13 octubre 1988

Asume el cargo de Presidente del Presidium de Soviet Supremo sumándolo al cargo de Secretario General del PCUS que ya ocupaba desde 1985, repitiendo el esquema de poder dual que usaron en su día Breznev y Andropov

Mijail Gorbachov asume la jefatura del Estado de la Unión Soviética, copando así todos los poderes del gigante comunista

Hechos

El 1.10.1988 el Secretario General del PCUS, Mijail Gorbachov, asumió también la presidencia del Presidium del Soviet Supremo, reemplazando a Andrei Gromyko.

El Análisis

Gorbachov acumula el poder para reformar el poder

JF Lamata

Mijaíl Gorbachov acaba de añadir a la secretaría general del PCUS la jefatura del Estado soviético, sustituyendo como presidente del Presidium del Soviet Supremo a Andréi Gromyko, y la paradoja resulta inevitable: el hombre que habla de perestroika, glasnost y democratización concentra ahora en sus manos los dos grandes símbolos del poder de la URSS. No constituye una novedad absoluta —Brézhnev había simultaneado ambos cargos desde 1977 y Andrópov hizo lo mismo posteriormente—, pero sí resulta significativo en un dirigente que asegura querer reformar el sistema. Gorbachov representa además un extraordinario cambio generacional. Tiene 57 años, llegó a la secretaría general en 1985 después de la gerontocracia de Brézhnev, Andrópov y Chernenko y pretende rejuvenecer un aparato envejecido que considera responsable del estancamiento soviético. Gromyko, con 79 años, simboliza exactamente el mundo que desaparece: ministro de Asuntos Exteriores durante 28 años, desde Jrushchov hasta los primeros meses de Gorbachov, negociador con innumerables presidentes norteamericanos y conocido en Occidente como Mister Nyet por la dureza de la diplomacia soviética. Su jubilación, acompañada de la salida de otros veteranos del Politburó y del desplazamiento de conservadores como Yegor Ligachov, demuestra que Gorbachov no sólo quiere reformar la URSS: quiere disponer de suficiente poder personal para vencer a quienes dentro del propio régimen intentan frenar sus reformas. El Soviet Supremo, todavía muy lejos de constituir un Parlamento comparable a los occidentales, ha aprobado su elección por unanimidad.

Pero Gorbachov continúa gobernando una superpotencia comunista en plena Guerra Fría. La URSS mantiene tropas en Afganistán —aunque ya ha comenzado su retirada—, conserva su gigantesco arsenal nuclear y sigue encabezando el Pacto de Varsovia y un bloque de «países hermanos» que abarca Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumanía. Nadie puede saber todavía hasta dónde permitirá Moscú que llegue la reforma en esos Estados. En Varsovia gobierna Jaruzelski frente a la presión de Solidaridad; en Berlín Oriental, Honecker contempla con evidente recelo la perestroika; en Praga continúa el régimen nacido de la derrota de la Primavera de 1968; y en Rumanía Ceaușescu mantiene una de las dictaduras más personalistas del bloque. Todavía está demasiado reciente la doctrina que permitió a Moscú intervenir en Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968 como para saber qué ocurriría si alguno de esos gobiernos perdiera el control. Incluso los análisis contemporáneos continúan preguntándose en 1988 hasta dónde está dispuesto Gorbachov a abandonar la doctrina Brézhnev. Ésa es la gran incógnita de su mandato. Gorbachov concentra hoy más poder precisamente para intentar que el sistema soviético sea menos rígido. Si consigue reformarlo sin destruirlo, podrá presentarse como el hombre que salvó al comunismo soviético del estancamiento. Si las libertades que introduce terminan demostrando que el edificio sólo podía mantenerse porque nadie podía discutirlo, la glasnost y la perestroika pueden desencadenar fuerzas mucho más poderosas de lo que el nuevo jefe del Estado imagina.

JF