11 junio 2000
Muere el dictador de Siria, Hafed el Asad [Al Assad], ‘El León de Damasco’ que será sustituido por su hijo Bashar al-Ásad
Hechos
- El 10 de junio de 2000 falleció el Presidente de Siria, Hafez al-Assad
Lecturas
Hafed el Asad [Al Assad] era dictador de Siria en régimen de partido único, el Baas, desde que tomó el poder con un golpe de Estado en 1970.
El nuevo dictador será su hijo Bashar al-Ásad, que ocupará el poder de manera absoluta hasta el estallido de la ‘primavera árabe’ en marzo de 2011. Su derrocamiento definitivo se producirá en diciembre de 2024.
11 Junio 2000
La muerte de Asad
La muerte, anunciada ayer en Damasco, del presidente sirio, Hafed el Asad, abre inmensas incertidumbres para el futuro del proceso de paz en la región. Asad llevaba casi 30 años como líder indiscutido. Desde que se hizo en 1971 con el poder absoluto, gobernó con mano de hierro, apoyado en una omnipresente policía política que reprimió toda disidencia o intriga en su contra. Pero Asad ha sido también un dirigente previsible que jamás se dio al aventurerismo político o militar. Duro negociador, nunca dejó de cumplir aquello que había acordado. Su influencia en Líbano y otros países le convirtieron en pieza clave para cualquier solución a la crisis de la región.Asad ha muerto poco después de que fallecieran los reyes Hussein de Jordania y Hassan II de Marruecos. Su sucesor será, según todo indica, su hijo Bachar el Asad, debido a la muerte en accidente de su primogénito. Bachar, de 36 años, es médico y tiene una sólida formación occidental; también esto en un claro paralelismo con los nuevos monarcas en Rabat y Ammán. Sin embargo, el sucesor de Asad no puede arroparse con legitimidades históricas como los nuevos reyes de Jordania y Marruecos. Habrá de contar con el beneplácito del todopoderoso Ejército y del servicio de espionaje. Por eso, nadie debe esperar cambios espectaculares en la política de Siria en la región, y en especial en lo que se refiere a las negociaciones de paz con Israel. La exigencia de la devolución de los altos del Golán en su totalidad seguirá siendo la piedra angular y se mantendrá previsiblemente la política de fuerza y pragmatismo del estadista ahora fallecido. La gran incógnita está precisamente en la capacidad de consolidarse en el poder del joven sucesor, escasamente integrado en el aparato del Partido Baaz de su padre y en el propio Ejército. En todo caso, con la muerte de Hafed el Asad desaparece uno de los grandes protagonistas de la historia y el presente de Oriente Próximo.
11 Junio 2000
LA MUERTE DE ASAD, UNA OPORTUNIDAD PARA LA PAZ
Hafez Asad sólo tenía una obsesión en los últimos años de su vida: cerrar un acuerdo de paz honorable con Israel que le permitiese recuperar los Altos del Golán. Ha muerto sin ver cumplido su gran sueño. Su desaparición crea una profunda incertidumbre sobre el futuro de Siria, un pequeño país de 11 millones de habitantes, clave para la estabilidad en Oriente Próximo.
Horas después del fallecimiento de Asad, y con una urgencia inusual, el Parlamento de Damasco se reunía para cambiar el artículo de la Constitución que exige haber cumplido 40 años para ser jefe de Estado del país. La edad legal se rebaja a 34 años, que son los que tiene Bashar Asad, hijo del presidente sirio, elegido por su padre como sucesor en 1994 tras la muerte de su hermano mayor.
Las previsiones hereditarias se cumplieron fielmente, en la mejor tradición monárquica. Asad, como hiciera Kim Il Sung en Corea del Norte, deja la presidencia de la República a su hijo, un oftalmólogo educado en Inglaterra, con vocación científica y aficionado a Internet. En los últimos años, con su padre gravemente enfermo, había ido tomando ya progresivamente las riendas del poder. Ha impulsado la modernización económica del país y la lucha contra la corrupción, pero no ha conseguido restar privilegios al Ejército ni a los barones del Baaz, el partido único de Siria, que gana las elecciones con el 99% de los votos.
¿Podrá Bashar consolidarse en el poder y pactar una coexistencia razonable con Israel? ¿Tiene suficientes apoyos internos? No es fácil responder a estas preguntas en un país donde el secreto forma parte de la vida política. Hafez Asad dirigió con mano implacable el país durante 30 años, sobreviviendo a conspiraciones familiares e intentos de golpe de Estado. Hombre frío y de extraordinaria inteligencia, según le describió Kissinger, Asad logró edificar a sangre y fuego un Estado laico y aliado con la Unión Soviética durante varias décadas.
Asad luchó como soldado contra Israel en la guerra de 1967 y, siete años más tarde, ordenó una nueva ofensiva para recuperar los Altos del Golán. Siria perdió militarmente y Asad se negó a negociar con los judíos, a diferencia de Egipto, que firmó la paz en 1979, y Jordania, que lo hizo en 1994. Asad prosiguió la guerra contra Israel en El Líbano, donde su ejército sufrió nuevas humillaciones.
Al odio visceral contra Israel se sumaba un fuerte rechazo a la hegemonía estadounidense en la zona. Apoyó a Sadam Hussein cuando éste invadió Kuwait, lo que le contribuyó a aumentar el aislamiento internacional de Siria.
En sus últimos años, Asad tomó conciencia de que nunca conseguiría aplastar militarmente a Israel y empezó a acariciar la idea de un acuerdo con su vecino. Pero le faltó tiempo para concluir sus planes. Su hijo será el encargado de llevarlos a cabo si logra consolidarse en el poder. De momento, la desaparición de Asad crea un enorme vacío político en Siria pero, a la vez, una gran oportunidad para lograr una paz que parecía imposible hace pocos años.
El Análisis
La muerte de Hafez al Asad, después de tres décadas de poder absoluto, deja tras de sí un legado tan oscuro como la policía política que garantizó su dominio. Gobernó con mano de hierro, acumulando enemigos dentro y fuera de Siria, mientras construía un régimen sostenido por el miedo y la opresión. Sin embargo, en las primeras planas españolas, los epitafios periodísticos parecen más interesados en mitificar al dictador que en desmenuzar las ruinas que deja tras su partida. Jesús Ceberio, en El País, lo despide con el aura de un estadista previsible y pragmático, olvidando que el precio de esa «estabilidad» fue la sangre de miles de disidentes. Pedro J. Ramírez, en El Mundo, sugiere que Asad buscaba una paz honorable con Israel, pero omite que sus obsesiones belicistas y su alianza con la corrupción militar minaron cualquier avance real.
Ambos editoriales, aunque desde enfoques diferentes, parecen compartir una extraña indulgencia hacia el autoritarismo de Asad, escudándose en los argumentos de realpolitik. La sucesión dinástica que lleva a Bashar al poder, comparada sin sonrojo con la «mejor tradición monárquica», pasa casi desapercibida como lo que es: la perpetuación de un régimen autocrático que seguirá negando libertades y derechos básicos. La muerte de un tirano puede ser un hito histórico, pero la auténtica incógnita está en por qué los guardianes del análisis crítico han preferido suavizar las aristas de una dictadura disfrazada de pragmatismo. ¿Será que el «León de Damasco» supo también amansar las plumas occidentales?
J. F. Lamata