6 julio 1989

Muere Janos Kadar, el último dictador comunista de Hungría, traumatizado por los sucesos de 1956

Hechos

Murió el 6 de julio de 1989.

07 Julio 1989

Controvertido y patriota

Hermann Tertsch

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Janos Kadar, el jefe del partido comunista húngaro (POSH) durante 32 años, falleció ayer en un hospital de Budapest, a los 77 años, a causa de una neumonía y un colapso circulatorio. Kadar murió poco después de las nueve de la mañana, tres días después de haber sido ingresado en estado grave en el hospital. Desde el martes, las autoridades habían dejado entrever que su muerte era inminente. La ironía ha querido que muriera el mismo día que el Tribunal Supremo anunciaba la plena rehabilitación política de Imre Nagy, al que sustituyó cuando la rebelión de 1956 fue aplastada por los carros de combate soviéticos.

El anciano líder comunista, el primero en comenzar reformas económicas en el sistema socialista, que con su lema de «quien no está contra nosotros está con nosotros» lanzó la primera política de reconciliación nacional, murió consciente de que toda su obra política había quedado superada por la historia. El reformista de pasadas décadas había quedado en el. extremo más conservador del espectro político húngaro.La agencia oficial húngara MTI anunció ayer la muerte de Kadar «tras larga y penosa enfermedad» e informó sobre el comunicado del comité central del partido comunista, que hablaba de «profundo dolor de los comunistas y todo el pueblo húngaro», pero subrayó también los «graves errores» cometidos bajo su dirección.

Con la muerte del ya legendario dirigente comunista concluye una era que ayer la agencia oficial húngara calificaba de «controvertida» y plagada de contradicciones. Kadar murió ayer en una Hungría que poco tiene ya en común con el proyecto de sociedad socialista que él quiso construir. Catorce meses después de ceder el poder, el vicio dirigente comunista muere en un país decidido a abolir el sistema monopartidista y a establecer una democracia burguesa y un sistema económico de mercado.

Había sido depuesto de hecho en mayo de 1988, cuando tuvo que abandonar la secretaría general del partido en una conferencia nacional que marcó el comienzo del vertiginoso proceso de democratización en Hungría.

Hace dos meses, ya muy enfermo, cesó en sus dos últimos cargos: la presidencia del partido, hasta entonces un puesto honorario, y la pertenencia al comité central.

Kadar había nacido el 26 de mayo de 1912 en la ciudad portuaria de Fiume, hoy Rijeka (integrada en la Yugoslavia de hoy), aún como ciudadano del imperio austrohúngaro. Hijo de una sirviente soltera, hizo estudios de mecánica y, a los 19 años, era miembro de la organización, entonces ilegal, de las Juventudes Trabajadoras Comunistas. Poco después entró en el partido comunista, también ilegal, y fue nombrado dirigente de sus juventudes. Fue detenido numerosas veces y a partir de 1937 pasa casi tres años en la cárcel.

Encarcelado por el estalinismo, fue rehabilitado en 1954 y poco después pasé a ser jefe del partido y ministro en el Gobierno de Imre Nagy. El papel de Kadar en el levantamiento de 1956 sigue siendo objeto de gran controversia. Ayer, la agencia oficial húngara señalaba que «el análisis del papel de Kadar durante el levantamiento no ha concluido aún». Kadar había sido colaborador y amigo de Nagy y se unió en un principio al levantamiento popular de octubre de 1956.

Cuando su primer ministro anunció la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia y solicitó ayuda a la comunidad de naciones democráticas, Kadar desapareció, para reaparecer con los carros de combate soviéticos que aplastaron la rebelión.

Su labor política quedó marcada por aquel trágico 1956. Como reconocía recientemente, la ejecución de Nagy, dos años después, fue dramática para él. «La tragedia de Imre Nagy fue también la mía» había dicho.

Controvertido y patriota

Janos Kadar pasará a la historia como un líder controvertido. Fue uno de los dirigentes comunistas en Europa del Este que más humanidad demostró en los duros años del estalinismo, el deshielo tras la muerte de Stalin y los graves reveses durante la era de Jruschov y la posterior fase de esclerotización brezneviana.Kadar creía que una victoria, en 1956, de las fuerzas rebeldes dirigidas por Imre Nagy habría traído consigo una tragedia aún mayor que la intervención soviética con sus miles de muertos. En cuanto pudo después, comenzó una política de reconciliación que, pese a todas sus contradicciones, mucho tuvo en común con los intentos del polaco Gomulka de los primeros años y del checo Alexander Dubcek para crear un socialismo con rostro humano. Su política de limitar la represión a la protección del régimen hizo de Hungría, ya en los setenta, un país sin el mesianismo comunista de la ortodoxia de Ulbrich y Honecker en Alemania Oriental. Kadar es también el paradigma del líder reformista comunista que, al renunciar a la implacable represión de toda disidencia y apelar a la humanidad en la política interior, desata fuerzas que finalmente amenazan la existencia del sistema. Kadar fue un político austero y honrado. También fue un patriota. La tragedia de Kadar, como de tantos otros dirigentes comunistas que creyeron en la viabilidad del proyecto de felicidad social impuesto por la fuerza, es el fracaso de este proyecto histórico, el hundimiento del sueño por el que muchos vivieron, murieron y mataron.

El Análisis

El fin de un equilibrista atormentado

JF Lamata
János Kádár, el hombre que durante 32 años gobernó Hungría como un funambulista entre la lealtad al Kremlin y las ansias de su pueblo, ha muerto justo cuando su país da un salto hacia lo desconocido. El Partido Socialista Obrero Húngaro, que él lideró hasta 1988, está desmantelando el comunismo desde dentro, borrando el título de “República Popular” para convertir a Hungría en, simplemente, Hungría. Mientras el país rehabilita a Imre Nagy, Pál Maléter y los mártires de la revolución de 1956, ejecutados bajo el régimen que Kádár consolidó, su muerte llega como un telón que cae sobre una era de contradicciones. Kádár, que traicionó a Nagy para alinearse con los tanques soviéticos, intentó suavizar el comunismo con su “gulash”, dando a los húngaros un nivel de vida ligeramente menos sombrío que el de sus vecinos del bloque del Este. Pero su legado está manchado por la sangre de 1956, una sombra de la que nunca pudo escapar.
En sus últimos años, Kádár se volvió un freno para las reformas que él mismo había iniciado. Su “comunismo con rostro humano” permitió tiendas mejor surtidas y cierta libertad cultural, pero siempre con un ojo en Moscú, temeroso de repetir el destino de Nagy o de provocar otra invasión como la de Checoslovaquia en 1968, que él mismo apoyó. Cuando Gorbachov abrió la puerta a la glasnost, Kádár titubeó, asustado por el ritmo de un cambio que amenazaba con desbordarlo. Su destitución en 1988, primero como líder y luego como presidente honorífico, fue el reconocimiento de que su tiempo había pasado. Los rumores de que, al final, buscó a un sacerdote para una posible confesión sugieren un hombre atormentado, quizás consciente de que la historia lo juzgaría como cómplice del crimen que sepultó a Nagy y a los héroes de 1956. Su muerte lo libra de presenciar la rehabilitación pública de esos mártires, un acto que inevitablemente lo señala como el verdugo que obedeció al Kremlin.
La Hungría que Kádár deja atrás está rompiendo las cadenas del comunismo, inspirada por Polonia y permitida por un Gorbachov que, a diferencia de Brezhnev, no parece dispuesto a enviar tanques. Pero la transición no es solo política; es un ajuste de cuentas con el pasado. La rehabilitación de Nagy y los demás no solo honra a los caídos, sino que condena a Kádár ante un pueblo que ya no teme hablar. Su “gulash” pudo comprar tiempo, pero no lealtad. Mientras Hungría se prepara para elecciones multipartidistas y abandona el dogma comunista, la muerte de Kádár cierra un capítulo de lealtades divididas y promesas rotas. ¿Quiso confesar sus pecados al final? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que Hungría, al despedir a Kádár, no solo entierra a un hombre, sino a una era que nunca logró redimirlo.
JF Lamata