20 abril 1999
Los dos jóvenes obsesionados con las pistolas adquirieron todas sus armas de manera legal
Matanza de Columbine: Dos estudiantes, Eric Harris y Dilan Klebold matan a tiros a quince compañeros antes de acabar con ellos mismos
Hechos
- La Masacre de la Escuela Secundaria de Columbine fue un asesinato masivo que tuvo lugar el 20 de abril de 1999 en las instalaciones del Columbine High School, en Columbine, Colorado, cerca de Denver y Littleton. Murieron un total de 15 personas y 24 resultaron heridas, siendo la quinta peor masacre en un centro educativo en EEUU.
Lecturas
EL FIN DE DOS ASESINOS
–
CRÍTICAS A LA ASOCIACIÓN NACIONAL DEL RIFLE
22 Abril 1999
Sociedad armada
La violencia armada en Estados Unidos, dice el FBI, no ha dejado de caer en los últimos seis años. En algunas megalópolis, el descenso ha sido extraordinario, aunque, como en el caso de Nueva York, se deba en parte a los procedimientos brutales de sus fuerzas policiales. Pero las estadísticas, en un país que las venera, muestran también que la violencia juvenil se mantiene en niveles insoportables y que muchos de los crímenes que hasta hace poco se asociaban con las grandes ciudades -de Chicago a Los Ángeles- se han trasladado a lugares más pequeños y anodinos, en Arizona, Carolina, Virginia… o Colorado. En Littleton, suburbio acomodado de 65.000 personas de Denver (Colorado), dos adolescentes armados hasta los dientes han cosido a balazos al menos a 13 de sus condiscípulos antes de suicidarse. Otra veintena resultaron heridos en la más abrumadora matanza escolar registrada en el país. En este caso, los jóvenes asesinos, que sembraron de letales explosivos caseros el instituto en que cometieron su carnicería, pertenecían según la policía a un grupúsculo filonazi. En otros de los muchos episodios de crueldad ciega que regularmente sacuden EEUU no es así. Las explicaciones son tan variadas como la casuística mortal de un país cuyas costumbres abanderan las del conjunto de Occidente y en cuyos colegios e institutos se han producido en los últimos cinco años más de 200 muertes violentas.
El debate sobre la cultura de las armas en Estados Unidos es viejo. Pero hasta ahora el poder político de la más influyente democracia mundial ha sido incapaz de atajarla. Clinton señalaba el año pasado -y reiteraba ayer en una alocución televisada- que «no nos encontramos ante incidentes aislados, sino ante síntomas de un cambio cultural que ha insensibilizado a nuestros hijos respecto de la violencia. La mayoría de ellos ve cientos o miles de asesinatos en la televisión, el cine y los videojuegos antes de llegar a la universidad». El juicio es certero, pero en muchos lugares de EEUU es mucho más fácil llevar un arma en público que fumar un cigarrillo. En ninguna otra parte del mundo que se autodenomina civilizado es tan factible poseer y portar armas de fuego. Con una agravante: que tanto la clase política como la Administración están hurtando el debate democrático sobre la necesidad de controlar su posesión y sustituyéndolo por un alud de querellas contra las compañías que las fabrican. Pretenden así conseguir mediante amenazas legales lo que no son capaces de lograr en el Congreso y en los Parlamentos estatales.
Nunca una sola causa explica acontecimientos tan siniestros como el de Littleton. Pero resulta obvio que EEUU necesita inaplazablemente combatir su culto a la violencia con leyes que impidan, entre otras cosas, la posesión generalizada de armas. Las encuestas muestran que la mayoría de los ciudadanos secunda este punto de vista. Por ahora, sin embargo, esta mayoría anónima pone menos carne en el asador que la minoría que con su vehemencia, medios económicos e influencia política pretende mantener el país como paraíso de las pistolas y los rifles. Un lugar donde cada casa es un potencial arsenal.
22 Abril 1999
Matanza en el Instituto
El fantasma de Adolf Hitler salió de su tumba, el día del 110 aniversario de su nacimiento, para empuñar las armas con que dos adolescentes norteamericanos asesinaron a sus compañeros del instituto de Litleton, en el estado de Colorado. Largos abrigos negros, emblemas nazis y admiración por el ultra autor del atentado que costó la vida de 168 personas en un edificio oficial de Oklahoma hace cuatro años son las señas de identidad de estos jovencísimos asesinos, de 17 y 18 años que abrieron fuego contra los que no eran como ellos, contra los que más odiaban: negros, hispanos y atletas.
Una vez más, la alarma ha sonado en los Estados Unidos, donde el racismo más intransigente lforece cada vez más temprano, abonado por la venta indiscriminada de armas de fuego y una cultura de la violencia que encuentra en el nazismo una coartada ideológica hermana del Ku Klux Klan.
La matanza es un signo más de la enfermedad moral que aqueja a la sociedad más avanzada tecnológicamente del mundo y alerta además sobre el peligro de la vuelta de ideologías excluyentes y asesinas, donde el hecho de ser diferente, la pertenencia a otra raza o distinguirse en algo, como el atletismo, como ha ocurrido en el instituto de Littlelton, es suficiente razón para perder la vida.
21 Abril 1999
Una sociedad presa de la violencia cultural
La matanza de Littleton, la más sangrienta de cuantas se han registrado en colegios estadounidenses, ha reabierto en EE UU el eterno debate sobre la cultura de la violencia en la que está instalada la sociedad estadounidense. El pasado año, el presidente de EE UU, Bill Clinton, pidió al Congreso y a la sociedad que adoptaran medidas contra la violencia escolar. «Como todos los norteamericanos», dijo entonces, «estoy luchando por intentar entender qué es lo que puede llevar a un adolescente a cometer actos tan terribles».
El presidente se declaró «profundamente perturbado» por una racha de sucesos semejantes. «Tenemos que aceptar», prosiguió, «que no nos encontramos ante incidentes aislados, sino ante síntomas de un cambio cultural que ha insensibilizado a nuestros hijos respecto a la violencia. La mayoría de los niños y adolescentes ven cientos e incluso miles de asesinatos en la televisión, las películas y los videojuegos antes de llegar a la universidad».
En todos los sucesos similares anteriores, los asaltantes fueron adolescentes o jóvenes sin particulares problemas raciales, sociales o económicos, pero fascinados por la cultura de la violencia que domina el cine y la televisión de EE UU y con la posibilidad de acceder sin el menor problema al uso de armas de fuego. Es una «enfermedad cultural», declaró el pasado año el gobernador de Arkansas, Mike Huckabee.
Soluciones a tiros
Tras cada uno de estos tristes sucesos, los padres estadounidenses se han preguntado porqué sus hijos, rodeados de psicólogos, pueden estar cada vez más envueltos en la violencia. «Vivimos en un mundo en el que la violencia en televisión y en los filmes te enseña que se pueden resolver tus problemas con sólo apretar el gatillo», ha explicado Robert Kinght, director del Consejo de Investigaciones Familiares. Los menores de edad estadounidenses, según el Fondo para la Defensa de los Niños, una ONG basada en Washington, tienen 12 veces más posibilidades de morir por arma de fuego que la media del conjunto de los otros 25 países plenamente industrializados. En 1993, el último año sobre el que existe una información completa, 5.721 menores norteamericanos fallecieron de un balazo, o sea, uno cada hora y media. Hubo de todo; crímenes, suicidios y accidentes; acciones cometidas por adultos y acciones cometidas por pequeños.
«En la década de los noventa», según Ronald Stephens, director del Centro Nacional para la Seguridad en las Escuelas, «estamos asistiendo a una extensión de la violencia por el EE UU rural. ¿Qué está ocurriendo para que la América profunda de Arkansas o Colorado , tome el relevo de la muerte a Nueva York, Chicago, Detroit o Los Angeles?», se preguntaba.
12 Noviembre 2001
221 muertos en colegios en 6 años
Las estadísticas señalan que ha habido 221 muertes en los colegios de Estados Unidos en los últimos 6 años. La peor temporada fue el año escolar 1992-93, en el que hubo 50 alumnos fallecidos como consecuencia de actos violentos en colegios e institutos.
Ha aumentado peligrosamente el número de sucesos, calcados uno de otro: alumnos que acuden a su centro armados hasta los dientes y con ánimo de revancha.
En West Paducah (Kentucky), un muchacho de 14 años, Michael Carneal, mató a tres compañeras de colegio e hirió a cinco alumnos en un acto que ni para él mismo encontró motivación en el juicio. Poco después, dos amigos de sólo 11 y 13 años se situaron en el exterior de un colegio de Jonesboro (Arkansas) y dispararon contra alumnos y profesores después de hacer sonar la alarma antiincendios. Habían robado las armas en casa del abuelo de uno de ellos y habían preparado su acción con estrategia militar y frialdad escalofriante.
En Springfield (Oregon), hace menos de un año, un niño que se declaraba enamorado de las armas mató a varios compañeros cuando disparó contra los estudiantes que estaban en la cafetería del colegio.
En todos los casos se abrieron los mismos debates: por un lado, la creciente tendencia a la violencia; por otro, el fácil acceso a las armas en un país apasionado por ellas.
Por eso, la foto que distribuyó la prensa del estudiante de 11 años autor del atentado de Jonesboro mostraba a un niño vestido de militar, de los pies a la cabeza, empuñando un fusil. Iba en compañía de su padre, que le enseñaba a hacerlo.
22 Abril 1999
Cuando la violencia es una enfermedad social
«Tenemos que quitar las armas de las manos de los jóvenes», dijo ayer la ministra de Justicia estadounidense, Janet Reno, dando de lleno en la principal causa de la violencia que azota EEUU. La matanza provocada por dos adolescentes, de 17 y 18 años, en un instituto de Denver (Colorado) es la peor de cuantas ha vivido aquel país, y no han sido pocas, desbordado por un fenómeno que se ha agravado en los últimos años y que está estrechamente ligado a la permisividad y la facilidad de adquirir armas.
Sin embargo, Reno se apresuró a señalar que una mayor restricción legal de las armas sería sólo una parte de la solución a la violencia. El propio Clinton habló tres veces a la nación: ni en una sola de sus intervenciones mencionó que la proliferación de armas tuviera algo que ver con el asunto. La tibia reacción de ambos ante una tragedia de esta magnitud es la demostración de que la Asociación Nacional del Rifle, que cuenta con seis millones de socios y está respaldada por la industria de armamento, se ha convertido en uno de los grupos de presión más poderosos.
El hecho de que en el último año y medio haya habido seis matanzas masivas en centros escolares obliga también a reflexionar sobre esa generación que se ha criado alimentada por la violencia del cine y la televisión. No hay que ser muy sagaz para imaginar los efectos que la sucesión de crímenes violentos y asesinatos tiene sobre una mente en desarrollo. Los expertos apuntan también a la ausencia de valores en las generaciones jóvenes, particularmente del respeto a la vida y de la conciencia de la irreversibilidad de la muerte.
La matanza de Denver contiene otros elementos que añaden un factor de preocupación. Los jóvenes asesinos pertenecían a un grupo conocido en su centro como la mafia de las gabardinas, cuyos símbolos de identidad eran las esvásticas, que solían lucir en la ropa. Era conocida en el instituto su afición por las armas y su idolatría hacia Hitler: no es coincidencia que su acción asesina haya tenido lugar el día que se cumplían 110 años del nacimiento del Führer.
El hecho de que su objetivo inicial -aunque metidos en faena acabaron disparando a diestro y siniestro- fueran los negros, los hispanos ¡y los atletas! demuestra que ni siquiera habían articulado sólida o coherentemente su ultraderechismo.
La fascinación por la violencia se ha convertido en una enfermedad cultural que, unida a la permisividad con las armas, está causando demasiadas bajas a la sociedad norteamericana.