5 junio 1989
Decenas de muertos en los alrededores de la 'plaza de la paz celestial'
Matanza en Tiananmen: Deng Xiaoping ordenó al Ejército poner fin a las manifestaciones estudiantiles a favor de la democracia
Hechos
El 4.06.1989 el Ejército de la República Popular China desalojó por la fuerza a los estudiantes acampados en la Plaza de Tienanmen.
Lecturas
En abril había muerto Hu Yaobang, el origen de las protestas.
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EL RESPONSABLE DE LA MASACRE
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LA MANIFESTACIÓN DE LOS ESTUDIANTES COINCIDIÓ CON UNA VISITA DE GORBACHOV A CHINA
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04 Junio 1989
Decenas de muertos y centenares de heridos en Pekín por disparos del Ejército
El Gobierno chino decidió finalmente anoche recurrir a las balas para acabar con el levantamiento popular a favor de la democracia. En Pekín, las primeras estimaciones hablan de 40 muertos y centenares de heridos. Tropas estacionadas a varios kilómetros de la emblemática plaza de Tiananmen, armadas con fusiles automáticos, abrieron fuego contra la multitud y causaron las primeras muertes. Sobre la medianoche entraron en la plaza vehículos blindados que dispararon sus ametralladoras y arrojaron bombas lacrimógenas. [Washington señalaba anoche que EE UU ve «con preocupación» la situación china, que califica de «caótica». Bush «deploró» la decisión del Gobierno de Pekín.]
Las luces de Tiananmen se apagaban exactamente a las cuatro de la madrugada de hoy, hora local, (ocho de la noche de ayer, hora peninsular española). Los dirigentes estudiantiles habían intentado sin éxito negociar con las tropas llegadas hasta el lugar que se garantizara la vida de los concentrados. Por los altavoces se pedía que desalojaran inmediatamente la explanada.
Un silencio de muerte invadió el centro que durante tres semanas ha sido el refugio democrático de Pekín y de China. La estatua dedicada a la libertad, erigida el pasado lunes por los estudiantes de Bellas Artes, tenía la vida contada. A las 4.35 horas volvían a encenderse las farolas. Los jefes del movimiento estudiantil pedían a sus compañeros que abandonaran de forma ordenada Tiananmen. Sin embargo, no iban a tener mucho tiempo para decidirse.
Minutos antes de la cinco de la madrugada estallaban cinco cañonazos de aviso y posteriormente comenzaban los disparos a matar, al igual que había ocurrido horas antes con la multitud que por la larga avenida de la Paz Celestial trataba de hacer frente a la tropa. Los ocupantes huyeron como buenamente pudieron por un callejón situado al sureste de la plaza. Con los primeros rayos del día, la dialéctica de los tanques destrozaba a la diosa de la democracia.
Armados con fusiles automáticos y protegidos por tanquetas y varios camiones, un numeroso contingente de soldados había hecho su aparición en Tiananmen al filo de la medianoche por el lado oeste. Comenzaron a avanzar lentamente pasando por la entrada a la Ciudad Prohibida. El retrato de Mao Zedong, que cuelga sobre la llamada Puerta del Cielo, iba a ser mudo testigo de una brutal represión que ha manchado de sangre, en primer lugar, al primer ministro, Li Peng, y después a todos los gobernantes chinos. El emperador en la sombra, Deng Xiaoping, el hombre con más poder en este país pese a ocupar sólo el cargo de la presidencia de la comisión militar, había recomendado ya en abril cuando estalló el movimiento estudiantil, reprimirlo sin con templaciones para que el cáncer no se extendiera a otros sectores de la sociedad.
Tal vez sería necesario, señaló Deng Xiaoping, que para acabar con el desorden hubiera que matar a unas cuantas personas. Golpe de mano Lo sucedido esta madrugada en Pekín ha sido un golpe de mano de la línea más autoritaria del partido, golpe que pone en peligro la reforma que impulsó el propio Deng Xiaoping hace diez años, al tiempo que cuestiona seriamente la voluntad de los gobernantes chinos de desarrollar la democracia y proteger los derechos humanos. «Graves desórdenes contrarrevolucionarios, con objeto de derrocar al régimen y a la República Popular han estallado en Pekín», así justificó anoche la emisora oficial el aplastamiento del movimiento estudiantil.
Muchos jóvenes habían levantado anoche barricadas con autobuses y vallas protectoras. «Abajo Li Peng», gritaban acercándose con una valentía un tanto irresponsable a quienes hace poco tiempo prometieron que nunca dispararían contra el pueblo. Cantaban la Internacional. Muy pronto, los uniformados iniciaron el ataque. Primero disparando al aire, después al cuerpo. A izquierda y derecha caían muchachos con borbotones de sangre en el rostro y heridas en el pecho, probablemente fatales. La gente los recogía del suelo mientras el ulular de ambulancias era el sonido reinante de esta noche triste de Pekín.
Varias universidades habían sido ocupadas por la tarde por tropas con el fin de impedir a los alumnos que se dirigieran hacia Tiananmen. La radio y la televisión emitieron durante toda la noche constantes boletines en los que se afirmaba que el ejército estaba cumpliendo con el deber de poner fin al caos y restaurar el orden, conforme a lo estipulado por la ley marcial. La ley fue decretada hace dos semanas por el jefe del Gobierno, con el respaldo del presidente de la República, general Yang Shangkun, y previsiblemente también con el de Deng Xaoping, pero con la oposición del secretario general del partido comunista, Zhao Z¡yang. La carrera política de este líder reformista parece hoy, tras la matanza de anoche, definitivamente truncada.
05 Junio 1989
La noche del espanto
Trece cuerpos sin vida cubiertos apenas por sábanas yacen en una pequeña habitación y otros tres en un angosto pasillo del depósito de cadáveres de un céntrico hospital de Pekín. Son sólo una muestra de los cientos, y quién sabe si miles, de víctimas inocentes de una carnicería humana provocada por la ceguera militar y la torpeza política de los gobernantes de la nación más poblada del mundo. Ha sido una madrugada de espanto en la que el Ejército Popular de Liberación ha disparado contra el pueblo por primera vez desde hace 40 años.
«La historia juzgará», afirman algunos de los supervivientes de la tragedia que ha vivido este país durante el pasado fin de semana «De una constelación de errores se ha desembocado en una gran barbaridad», comenta un sinólogo occidental.Son las seis de la tarde de un domingo casi veraniego. Poco después del mediodía el cielo se ha cubierto y ha comenzado a llover para limpiar así las huellas de horas y horas de infierno. Pero el agua no lo ha conseguido. El paisaje de Pekín es como el de una batalla inacabada. Los helicópteros sobrevuelan el centro y en los alrededores de la famosa plaza Tiananmen todavía se ve a gente que huye cuando la milicia dispara. Los rostros no reflejan por completo el drama. Hay algunos que ríen y se acercan al extranjero simulando que tienen una pistola Un hombre joven pedalea tranquilamente en bicicleta con un niño pequeño agarrado al manillar. A escasos metros se escuchan de nuevo esporádicas ráfagas de fusiles automáticos.
La contienda de la noche de luto no ha sido únicamente en una y otra parte de la larga avenida de la Paz Celestial, la travesía que bordea Tiananmen. En la periferia de la ciudad se observan restos del enfrentamiento. También en diversas universidades, donde anoche había de nuevo movimiento de tropas. Desde los amplios ventanales de un hotel se divisa Tiananmen limpia de ocupantes y de símbolos democráticos, como el de la estatua erigida por los estudiantes. Varios tanques permanecen todavía allí. Los oficiales al mando estimaron que la cuantía de los concentrados -apenas 3.000- era de tal calibre que se requería el empleo de medio centenar de carros de combate. Pelotones de soldados mantienen cerrado el paso. Hay una tierra de nadie de unos 200 metros entre ellos y una multitud que se concentra junto al hotel Pekín.
Lo más paradójico de esta brutalidad sin sentido es que el Gobierno ha recuperado Tiananmen pero ha perdido el resto de la ciudad. Previsiblemente se hará dueño de la situación, pero a costa de más sangre, como la que se ve en el depósito de cadáveres de un hospital próximo al Palacio de las Culturas de las Nacionalidades, en la parte oeste de la avenida de la Paz Celestial.
Paradero desconocido
En la entrada de la clínica aguardan numerosas personas que quieren saber el paradero de parientes o amigos. El destino de no pocos de ellos quizá no se conozca nunca. Muchos cadáveres han sido retirados por el Ejército e incinerados en el mismo cementerio de las afueras de Pekín donde fue inhumado, el pasado 15 de abril, el antiguo y reformista secretario general del partido comunista Hu Yaobang.El Gobierno afirma que tres soldados han sido quemados vivos por civiles, y uno de ellos colgado cerca del Palacio de las Culturas de las Nacionalidades y en las áreas de Chongwen y Jianguomenwai.
En Chongwen, al sur de la plaza, enfrente del lujoso restaurante francés Maxim’s, se siente todavía el olor de la batalla. Tres vehículos militares están carbonizados. Más hacia el sur, las verjas del Templo del Cielo se hallan cerradas y protegidas por tropas. En una calle adyacente dos ambulancias se encuentran volcadas, y junto a un hotel dos vetustos camiones del EPL son pasto de las llamas después que poco antes un grupo les cortara el paso con cócteles molotov.
Es difícil estimar el número de vehículos incendiados. Tal vez más de un centenar. La metralla de los fusiles automáticos kalashnikov está incrustrada en muchas paredes de las casas, porque los soldados no respetaron ni a los simples curiosos. Una joven periodista china recién casada que se asomó a la ventana para ver el paso de las tropas murió de un disparo. Una madre llevaba en brazos a una niña de corta edad con la cabeza destrozada. «Fascistas, fascistas», gritaban ayer jóvenes manifestantes a las tropas estacionadas cerca del hotel Pekín. La respuesta fue una serie de ráfagas de ametralladora que tumbaron a varios de ellos. No cabe duda que el gobierno china enloqueció el pasado fin de semana.
07 Junio 1989
Matanza en Tiananmen.
(ex dirigente de PCE)
Hay que decirlo desde el principio. Sólo repulsión, asco y tristeza pueden producir las imágenes y las noticias que nos han llegado desde esa plaza de Pekín. Resulta imposible comprender que desde las ideas del socialismo y de la izquierda se ordene disparar por la espalda a unos miles de estudiantes que reclaman lo que Marx había dicho, «el comunismo será el reino de la libertad». Resulta irónico que las palabras utilizadas horas después de los hechos por las autoridades chinas fuesen prácticamente idénticas a las utilizadas por los países del Pacto de Varsovia para justificar la invasión de Checoslovaquia en agosto de 1968 y la destitución de Dubcek, secretario general del partido. En ambos casos se ha logrado «una gran victoria» y se ha aplastado la «revuelta contrarrevolucionaria». No hay cosa que nos produzca mayor dolor, a aquellos que hemos dedicado una parte de nuestra vida a luchar por cambiar una sociedad que no nos gusta, que ser conscientes de la falsedad que encierran tales afirmaciones. Lo que ha hecho el Gobierno chino, o los duros del aparato, nada tiene que ver ni con el socialismo ni con la izquierda. Es, simplemente, un acto de barbarie.Pero ¿por qué ha ocurrido esto?, ¿son irreformables los sistemas de socialismo real, como mantienen las fuerzas del mundo conservador?
En agosto de 1986 tuve la ocasión de conocer y conversar ampliamente en Pekín con Hu Yaobang, secretario general del Partido Comunista Chino (PCCh). En este momento, el indiscutible líder del sector progresista del partido.- Resulta dificil olvidar sus palabras, «lo cierto es que el modelo de socialismo planificado, estatalizado y centralizado no funciona. Tenemos derecho a buscar nuestro modelo de socialismo. Hemos de ser consecuentes, pero va ser muy difícil».
Pero Hu Yaobang, como Dubcek, como Nagy, como Berlinguer, como Gorbachov y como tantos otros, tenía razón. La rigidez del sistema, la burocratización del aparato del partido, la ausencia de pluralismo político y de mecanismos de control, la ineficacia de la planificación económica estatal, la corrupción ampliamente extendida y el peso asfixiante de los gastos militares situaron al sistema al borde mismo de la quiebra política, económica y moral. En consecuencia, la perestroika, en sus diferentes versiones, no es simplemente el resultado de la voluntad de un dirigente lúcido y valiente, sino una necesidad histórica, consecuencia de la propia evolución de un sístema que necesita un proceso de reforma integral.
Los dirigentes ortodoxos del PCCh han vivido en la vana ilusión de creer que el socialismo real es reformable parcialmente, sólo en su vertiente económica, sin querer comprender que el problema de la democracia no es divisible. No hay reforma económica sin libertades públicas. Son dos caras de la misma moneda. Los dirigentes chinos han pagado el precio de los aspectos impopulares que supone la reforma económica, como son la inflación, el desempleo y la corrupción y, a cambio, no han ofrecido los mecanismos democráticos de participación y control que una sociedad adulta y desarrollada demanda. El conflicto era inevitable y los involucionistas dentro del partido han ganado, aunque sea a costa de miles de muertos. Y como todos sabemos, no hay muchas alternativas. Lo que se está discutiendo en la URSS, en Hungría, en Polonia o en China, hasta ahora, es la realización de un proceso de tránsito a la democracia, aunque tenga ritmos o contenidos diversos. Pero seamos claros. Sólo caben dos alternativas: una evolución, cuyo desenlace final es un sistema democrático pluralista, o la involución pura y dura, dirigida por los ortodoxos del leninismo. No tienen lugar híbridos intermedios por la propia e inexorable inercia de las reformas.
Una cosa resulta evidente. Las reformas del sistema parecen posibles, pero son extraordinariamente difíciles y exigen una gran habilidad política. Lo ocurrido en China es un aviso para los que desde la derecha dudan de la conveniencia de apoyar a Gorbachov. El líder soviético tiene poco tiempo y cualquier duda sobre la actitud a adoptar podría ser suicida para la URSS y para toda Europa.
Gorbachov ha acertado al comenzar por la reforma política antes que la económica. En poco tiempo ha cambiado su situación en las estructuras del partido, eliminando de la dirección política a los adversarios de laperestroika. Hasta ahora, partido y Estado se confundían en una misma estructura, por la cual el partido vaciaba de contenido al Estado. El objetivo de Gorbachov es claro. Se trata de separar las dos estructuras y construir un consenso popular de apoyo a laperestroika, canalizando a través de una nueva estructura de instituciones del Estado, libres del lastre del partido, las demandas de una sociedad de cambio.
Intentar la reforma económica a través de la burocracia del partido, donde los niveles de corrupción, como ha señalado el propio Gorbachov, son evidentes, sería boicotear la propia reforma. Los hechos han demostrado que es más fácil cambiar la correlación de fuerzas en los órganos directivos del partido que en la estructura de base, donde dominan los pequeños burócratas que disfrutan de un enorme poder.
Es dificil suponer cuál pueda ser la evolución de los acontecimientos en Pekín. En todo caso, la victoria de los duros resulta profundamente negativa e incluso inquietante. Por una parte puede frenar el proceso de desideologización de la política de seguridad, manteniendo la política exterior como una política de confrontación de sistemas. El renacimiento en China de la teoría de que «las relaciones internacionales son una prolongación de la lucha de clases» puede dificultar la coyuntura internacional.
Por otra parte, es evidente que los acontecimientos de Tíananmen debilitan la posición de Gorbachov y suponen un evidente refuerzo para los países antirreformistas del Este. El llamado «eje antirreformista», constituido por la RDA, Checoslovaquia y Rumanía, verá apoyadas sus tesis de que es necesaría «la vigilancia activa contra los intentos de los capitalistas que, siguiendo sus nociones de clase, intentan desestabilizar el sistema socialis
Por todo ello, los acontecimientos que se desarrollen próximamente serán de la máxima importancia.
En todo caso, sepa el pueblo chino que, desde muy lejos, somos muchos los que nos sentímos parte integrante de los que han convertido el nombre de Tiananmen en un mito para el futuro del socialismo en libertad.
Enrique Curiel
07 Junio 1989
Enigmas chinos
LA IMAGEN de un joven deteniendo una caravana de carros de combate en la plaza de Tiananmen trae a la memoria la angustia de los ciudadanos húngaros intentando retener a los tanquistas soviéticos en 1956 en las calles de Budapest. En ambas ocasiones era demasiado tarde y la suerte estaba echada, pero hoy en China, además, el Ejército represor está al borde de la guerra civil.Miles de muertos y heridos, disparos indiscriminados contra la multitud, jóvenes estudiantes aplastados por los carros de combate: incluso hasta hace unas horas, como si no fuera bastante, llegaban refuerzos militares a la plaza de Tiananmen, exagerando el peligro que venían a combatir, al mismo tiempo que anhelaban la revancha por las humillaciones sufridas de manos de simples civiles. Pero lejos de consagrar una revancha, la violencia se ha trasladado al seno del Ejército. Deserciones, enfrentamientos, abandono de material militar, retumbar de cañones: una guerra civil larvada. La protesta ciudadana, paralelamente, se ha extendido a las grandes ciudades.¿Qué está pasando realmente en China? ¿Dónde está Deng Xiaoping, al que no se ve desde hace tres semanas? El viejo líder es responsable, junto al jefe del Estado, Yang Shangkung, y al primer ministro, Li Peng, de la actual carnicería. La opacidad característica de todo régimen autoritario ha impedido conocer los efectos de la rebelión estudiantil en el seno de la dirección del partido comunista. Desde hace semanas, dos datos se imponen por encima de cualquier misterio: lo que los estudiantes demandaban, con el apoyo de sectores cada vez más amplios de la poblacion, no era otra cosa que democracia, sin adjetivos, y que el desenlace de la situación creada por la revuelta dependía de la actitud del E ército, controlado por los sectores mas conservadores del partido, una nomenklatura corrupta y aterrada ante los cambios políticos efectivos. Ambas realidades dificultaban la salida del conflicto. A medida que el movimiento ganaba apoyos se hacía más evidente la incapacidad de los reformistas del partido para controlarlo, y ello fortalecía las posiciones conservadoras. Para completar la confusión, el poder muestra su incapacidad para controlar las fuerzas armadas.
Estas contradicciones ilustran el fracaso del sistema, cuya rigidez le hace incapaz de responder a las aspiraciones emanadas desde su propio aperturismo, impuesto a su vez por razones económicas insoslayables. El frenazo a la apertura económica y social hasta límites compatibles con el mantenimiento de las estructuras políticas vino a demostrar la endeblez de la reforma. Deng Xiaoping ha sido rápidamente superado por los acontecimientos. Sin un puesto concreto en la jerarquía del Estado, su liderazgo de hecho constituye un monumento al arbitrismo y demuestra que ni siquiera el poderoso partido comunista, única estructura nacional sólidamente asentada, está ya en condiciones de garantizar la vertebración de la sociedad china. Una sociedad que cuenta con una población cuatro veces superior a la de la Comunidad Europea es imposible de gobernar sin un mínimo de consenso social. Por ello, la vía de la represión ni siquiera sirve para garantizar la estabilidad.
07 Junio 1989
La sacudida de Deng Xiaoping
Los Angeles Times Syndicate.
He estado siguiendo los acontecimientos en China con el dolor propio de quien_contempla una riña de familia a la que está especialmente vinculado. Conozco a la mayoría de los actores principales del drama reciente y les he oído expresar esperanzas acerca de su país. Y encuentro especialmente conmovedor que sus disputas afecten no a la reforma, sino a sus consecuencias; se haIlan tan divididos por sus éxitos como por sus fallos.Me encontré con Deng Xiaoping poco después de que fuera liberado de prisión por primera vez, en 1974. Asistí a su lucha contra la banda de los cuatro, aunque no comprendí todas sus implicaciones. Dos años después se hallaba confinado de nuevo, acusado, como en la primera ocasión, por Mao Zedong, de «seguir la vía del capitalismo» y de buscar la «división del partido».
Vi a Zhao Ziyang por primera vez en 1981, poco después de que fuera nombrado primer ministro con el fin de acelerar el programa de reforma después de que Deng reasumiera el poder en 1979. El año pasado estaba presente cuando Deng urgió a lo que el Diario del Pueblo calificó como «una mayor energía en la apertura y la reforma». Poco después, Zhao delineó un programa que ligaba los precios a los costes reales y que era de lo más osado. De hecho, era tan radical que pregunté a Zhao si el sistema político podría aguantar un tratamiento tan drástico. Zhao se mostró confiado. Al final el programa tuvo que ser desechado a los dos meses, porque dio alas a la inflación, produjo dislocaciones en la economía y alentó la corrupción.
Ningún grupo de líderes comunistas ha sido más animoso que el chino al abordar los problemas gemelos del comunismo maduro. Primero, sus incentivos económicos son todos erróneos: recompensan el estancamiento y desaniman la iniciativa. Segundo, el sistema político sufre una pérdida de legitimidad a medida que la generación que hizo la revolución desaparece de la escena. No existen mecanismos para renovar la reivindicación de la autoridad: sólo frases hechas acerca de la infalibilidad de un partido que reclama el monopolio del poder sobre la base de que sus burócratas actúan en nombre de la verdad histórica. En todo país comunista esta burocracia será desafiada más tarde o más temprano por las fuerzas desatadas por el proceso de modernización.
Deng, símbolo y motor
Cualquier análisis de los acontecimientos en China debe comenzar con la realidad de que Deng Xiaoping ha sido durante dos décadas el símbolo, así como el motor, de la reforma. Las sacudidas de las pasadas semanas fueron provocadas por fuerzas desencadenadas por Deng. Fue la reforma que inició en 1979 la que envió a decenas de miles de jóvenes chinos a estudiar en países occidentales; abolió las comunas agrícolas e hizo de China un país casi autosuficiente desde el punto de vista alimenticio. Convirtió la monótona, gris y temerosa China de la revolución cultural en un país multicolor, íncrementando el número de bienes de consumo, produciendo un floreciente boom de la construcción y, finalmente, el malestar estudiantil. Para las pautas de la economía de mercado contemporánea, China aún está en los primeros estadios de una economía de consumo. Pero el progreso de la pasada década ha sido dramático; está por delante de los esfuerzos hechos por la Unión Soviética en el mismo sentido. De hecho, China es el único país comunista que sufre un recalentamiento de su economía.
En el frente político, Deng Xiaoping quiso superar el proceso de purgas periódicas mediante el cual los países comunistas han resuelto tradicionalmente sus problemas de liderazgo. Caso único entre los líderes comunistas, estableció tres líneas de sucesión y abandonó gradualmente, al menos desde el punto de vista formal, sus diferentes cargos en el Estado.
Pero la historia opera según su propio impulso. Los historiadores han comentado a menudo la paradoja de que la Revolución Francesa tuviera lugar en el más rico, no en el más pobre, de los países de Europa. De manera similar, los trastornos en China tienen lugar en el país comunista más adelantado con mucho en el camino de la reforma económica y acerca de muchos asuntos sobre los cuales la cúpula china se hallaba más o menos unida. El primer ministro no estaba siendo cínico cuando dijoque el Gobierno chino intentaba ocuparse de la mayoría de las quejas planteadas por los manifestantes.
En último término, ha sido el éxito de la reforma económica lo que ha provocado los sectores sociales que están en el corazón del actual descontento en China. Y los esfuerzos de Hu Yaobang y Zhao Ziyang para incorporar a estos sectores sociales al proceso de toma de decisiones -lo cual era su intención original- condujo a que los dos protegidos de Deng se indispusieran con su formidable jefe. Porque, a fin de cuentas, la generación de Deng, que conoció la ocupación japonesa, la guerra civil y la revolución cultural, teme al caos por encima de todo.
El desafío económico era demasiado dificil. Pocas tareas son más complicadas que la transición de una economía de planificación central a otra orientada hacia el mercado. En una economía planificada centralmente, los bienes y servicios son distribuidos por decisión burocrática. Con el tiempo, los precios, que han sido establecidos por orden administrativa, pierden su relación con los costes.
Pero el comunismo es incapaz de abolir las leyes de la economía. Alguien debe pagar por los costes reales. El castigo por la planificación central y los precios subvencionados es el mal mantenimiento, la falta de innovación y el sobreempleo.
Un poder de decisión semejante en manos de los burócratas, inevitablemente conduce a la corrupción. Una de las ironías de la historia es que el comunismo, anunciado como un sistema que conduciría a la sociedad sin clases, tienda a crear una clase privilegiada. Fue para destruir a una nueva clase de privilegiados, además de una búsqueda personal del poder, por lo que Mao lanzó la revolución cultural.
Deng escogió un curso más humano y menos caótico para superar el estancamiento inherente al sistema. Embarcó a China en el camino hacia la economía de mercado y la toma de decisiones descentralizada. Pero los estadios tempranos de un proceso así tienden a incrementar las dificultades políticas. La reforma de los precios -el intento de hacer que los precios reflejen los costes reales- conduce inevitablemente a incrementos de precios, al menos en el corto plazo. El año pasado, la reforma de los precios hizo que los chinos se gastaran sus ahorros en comprar bienes antes de que los precios fueran todavía más altos, lo que condujo al acaparamiento y a una inflación incluso mayor.
Paradójicamente, el cambio hacia una economía de mercado magnífica las oportunidades de corrupción. Y ello porque habrá dos sectores económicos, al menos inicialmente: un contraído pero todavía descomunal sector público y una creciente economía de mercado. Esto produce dos clases de precios. Burócratas inescrupulosos y capitalistas están así en situación de trasladar mercancías entre ambos sectores para su lucro personal.
Además, el mercado monta su propio escenario para el descontento. El que alguien gane y que alguien pierda es la esencia misma de la economía de mercado. Es más que probable que en los primeros estadios de la economía de mercado las ganancias sean desproporcionadas; ésa fue, desde luego, la experiencia del capitalismo del siglo XIX. Y los perdedores sienten la tentación de maldecir del sistema antes que de su propio fracaso. A menudo tienen razón. Algunos de los beneficios del sector privado en China han sido sin duda el resultado de una corrupción y un nepotismo ampliamente extendidos.
El nepotismo es un problema especial en una cultura tan orientada hacia la familia como la china. En tiempos de confusión, los chinos se vuelven hacia su familia. En todas las sociedades chinas -ya sea en la China continental, en Taiwán, Singapur o Hong-Kong- la confianza fundamental se deposita en los miembros de la familia, quienes a su vez se aprovechan de ello en un modo que no guarda relación con una evaluación estricta de sus méritos. Por una ironía de la historia, el desorden en países marxistas ha sido el resultado de muchas de las causas que produjeron el marxismo en la Europa capitalista del siglo XIX.
Ejercicio de autoridad
Es poco probable que la cúpula dirigente china difiera gran cosa en su análisis de las causas del descontento. La disputa versa sobre la manera de aportar los remedios. Siguiendo la tradición, Deng Xiaoping ha creído en el ejercicio de la autoridad. Sus críticos recomiendan cooptar a los grupos disidentes.
Las manifestaciones estudiantiles recuerdan sin lugar a dudas a Deng Xiaoping la revolución cultural, cuando grandes masas de estudiantes trataron de reforzar la ortodoxia por medios que condujeron a que Deng perdiera su libertad, un hijo suyo quedara parapléjico y que perturbaron las vidas de decenas de millones de chinos. Al final, la revolución cultural produjo tantas manifestaciones desde tan diversas facciones que China estuvo al borde del caos. Y el caos es la pesadilla de los grupos dirigentes que se formaron durante la guerra civil y recuerdan la dominación japonesa, que, según creen, fue facilitada por la debilidad interna de China.
Pero cualquiera que sea la teoría que se mantenga respecto de las causas de los recientes sucesos -si han sido algo preparado o espontáneo, o más probablemente una combinación de ambas cosas- las nuevas fuerzas creadas por los éxitos de las reformas chinas son reales. Al final tendrán que recibir un papel proporcionado a su estado y responsabilidad recientemente encontrados. Una economía moderna exige un grado de posesión en común de la información y una relación con otros países de tecnología avanzada; de otro modo la inversión se agota y los grupos más educados en el interior del país se vuelven pasivos.
La historia ha demostrado que una China débil y dividida provoca inestabilidad en toda Asia. China es tan enorme, su población tan inmensa, su pueblo tan lleno de talento, que cuando un factor es quitado de la balanza, el país se inclina hacia los extremos. Hoy existe incluso el peligro de que lo que ocurre en China dé a Gorbachov lo que su diplomacia no ha conseguido en Pekín: una mayor libertad de maniobra respecto a Occidente. En la medida en que China esté absorta en sus asuntos internos, las ambiciones vietnamitas en Indochina pueden revivir. Seguramente las negociaciones sobre el futuro de Camboya se harán más dificiles; la influencia soviética en Corea del Norte tal vez crezca. Japón podría reconsiderar sus prioridades.
Para los norteamericanos es importante retener que la apertura de China era un reflejo de los intereses vitales de dos grandes países, y no de la idiosincrasia de sus líderes. La apertura tuvo lugar durante la China de Mao, por la cual no sentíamos ninguna afinidad moral ni política. Pero, durante cuatro Gobiernos norteamericanos, encabezados por líderes de los dos partidos, ha subsistido la impresión de que una relación estrecha entre China y Estados Unidos sirve a los intereses de ambos. Norteamérica tiene un gran interés en la modernización de China a causa de su importancia para la paz en Asia y en el mundo. Estados Unidos debe tener presente la extraordinaria sensibilidad de todo líder chino hacia lo que pueda parecer intervención extranjera. Por supuesto, Norteamérica tiene sus propios valores, su propia definición de lo que hace que la vida merezca la pena para los norteamericanos. Y esto debe ser afirmado en las ocasiones apropiadas. Pero los dirigentes norteamericanos son responsables, no sólo de los valores de Norteamérica, sino también de su seguridad nacional a largo plazo. Me parece que el presidente Bush ha logrado el equilibrio adecuado entre ambas consideraciones
16 Junio 1989
La represión china
LAS CONDENAS a muerte pronunciadas por un tribunal de Shanghai contra tres trabajadores acusados de haber atacado medios de transporte durante los choques entre los manifestantes en pro de la democracia y el Ejército indican que el Gobierno está dispuesto a llegar a medidas extremas en la represión contra el movimiento estudiantil y democrático. Esa ola de interrogatorios, difusión de mentiras, delaciones, condenas y encarcelamientos constituye la negación más radical de los deseos de modernización que tantas veces fueron proclamados por Deng Xiaoping en los últimos años. Ahora está escribiendo una de las páginas más negras de la historia de China, a la vez que provoca la indignación de la opinión pública mundial con su persecución de los culpables de haber manifestado su amor a la libertad.Odiosa en sí, la represión resulta aún más repelente porque recurre a procedimientos que el estalinismo exportó de la URSS a otros países comunistas, de lo que cabe deducir que los elementos conservadores y neoestalinistas han recuperado una posición dominante en la cumbre del Partido Comunista Chino. El primer rasgo estalinista en la actual represión es la invención de un «compló contrarrevolucionario» movido por un «pequeño grupo». Inventar pequeños grupos de enemigos o traidores podía tener eficacia en épocas de oscuridad y silencio, pero hoy, además de aborrecible, es grotesco, cuando el mundo entero ha visto por televisión a millones de chinos aclamando pacíficamente la democracia y encontrando eco incluso entre los soldados.
Los Gobiernos occidentales no pueden parmanecer pasivos ante esta ola represiva y deben rectificar una trayectoria que han seguido en sus relaciones con China. Cuando Pekín tenía una actitud furiosamente antisoviética, EE UU y Occidente en general jugaron la carta china contra Moscú. Ello determinó que se guardase silencio ante las violaciones por parte de Mao de los derechos humanos, mientras lo que ocurría en la URSS era objeto de una crítica mucho más severa. Así nació una actitud de confianza en la reforma china que además abría perspectivas económicas particularmente favorables para Occidente. Los hechos actuales demuestran que esa actitud no estaba justificada. Para defender los derechos humanos hacen falta criterios objetivos, no someterse a las conveniencias políticas. Los Gobiernos europeos deben condenar la represión y adoptar las medidas de presión que puedan contribuir a frenarla. Las quejas chinas alegando «injerencias extranjeras» no son de recibo en un mundo en el que los derechos humanos son parte del derecho internacional.
La alusión del Gobierno chino al «puñado de contrarrevolucionarios» tiende a encubrir un problema de fondo: el de paralizar y eliminar la corriente reformista dentro de la propia dirección de¡ Partido Comunista Chino, y para ello no duda en utilizar a fondo todos los medios a su alcance, y esencialmente la televisión. Se trata de sembrar el miedo, y de que ese miedo haga olvidar lo que fueron de verdad las jornadas de Tiananmen.
26 Junio 1989
La democracia, asesinada
LA REPROBACIÓN en todo el mundo contra las ejecuciones que se suceden en China es cada vez más enérgica. Ya no se puede seguir con ese trato de favor por parte de Occidente de que ha gozado el régimen comunista chino, sobre todo desde que se produjo en los años sesenta el duro enfrentamiento entre Pekín y Moscú. Las condenas de numerosos Gobiernos y Parlamentos son gestos positivos, pero existe cierto peligro de que todo quede en palabras. Hay poderosas fuerzas económicas interesadas en seguir haciendo negocios como si nada ocurriese. A la vez, la teoría de la sensibilidad especial de la cultura china, o asiática, ante la vida humana, el argumento de que no deben aplicarse en este caso criterios occidentales, puede justificar actitudes de pasividad que serían vergonzosas.La ola de terror pone fin a un período durante el cual los actuales dirigentes, Deng Xiao,ping y el propio jefe de Gobierno, Li Peng, se han presentado como reformadores deseosos de acabar con los métodos autotitarios y represivos de la revolución cultural y del régimen de Mao. Ahora, con el cuento de una contrarrevolución, con la caza de brujas contra los agentes del extranjero, se está volviendo a métodos típicamente estalinistas. La mentira es doblemente insostenible en un mundo con televisión. Todos pudieron ver que el movimiento encabezado por los estudiantes era masivo y básicamente pacífico. No se dirigía contra el régimen socialista, sino que pedía que se aplicase la reforma democrática prometida. Reivindicaba a los propios secretarios generales del partido comunista, Hu Yaobang y Zhao Ziyang. Los estudiantes saludaron la visita de Gorbachov, dando como ejemplo lo que éste realiza en la URSS. Ese movimiento, con un apoyo de masas gigantesco, es el que se quiere ahora destruir aplicando un terror salvaje, con ejecuciones que ni siquiera son precedidas de procesos dignos de tal nombre. Así se pretende sembrar el miedo en el pueblo y en el partido mismo para eliminar las tendencias reformistas que, dentro de la propia cumbre comunista, tenían una influencia considerable.
Desde que el 3 de junio el Ejército lanzó su ataque brutal en Tiananmen, el Gobierno chino actuó sin respaldar de forma legal sus medidas represivas hasta el pasado 24 de junio. La sustitución de Zhao Ziyang por Jiang Zemin como secretario general del Partido Comunista Chino indica que los elementos más conservadores han impuesto su ley con el apoyo de Deng y Li Peng. En todo hay un viraje hacia los métodos totalitarios. Han sido desplazados o perseguidos directores y redactores de periódicos. La realidad de hoy tiene muchos parecidos con la que el propio Deng anatematizaba hace 10 años, al iniciar la reforma.
El mundo entero pudo ver en sus pantallas el anhelo de libertad del pueblo chino. Por eso se siente más involucrado en lo que pasa ahora y no puede aceptar que sea algo exclusivamente nacional. Es anacrónica la actitud del Gobierno chino rechazando las «interferencias» extranjeras. Estamos en una etapa histórica en que el respeto de los derechos humanos es una norma ya integrada en el derecho internacional. El deber de los Gobiernos es hacer todo lo posible, no sólo declaraciones, para poner fin a las ejecuciones, destacando las sanciones económicas, bien estudiadas, para presionar sobre el Gobierno chino. El Consejo Europeo de Madrid debería dar un paso en ese sentido, lo que repercutiría en EE UU, Japón y otros países. Los que condenan las ejecuciones no son «los capitalistas» de EE UU, como pretende la televisión china en su propaganda machacona. Son todas las fuerzas políticas, y entre ellas las fuerzas de izquierda. La realidad china es un oprobio para quienes se reclaman del socialismo. Por eso la URSS, como ha pedido el académico Sajarov, debería condenarla claramente. Ya lo ha hecho Hungría, pero no debería ser el único entre los países socialistas.
El Análisis
Lo que comenzó como un luto colectivo por la muerte de Hu Yaobang ha terminado como una masacre que marcará para siempre el rostro real del poder en la China roja. En la madrugada del 4 de junio, tras semanas de protestas pacíficas, mayoritariamente estudiantiles, las tropas del Ejército Popular de Liberación irrumpieron en Pekín bajo las órdenes del primer ministro Li Peng y la bendición del verdadero hombre fuerte del país: Deng Xiaoping. Las cifras oficiales son escasas y manipuladas. Las extraoficiales hablan de cientos, posiblemente miles, de muertos. Y si bien la Plaza de Tiananmen es el símbolo, los mayores horrores se produjeron en los alrededores: cadáveres aplastados por tanques, heridos rematados en las calles, jóvenes fusilados sin juicio.
Para Deng Xiaoping, las protestas no solo eran una amenaza política: eran una ofensa justo cuando China recibía a un ilustre invitado como es Mijaíl Gorbachov y que no pudo impedir que su visita coincidiera una capital sitiada por pancartas, huelgas de hambre y un clamor democrático que ponía en evidencia al régimen ante el mundo. La paciencia del viejo patriarca se agotó. La incapacidad del secretario general Zhao Ziyang para “restablecer el orden” sin violencia fue su sentencia: primero desapareció de la escena pública y, poco después, fue apartado definitivamente. Pasará sus últimos años en arresto domiciliario, como tantos otros que osaron sugerir que las ideas también son necesarias, además del crecimiento económico.
La elección de Jiang Zemin como nuevo jefe del Partido Comunista Chino apenas oculta la verdad: el poder sigue en manos de Deng Xiaoping, el mismo que diseñó la apertura económica, pero que ha demostrado no tener ninguna intención de abrir la puerta al pluralismo político. La matanza de Tiananmen ha destruido la imagen del reformista pragmático y ha recordado al mundo que el Partido Comunista de China, por moderno que luzca en sus cifras macroeconómicas, sigue dispuesto a conservar el poder a cualquier precio. La sangre derramada en junio no mancha solo las manos de los ejecutores: mancha también los libros de historia de todo un régimen.
J. F. Lamata