2 julio 1989
Era apodado como 'mister Niet'
Muere Andrei Gromyko (Gromiko) ministro de Exteriores de la Unión Soviética al servicio de Mijail Gorbachov
Hechos
El 2 de julio de 1989 Andréi Andréyevich Gromiko.
04 Julio 1989
El último de Yalta
EL MINISTRO de Asuntos Exteriores más duradero de los tiempos contemporáneos, el soviético Andrei Groíniko, ha muerto cuando ya hacía algunos años que era sólo un espectador. Jubilado del poder por una perestroika que le respetaba pero que no sabía qué hacer con él, había dirigido la diplomacia de Moscú de 1957 a 1985, cuando, con la llegada al poder de Gorbachov, era relegado al cargo ceremonial de jefe del Estado. En 1988, no sólo por la edad, sino para ceder esa tribuna al líder soviético, había pedido el retiro a la confortable dacha de los pensionados con honores.Groíniko era el más notable de los supervivientes de Yalta. En 1945, en la península de Crimea, con los acuerdos que reconocían a Moscú el glacis protector de la Europa oriental, acabó de redondear una visión del mundo plenamente estalinista, hecha baluarte contra unos Estados Unidos que pronto poseerían el poder nuclear, y que, en el ánimo de Moscú, atentaban por tierra, mar y aire contra la existencia del experimento socialista.
El diplomático soviético, que había servido en Washington, Londres y en las Naciones Unidas, fue el hombre del niet, del no atrincherado a la espera de tiempos mejores. Durante largos años se entregó con obstinada lucidez a defender las posiciones de su país en el mundo de la guerra fría, de cuya responsabilidad culpaba enteramente a Washington. Así, cuando en los años sesenta y setenta se apuntaron las primeras líneas de distensión con Estados Unidos, estuvo siempre cauto y duro, pero no inflexible, dispuesto a explorar las grietas en el muro de la desconfianza.
Groíniko fue un supremo negociador, como siempre reconocieron sus adversarios, un tipo impenetrable que conocía como un virtuoso los más intrincados informes para las cumbres, pero que también sabía manejar en ocasiones la ironía, indicando a su interlocutor que había en su persona mucho más de lo que su profesionalidad incombustible le permitía delatar. Su tiempo pasó, y con él, su utilidad política, y, en estos últimos años en que comienzan a temblar los monolitos erigidos en la guerra fría, Andrei Grorniko habrá podido pensar que le tocó en suerte vivir demasiado pronto.
04 Julio 1989
Un funcionario excepcional
La noticia de Andrei Gromyko, un personaje que ha llenado la historia de la política internacional durante casi medio siglo, me hace evocar los encuentros que tuve con él desde la apertura de relaciones diplomáticas de España con la Unión Soviética en 1977 hasta las visitas oficiales que realizamos en 1979 a Moscú y Madrid respectivamente.
Acostumbraba a reunirme con él con ocasión de las sesiones anuales de las Naciones Unidas. En aquella serie interminable de encuentros con colegas de todos los países y que en general discurrían sobre tópicos de la situación internacional de los que raramente se extraían conclusiones de los que raramente se extraían conclusiones de interés, las reuniones con Gromyko, no sólo por la representación que ostentaba, sino por su excepcional competencia y profesionalidad, proyectaban siempre visiones agudas sobre la situación del mundo, de la que hacía en pocos minutos aguda disección. No olvidaré nunca aquellos recorridos por las grandes zonas conflictivas, su visión sobre la política de desarme, del desarrollo y de la descolonización, expuesta con dominio y una seguridad que parecía sujetar el globo con la punta de los dedos y controlar con la mirada las grandes decisiones mundiales.
En enero de 1979 visité Moscú en el primer viaje oficial de un ministro español de Asuntos Exteriores. La sesión de trabajo fue – como es habitual en la Unión Soviética – de muchas horas de examen de las respectivas políticas internacionales y de las relaciones bilaterales entre nuestros países. Pero lo que más me interesó fue un encuentro a solas que mantuvimos en la residencia del embajador de España, Juan Antonio Samaranch, donde me mostró su interés por conocer la realidad española de aquellos años de la transición y me hizo ver su gran sensibilidad por los temas españoles y muy especialmente los artísticos, de los que era un buen conocedor. Me sorprendió su familiaridad con la pintura moderna española, su conocimiento de nuestra literatura clásica, su interés por la cultura regional y sus preguntas sobre la variada riqueza artística de nuestro país.
Más tarde, en la mesa de trabajo, su preocupación era nuestro alineamiento con los paises occidentales y su obsesión constante, que España mantuviera una política de neutralidad no vinculada a la Alianza Atlántica.
Cuando Gromyko visitó Madrid diez meses más tarde y le recibí en el aeropuerto de Barajas, él sabía muy bien que aunque nuestro país no había decidido aún su incorporación a la OTAN, esa opción estaba decidida por el partido que apoyaba al Gobierno y volvió a mencionar el tema en los primeros tramos de la conversación.
Gromyko era un interlocutor difícil, irónico, tenaz, imperturbable. Fue el hilo conductor de cerca de 50 años de política exterior soviética. Mesurado en la forma, discreto en el gesto, pareció insustituible hasta su desplazsamiento a la jefatura del Estado. A partir de ese momento él, que había sido siempre el primer funcionario en la fidelidad al poder, siguió siéndolo hacia quien mandaba en la cúspide de la Secretaría General, y aceptó la perestroika y la glasnot con tal naturalidad como si siempre hubiera estado identificado con la política de apertura de Gorbachov y con la ‘casa común europea’. Esa era tal vez su grandeza y su servidumbre. Ocupó siempre la función, aunque no el poder, pero cumplió en todo instante con una profesionalidad ejemplar, los designios de la política soviética sin errores, sin pasión y con eficacia. Es el último de los grandes personajes históricos de la posguerra.
Marcelino Oreja Aguirre