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Muere el escritor Ernst Jünger, autor de ‘Tempestades de acero’ o ‘Abejas de Cristal’, a los 102 años

HECHOS

Falleció el 17 de febrero de 1998.

18 Febrero 1998

Apóstol de la guerra, converso de la paz

Pedro García Cuartango

Exaltado y reconocido como uno de los grandes escritores del siglo, Ernst Jünger, fallecido ayer en Wilflingen a los 102 años de edad, era también uno de los intelectuales europeos más cuestionados y criticados por su connivencia ideológica con el nazismo antes de la llegada al poder de Hitler en 1933.

Jünger era mucho más que un novelista y un filósofo: luchó en las dos contiendas mundiales, fue condecorado con la más alta distinción prusiana por su valor en la guerra de 1914, tenía una de las mayores colecciones de insectos del mundo y poseía decenas de relojes de arena y miles de libros antiguos.

Nacido en el seno de una familia burguesa en Heidelberg, Jünger recibió una educación humanista pero cargada de tintes nacionalistas y prusianos, que hicieron de él un adolescente intolerante y radical. A los 16 años, quiso alistarse en la Legión Extranjera francesa en Africa, pero su padre, de profesión químico, se lo impidió in extremis.

Con apenas 19 años, Jünger se enrola en el Ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. Es destinado a las trincheras cerca de Verdún. Volverá un cuarto de siglo después formando parte de las fuerzas de ocupación de la Wehrmarcht. Su partipación en el conflicto es probablemente la experiencia más importante en la vida del centenario escritor y poeta, que recibe 14 heridas y es premiado por su arrojo.

Obsesionado por lo bélico y fascinado por un sentimiento de exaltación del peligro, Ernst Jünger escribe en 1920 Tempestades de acero, novela en la que narra de forma realista los horrores de la gran contienda europea. «La guerra es la madre de todos nosotros, nos ha forjado y troquelado tal como somos», subraya entonces.

El libro vende más de 50.000 ejemplares en Alemania y otorga notoriedad al joven escritor, que decide dejar el uniforme. En 1923, Jünger comienza a estudiar zoología y, concretamente, se interesa por la biología de los peces. Nace en esta época su gran pasión por los insectos, especialmente por los escarabajos y las mariposas, una afición que mantuvo durante toda su vida. Jünger llegó a coleccionar 50.000 especímenes, atrapados en los cinco continentes.

Muchas de las páginas del escritor alemán están dedicadas a la caza sutil, es decir, a su pasión por catalogar y estudiar estos animales. En cierta forma, la mirada del entomólogo trasciende de los minúsculos seres vivos a la sociedad humana, cuyo juego de diferencias e identidades no escapa al agudo observador que es Jünger.

En 1925, contrae matrimonio con Gretha von Jeinsen, de la que tendrá dos hijos y con la que vivirá más de 30 años. Poco después de su muerte, Jünger volvió a desposarse con Liselotte Lohrer, traductora y helenista, con la que realizó numerosos viajes.

A finales de los años 20, el maestro de Heidelberg publica El trabajador, un ensayo en el que traza una visión apocalíptica del progreso. La técnica, según la visión de Jünger, destruye la esencia individual del hombre y crea masas uniformizadas, que necesitan un líder para canalizar su energía. La ideología de Jünger en esa época, influido por Nietzsche, es ambiguamente totalitaria y nihilista, lo que le hace ser uno de los autores de referencia del ascendente movimiento nacionalsocialista. Hitler intentó, a través de varias cartas personales, reclutarle para las filas del partido nazi e incluso llegó a ofrecerle un acta de diputado. El aristocrático y elitista Jünger se negó a entrar en una formación de carácter populista, cuyos líderes despreciaban públicamente la cultura.

La ruptura definitiva de Jünger con el nazismo se produce en 1939, meses antes de la Segunda Guerra Mundial. En esa fecha, publica Sobre los acantilados de mármol, una parábola sobre los excesos del régimen nazi. La novela cuenta la amenaza que provoca un tirano sobre un país idílico, donde sus gentes viven en armonía con la naturaleza. Su existencia se ve perturbada por los afanes expansionistas de un guerrero, que quiere anexionarse el territorio. Obviamente, ese líder de la guerra es Hitler, que prohíbe el alegórico relato al poco de aparecer. Jünger es calificado de traidor por las juventudes nazis. Años más tarde, el autor de la narración explicaría que su obra había nacido como fruto de un «rechazo estético» al nacionalsocialismo, ya que le parecía de «mal gusto» que la gente saliera a la calle a romper los escaparates de los comercios judíos.

En el verano de 1939, Jünger es llamado a filas. Tras un itinerario por varias ciudades alemanas, es enviado como capitán al frente de Francia. En su monumental diario Radiaciones, con una prosa refinada y profunda, narra las semanas que transcurren ociosas mientras los dos bandos intercambian disparos que se pierden en el aire. Jünger vivía en una caseta de cañas y barro, ya que sentía alergia a los barracones militares de cemento armado.

En 1940, es destinado a la retaguardia de las tropas que invaden Francia. Mientras los blindados de la Wehrmarcht avanzan, Jünger, que viaja a caballo, se hospeda en castillos medievales, examina sus incunables y hace votos por la amistad entre Francia y Alemania. La primera parte de Radiaciones es una visión escéptica de la guerra, en la que su autor muestra su pesimismo sobre el futuro.

Jünger traza una crónica minuciosa de la ocupación pero no hay ya triunfalismo ni belicismo en sus palabras. Se siente identificado con la cultura francesa y reflexiona sobre lo absurdo de un conflicto que lleva a Alemania a anexionarse una nación por la que siente un enorme atractivo emocional.

En 1941, los servicios del capitán Jünger son reclamados por el alto mando del Ejército en París. Nada más llegar, empieza a redactar un opúsculo, La paz, en el que se inclina por las tesis kantianas de abolición universal de la guerra. Defiende una concepción de una Europa unida y en buena armonía, renegando ya expresamente del expansionismo militar de Hitler.

Durante su estancia en París, donde se aloja en el hotel Raphael, el oficial del Ejército invasor visita a Picasso, cena con Gide, alterna con Jouhandeau, Cocteau, Montherlant, Giraudoux y Morand y protege a algunos de sus amigos del ojo de la Gestapo. Jünger es un visitante asiduo de la tertulia del hotel Ritz, en la que discute con entera libertad con sus amigos y protectores, el coronel Speidel y el general Karl Heinrich von Stülpnagel, comandante militar de la capital francesa.

Tras una breve estancia en el frente ruso, vuelve en 1942 a París. En octubre de 1943, recibe una carta de un oficial destinado en Lodz (Polonia), que le cuenta con pelos y señales las atrocidades de las SS. Jünger sufre una conmoción que le impulsa a teorizar sobre la necesidad de acabar físicamente con Hitler, al que siempre llama Kniebolo en sus diarios.

«Es cuestión de romper la coraza, llegar hasta Kniebolo y solucionar el problema en cinco minutos», escribe a finales de 1943, siendo consciente de que la guerra está perdida. Jünger no participó, sin embargo, en la intentona de julio de 1944 contra el dictador nazi, que salió milagrosamente ileso tras estallarle una bomba en la sala en la que se hallaba con varios generales.

Von Stülpnagel, como más de un centenar de oficiales del Ejército, es cruelmente ejecutado por su implicación en el atentado. A Jünger, que no sabía nada y adoraba a Von Stülpnagel, se le expulsa de filas bajo la sospecha de alta traición. Vuelve a su casa de Kirchorst, en los alrededores de Hannover, donde le esperan su mujer y uno de sus hijos. Su otro hijo, militante antinazi con el que nunca se entendió, acababa de morir en el frente.

La guerra termina y Jünger es investigado por los vencedores. Sus libros son prohibidos hasta 1949 y su quehacer literario, denostado y proscrito. Al hombre que estuvo a punto de ser asesinado por la Gestapo, se le considera un peligroso activista nazi.

Sumido en el silencio y en la lectura de los clásicos, se establece en 1950 en Wilflingen, en el sur de Alemania, donde reside 47 años hasta su fallecimiento. En esta última y larga etapa de su vida, Jünger produce magníficas novelas como Abejas de cristal, la futurista Heliópolis, Eumeswil y Visita a Godenholm, que le vuelven a colocar en primera línea de los narradores alemanes, junto a la nueva generación de la posguerra encabezada por Günter Grass y Heinrich Böll, con los que apenas tiene afinidad. Jünger se halla mucho más próximo al universo de Thomas Mann o de Heidegger, por el que sentía una gran simpatía intelectual.

Su rehabilitación llega en 1985, año en el que Mitterrand y Kohl le visitan en su 90 cumpleaños. El presidente francés lo califica de «hombre libre» y alaba sus méritos literarios. Al cumplir los cien años, se retrata fumando un puro y bebiendo un vaso de vino. Es la última imagen que nos ha quedado de este apóstata del siglo XX, que vivió fascinado por un pasado heroico que, tal vez, nunca existió.

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