena voluntad es precisamente muchas escisiones de los dos bloques, hasta la disolución de éstos.Otra falsedad, ésta de particular interés para el lector español, es la tesis de que la pertenencia a la Comunidad Económica Europea implica la pertenencia a la OTAN. Sin discutir ahora la problemática conveniencia de ingresar en la CEE, sobre todo en su mal estado actual, la afirmación choca con el contraejemplo de Irlanda, que es miembro de la CEE y no lo es de la OTAN. No hay, pues, tal necesidad.

Otra afirmación inconsistente es la tesis de que ser neutral es «practicar la política del avestruz». «Nuestro razonamiento» (así llaman Claudín y Paramio a una mera conjetura muy endeble) «es que, si se opta por el voluntarismo y por contribuir a la causa de la paz, la permanencia en la OTAN nos ofrece perspectivas no desdeñables, y, desde luego, inasequibles si la abandonamos». También aquí nos limitaremos, por brevedad, a recordar un contraejemplo: no es verdad que Suecia, desde fuera de la OTAN, pueda hacer y haga por la paz menos que Noruega desde dentro de la Alianza; ni que el Gobierno Yugoslavo, desde fuera del Pacto de Varsovia, pueda hacer por la paz menos que el Gobierno polaco desde dentro.

El pacifismo y los bloques

El mal razonar empieza a ser cómico cuando, para Claudín y Paramio, la evidencia de «profundos intereses económicos que trabajan en favor de la integración europea». (aspecto parcial, dicho sea de paso, de una situación caracterizada más decisivamente por la progresiva aceptación europea de su posición subordinada respecto de la economía norteamericana) resulta ser un motivo para reforzar hoy la división de Europa en bloques. Y ya se llega a la risa cuando se lee que «no resulta inimaginable una Europa neutral y desnuclearizada, de la que España sería marginada si no permaneciera en la OTAN de modo que si somos neutrales y desnuclearizados desde el principio quedaremos aislados de una posible Europa neutral y desnuclearizada; áteme usted esa mosca por el rabo. Claudín y Paramio reconocen que «el objetivo estratégico (debe) ser, obviamente, la desaparición de los bloques». Y para eso proponen reforzarlos, por lo menos uno de ellos. El intríngulis de ese giro mental debe de ser la negación de la negación: parece que a Claudín y Paramio les queda demasiada lógica dialéctica de antes de su conversión.

Claudín y Paramio creen que el movimiento pacifista se mueve por viejos prejuicios. Esa creencia se basa en su ignorancia del desarrollo del movimiento pacifista y en el prejuicio de que el pacifismo es pro ruso. Los dos defectos aparecen, por ejemplo, en este paso: «Los pacifistas que argumentan sobre la base del ya muy sobrepasado overkill para criticar el despliegue de los misiles Pershing o de crucero bien podrían aplicar el mismo criterio a los cachivaches soviéticos». En primer lugar, el pacifismo de los años ochenta no razona principalmente sobre la base del overkill, copio era acertado en los años sesenta, sino teniendo en cuenta las características de las armas de contrafuerza. Y en segundo lugar, los pacifistas españoles aplican, el mismo criterio a los cachivaches soviéticos; por ejemplo, uno de nosotros, hace ya casi dos años, en las mismas páginas de EL PAIS, a propósito de los SS-20.

Muy viejos son Claudín y Paramio en su concepción de la política. Para ellos, de acuerdo con la siniestra sabiduría de todos los Gobiernos tradicionales -incluido el moscovita-, la respuesta a la crisis internacional es «un acrecentado aparato militar»; y no sienten siquiera la necesidad de mencionar las posibles defensas alternativas que más de un jefe militar español -por ejemplo, y recientemente, el señor Piris- considera al menos con respeto, ya que no con aplauso.

Su tradicionalismo político impide a Claudín y Paramio entender el pacifismo. Así se explica que opongan a los pacifistas la afirmación de que en caso de guerra pereceríamos aunque no estuviéramos en la OTAN. La diferencia para un pacifista -diferencia que nuestros autores, evidentemente, ni aprecian ni siquiera perciben- consiste en que, no estando en ningún bloque, él no habría contribuido al asesinato innumerable. El pacifismo no consiste en sacrificar todo valor a la supervivencia, no consiste en no querer morir, sino en no querer matar. Un pacifismo inteligente sabe que ese programa no carece de dificultades, pero lo prefiere a la milenaria noria de crímenes que es la historia política.

La política tradicional nos parece un arte perverso de conducir a los pueblos adonde no quieren ir por medio de alguna forma de engaño más o menos paternalista, basado en el axioma de que la opinión de los interesados no viene a cuento, porque el pueblo es ignorante. En una eficaz división espontánea del trabajo, el uno intentando ampliar por la derecha y los otros dos por la izquierda el consabido 0,5%, Claudín y Paramio y el contralmirante Jesús Salgado profesan la sustancia de la política tradicional: los dos primeros creen salvarse al alma arrostrando como mártires la impopularidad del protagonismo en esta masa de ignorantes con prejuicios que seríamos los españoles; el contralmirante no considera prudente dejar la cuestión de la OTAN «a la sola influencia de unas cuantas pintadas y algunas escaramuzas bullangueras rebozadas de vinillo gratuito a tantos rublos el hectolitro», porque esas cosas requieren «profundos conocimientos sobre política exterior, política de defensa, geopolítica, geoestrategia, economía, táctica, logística… y otras muchas y variadas ciencias» que el pueblo, como es notorio, no posee. La calumnia de los rublos, vilipendio del sacrificio económico de tantos pacifistas, es la versión en lengua cuartelera, de la insinuación, más sutil, de que el movimiento pacifista es pro soviético hecha por Claudín y Paramio.

Los «medios antiimperialistas que -invirtiendo la paranoia de Reagan- parecen situar el imperio del mal en la Casa Blanca», a los que aluden Claudín y Paramio, somos, además de algunos amigos, el colectivo editor de Mientras Tanto, revista en la que apareció, acuñada para otros, la expresión «intelectuales orgánicos de la OTAN» que ellos temen (y con motivo, visto su artículo) que se les aplique. En la injusta alusión de nuestros autores hay ya algo peor que mala lógica (además de mucho de ésta): nosotros, que somos partidarios de la neutralidad de España y consideramos igualmente peligrosas para la humanidad a las dos superpotencias, por la razón de que el peligro más grave y característico de la presente situación arraiga en la irracional dinámica, que les es común, del armamentismo nuclear, químico y biológico, padeceríamos una paranoia partidista, mientras que Claudín y Paramio, partidistas en más de un sentido, defensores de la militancia de España en uno de los bloques, serían serenamente ecuánimes. Y mientras se escandalizan de la paja que es en el ojo pacifista la insignificante presencia de algún grupúsculo sectario que intenta parasitar el movimiento, no notan la maciza viga que campea en el órgano de su visión política internacional, el hecho de que esa política es la de la derecha conservadora, la derecha fascista y los militares de Franco.

Verdaderamente, Claudín y Paramio cultivan «lo vedado por la lógica y autorizado por la policía», que decía el viejo Marx.

Manuel Sacristán profesor de la universidad de Barcelona, firma este artÍculo en nombre del colectivo de la revista Mientras Tanto.

04 Julio 1984

El paisaje de OTAN y España

El paisaje de OTAN y España

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Quisiera comentar brevemente algunos de los puntos principales del reciente artículo firmado por Fernando Claudín y Ludolfo Pararnio. No pretendo abarcarlo todo ni polemizar sobre detalles históricos, sino subrayar interpretaciones en un asunto complejo, capaz de suscitar conclusiones opuestas entre personas que reconocen el peligro de guerra nuclear y la necesidad absoluta de evitar que estalle. Voy a discrepar con los autores sobre cinco puntos.1. Dicen que la amenaza soviética no es un «invento». Indican específicamente que la UR SS «extendió en 1945 hasta media Europa su zona de seguridad, estableciendo un cinturón de regímenes similares al suyo, férreamente controlados desde Moscú». Para ellos, este hecho -y las intervenciones armadas en Berlín (1953), Budapest (1956) y Praga (1968)- constituye la prueba de la existencia de una amenaza constante de invasión de Europa occidental. Para mí son pruebas de la determinación de los soviéticos de mantener a cualquier precio, y pisoteando cualquier forma de pluralismo político, las fronteras imperiales que habían conseguido, en su interpretación, por los acuerdos de Yalta. No han amenazado nunca con una acción militar contra territorios europeos en la zona reconocida en Yalta como «zona de influencia» occidental.

2. Estoy completamente de acuerdo cuando dicen que «el despliegue de los SS-20, en todo caso, no demostró especial voluntad de distensión, sobre todo si, como parecían pensar los soviéticos, la paridad estratégica de armamento ya se había alcanzado anteriormente». Y aconsejan después que los pacifistas que protestan por la instalación de los Pershing 2 «bien podrían aplicar el mismo criterio moral a los cachivaches soviético?. Comparto la impresión de que mucha literatura critica más duramente a EE UU que a la URSS en cuanto a su voluntad para negociar el desarme, pero sería lamentable si el debate sobre cómo conseguir el desarme se transformara, entre las izquierdas, en debate sobre si la URSS o EE UU tienen más o menos culpa del estancamiento de las conversaciones. La opinión pública mundial tiene que fortalecer sus medios de presión sobre las dos superpotencias para obligarlas a un desarme nuclear-químico-biológico. No perdamos energías discutiendo si marginalmente los soviéticos o los norteamericanos han sido peores o mejores en la mesa de negociaciones.

3. Los autores parecen creer que. España tiene que quedarse en la OTAN para entrar en el Mercado Común y hablan de la CEE como una absoluta necesidad para el futuro de España. En este punto discrepo más de los Gobiernos españoles que de los autores. Siempre ha sido un error permitir a diversos políticos de la OTAN insinuar una relación estrecha entre las dos cuestiones. Para la verdad, para la paz mundial y para la dignidad de España, los ministros que han hablado en nombre de España, en tiempos de UCD y en tiempos del PSOE, hubieran debido insistir, con voz tranquila y palabras claras, en que una comunidad económica es una cosa y una alianza militar es otra. Por desgracia, después de años de timidez y ambigüedad, es tal vez tarde para afirmar el carácter distinto de las dos cuestiones.

4. En un párrafo que alude sarcásticamente a la «vieja cultura progre», escriben que fuera de la OTAN «nuestra política exterior carecería de cualquier relevancia positiva para la causa del desarme y la distensión». Evidentemente, ellos no pensaron que valía la pena mencionar la posibilidad de colaboración española con Suecia, Finlandia, Suiza, Austria y Yugoslavia para incrementar la Europa libre, próspera, fuera de los dos bloques dominados por las superpotencias. Yo diría, al contrario, que, dentro de la OTAN, España tendría siempre una influencia mínima, subordinada casi totalmente a decisiones tomadas por EE UU, el Reino Unido y la República Federal de Alemania. Como país neutral podría contribuir a los esfuerzos de los diferentes poderes medianos de Europa y de todo el globo para contrarrestar la locura de rearme atlantísta y varsovista.

5. En cuanto a Europa, incluyendo los países del Pacto de Varsovia, dicen que «la economía manda»; que la crisis econónnica limitará el rearme; que las necesidades económicas de todos los países, incluso las de EE UU, tendrán a la larga que crear una Europa unida económicamente y desnuclearizada. Para participar en este proceso, sumamente deseable, España tiene que estar dentro de la OTAN. Parece ser una apuesta en favor de la necesidad y de la sensatez económica como factores que restringen y eventualmente invierten la carrera de armamentos. Y supone que la influencia española podría ejercerse solamente dentro de la OTAN. Ojalá tengan razón, sobre todo si España se queda dentro de la afianza militar. Pero no leo los augurios de la misma manera. De la historia humana conozco muchos casos de poderes que se han arruinado en guerras y en preparativos de guerra. No conozco ningún Estado prepotente, consciente de sus «responsabilidades» universales (Roma, la España del siglo XVI, la Francia de Luis XIV o de Napoleón, la Inglaterra victoriana y un largo etcétera), que voluntariamente haya cesado en sus esfuerzos para dominar a sus vecinos; claro que era siempre para el beneficio de tales vecinos. Para dar un poco de realidad a las ideas de Claudín y Paramio tengo que imaginar una España buscando simultáneamente garantías (que no va a conseguir) en los contenciosos de Gibraltar, Marruecos, aguas portuguesas y francesas; tratando de vender armas en competencia con Francia; pidiendo compensaciones para el despilfarro del programa FACA y presionando discretamente dentro de la Alianza para que haya más negociaciones entre la URSS y EE UU. Hablando en serio, sólo el rechazo mundial de la carrera armamentista va a obligar a las superpotencias de hoy a desmantelar sus arsenales.

Militares profesionales

Hay otro punto importante que no está en el artículo, pero que ha surgido en muchas conversaciones mías con españoles de las opiniones más diversas en los últimos cuatro o cinco años. Es la idea de que el contacto institucional entre oficiales españoles y oficiales de la OTAN podría reducir el aislamiento cultural de los españoles y podría exponerles a corrientes tradicionalmente democráticas.

Tuve una experiencia bastante nutrida con oficiales de la Marina norteamericana durante los años 1969-1971, cuando era presidente de facultad de la Universidad de California en San Diego, ciudad en la que hay la mayor base naval de EE UU. Celebré numerosas entrevistas y almuerzos de trabajo para intercambiar con ellos interpretaciones de las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam. Pasaba la mayor parte de mi tiempo tratando de explicarles que en una universidad, dentro de una sociedad democrática, no es costumbre expulsar a colegas y alumnos a causa de sus opiniones políticas, aun siendo éstas muy molestas y estridentes desde la óptica militar. De esa experiencia tengo que decir que nos engañamos si suponemos que la influencia de militares profesionales norteamericanos sería una influencia democrática.

Gabriel Jackson es historiador.

05 Julio 1984

España y la OTAN: bienvenido, Fernando

Javier Tusell

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El autor de este trabajo manifiesta en general su acuerdo con Fernando Claudín y Ludolfo Paramio en sus artículos en favor de la permanencia de España en la OTAN; pero, mientras afirma su conformidad con los argumentos de la primera parte -sobre todo con la tesis que considera cierto el peligro de la agresión soviética- muestra su disconformidad con las tesis de la segunda parte, que señalaban la conveniencia de trabajar por una Europa desmilitarizada, desnuclearizada y en paz.

Lo último que, el autor de este artículo había leído de Fernando Claudín antes de sus recientes textos en pro de la permanencia en la OTAN fue una aportación al número que Revista de Occidente dedicó a George Orwell. Me pareció lo más importante de él no tanto la interesante reflexión doctrinal como la experiencia en la práctica de mucho de lo que Orwell describió en 1984.Cuenta Claudín un caso, experimentado por él mismo, de reescritura de la historia como la que practicaba Winston Smith, el protagonista de 1984. Cuando abandonó la Unión Soviética trató de trasladar consigo los tomos de la enciclopedia oficial de aquel país; se encontró con que no era posible porque el decurso implacable del tiempo había tenido unas consecuencias lógicas: un Beria que era, en otro tiempo, un héroe nacional y de la revolución aparecía ya como un monstruo de maldad. Hubo, pues, que arrancar las páginas de la enciclopedia dedicada a él para que pudiera abandonar, con su dueño, el país.

La anécdota y la posterior toma de postura de Claudín (y Ludolfo Paramio) con respecto a la OTAN no me parece que carezcan de relación íntima y estrecha. Desde luego abonan en favor de la sentencia según la cual la lucha final habrá de producirse entre comunistas y ex comunistas. Argumento principal del artículo sobre la OTAN es la evidencia de que la Unión Soviética es la única potencia imperialista en Europa occidental, aunque ello se explique más por causas históricamente constatadas que por razones derivadas de la esencia política de aquel régimen. Otro argumento, hasta ahora producto supuesto de la propaganda norteamericana, pero cuya evidencia se impone desde mi punto de vista, es el de que la pertenencia a un organismo como la OTAN supone una capacidad de protagonismo y de decisión que no da la marginación.

Paz y disuasión

Pero no merecería la pena tratar de la cuestión si sólo hubiera esos argumentos. A fin de cuentas, la posición de Claudín merecería el reconocimiento ante un ejercicio intelectual de la valentía. Incluso se podría juzgar que los que siempre hemos sido partidarios de la pertenencia a la OTAN no debiéramos recibir con un título como el que encabeza este artículo una toma de postura que necesariamente ha de causar problemas en el seno del partido propio y que se pueden ver aumentados si los que no somos socialistas apoyamos, desde fuera, una toma de posición tan conflictiva. Pero sucede que después de darle la bienvenida hay que decir que no resulta convincente el resto de la argumentación empleada por el más importante de nuestros pensadores de izquierdas.

Claudín y Paramio, inmediatamente después de los argumentos empleados, caen en el habitual «ni Reagan ni Chernenko» de los pacifistas. Según ellos, la nueva guerra fría sería producto fundamental de la política del presidente norteamericano, y con la permanencia de España en la OTAN se haría posible una Europa unida y autónoma, especie de tercera vía inédita entre las dos superpotencias.

Lo malo de este tipo de argumentación es que no parece capaz de resultar muy convincente. A todo el mundo le resulta penosa la pertenencia a una alianza militar; lo menos que puede exigir son buenos argumentos para sumarse a ella. Y ella no implica necesariamente suscribir la opinión de Reagan; esto no está en cuestión. Lo que está en cuestión es que a Reagan se le puede echar mediante unas elecciones, y en los países del Este eso no sucede.

El máximo de libertad a través de la historia

Lo que está en juego, en efecto, con la permanencia en la OTAN no es una hipotética tercera vía, sino la permanencia de un sistema de organización política peculiar y no carente de vicios, pero que ha proporcionado a la humanidad el máximo de libertad que ha tenido a través de la historia En lo que falla el pacifismo al uso es en no tener en cuenta que la cuestión de la paz no debe de desligarse de la libertad. Ahora bien, ésta es sustancialmente diferente de las instituciones vigentes en la Europa del Este, como bien saben los pacifistas de allí y parecen ignorar los de Occidente.

Desde luego no hay que atribuir a la Unión Soviética unos dementes propósitos de llevarnos a una guerra mundial en un plazo corto de tiempo, pero sí una voluntad de jugar una estrategia mundial lenta pero agresiva que pone en peligro la existencia de la libertad allí donde existe.

La paz no es posible sin la distensión, pero tampoco sin la disuasión. Lo que implica la disuasión es la conciencia de la bondad de la propia organización política, dentro de disparidades enormes que van desde la izquierda a la derecha. La OTAN es la disuasión en la libertad; por tanto, es una pieza en sí misma imprescindible para la paz.

Esa me parece que es la argumentación que puede resultar aceptable para un ciudadano español. Es la que corresponde a la tradición socialista: Franco era el que no quería entrar en la OTAN; Prieto, sí, y por esas razones pensar en otras tiene su lógica, pero lo malo es que pueden caer en tal oportunismo, sofisticamiento o complicación que su eficacia puede llegar a resultar nula, que es lo que me temo en el momento presente.

Inevitable y necesario

Sin embargo, probablemente es inevitable y necesario que así suceda. Como en el caso de la polémica sobre el marxismo, el PSOE, en su evolución desde sus postulados originarios a su posición actual y futura, tiene que mantener actitudes que podríamos denominar transicionales. Eso demuestra que UCD hizo bien, en su último enático Gobierno, en embarcarnos en una opción de la que el PSOE descubrirá su bondad; eso demuestra que hacemos bien quienes propugnamos una confrontación ideológica, que es la que ayuda a que esos cambios se produzcan.

Pero esto nos obliga también a nosotros a, sin declinar de nuestras posiciones, aceptar también este tipo de argumento, en la conciencia de que ni siquiera tiene carácter definitivo. Puesto que Claudín y Paramio concluyen con una sentencia en latín, quizá valga para sus argumentos en pro de la presencia en la OTAN esta otra: Quiquid recipitus admodum recipientis recipitus.

Javier Tusell es catedrático de Historia Contemporánea. Ex director general de Bellas Artes durante el Gobierno de Unión de Centro Democrático.