8 julio 1994

Con 50 años en el poder es el dictador que más años permaneció en el cargo de todo el siglo XX

Muere el Dictador comunista de Corea del Norte, Kim Il Sung, que será reemplazado por su hijo Kim Jong Il

Muere el Dictador comunista de Corea del Norte, Kim Il Sung, que será reemplazado por su hijo Kim Jong Il

Hechos

El 8.07.1994 falleció Kim Il Sung, fundador de la República Democrática de Corea de la que era Primer ministro, Jefe de Estado y ‘Gran Líder’.

Lecturas

Radio Pyongyang anuncia la muerte, ocurrida el día anterior a consecuencia de un ataque cardíaco, de Kim Il-sung, de 82 años, fundador y único gobernante que ha conocido la República Popular Democrática de Corea desde su creación en 1948. Antiguo guerrillero comunista contra la ocupación japonesa, protegido inicialmente por la Unión Soviética y elevado al poder en la zona de Corea ocupada por los soviéticos después de la Segunda Guerra Mundial, Kim convirtió progresivamente el nuevo Estado en una dictadura personalista de partido único. Fue primer ministro entre 1948 y 1972, presidente desde entonces y máximo dirigente del Partido de los Trabajadores de Corea. Sus más de 45 años ininterrumpidos al frente del país lo convierten en uno de los gobernantes no monárquicos más longevos del siglo XX.

Su relación con Corea del Sur estuvo marcada fundamentalmente por una guerra que nunca terminó jurídicamente con un tratado de paz. En 1950 Kim autorizó la invasión del Sur, desencadenando la Guerra de Corea; la intervención de Estados Unidos y otros países bajo mandato de Naciones Unidas impidió la victoria norcoreana y la posterior intervención china evitó, a su vez, la derrota del Norte. El armisticio de 1953 dejó aproximadamente restaurada la división territorial. Durante las siguientes cuatro décadas se sucedieron enfrentamientos, infiltraciones, atentados y períodos intermitentes de diálogo. Paradójicamente, Kim muere cuando debía celebrar en julio de 1994 la primera cumbre con el presidente surcoreano Kim Young-sam, en medio además de una gravísima crisis internacional por el programa nuclear norcoreano.

La sucesión, insólita para un Estado que oficialmente se define socialista, estaba preparada desde hacía años. Su hijo Kim Jong-il había sido promovido sistemáticamente desde la década de 1970 y quedó públicamente consagrado como heredero en el VI Congreso del Partido de los Trabajadores de 1980. Durante los años siguientes fue acumulando posiciones dentro del partido, el Ejército y el aparato propagandístico. Al morir su padre, lleva por tanto más de veinte años preparándose para sucederlo y encabeza inmediatamente el comité funerario, señal inequívoca de continuidad. Corea del Norte se dispone así a protagonizar algo sin precedentes entre los regímenes comunistas: la transmisión hereditaria del poder supremo de padre a hijo.

CRONOLOGÍA DEL RÉGIMEN DE KIM

1945 — Los soviéticos encuentran a su hombre. Terminada la ocupación japonesa de Corea, Kim Il-sung regresa después de años de actividad guerrillera y estancia en la Unión Soviética. Las autoridades soviéticas lo promocionan como dirigente comunista en su zona de ocupación al norte del paralelo 38.

1948 — Nace Corea del Norte. El 9 de septiembre se proclama la República Popular Democrática de Corea, con Kim como primer ministro. Al sur se había constituido semanas antes la República de Corea. La división provisional de la península empieza a convertirse en permanente.

1949 — Partido único bajo Kim. Se constituye el Partido de los Trabajadores de Corea mediante la integración de organizaciones comunistas. Kim se coloca al frente y comienza progresivamente a eliminar cualquier centro de poder independiente.

25 de junio de 1950 — Invasión de Corea del Sur. El Ejército norcoreano cruza el paralelo 38 con el objetivo de reunificar militarmente la península. Kim cuenta con la aprobación de Iósif Stalin y posteriormente necesitará la intervención masiva de la China de Mao Zedong para impedir la derrota de su régimen. La guerra causa millones de muertos entre militares y civiles y destruye buena parte de la península.

27 de julio de 1953 — Armisticio. Después de tres años de guerra, el frente queda aproximadamente donde había comenzado. No existe tratado de paz. Kim no consigue conquistar Corea del Sur, pero sobrevive políticamente a la catástrofe y utiliza la reconstrucción para reforzar todavía más su poder.

1953-1960 — Las grandes purgas. Kim elimina sucesivamente las facciones que podían disputarle el control del Partido: antiguos comunistas domésticos, dirigentes relacionados con la Unión Soviética, cuadros vinculados a China y antiguos compañeros guerrilleros. Después del fallido desafío interno de 1956, las purgas se intensifican. A comienzos de los sesenta su autoridad es prácticamente incontestable. Las represalias incluyen ejecuciones, desapariciones, encarcelamientos y castigos extendidos a familiares de personas consideradas políticamente desleales.

Década de 1960 — Nace el sistema norcoreano. El régimen desarrolla el songbun, clasificación político-social que distribuye a la población según la supuesta lealtad familiar al Estado y condiciona residencia, educación, empleo y oportunidades. Paralelamente se consolida una extensa red de prisiones y campos de trabajo para presos políticos.

1967 — El culto se convierte en sistema. Después de nuevas purgas internas, la ideología oficial se concentra crecientemente en Kim. Retratos, biografías oficiales, lugares revolucionarios, canciones y educación presentan al «Gran Líder» como centro de la historia nacional. El marxismo-leninismo va adquiriendo una peculiar interpretación nacional mediante la doctrina Juche, basada oficialmente en la independencia y autosuficiencia.

1968 — Máxima tensión con Estados Unidos y el Sur. Un comando norcoreano intenta atacar la Casa Azul y asesinar al presidente surcoreano Park Chung-hee. Ese mismo año Corea del Norte captura el buque estadounidense USS Pueblo y mantiene prisionera a su tripulación durante once meses.

1972 — Kim se convierte en presidente. Una nueva Constitución sustituye su cargo de primer ministro por una Presidencia creada para él. El poder personal queda institucionalizado alrededor del jefe del Estado.

1974-1980 — Preparando una dinastía. Kim Jong-il, hijo del dirigente, comienza a ser promocionado como sucesor. En el congreso del Partido de 1980 aparece públicamente situado en la jerarquía que debe permitirle heredar el poder. La República que proclama representar a obreros y campesinos está construyendo una sucesión familiar.

Década de 1980 — Represión y aislamiento. Continúa funcionando el sistema de campos políticos, trabajos forzados, vigilancia colectiva y castigo de familias asociadas a supuestos enemigos del régimen. Organizaciones de derechos humanos atribuyen al sistema creado bajo Kim ejecuciones públicas, desapariciones forzadas, torturas y encarcelamientos políticos en condiciones capaces de producir la muerte de los detenidos.

1983 — Atentado de Rangún. Agentes norcoreanos son responsabilizados del atentado perpetrado en Birmania contra el presidente surcoreano Chun Doo-hwan. Éste sobrevive, pero mueren 21 personas, entre ellas varios miembros de su Gobierno.

1987 — Vuelo 858 de Korean Air. La explosión de un avión surcoreano causa 115 muertos. Una agente norcoreana capturada, Kim Hyon-hui, atribuye la operación a los servicios de Corea del Norte. El episodio refuerza internacionalmente la consideración del régimen como patrocinador del terrorismo.

1991 — Las dos Coreas ingresan en Naciones Unidas. Norte y Sur ingresan simultáneamente en la ONU y alcanzan acuerdos de reconciliación, no agresión y desnuclearización que hacen pensar brevemente en una reducción de las tensiones.

1991-1994 — Se hunde el mundo que sostenía a Kim. La desaparición de la Unión Soviética priva a Corea del Norte de un aliado, suministrador y socio económico fundamental. La economía norcoreana se deteriora gravemente mientras China normaliza sus relaciones con Corea del Sur. La política de autosuficiencia muestra crecientemente sus limitaciones.

1993-1994 — Crisis nuclear. Pyongyang anuncia su intención de abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear y entra en una peligrosa confrontación con Estados Unidos por las inspecciones de sus instalaciones nucleares. La mediación del expresidente estadounidense Jimmy Carter contribuye a rebajar temporalmente la tensión en junio de 1994.

Julio de 1994 — Una cumbre que nunca llegará. Kim acepta reunirse con Kim Young-sam en lo que habría sido la primera cumbre entre los dirigentes de las dos Coreas desde la división.

8 de julio de 1994 — Muere el fundador. Kim Il-sung fallece de un ataque cardíaco a los 82 años. El régimen espera más de treinta horas antes de comunicarlo. Kim Jong-il encabeza el comité funerario y queda situado como sucesor.

Georgina Higueras

10 Julio 1994

Primera y única página

Georgina Higueras

Leer

La súbita muerte de Kim Il Sung cierra la primera y única página de la historia de Corea del Norte en un momento de suma trascendencia política. El hombre que ha llevado con puño de hierro la República Democrática Popular desde su fundación, en 1948, ha muerto en vísperas del encuentro con su enemigo del Sur. La primera cumbre entre los presidentes de la dividida península coreana, Kim II Sung y Kim Young Sam, estaba prevista para el próximo día 25. Ahora, el Kim del Norte está muerto y la incógnita de lo que hubiera supuesto esa cumbre queda borrada por el tremendo interrogante que supone la pérdida del llamado Gran Líder.Desaparecido lósif Stalin, el gran valedor de Kim II Sung y Mao Zedong, el vecino que no, dudó en apoyarle en la contienda desatada por Corea del Norte contra eldemonio capitalista del Sur y su aliado EE UU, a comienzos de los años cincuenta, el Gran Líder se había quedado solo. «China y Corea del Norte siguen manteniendo muy buenas relaciones, pero el culto a la personalidad que mantiene el régimen de Pyongyang nos hace recordar a nosotros los duros tiempos de la gran revolución cultural [1966-1976] e impide un mejor entendimiento entre los dos Gobiernos», afirmaba el mes pasado un diplomático chino.

El aislamiento y el secretismo que rodean al régimen norcoreano, cuya única cabeza visible era Kim II Sung, hacen muy difícil predecir cuál será el rumbo que tomará Kim Jong II, el sucesor de la única dinastía comunista que ha conocido el mundo.

No existe oposición conocida. No hay militares, ni políticos, ni burócratas que destaquen. No hay nombre a quien referirse más allá de Kim II Sung. El Gran Líder formó una masa de súbditos compacta y sumisa y sólo cuando sintió que podían flaquearle las fuerzas elevó a los altares a su hijo como único heredero de su obra.

«Lo único que está claro es que la situación de Corea del Norte no seguirá como está», aseguraba hace unas semanas en Seúl el diputado del gobernante Partido Liberal Democrático, Kang Sam Jae.

Cientos de intelectuales, militares, economistas y políticos surcoreanos se dedican desde hace años a analizar todos los escenarios posibles tras la muerte del presidente norcoreano o la caída de su régimen.

Lo primero que ha declarado la delegación norcoreana que se encuentra en Ginebra para iniciar la tercera ronda de negociaciones con EE UU es que la situación en su país es de «absoluta normalidad». Con ello ha querido dar al traste con lo vaticinado por muchos observadores de que la desaparición del Gran Líder sumiría al país en la inestabilidad. Pero el que los norcoreanos, en este momento de dolor, permanezcan unidos no quiere decir que el inevitable cambio que la muerte de un dictador supone no esté ya cociéndose en la oscura olla del régimen, de Pyongyang.

Precisamente en las negociaciones de Ginebra, ahora suspendidas, Pyongyang buscaba un mayor reconocimiento internacional y una apertura de vías comerciales que permitieran al país salir de la fuerte crisis económica por la que atraviesa y que ha colocado a buena parte de la población al borde del hambre. Estados Unidos, a su vez, quería asegurarse que el régimen norcoreano dejase de jugar la baza de si tiene o no capacidad nuclear bélica y obligarle, a cambio de ciertas prebendas, a seguir las reglas del juego internacional, que no permiten a los parias del mundo amenazar con botones nucleares.

Tanto Washington como Seúl han expresado sus condolencias y su deseo de que puedan reanudarse las negociaciones bilaterales. Tal vez el espeso velo que cubre la política norcoreana que daría definitivamente rasgado si Kim Jong II asumiera también el último reto de su padre y mantuviera la cumbre con Kim Young Sam.

«Sabemos que Kim Jong Il se ha rodeado de un equipo de tecnócratas, pero también que su posición es vulnerable porque ha fracasado en la única gran misión que ha tenido hasta ahora, sacar al país de la crisis económica», asegura Kil Jeong Woo, investigador del surcoreano Instituto para la Reunificación Nacional.

Tanto los norcoreanos como los surcoreanos están convencidos de que el país ha de reunificarse antes o después, porque la decisión les fue impuesta desde fuera por las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial, EE UU y la URSS. Y Seúl veía en Kim Il Sung el principal obstáculo para esa reunificación.

Convertida en uno de los dragones asiáticos, Corea del Sur ha experimentado en la última década un crecimiento económico que permite a sus habitantes aventurar que sus familiares y vecinos del Norte vivirían mejor bajo su política capitalista. La situación económica de Corea del Norte es tan mala qué a Kim Jong II parece no quedarle otra solución que acercarse al Sur para buscar una salida a la crisis.

Li Han Ku, director del Instituto de Investigación Económica de Dae Woo -uno de los cinco grandes conglomerados surcoreanos-, señala que una unión amistosa permitiría dar un fuerte impulso a la economía norcoreana e incluso acelerar el ritmo de crecimiento del Sur, situado actualmente en un 7% anual.

Rodeada por dos gigantes territoriales y políticos, como China y Rusia, y otro económico, como Japón, la mayoría de los coreanos considera que la reunificación es casi un deber.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

10 Julio 1994

Cambio de Kim

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

KIM IL SUNG pudo decir que duró más que el comunismo soviético. La muerte anunciada ayer del jefe del Estado norcoreano se produce en un momento de peligroso aislamiento de su país, inducido ‘ por las ambiciones nucleares de su propio líder, pero también cuando alienta la posibilidad de que Pyorigyang busque un mejor lugar en el mundo.Kim II Sung, oficialmente reinante desde 1948, con la constitución del régimen comunista de Corea del Norte y la división de la península coreana, y en la práctica desde 1945, tras la derrota de los japoneses, era la viva imagen del líder dado a todas las sicofancias. Dictador estrecho de miras, mal estudiante según sus mentores soviéticos, ridículamente pagado de su obra, rodeado de monumentos en el más rotundo estilo estalinista, Kim Il Sung desaparece sin haber comprendido, con gran probabilidad, lo que ha sucedido a su alrededor en los últimos años con el derrumbe, del imperio de Moscú.

No carente de cierta habilidad maniobrera para tener a raya a China, con la sombra de la URSS y no dejarse ahogar por el abrazo soviético porque allí estaba Pekín, el líder norcoreano era, sobre todo, un superviviente. Y precisamente porque tenía en tan alta estima su continuidad había previsto oficialmente que su hijo Kim Yong II, hoy de 52 años, le sucediera en el trono de Pyorigyang, aunque hoy aún no hay anuncio sucesorio.

La crisis por la que atraviesa el régimen norcoreano nace de su negativa a admitir el control externo de sus instalaciones nucleares, que Pyongyang se comprometía a no dedicar más que a usos pacíficos por la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear en 1985. Establecidas determinadas dudas en Washington sobre la fiabilidad de esas garantías, el presidente Clinton ha hecho del doblegamiento de Corea del Norte en la materia uno de los principales tests de su política exterior.

En las últimas semanas, tras la visita mediadora del ex presidente Cartera Kim II Sung, la tensión había cedido considerablemente y comenzaba a abrirse paso la idea de que la amenaza nuclear norcoreana, fundamentada o como mero bluff, era una carta negociadora del líder, ahora fallecido, para negociar el reconocimiento diplomático y la ayuda económica norteamericana. Al fin y al cabo, podía decirse Kim, Il Sung, si Vietnam, que derrotó a Estados Unidos en una guerra aún mucho más feroz que la de Corea -donde la lucha acabó en tablas-, se halla ahora en inmejorables relaciones con Washington, por qué Pyongyang -junto con la Cuba de Castro- ha de seguir siendo un apestado.

Para fin de julio estaba prevista una cumbre entre el difunto y el presidente de Corea del Sur, Kim. Young Sam, la primera de ese género desde la división de la península. Pronto sabremos si simplemente habrá un cambio de Kim, y el hijo, luego de entronizado, se da seriamente a la negociación.

Kim Yong II, con excelente reputación como inductor de terroristas, hombre de los servicios de seguridad y único sucesor con denominación de origen para el fundador de la dinastía, pasa, sin embargo, por ser un pragmático. A EE UU le sería, quizá, más fácil negociar con el hijo que con el padre, pero lógicamente esperará a que se produzca una aparente consolidación sucesoria. antes de hacer o escuchar propuestas sustantivas.

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

10 Julio 1994

Kim, la muerte de un tiranosaurio

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Leer

Los 22 millones de norcoreanos nunca han bebido una Coca-Cola, han oído una canción de los Beatles o han visto las imágenes de Amstrong al llegar a la luna. «Un mundo que ni siquiera Orwell pudo imaginar», decía ayer un diplomático occidental en Pyongyang, la capital de Corea del Norte.

Así es el país que sobrevive a Kim Il Sung, que falleció inesperadamente en la madrugada de ayer tras más de 45 años en el poder. Muere dejando una Corea del Norte sumida en una grave crisis política y aislada de la comunidad internacional, con una economía paralizada y un creciente descontento en el Ejército, el principal apoyo histórico del desaparecido dictador.

Kim Il Sung, con menos de 20 años, había luchado contra los japoneses en Manchuria. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en las filas del Ejército Rojo, donde alcanzó el grado de capitán. En 1948, y con el apoyo de Stalin -su aliado y mentor político- proclamó la República Democrática de Corea del Norte, que ha gobernado con mano de hierro, fomentando un culto a la personalidad que ha superado al consagrado a Ceausescu, Mao o el propio Stalin.

«El sol de la humanidad que ilumina el mundo» -como se le denominaba servilmente- invadió Corea del Sur en 1950, desencadenando una guerra que duró tres años y que motivó la intervención de EEUU bajo la tapadera de las Naciones Unidas. Tres millones de personas perdieron la vida durante aquel conflicto, que fue el primer aldabonazo de la Guerra Fría.

Cuarenta años más tarde, Corea del Norte vive otra gravísima crisis política, derivada de la negativa a permitir la inspección de sus instalaciones atómicas y de la amenaza de abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear. EEUU considera que hay pruebas de que el régimen de Pyongyang está desarrollando armamento nuclear, lo que ha llevado al Pentágono a preparar incluso planes de ataque para desmantelar dichas instalaciones. La comunidad internacional ha aprobado sanciones contra Corea del Norte, sometida así a un bloqueo comercial que ha acabado por colapsar su maltrecha economía.

La muerte de Kim Il Sung -que será enterrado el próximo día 17 como un monarca feudal y sin la presencia de extranjeros- supondrá probablemente a medio plazo una profunda transformación de este país, cuyo único y fiel aliado es ahora China, con el que comparte una enemistad secular hacia Japón.

En ese sentido, parece poco probable que se consolide como sucesor la figura de Kim Jong Il, de 52 años, hijo del presidente fallecido, número dos del aparato del Estado y comandante supremo del Ejército. Jong tiene fama de bebedor empedernido, mujeriego y aficionado al cine americano y parece que goza de escaso crédito entre los descontentos militares.

Todo apunta a que la muerte de Kim Il Sung será el preludio de un cambio de enormes dimensiones en un país que era el último reducto del estalinismo, como sucedió en China tras la desaparición de Mao o en Albania de Enver Hoxa. Una página de la historia se ha vuelto en Corea del Norte.

El Análisis

¿PARTIDO COMUNISTA, DINASTÍA O RELIGIÓN?

JF Lamata

¿Qué acaba de perder Corea del Norte: un presidente, un secretario general, un monarca o una divinidad política? Formalmente, Kim Il-sung presidía una dictadura comunista de partido único construida sobre el modelo estalinista: propiedad estatal, planificación económica, partido hegemónico, policía política, campos de prisioneros, censura y eliminación de cualquier oposición organizada. Stalin proporcionó además el apoyo soviético que permitió inicialmente su ascenso y Mao salvó militarmente su régimen cuando la Guerra de Corea amenazó con destruirlo. Pero durante cuatro décadas Kim fue transformando aquel modelo importado en algo específicamente norcoreano. El marxismo cedió espacio al Juche; el partido quedó subordinado al líder; la biografía de Kim se convirtió en relato fundacional de la nación y su persona adquirió una veneración que excede ampliamente el culto habitual reservado a un jefe de Gobierno. No es una monarquía en términos constitucionales, pero resulta difícil ignorar el elemento dinástico cuando el sucesor del fundador no será el dirigente más poderoso del partido ni el general más prestigioso, sino su hijo.

Tampoco es literalmente una secta, aunque la comparación ayuda a comprender una dimensión que las etiquetas políticas convencionales no explican por completo. El Estado controla información, educación y asociaciones; clasifica a sus habitantes según su fidelidad política; exige reverencia pública hacia el líder y ha convertido su biografía en una narración omnipresente de legitimidad nacional. Organizaciones que han estudiado el régimen documentan además un sistema de castigo que alcanzaba no sólo al disidente sino también a su familia. Lo extraordinario de la muerte de Kim no será, por tanto, comprobar si sobrevive el comunismo norcoreano, sino comprobar si un régimen creado alrededor de un hombre es capaz de convertir el culto a ese hombre en legitimidad hereditaria. Stalin no dejó la URSS a su hijo y Mao no dejó China a los suyos. Kim Il-sung ha preparado durante veinte años exactamente eso. Si Kim Jong-il consigue sucederlo, Corea del Norte seguirá siendo institucionalmente una dictadura comunista, pero habrá añadido a la estructura de Stalin algo que Stalin jamás consiguió ni intentó institucionalizar: una dinastía.

JF