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Símbolo de la lucha antifascista, evolucionó de apoyar a Stalin a apoyar la Transición democrática

Muere Dolores Ibarruri ‘La Pasionaria’, presidenta del Partido Comunista de España, al poco la caída del Muro de Berlín

HECHOS

El 12 de noviembre de 1989 murió en Madrid la presidenta del PCE, Doña Isidora ‘Dolores’ Ibarruri, conocida como La Pasionaria.

Programa ‘Protagonistas’ de COPE – Dolores Ibarruri ‘La Pasionaria’

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13 Noviembre 1989

Luto por Pasionaria

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

Dolores Ibarruri, fallecida ayer en Madrid, simboliza el destino de una generación marcada por la tragedia de la guerra civil; pero también el de la ideología que fue guía para su acción política durante casi toda su vida. El año en que Dolores Ibárruri, hija y nieta de mineros, vino al mundo en una familia vasca tan numerosa como católica, se cumplían doce desde que Marx lo había abandonado, cinco desde la primera huelga general de Vizcaya y seis desde la fundación del PSOE por Pablo Iglesias, sección española de la Internacional. En 1918, contando ella 22 años, firmó por primera vez como Pasionaria un artículo que apareció en El Minero Vizcaíno. En su libro autobiográfico El único camino se describen la vida de los mineros vizcaínos de la época: el sistema de cantinas obligatorias utilizado por los patronos para mantener en una situación próxima al esclavismo a los trabajadores, la brutalización de éstos por el alcohol y la desesperación, la explotación de los niños, el papel de las mujeres en aquella sociedad inhumana. Y las razones de que una mujer joven, casada con un minero, octava hija en una familia de 11 hermanos, que había querido ser maestra y tuvo que ir a servir en casa ajena, se rebelase contra lo que veía, abandonase la fe de sus mayores y abrazase la causa de la emancipación de la clase obrera.Producida la escisión del movimiento socialista, quedó Pasionaria del lado de la Tercera Internacional, fundada por Lenin en la estela del triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia y cuyo mensaje fue recibido como una promesa de liberación por millones de trabajadores. Sus dotes de oradora desgarrada y vibrante la llevaron a la dirección del Partido Comunista apenas la desaparición de la dictadura de Primo de Rivera abrió paso al advenimiento de la Segunda República. Durante los cinco años de vida de ese régimen y los tres de guerra civil, su actividad como diputada y líder política la convirtieron en una de las figuras más populares de la España de los años treinta. Tras la derrota conoció el destierro, la muerte de su hijo Rubén -antes había perdido otros cuatro hijos apenas nacidos- en el frente de Stalingrado, las últimas purgas de Stalin, las revelaciones de Kruschev en el XX Congreso, las intervenciones soviéticas en Hungría y Checoslovaquia, la normalización brezneviana. Regresó a España en 1977, con tiempo para ver de cerca el proceso de restauración democrática en nuestro país, la influencia de su partido en la sociedad española y la posterior crisis y casi autodestrucción de ese partido.

Como ha escrito un antiguo correligionario de Pasionaria, la polarización producida por la guerra civil determinó que los sectores más inquietos e idealistas de la juventud española de la época se plantearan su proyecto vital en el marco de una de las dos ideologías, el fascismo y el marxismo-leninismo, que marcaban los límites extremos de la confrontación. Opuestas entre sí, ambas ideologías compartían, sin embargo, su común mesianismo, derivado de una visión catastrofista de la historia universal y de la crisis española, y la convicción de que la afirmación de las propias ideas implicaban la eliminación física de quienes se situaban en la orilla simétricamente opuesta. Pasionaria encarna como pocas personas el trágico destino de quienes llegaron a la vida adulta en esos años terribles.

Nacida a la vida política al tiempo que el movimiento comunista, se despide Pasionaria de ella cuando la doctrina que marcó su vida adulta está también, en medio de una crisis sin precedentes, a punto de abandonar este mundo. La revolución en la que creyó acabó con el despótico régimen zarista y proclamó los ideales de emancipación de los trabajadores; pero engendró un régimen de terror e implantó la dictadura totalitaria de Stalin. El triunfo de la revolución favoreció la introdución de reformas sociales en los países capitalistas, pero fue incapaz de lograr que en la patria del socialismo y las naciones a ella sometidas progresase la causa de la libertad e igualdad entre los hombres. La vida de Dolores Ibárruri, una mujer notable que merece el respeto de sus conciudadanos, fue un reflejo de esas contradicciones.

13 Noviembre 1989

Dolores

Francisco Umbral

Terminaba la proyección privada de la película que le había hecho García Sánchez-delicado y palpitante retrato de dama-, nos pusimos en pie los seis u ocho espectadores y, ya con la luz encendida, Dolores era una niña tímida, de ochenta años, asustada de verse a sí misma tanto rato en el cine. Repartió entre nosotros aquella risa párvula y femenina (no había cambiado de risa desde la infancia) y se fue como novicia asustada, huyendo de sí misma, de aquella Dolores estrella. -Cuánto he hablado, hijos, si no paro de hablar en la película. Caído el muro de Berlín, que sostenían de uno y otro lado los hombros respectivos de los antagonistas, se levanta ahora mismo, todavía cálida de morir, esta mujer/símbolo de sentido bien contrario al sombrío símbolo del hormigón y el miedo. Dolores Ibárruri, ya Dama de Elche del paleomarxismo internacional, es para nosotros los españoles como la mujer/antología de todas las madres del pueblo-«tristes paridoras» de Angela Figuera, la que hizo materno el comunismo en España y en el mundo, gracias a la cual incluso el estalinismo peor tendría en el puño de Dolores una rosa que ofrecer al mundo. Ella era el anti/muro, tan delgada de sí e inconsútil, transida del misticismo del pueblo, alta de mirada, ángel terrestre funcionando a marcapasos, que pasaba los muros del odio, de la incomprensión entre los hombres, de las demarcaciones ominosas. No voy a escribir que su muerte ha sido el último acto de servicio a su mística, porque no es mi estilo y porque sería un tópico, pero si, efectivamente, la Prensa y el Occidente bien servido están tirando a patadas, gloriosamente, un muro que ya cayó, y cargándose congestivamente de razón (cuando la iniciativa ha sido Gorvachov), si el comunismo español e internacional es hoy el niño perdido en la gran fiesta de la libertad, he aquí que Dolores lo toma silenciosamente de la mano, con sólo morir, para que no se asuste ni disperse, para que, en la ordalía de las ideas, y mientras éstas se asientan, el pueblo pueda tocar realidad, pueda tocar vida en la mano de una muerta. El pasado verano llevé al Escorial/Complutense, con ocasión de homenaje a su amigo y camarada Alberto Sánchez, ya que no a ella, a su hija Amaya y su secretaria impar: Irene Falcón. (Naturalmente, Villapalos declararía luego a la Prensa que «el curso de Umbral ha sido un error»). La muerte fuerte (me aferro a la eficaz cacofonía) de esta fortísima y tímida mujer, no es un error del tiempo ni la Historia, ni algo que debamos llorar sino con el «llanto militar» que pedía Quevedo. Llanto duro cuando la muerte nos devuelve, como un mar negro y generoso, a Dolores Pasionaria como alegoría de sí misma y como certidumbre de todo lo que de regazo y de pan pudo tener un día la gran Revolución. Ella sí que era el socialismo real y no había otro, y en su cercanía, su amistad y su risa infantil encontramos un día, tras la gran talla vasca acuñada como mito en la Asturias trágica, todo lo que de femenino y familiar podía haber-hayen el pensamiento macho de Carlos Marx. Cumplía muchos años y dentro de una lluvia de domingo por la mañana, le hicimos homenaje en el madrileño Palacio de los Deportes. Yo tenía que echarle unos versos y me curé los nervios con un whisky que vendía en vaso de plástico la pipera de la esquina. Era aceite de coche, era gasolina con coñac, era bencina de oro, y me bebí un vaso tras otro hasta salir, seguro de puño y corazón, a decirle mi verdad más poética que política a la. grande dama. Cae el muro negro y se alza la muerta blanca, la viva nacional y violenta, para que sepamos y sepan todos a qué atenerse. Socialismo no es una pared de rencor con corona de espinas, sino una madre del pueblo, antología urgente de todas las madres, que ha reunido en sí durante un siglo a los grandes estafados de la Historia. Entre la Revolución de las ideas ella hizo la Revolución del amor, madre terrible y primera de lo entonces venidero. Al cura Llanos le trajo de Moscú un reloj pesado como un tanque y verde como una rana.

13 Noviembre 1989

Pasionaría: la política, la mujer

Julio Anguita

En mi memoria figurará siempre la voz de Dolores, esa voz que sintetiza esta fuerza de mujer que ha conmovido la historia de nuestro país.Su voz es, probablemente, la mejor imagen -valga la paradoja- de Pasionaria. Ella nunca llevó armas, sólo su palabra, convertida en aliento republicano, en promesa de libertad, en propuesta de emancipacion.

No es casualidad que la voz sea el único adorno de su sobriedad. Hay una referencia vital que marca la biografía de Dolores: su adhesión al octubre de 1917 es el fundamento de su compromiso con el comunismo español. El único camino que ella adopta es el compromiso riguroso y sin adornos con la emancipación de privaciones y sufrimientos.

Pero no es sólo una adhesión dogmática. Como revela su actitud desde el 20º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), es una reflexión profunda sobre el socialismo y la libertad, sobre la pluralidad y la democracia, sobre la función independiente y autónoma de las formaciones comunistas. Es esta independencia de criterio, este compromiso con la pluralidad, la que multiplica el valor movilizador de su trabajo. El símbolo, el mito, se sostiene en una profunda reflexión política que la propaganda no siempre ha sabido recoger.

Una reflexión que explica que Dolores haya asumido iniciativas relevantes en momentos trascendentales en la elaboración de la estrategia de los comunistas españoles: reconciliación nacional, denuncia de la invasión de Checoslovaquia y tantos otros.

La vida no se detiene

Son sus convicciones las que siempre la han situado a la cabeza de la apertura, la renovación y la unidad del PCE. Recuerdo con emoción el mes de diciembre de 1983. Me correspondió presidir el díficil 11º Congreso del PCE y leer el saludo de Dolores; no me resisto a repetir algún párrafo de aquel texto que ella tituló El PCE ante el reto de su renovación: «… la vida no se detiene. Todo se mueve, todo cambia. Saber adaptar nuestra teoría, nuestra política y nuestra lucha a las condiciones concretas en que vivimos ( … ) y avanzar hacia el futuro rompiendo con todo lo sectario, con todo lo que la vida ha sobrepasado, marchando hacia la meta que hemos elegido: el socialismo y la paz, ése es nuestro camino y el único camino de la emancipación humana».

Junto a José Díaz y luego sin su compañía, Dolores ha acometido un ingente trabajo de renovación y adecuación de nuestra política a las condiciones de nuestra época.

La Política, con mayúsculas, acompañada del compromiso con lo pequeño, con lo cotidiano. Ésa es la biografia de Dolores. Ésa es, también, la mujer.

Dolores, la primera, y durante mucho tiempo, única mujer secretaria general de un partido de la izquierda europea. Pionera en el movimiento de emancipación de la mujer, que se liberó del entorno opresivo de Somorrostro para incorporarse, dentro de unos meses hará 70 años, a la lucha política sin abandonar los mejores valores humanos: la sensibilidad, la ternura, la debilidad por sus hijos y por sus nietos. Una política, un político, que puede decir en un mitin que nos quiere es un revolucionario, una revolucionaria de nuestro tiempo.

Querer todo, ser mujer y ser política; querer la utopía, querer el socialismo, eso es Pasionaria, una mujer de este siglo y del que viene. Dolores vive.

13 Noviembre 1989

Recuerdos de Moscú

Manuel Azcarate

No voy a hablar de Dolores Ibárruri como figura política. Tuve la suerte de tratarla en Moscú, entre los años 1959 y 1963, de manera directa, trabajando con ella varios días por semana, viéndola en su casa y haciendo con ella una serie de viajes a Italia, China, Cuba. Me queda el recuerdo imborrable de una amistad. De esa Dolores amiga querría decir algo en este momento de tristeza y recuerdo.Desde el principio me chocó el ambiente tan español que reinaba en su casa, cerca de la calle Herzen. Dolores era una abuela española un poco a la vieja usanza Le gustaba cocinar y hablar de recetas de cocina. Si se presentaba alguien por sorpresa a la hora de comer, en seguida se ponía a preparar unos huevos revueltos con tomate (al menos, es el plato que más recuerdo). Sabía muchos proverbios, aunque no abusaba de citarlos. Pero sí conservo en la memoria uno que dijo un día en su cocina sobre la manera de preparar una ensalada: para el aceite, un pródigo; para el vinagre, un avaro; para la sal, un cuerdo, y para removerla, un loco.Era demasiado severa, en mi opinión, con el nieto que vivía con ella. Le exigía que volviese a una hora excesivamente temprana para su edad. Yo discutí sobre esto alguna vez con ella. Pero, medio de broma, me insistía en que tenía que ser severa con los nietos, precisamente para ayudarles. Le gustaba coser. Se hacía ella misma, o se arreglaba, sus blusas.Tenía mucho gusto, y caprichos, sobre el arreglo de su casa. Recuerdo un día en que fui por la mañana a visitarla y me dijo que estaba muy cansada. No andaba muy bien de salud, y me preocupé. Luego, en la conversación, resultó que se había levantado a las cinco o las seis de la mañana y había estado cambiando de sitio un armario bastante pesado. Tenía cierta coquetería femenina. Le gustaba que se le dijese que le sentaba bien una blusa o un vestido. Siempre, siempre, vestía de negro. Desde luego era el color que mejor le sentaba, y sin duda ella lo sabía.

Leía muchísimo, sobre todo historia y literatura. Tenía en Moscú muchos libros españoles, y el regalo que más le alegraba era recibir algún libro llegado de España. Recuerdo su entusiasmo por Unamuno como escritor, «mi paisano», decía. Entre los escritores posteriores a la guerra tenía preferencia por Camilo José Cela, menos famoso entonces que hoy.

Sus dotes extraordinarias de oradora han impresionado a todos cuantos la han escuchado. Pero no se trataba en ella de una oratoria facilona de agitación de masas. Dolores tenía una sensibilidad artística especial para el idioma, para la lengua española. En muchísimas ocasiones tuve que trabajar con ella sobre un texto, discurso o capítulo de libro. Aparte de los problemas, o matices , de contenido, corregía el estilo según el sonido. Hay que escuchar la frase, decía. Me la repetía en alta voz, y hasta que no sonaba, no estaba satisfecha. Creo que esa capacidad suya de oír las frases desempeñaba un papel decisivo cuando subía a una tribuna. Entonces todo la acompañaba: la belleza de su figura, sus ademanes y también -y sobre todo quizá- su sentido musical de la lengua castellana.

En esa época, era poco después de la denuncia por Jruschov de los crímenes de Stalin, hablaba poco de temas soviéticos. Sí recordaba, siempre con gran admiración por el pueblo ruso, los sufrimientos de la guerra, que para ella había significado una herida terrible nunca cerrada: la pérdida de su hijo Rubén. Le gustaba contar cosas de su infancia y de sus primeros años de militancia, de las elecciones de 1936, de la liberación de los presos en la cárcel de Oviedo al triunfar el Frente Popular.

En la última etapa de mi emigración en Francia, el PCE decidió organizar un mitin en Montreuil, cerca de París, aprovechando la tolerancia de las autoridades francesas. Pero no era un mitin legal, y a Dolores se le negó el visado para entrar en Francia. Me tocó entonces organizar su paso ilegal de la frontera por Italia. Ella llegó a Roma sin saber de qué se trataba. Cenamos con Longo, entonces secretario general, ya enfermo, y con Berlinguer. Cuando expliqué el plan, Longo mostró cierta reticencia. «Esas cosas ya no se hacen, ¿y si la ponen en la cárcel?, ¿habéis pensado en su edad?». Dolores, en cambio, estaba radiante; era volver a su militancia de juventud. La condición era que no se vistiese de negro, y con un gran sombrero. Aceptó por una vez renunciar al negro y dedicó un día a comprarse la ropa. Pero cuando entré con ella, vestida de color crema y con el sombrero, en la sala de espera del aeropuerto para ir a Génova me entraron escalofríos. Tenía tal prestancia, era tan majestuosa en el andar, que todos los ojos se volvieron hacia ella. Yo pensé: ya la han reconocido y se van a dar cuenta de que quiere disimular. Pero no pasó nada. Y en el paso de la frontera, en un coche francés modesto, con un matrimonio anciano, ni le pidieron los papeles.

14 Noviembre 1989

Dolores, seguiremos luchando

Santiago Carrillo

Dolores Ibárruri ha fallecido… Con ella ha desaparecido una de las figuras legendarias de este siglo, un siglo desgarrado y dramático que quizá por estas características produjo personalidades extraordinarias. Desde diversos partidos han surgido mensajes, cuando no de abierta simpatía, sí de un profundo respeto por una vida y una obra marcadas por el coraje, la lealtad y el desinterés.Y sin embargo, para muchos españoles, Pasionaria sigue siendo una gran desconocida. En el editorial de un diario se dice que el «lado oscuro» de su vida consiste en que ha sido la «última estalinista». He ahí un estereotipo vulgar que no corresponde en absoluto a la realidad. Dolores es una defensora apasionada de la primera revolución obrera triunfante. Ve en ella la realización del ideal de emancipación con el que sueñan en ese momento millones de trabajadores.

Y en el período en el que la humanidad se enfrenta con la amenaza fascista, Pasionaria, como toda una generación, piensa que la URS S es el único dique firme que se opone al triunfo del hitlerismo. En ese momento son -para hablar así-estalinistas muchos de los intelectuales más destacados, y desde luego, elogian a Stalin hasta políticos tan poco sospechosos de comunismo como Churchill, Roosevelt y De Gaulle.

Pero cuando el XX Congreso del PCUS pone de relieve las sombras del período estaliniano, Dolores no duda: apoya a Jruschov, y más tarde se enfrenta contra la ocupación de Checoslovaquia, y desde Moscú, donde reside -lo que tiene más mérito-, apoya firmemente el eurocomunismo, resistiendo las presiones de la dirección brezneviana. Hasta que, comenzada la transición, regresa a España, Dolores, durante varios años, es un huésped incómodo para los dirigentes, aunque muy amado por el pueblo soviético.

Pasionaria no ha podido enterarse de los últimos acontecimientos. Pero el derrumbamiento del muro de Berlín le hubiera producido enorme alegría. Ella había hecho una opción, sin vacilaciones, 1 por el comunismo democrático.

Dolores desaparece en el umbral de una nueva época, en la que surge la posibilidad real de un encuentro entre las dos grandes familias del movimiento obrero: la comunista y la socialista. Pero mientras la edad y los achaques se lo permitieron, Dolores, protagonista de este siglo, tenía ya la mente y la esperanza puesta en lo que venía, más que en el pasado. Es una pena, en su caso, que la vida humana tenga límites biológicos y que no haya podido ver lo que un futuro, quizá no demasiado lejano, va a aportar como superación de luchas intestinas y de apertura a nuevos horizontes de progreso. Yo estuve en su casa, visitándola, muy pocos días antes de morir, entre sus dos últimas estancias en el hospital. Me reconoció, y entre el recuerdo de su madre y de Gallarta, que venían frecuentemente a su boca, tuvo lucidez para decirme: «Santiago, hay que seguir luchando».

Seguiremos, Dolores, como tú nos has enseñado, luchando por un porvenir luminoso de paz, fraternidad e igualdad para todas las mujeres y los hombres de esta tierra.

14 Noviembre 1989

Las Cuatro Pasionarias

Federico Jiménez Losantos

Ante una figura histórica como la de Dolores Ibárruri, lo más difícil y lo único honesto es la búsqueda del matiz. Por supuesto es tarea difícil en España y cuando la figura está de cuerpo presente, resulta rigurosamente imposible. Tiene gracia que hasta en RTVE, que hace un par de semanas durante la campaña electoral, ponía al comunismo a caer de un burro, se diga ahora que ‘la Pasionaria’ luchó toda su vida por la libertad. Si lo hizo, fue a la manera de Stalin, Ulbricht o Honecker durante muchos años, y desde los setenta a la manera de Anguita, que es hoy su herencia al frente del PCE. Si el comunismo es malo, la tarea histórica de Dolores Ibarruri no puede ser buena. Si el comunismo es bueno, entonces sí, pero eso ya no se lo creen ni en la URSS. La costumbre española de guardar los elogios para cualquiera hasta el mismísimo día de su muerte, cuando se vuelva el cántaro, es socialmente piadosa, a la vez que hipócrita, y se basa, obviamente, en el olvido de la historia.

Sin embargo a La Pasionaria sólo podemos entenderla a la luz de la Historia, de la suya y de las de todos. Hay, a mi juicio, cuatro Dolores, cuatro Pasionarias en los noventa y tantos años de esta mujer, amada y odiada como pocas. La primera es la muchacha de Gallarda, nacida en lo más duro de la mina, padeciendo las increíbles privaciones de su condición social y agravadas por su condición femenina, que supo arrostrar sin resignación. Entregarse a una labor mesiánica y destructora del orden establecido tal vez no fuera lo mejor, pero es comprensible. Y si la mayor parte de los talentos europeos abrazaban en los años treinta la causa del totalitarismo, fuera nazi o comunista, ¿qué tiene de extraño que lo hiciera una humilde mujer de la mina, guapetona y elocuente, capaz de arrastrar a las masas?

Tras la cárcel vino el Parlamento republicano, y en él tuvo lugar probablemente la página más negra de la vida pública de La Pasionaria: las amenazas a Calvo Sotelo en vísperas de su asesinato, que precipitó el comienzo de la  guerra civil. Pero fue justamente en ella, y especialmente en la defensa de Madrid, que el PCE afrontó resueltamente tras la huida del Gobierno cuando la Pasionaria se convirtió en figura internacional, apoyada por la gigantesca maquinaria de la publicidad estalinista. Para cuando terminó la guerra, Dolores Ibárruri ya era lo único que probablemente podía ser: una imagen, un símbolo, un mito…

Comienza entonces su época más oscuro: la de burócrata en el exilio, de personaje periférico de la Tercera Internacional, de matriuska de todas las intrigas y sordideces del partido – con las tragedias vitales o políticas de José Díaz, Francisco Antón, Comorera, Claudín y Semprún, entre otros muchos – en esa época, bien estudiada por Gregorio Morán en ‘Grandeza y miseria del Partido Comunista de España’, ‘la Pasionaria’ era un icono para el exterior y, en el interior, una pieza más del aparato.

La cuarta y última época, a la sombra de Carrillo, fue, sin duda la que hoy podemos contemplar todos los españoles de mejor grado. Tras la condena por el PCE de la invasión de Checoslovaquia y la inmediata tirantez con la URSS, La Pasionaria parece reencontrar sus energías legendarias y a los setenta años se convierte en el escudo protector de Carrillo. El tándem funciona perfectamente durante los años difíciles de la Transición, y si Carrillo fue el cerebro, la aceptación de la Monarquía, la bandera y la democracia por parte de las bases comunistas hubiera sido imposible sin la Pasionaria. Cando formó parte de la Mesa de Edad en las primeras Cortes de la restauración democrática, se cerró realmente un ciclo de la historia negra y heroica de España, y se cerró también el círculo de la vida pública de Dolores Ibárruri. Conviene, sin embargo, recordar que gracias también al PCE, que ha presidido hasta su muerte, fue posible lograr un clima de consenso entre izquierdas y derechas que hizo posible el asentamiento de las libertades. Un clima, un sentido de la historia que, como la Pasionaria, por desgracia se ha desvanecido.

Federico Jiménez Losantos

19 Noviembre 1989

ABC y Dolores

Ian Gibson

Se lo comenté a los amigos, pues lo veía venir ‘Cuando muera Dolores Ibarruri’, ABC sacará el tema del asesinato de Joaquín Calvo Sotelo, tenedlo por seguro’.

Efectivamente, el 13 de noviembre, en un editorial de quince líneastitulada ‘La Pasionaria’ ABC no pudo dejar de afirmar, después de expresar su pretendido respeto por la fidelidad comunista de la fallecida: «No es hoy el momento de referirse a uno de los pasajes oscuros que gravitan sobre Dolores Ibárruri, en aquellas fechas terribles del asesinato de Calvo Sotelo’. Pero con tan maquiavélica alusión la referencia estaba ya más que servida, y hoy. En otra página del a misma edición, además, se señalaba que sobre Dolores Ibárruri ‘pesaron siempre las gravísimas acusaciones de su implicación en las devastaciones de iglesias’. Acusaciones tal vez, pero que yo sepa nunca probadas.

Al día siguiente, 14 de noviembre, fue Federico Jiménez Losantos quien se encargó, desde su columna habitual, de poner los puntos sobre las íes: «Tras la cárcel vino el Parlamento republicano, y en él tuvo lugar probablemente la página más negra de la vida pública de ‘La Pasionaria’: las amenazas a Calvo Sotelo en vísperas de su asesinato, que precipitó el comienzo de la guerra civil».

Nótese bien quese trata no de una amenaza, sino de por lo menos dos. Y nótense bien bien el adverbio probablemente. ¿Tenía la Pasionaria pa´ginas aún más negras? Nos lo da a entender el periodista.

De dichas amenazas no queda constancia, sin embargo en el Diario de sesiones, que naturalmente tuuve buen cuidado de revisar página por página cuando escribía mi libro ‘La Noche que mataron a Calvo Sotelo’ publicado en 1982.

El franquismo siempre mantuvo que, en el debate parlamentario del 1 de julio de 1936, Calvo Sotelo había recibido además de una amenaza directa de Ángel Galarza, la siguiente de Dolores Ibarruri: «Su señoría morirá con los zapatos puestos’. Tal amenaza no fue formulada, sin embargo, por la Pasionaria, sino, el 15 de abril de 1936, por el diputado comunista José Díaz. Además iba dirigida a Gil Robles, no a Calvo Sotelo. En aquella ocasión al constatar las protestas de muchos diputados, Dolores Ibarruri había apostillado: «Si os molesta eso, le quitaremos los zapatos y le pondremos las botas», «Os va a costar trabajo con botas o sin ellas» – replicó Gil Robles – porque me sé defender».

He aquí el origen de la amenaza de Dolores Ibarruri a Joaquín Calvo Sotelo que ahora nos recuerda ABC, reptiiendo con ello un lugar común franquista que uno ya creía definitivamente desacreditado. La misma Pasionaria insistió en una entrevista con Manuel Vicent publicada en EL PAÍS (25 de julio de 1981) que jamás había proferido en las Cortes la amenaza que se le imputaba: «Ahí está el Diario de Sesiones», recomendaba. Ahora habrá que ver si ABC y Federico Jiménez Losantos están dispuestos a retirar unas insidias que los deshonran en estas fechas. De sabios es rectificar.

Ian Gibson

27 Noviembre 1989

La Pasionaria y el muro de Berlín

Jaime Campmany

Y aquí se nos muere La Pasionaria. No parece sino que sus ojos no hayan querido ver el final de un mundo en el que creyó durante toda su vida, y al que le entregó todas sus fuerzas, desde su juventud hasta su vejez prolongada. Con ella muere entre nosotros una manera violenta, revolucionaria y bélica de entender la política y la confrontación social. Mantuvo de una forma más honorífica que ejercuta la presidencia del Partido Comunista de España, cuando ya se desvanecían las viejas consignas, los viejos modos, las viejas reivindicaciones sin sentido, y cuando ya habían fracasado ruidosamente o con sordina, todos los objetivos utópicos del socialismo real. No sufrió, como su compañero y amigo de tantos años, Santiago Carrillo, el exilio del Partido, el dolor de ver cómo los nuevos camaradas le volvían la espalda; pero también es cierto que ella quedó apartada de las áreas de decisión, y se había refugiado en una posición de vitrina, de relicario, de hornacina o de nicho anticipado. Y ahora, cuando ya se hacía evidente el abandono de los dogmas comunistas y en toda la Europa del Este estallaba la libertad, ella, La Pasionaria, fiel y terca estalinista, ortodoxa predicadora de la doctrina más férrea e inflexible de la dictadura comunista, se ha extinguido y, en cierto modo, ha clausurado en España el siglo XX político. Las masas ya no necesitan su arenga de agitación y de incendio. Las relaciones sociales y laborales van por otros caminos. Uno de los típicos y tópicos discursos de Dolores Ibarruri en la huelga general del 14 de Diciembre hubiese sonado en este país a algo tan viejo como un florilegio oratorio de don Niceto Alcalá Zamora

Es hermoso que su partido, sometido ahora a todas las artes de la cirugía estética, haya llamado a Dolores Ibarruri «flor del siglo XX». Flor ha sido del siglo XX. Para unos, flor aromática, flor mítica, flor casi de leyenda y romance. Para otros, flor fétida, flor carnivora. Sus modos y maneras de entender la política y la reivindicación obrerista llenan este siglo. Pero es hermoso, digo, que a la hora de su muerte no se recuerden expresamente aquellos instantes de su vida y de su obra que más y mejor la definen como una mujer luchadora, de más bravuras que pacificaciones, más amante de la revoución sangrienta que del progreso pacífico hacia la justicia, más partidaria del autoritarismo dictadorial que del diálogo democrático. Es esta una pieded que los españoles nos debemos a nosotros mismos para tratar de ir enterrando, o enterrar definitivamente, todos los malos, los terribles recuerdos de la guerra civil, y de la posguerra y de la preguerra. Y es hermoso que el padre José María Llanos, S. J., el entrañable y estrafalario padre Llanos, aquel Charlie, Charlie, de mi querido y perdido Pedro Rodríguez, le asegure desde el POzo del Tío Raimundo un sitio en el cielo, un lugar seguro de la Gloria. ¡Oh, si lo asientos en la gloria los repartieran y aseguraran los cléricos y no nuestras obras! ¡Que subastas, señores pecadores!

Es hermoso todo esto. Pero la piedad sobre la muerte no puede autorizar la falsificación de la Historia, que es maestra de la vida y de la que todavía tenemos mucho que aprender todos. He leído en algún historiador a la violeta o estudioso de pitimini el relato de aquellos famosos momentos parlamentarios de La Pasionaria en los que amenazó de muerte a don José Calvo Sotelo. Asegura el aprendiz de historiador [Ian Gibson] que aquellas frases no se pronunciaron, por la razón incontrovertible de que no figuran en el Diario de Sesiones de la Cámara. ¡Pero, hombre, señor historiador! Si ese suceso de la inmediata preguerra española está ya aclarado, requeteaclarado y superrequetaclarado. El señor presidente del Congreso, a la sazón don Diego Martínez Barrio, ordenó allí mismo que esas frases no se recogieran en el Diario de Sesiones, pero fueron transcritas por los periódicos del día siguiente, y han sido recogidas y comentadas por cronistas, historiadores y ensayistas de todas las tendencias y de todo los pelajes políticos. Asi lo cuenta, por ejemplo, don Salvador de Madariaga, en su libro ‘España, sexta edición, publicada en México, Buenas Aires, pags. 559 y 560: «El 16 de junio de 1936 pronunció el señor Gil Robles en las Cortes un discurso en el que acusaba al Gobierno de lenidad para con la violencia y el crimen. 160 iglesias destruidas y 251 objeto de incendio o ataque, 269 personas asesinadas y 1.280 heridas; 69 locales políticos destruidos; 113 huelgas generales y 228 parciales, así como numerosos casos de violencia. Por no ser menos, Calvo Sotelo pronunció también un discurso que si bien en sí no iba más allá de lo que como diptuado tenía derecho a decir y hacer, resultaba imprudente en extremo para un hombre de sus opiniones en aquella atmósfera caldeada. Cuando volvió a sentarse, entre protestas y aclamaciones de unos y otros, doña Dolores Ibarruri, célebre hoy con el nombre de La Pasionaria, del Partido Comunista de las Cortes, le gritó: «Ese es tu último discurso». Y así fue.

Que cada cual sea hijo de sus actos y de sus palabras, y no de nuestras falsificaciones. ¡Bien abatido sea el Muro de Berlín! y que Dolores Ibarruri requiescat in pace. Amén.

Jaime Campmany

01 Diciembre 1989

Más sobre Dolores Ibárruri y el asesinato de Calvo Sotelo

Ian Gibson

Los que siguen manteniendo que Dolores Ibárruri amenazó de muerte a José Calvo Sotelo gustan de afirmar que lo hizo durante el debate sobre el orden público celebrado el 16 de junio de 1936. Según Salvador de Madariaga, muy citada por dichas personas, las cosas ocurrieron así: “El 16 de junio de 1936 pronunció Gil Robles, en las Cortes, un discurso en el que acusaba al Gobierno de lenidad para con la violencia y el crimen. Ciento sesenta iglesias destruidas y 251, objeto de incendio de ataque; 269 personas asesinadas y heridas; 69 locales políticos destruidos; 113 huelgas generales y 228 parciales, así como numerosos casos de violencia. Calvo Sotelo pronunció también un discurso que, si bien natural en sí, resultaba imprudente en extremo para un hombre de sus opiniones en aquella atmósfera caldeada. Cuando volvió a sentarse, entre aclamaciones y protestas de unos y de otros, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, del Partido Comunista de las Cortes, le gritó: ‘Este es tu último discurso’. Y así fue”. (España, Espasa Calve, 12ª edición, 1978, pag. 384).

No parece que, al redactar ese párrafo, Madariaga tuviera delante el Diario de Sesiones, pues la confrontación de su texto con el discurso de Gil Robles revela varias pequeñas discrepancias y notables omisiones. Pero es la frase final del párrafo ‘y así fue’, lo que especialmente llama la atención, ya que el último discurso de Calvo Sotelo en las Cortes se pronunció no el 16 de junio de 1936, como da a entender Madariaga, sino el 1 de julio de 1936.

Apoya mi tesis de que Madariaga escribía sin el ‘Diario de Sesiones’ delante el hecho de que no mencione que Calvo Sotelo habló dos veces en aquel tumultuoso debate. Diego Martínez Barrio, que presidió la sesión permitió que tanto Gil Robles como Calvo Sotelo pronunciasen sendas y largas rectificaciones. ¿Prefirió Dolores Ibarruri su amenaza después del discurso de Calvo Sotelo o terminada la rectificación del mismo? Madariaga no lo dice. Cando Calvo Sotelo se sentó después de su discurso, hubo, según el Diario de Sesiones y ABC, aplausos. En la Prensa que he consultado no hay alusión alguna a un grito amenazador de Dolores Ibarruri en aquellos momentos. Luego, al terminar Calvo Sotelo s rectificación hubo otra vez aplausos, según las mismas fuentes. No consta en la Prensa consultad ninguna referencia a una exclamación por parte de La Pasionaria.

Se me dirá que, debido a la censura los diarios no pudieron dar constancia a la amenaza. Pero por aquellos días se reproducían frases mucho más violentas que el ‘Este es tu último discurso’ imputado por Madariaga a la diputada por Asturias, sin dar fuente alguna.

Ricardo de la Cierva (ÉPOCA, número 246) acaba de situar la amenaza durante, no al final de, el discurso de Calvo Sotelo, allí donde el ‘Diario de Sesiones’ indica: ‘Grandes protestas. La señora Ibárruri pronuncia palabras que no se perciben (pag. 1383). “Vaya si se percibieron – apostilla el historiador – Toda España las recordaba; docenas de testigos las avalan”. Pero de tales ‘docenas de testimonios’ el señor De la Cierva no identifica ni uno. Me gustaría qe lo hiciera.

Jaime Campmany, por su parte, se encarga de indicarme lo siguiente en el mismo número de ÉPOCA (después de los insultos de turno): “Ese suceso de la inmediata posguerra española está ya aclarado, requeteaclarado y superrequeteaclarado. El señor presidente del Congreso, a la sazón Diego Martínez Barrio, ordenó allí mismo que esas frases no se recogieran en el Diario de Sesiones, pero fueron transcritas por los periódicos del día siguiente y han sido recogidas y comentadas por cronistas, historiadores y ensayistas de todas las tendencias y de todos los pelajes políticos”.

Yo le pido encarecidamente al señor Campmany que nos revele su fuente para poder afirmar que Martínez Barrios ordenó dicha supresión. Cuando el presidente de las Cortes imponía un supresión, el haberse efectuado ésta constaba en el ‘Diario de Sesiones’, y no hay tal indicación en el caso que nos concierne aquí. ¿Cómo sabe el señor Campmany que hubo una supresión? Que nos haga el favor de decírnoslo. También le ruego que nos aclare en qué periódicos fueron transcritas al día siguiente las amenazas de Dolores Ibarruri, pues no los conozco.

Si toda España se enteró, según Ricardo de la Cierva de aquellas palabras sorprende, en efecto, que no contasen en la Prensa del día siguiente. Y sorprende más que no la comentar allí mismo en las Cortes el propio José Calvo Sotelo. El 17 de junio, INFORMACIONES, entonces el diario más ultraderechista de Madrid, publicó una entrevista con el diputado. Si Calvo Sotelo hubiese recibido una amenaza de Dolores Ibarruri el día antes, es de suponer que lo hubiera mencionado en la entrevista. Pero no dice nada al respecto.

Por lo que toca a una posible amenaza de Dolores Ibárruri contra Calvo Sotelo pronunciada en el debate del 1 de julio de 1936, la única fuente, que yo sepa, es José María Gil Robles. Al comentar la amenaza que sí formulo en aquella ocasión Ángel Galarza contra Calvo Sotelo, escribe el ex jefe de la CEDA: “En medio del escándalo inenarrable que se produjo, podía oírse la voz de Dolores Ibarruri, que gritaba hacia nuestros escaños: “Hay que arrastrarlos” (No fue posible la paz, pag. 680). Yo no sé si dijo aquellas palabras La Pasionaria, que no constan en el ‘Diario de Sesiones’ ni en los periódicos del 2 de julio de 1936 que he consultado. Antes de aceptarlas como fidedignas querría más testimonios y, de todas maneras, difícilmente podrían ser interpretadas, me parece a mí, como deliberada amenaza de muerte dirigida específicamente contra José Calvo Sotelo.

Y no creo que esté demostrado que La Pasionaria amenazara a Calvo Sotelo en las Cortes. Seguir afirmando lo contrario sin pruebas no dice nada a favor de quien lo hacen, especialmente de ABC, diario que se jacta de democrático pero que, a mi juicio, a veces dista mucho de serlo.

Ian Gibson

El Análisis

VÍCTIMA DE LAS CONTRADICCIONES DE SU ÉPOCA

JF Lamata

¿Amenazó de muerte ‘La Pasionaria’ a D. José Calvo Sotelo? «Este hombre ha pronunciado su último discurso» fue la frase que se le atribuyó. Imposible saberlo, aunque sí que desde MUNDO OBRERO se presentó a aquel como enemigo del pueblo a eliminar.  Y sin embargo ‘La Pasionaria’ era para muchos jóvenes izquierdistas un símbolo para todos los «demócratas». Curioso. La ‘demócrata’ Ibarruri que adoró a Stalin y fue la única española en su funeral.

Lo que sí fue  ‘La Pasionaría’ fue antifascista toda su vida. Creyó en el comunismo y le dedicó toda su vida. Y dar una vida a defender el modelo político que crees mejor para tu país puede ser merecedor de respeto. Pero, manías de la historia, ella moría cuando la Europa del Este, el modelo comunista en el que ella tanto había creído, se desmoronaba.

J. F. Lamata

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