15 diciembre 1989

Era premio nobel de la paz

Muere Andrei Sajarov, el líder de la oposición al régimen del PCUS en la Unión Soviética

Hechos

El 14 de diciembre de 1989 fallece Andrei Sajarov.

16 Diciembre 1989

Contra viento y marea

Sergio Izquierdo

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El premio Nobel de la Paz Andrei Sajarov ha mantenido durante la segunda mitad de su vida un combate en todas las instancias por la defensa de los derechos del hombre en su país. Nada parecía predisponer a priori a este científico, «padre de la bomba H soviética», repleto de títulos y honores, a la acción política y la disidencia. Había nacido en Moscú el 21 de mayo de 1921, de un padre profesor de física. Doctor en ciencias, se incorpora en 1947 al equipo de investigadores que fabrican la bomba nuclear soviética. En 1952 se convierte, con 32 años, en el miembro más joven de la Academia de Ciencias. Las primeras manifestaciones públicas de su toma de conciencia política datan de 1958, cuando expresa su inquietud frente a la carrera de armamentos. Escribe a Nikita Jruschov, primero confidencialmente, luego por medio de cartas abiertas. Denunciará poco después los ataques que en su país sufren las libertades fundamentales. En 1960, sufre su primera censura oficial por haber criticado las teorías genéticas de Lyssenko. 1968 será el año de la ruptura con el régimen: hace circular clandestinamente un memorándum, que se publica igualmente en el extranjero, «Reflexiones sobre el progreso, la coexistencia pacífica y la libertad intelectual». Le prohiben seguir con su trabajo de investigación. Su condena de la intervención de los carros soviéticos en Praga consuma la ruptura.

Dos años más tarde, Sajarov funda un «Comité de los Derechos del Hombre», que es declarado rápidamente ilegal, para denunciar las detenciones de opositores políticos y los internamientos psiquiátricos de intelectuales. En 1971 se casa con Elena Bonner, médica de profesión y también conocida por su lucha por los derechos humanos. En lo sucesivo, la pareja va a consagrar su vida a esta causa. 1974 es una fecha clave en su vida: el académico inicia su primera huelga de hambre para pedir la liberación de prisioneros políticos y el derecho a la emigración. En 1975 se convierte en el primer soviético que obtiene el premio Nobel de la Paz. Se le prohíbe salir de la URSS para que no haga públicos «secretos de Estado». Es su infatigable compañera Elena Bonner quien leerá en Oslo el discurso de su marido. En 1980 Sajarov es desposeído de todos sus títulos por el presidium del Soviet Supremo. Es detenido y deportado con su esposa a Gorki, a cuatrocientos kilómetros de Moscú, una ciudad de acceso prohibido a los visitantes extranjeros. Allí inicia una serie de huelgas de hambre para solicitar el derecho de emigración para su nuera, él mismo y su esposa. Las vejaciones y abusos del KGB, la seguridad del Estado, se multiplican. Sufre agresiones en la calle y le arrancan de las manos el manuscrito de sus memorias en 1982. En 1985, tras una cuarta huelga de hambre, obtiene el fruto a sus desvelos: Elena Bonner puede viajar a Occidente para recibir atención médica. Envejecido prematuramente por las adversidades, Sajarov se somete a una operación quirúrgica tras sufrir una tromboflebitis en Gorki. Todas las intervenciones internacionales en su favor topan con el «niet» del Kremlin. En junio de 1986, Elena Bonner regresa de Estados Unidos, donde había sido operada. Andrei Sajarov escribe a Mijail Gorbachov para obtener la liberación de todos los presos de opinión. El 16 de diciembre de 1986, puede por fin abandonar su exilio de Gorki, un año y medio después de la subida de Gorbachov al poder. La vida de la pareja recobra progresivamente la normalidad. Periodistas y visitantes de renombre se agolpan ,en su pequeño apartamento de Moscú. Con la «glasnost» y la «perestroika», la disidencia pierde paulatinamente su razón de ser. Andrei Sajarov ve restablecidos todos sus derechos en la Academia de Ciencias, no sin la oposición de todos los científicos del aparato del partido. El pasado mes de marzo, la Academia se niega, sin embargo, a elegirle diputado a la nueva Asamblea soviética, lo que provoca reacciones de indignación en los medios intelectuales. Un segundo voto dará por fin la razón a Sajarov, que continúa así su combate. En las primeras sesiones del Congreso de diputados, Sajarov, a quien Gorbachov no cesa de testimoniar su estima y respeto, defiende lo que considera justo, al margen de todas las corrientes políticas. Este año obtendrá por primera vez permiso para viajar al extranjero, y visitará numerosos países, defendiendo por doquier la democratización en curso en su país. Una de sus últimas apariciones públicas fuera de la Unión Soviética fue el pasado mes de junio, en la Universidad de Oxford. En compañía de personalidades tan dispares como la reina Sofía de España y la familia real griega, Andrei Sajarov fue investido doctor honoris causa por dicha Universidad. La audiencia aplaudió como nadie al envejecido y humilde Sajarov, que fue presentado como «un científico que ha viajado hasta ser hombre de Estado por un camino duro, con la llama de su faro luciendo para la humanidad con tanto vigor como el gran calor mediante el que tiempo atrás intentó lograr la fusión nuclear». Una semana después fue ungido con el máximo honor académico en la Universidad holandesa de Groningen, en una conmovedora ceremonia celebrada para conmemorar el 375 aniversario del centro docente. Tras un viaje a Italia y otro a Reino Unido, el de Holanda fue la tercera visita al extranjero que Sajarov realizaba tras la larga etapa de «extrañamiento» en la ciudad de Gorki. En Groningen, el líder disidente soviético calificó a la Unión Soviética de «último imperio del mundo, que debe aprender de otros que, como el inglés, ahora mantienen buenas relaciones con sus ex colonias». Parecían palabras proféticas, pues con el pasar de los meses la historia (los cambios en el Este, la caída del Muro) han venido a darle la razón. Aún resuena la polémica el día que fue elegido diputado del Congreso por la Academia de Ciencias. El hecho, sucedido el pasado 20 de abril, levantó ampollas en los sectores conservadores del Partido Comunista y de la sociedad soviética. Su candidatura, que encarnaba la ruptura democrática frente a las listas oficialistas, obtuvo el apoyo de una cincuentena de institutos científicos.

Un millar de investigadores se concentraron dos meses antes, en febrero, para protestar contra las acres críticas de Izvestia, órgano oficial del Gobierno soviético, contra Sajarov. La pacífica e intelectual reunión se realizó en los jardines del Presidium de la Academia de Ciencias. «Fuera los burócratas», «Vergüenza» y «Sajarov, diputado» fueron los eslóganes coreados por los manifestantes, colegas y sin embargo amigos del laureado científico soviético. En una de las últimas entrevistas que concedió a los medios de comunicación, sobre la lúcida mente de Sajarov planeaba la duda del futuro de la URSS, del éxito de la «perestroika» o la débacle. «Nadie sabe hacia dónde vamos», se quejaba en voz baja, contristado, con la cansada convicción de quien ha logrado sobrevivir muchas veces. Con demasiados años de retraso, Andrei Sajarov consiguió lo que tal vez nunca se propuso, ser profeta, aun de la disidencia, en su tierra.

El Análisis

Sájarov, de padre de la bomba a conciencia de la URSS

JF Lamata

Pocas biografías resumen mejor las contradicciones de la Unión Soviética que la de Andréi Sájarov: el Estado que primero lo convirtió en héroe terminó tratándolo como traidor y, cuando estaba a punto de morir, volvió a escucharlo como diputado. Físico excepcional, desde 1948 trabajó con Ígor Tamm en el programa termonuclear y desempeñó un papel fundamental en la creación de la bomba de hidrógeno soviética, contribución por la que recibió las máximas condecoraciones y privilegios de una potencia que necesitaba romper la superioridad nuclear norteamericana. Pero precisamente conocer desde dentro aquella capacidad destructiva fue transformándolo: primero combatió las pruebas nucleares atmosféricas y la carrera armamentística; después pasó a denunciar la falta de libertades, la represión y el monopolio político del PCUS. Su ensayo de 1968 sobre progreso, coexistencia y libertad intelectual terminó de convertir al antiguo científico mimado por el Kremlin en un disidente. En 1975 recibió el Premio Nobel de la Paz, que el régimen no le permitió recoger personalmente, y cuando condenó la invasión soviética de Afganistán fue despojado de sus honores y confinado desde 1980 en Gorki, sin juicio, junto a su esposa y compañera de lucha, Yelena Bonner. El calificativo oficial de traidor resulta hoy especialmente irónico: Sájarov nunca dejó de sentirse vinculado a su país; sencillamente acabó considerando que defender Rusia significaba enfrentarse al sistema que la gobernaba.

Y ahí aparece la última paradoja de su vida: Mijaíl Gorbachov fue simultáneamente su liberador y su último adversario político. En diciembre de 1986 fue el propio Gorbachov quien telefoneó a Sájarov para comunicarle que podía regresar a Moscú, gesto extraordinariamente simbólico de la glasnost. Sájarov comprendió la importancia histórica de la perestroika, respetó personalmente a Gorbachov y defendió sus reformas frente al inmovilismo comunista; pero consideraba que el secretario general avanzaba demasiado lentamente y, sobre todo, que pretendía democratizar la URSS sin desmontar suficientemente el poder del PCUS. Elegido en 1989 diputado del nuevo Congreso, Sájarov se convirtió, junto a figuras como Borís Yeltsin, Yuri Afanásiev y Gavriil Popov, en uno de los dirigentes del Grupo Interregional, embrión de una auténtica oposición parlamentaria. Llegó a advertir que concentrar tanto poder en Gorbachov era peligroso «incluso» tratándose del creador de la perestroika, y en sus últimos días exigía nada menos que eliminar el artículo 6 de la Constitución, que consagraba al Partido Comunista como fuerza dirigente del Estado. Gorbachov llegó a cortarle la palabra durante aquel último enfrentamiento parlamentario. Por eso su muerte, apenas cinco semanas después de la caída del Muro de Berlín, resulta especialmente inoportuna para quienes empezaban a imaginar una URSS verdaderamente plural. Sájarov había redactado incluso un proyecto constitucional para transformar el imperio soviético en una unión voluntaria de repúblicas soberanas y democráticas. Es difícil saber si hubiera podido convertirse personalmente en alternativa electoral a Gorbachov: Sájarov tenía mucha más autoridad moral que maquinaria política, y hombres como Yeltsin estaban mejor preparados para la lucha por el poder. Pero sí podía haberse convertido en algo quizá más incómodo para el Kremlin: el referente moral de una oposición democrática capaz de decirle a Gorbachov que abrir las ventanas no bastaba si se mantenía cerrada la puerta. El científico que ayudó a proporcionar a la URSS su arma más poderosa muere precisamente cuando empieza a derrumbarse el sistema político al que dedicó los últimos veinte años de su vida a combatir.

JF