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Muere el histórico periodista de Gijón, Francisco Carantoña Dubert, ex Director de EL CORREO DE GIJÓN

HECHOS

El 8 de diciembre de 1997 falleció D. Francisco Carantoña Dubert.

10 Diciembre 1997

Paco Carantoña

Juan Ramón Pérez Las Clotas

Me piden, bajo el apremio de la actualidad que tan bien conozco por oficio, una semblanza de Francisco Carantoña. Me siento incapaz de improvisarla ahora, afectado como estoy por la noticia de la muerte de quien fue, antes que un admirado colega, un amigo entrañable. Tengo a mano, sin embargo, unas palabras que pronuncié, no hace mucho en el Ateneo Jovellanos al presentar una intervención suya. A ellas me remito sin cambiar otra cosa que el tiempo de algunos verbos. Al poner dolorosamente en pasado lo que fue escrito en presente siento como se hace manifiesta una ausencia a la que será difícil acostumbrarse.

Un joven Paco Carantoña, a quien aún veo cruzando la calle Corrida a grandes zancadas, calzado con unos enormes zapatones y enfundado en un oscuro tabardo de color indefinido o sentado en el altillo de la cafetería Montana, leyendo LE MONDE, llega a Gijón a mediodía de 1945. Me gusta recordar ahora, al evocar su figura inconfundible, que la ciudad con la que iba a encontrarse salía de un tiempo duro y difícil, en el que el mero ejercicio de la supervivencia implicaba un esfuerzo escasamente remunerador.

Y lo que venía era que nuestra ciudad iba a entrar en lo que alguien calificó como la euforia más grande y alegre de su historia, incluso de los años dorados de la I Guerra Mundial cuando era el chiquito Londres de la generación de nuestros padres, que bailaba el charlestón en el Kursal y de la calle Corrida y gastaba indiscriminadamente las fáciles fortunas del carbón. De ese tiempo iba a ser Paco Carantoña testigo lúcido y protagonista indiscutible. Si él y todos nosotros teníamos conciencia de que algo importante estaba pasando, no lo era menos en el estricto y entrañable ámbito profesional. Al viejo periodismo de perfiles mínimamemnte domésticos, sistemas informativos anacrónicos y con una concepción de la noticia entendida como pura refernecia amistosa iba a suceder bien pronto una formulación crítica y tecnificada. Permítanme que evoque en este punto, con respeto y emoción, a aquellos cuatro entrañables mosqueteros que fueron Espiniella, Tejedor, Ramón SUárez  Riestra, llenando cuartillas salpicadas de vinos sobre las mesas de Casa Zarracina – intercambiándose confidencias y repartiendo adjetivos, siempre cariñosos a personas e instituciones locales. Era, como digo, un gran cambio, pero déjenme también confesar que, como en otras muchas cosas, no sabría precisar bien si ello significaba progreso.

Lo que hoy nos impresiona es cómo en bien poco tiempo Paco fue dueño de la situación de un modo riguroso, eficaz y consciente. Era el comienzo de una simbiosis que iba a durar 40 años entre un hombre y una ciudad, hasta el punto de que resulta difícil encararse con la historia reciente de ésta sin que la figura del periodista no deje de manifestarse como parte esencial de la misma. Si una biografía es siempre por encima de su condición de revelación personal, es retrato de un tiempo y de una sociedad, en el caso concreto de la de Carantoña, el axioma alcanzó el más alto grado de cumplimiento.

Quiero creer ahora que la primera lección que en aquellos días aprendió Carantoña de los gijoneses fue que si a éstos no les gustan las indecisiones tampoco son partidarias de que quienes ejercen algún tipo de magisterio sean irreflexivos e imprudentes. Y por eso el ejercicio de auténtico funambulismo que realizó sobre esta sutil línea divisoria fue sin duda su gran y fundamental acierto inicial.

Volviendo la vista a aquellos años se comprende que este esencial sentido del equilibrio fuera el determinante esencial de su trabajo a lo largo de las etapas políticas de las que le tocó ser testigo, y en alguna ocasión, actor principal. Mis viejos compañeros saben bien que sus relaciones con la censura son pura leyenda del periodismo asturiano. Salvo excepciones los periodistas de la época no se preocupaban en ahondar en la situación.

Alquimia perfecta.

Lo que Carantoña conseguía producir entre él y sus lectores, que eran los gijoneses, entraba así en el terreno de lo mágico, y era el resultado de una alquimia casi perfecta: conseguir que quienes le leía cada mañana se reconocieran en los juicios y opiniones por él expresados. Y ello por la simple razón de que estos juicios y estas opiniones no representaban otra cosa que la mera expresión de lo cotidiano y del sentido común. La mecánica que utilizaba para conseguirlo no era, por otra parte, especialmente complicada. Carantoña cogería con inteligencia los retazos de la más viva y acuciante actualidad que el tiempo había triturado, y con la habilidad de un entomólogo reconstruía una verdad irrefutable.

Una referencia moral.

No menos significación tenía esos encantadores relatos suyos de sus peripecias viajeras, absolutamente antológicos. Los grandes paisajes, como las grandes noticias, le impresionaban en sí mismos bien poco. Lo que él intentaba compartir con sus lectores era, por el contrario el dato mínimo pero sugeridor, la íntima vibración lírica de un rincón del camino, de un pedazo de cielo o del eco del canto de un pájaro. De cada línea suya, de cada observación, por mínima que sea, trascendía inevitablemente una esencial referencia moral. De tal modo que cuando los gijoneses se asomaban al mundo cada mañana lo que les ofrecía con su rúbrica Carantoña no era tan sólo la interpretación personal de unos hechos, sino también lo que era sin duda mucho más importante, el juicio ético que le merecían.

Desde aquel lejano 1955 en que un joven y desconocido periodista llegaba a un Gijón que se desperezaba y apuraba hasta el máximo su gozo de vivir – la guerra empezaba a ser una referencia lejana – pasó ciertamente mucho agua bajo el puente de Piles. Y aunque su peculiar zancada se fuera haciendo un poco menos vigorosa no puede decirse que variara más lo esencial de su talante. Y es claro que en ése que pudiera parecer leve cambio de ritmo, se encerraba nada más y nada menos que la historia viva de casi medio siglo de vida gijonesa. Si con orgullo profesional puedo decir que sobre la memoria de dos inolvidables y queridos periodistas, don Joaquín Bonet y don Alfredo García «Adeflor», está edificada la evocación encantadora y nostálgica del Gijón de principios de siglo con idéntico orgullo, al que en este caso concreto va unida la más cordial afección personal, puedo también decir que la memoria de Francisco Carantoña estará ya para siempre referida la pequeña y gran historia de los últimos 40 años de vida gijonesa, cuarenta años que van como queda dicho del despegue del desarrollismo a este Gijón de hoy, en trance de afrontar con riesgo e incertidumbre una nueva, y me atrevo a decir que convulsiva, etapa de su historia, que el que fuera Director de EL COMERCIO vivió desde la atalaya privilegiada que le confería su inocultable papel de gran protagonista.

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