21 abril 2010
Muere el marqués Juan Antonio Samaranch el catalán que pasó del franquismo a la presidencia Comité Olímpico Internacional y auspició las olimpiadas en Barcelona en 1992
Hechos
El 21 de abril de 2010 fallece Juan Antonio Samaranch Torelló
22 Abril 2010
Bandera de la ciudad
Alcalde de Barcelona
Nos ha dejado Juan Antonio Samaranch, un gran señor de Barcelona que ha universalizado nuestra ciudad como nadie. Samaranch ha ejercido toda su vida su condición de ciudadano de Barcelona. En la ciudad, desde nuestra ciudad y con la ciudad, proyectándola, prestigiándola y explicándola al mundo desde su condición de barcelonés universal. Samaranch ha actuado siempre con el mejor estilo barcelonés: desde el orgullo y la estima por su ciudad, queriendo siempre lo mejor para Barcelona con su mirada cosmopolita.
Samaranch sabía que la fuerza de nuestra ciudad emerge desde su interior y que Barcelona se explica desde el exterior donde es admirada y referenciada por su manera de ser y su manera de hacer: Samaranch lo sabía a la perfección y la posicionó al mundo haciendo bandera del potencial único de nuestra Barcelona.
Su actividad, tan larga, diversa, exitosa y generosa siempre tuvo una dirección clara: trabajar para y por Barcelona desde la ciudad condal y desde el mundo. Sabía que podía hacer mucho por Barcelona y lo hizo, y hoy Barcelona sabe que Juan Antonio Samaranch la defendió siempre estuviera dónde estuviese.
La Barcelona de los últimos 30 años tiene en Samaranch uno de sus principales protagonistas, uno de sus aliados más importantes, uno de sus principales artífices. Como agradecimiento, Barcelona le concedió su más prestigiosa insignia, la Medalla de Oro de la Ciudad, en 1987.
Si clara fue siempre su complicidad con Barcelona, claras eran siempre sus palabras. Su discurso era mesurado: ni una palabra de más y ninguna de menos. Para Barcelona siempre tenía palabras concretas, palabras claras, precisas y concretas. Palabras siempre experimentadas y sabias.
Y hoy, como aquel día, quiero agradecer públicamente y desde la más absoluta sinceridad, todas las atenciones que, Samaranch, ya delicado, tuvo para conmigo y con toda la delegación de Barcelona cuando, hace sólo dos meses, juntos visitamos la ciudad olímpica de Vancouver. Vino a Canadá por Barcelona. Quiso estar con nuestra ciudad. Y Samaranch no faltó a la cita. Allí conversamos sobre los nuevos retos y horizontes deportivos de la Barcelona del futuro.
Nos deja el padre del olimpismo moderno y el padre de la Barcelona olímpica y un firme defensor del deporte como generador de ciudadanía.
La penúltima ocasión que coincidí con Juan Antonio Samaranch fue el pasado 4 de marzo, cuando tuve el honor de otorgarle el Premio de la Fundación España-China, en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona. Aquel día, como tantos otros, la ciudad se sintió honorada y orgullosa de Samaranch. La última vez que lo pude ver fue el jueves pasado, en el mismo Saló de Cent, en el homenaje del ex alcalde de Barcelona, Enric Masó.
Hoy, desde la tristeza por la pérdida de Juan Antonio Samaranch, pero desde el orgullo y el privilegio de conocer y tener un barcelonés tan universal en nuestra casa, le rendimos el homenaje más hondo y nuestro más sincero agradecimiento. Gracias, amigo Samaranch.
Jordi Hereu, alcalde de Barcelona, acompañó a Samaranch en los Juegos de Vancouver.
22 Abril 2010
El último sueño
Alcalde de Madrid
Al hondo sentimiento de pérdida que siempre acompaña la muerte de una figura que, desde su profundo amor a su Barcelona y Cataluña natales, supo ser un español universal, como fue Juan Antonio Samaranch, se suma, en esta ocasión, la tristeza sincera que implica la ausencia, ya irreversible, de un amigo. Una amistad que surgió, creció y se nutrió del hecho de participar de un mismo objetivo, de trabajar para conseguirlo de acuerdo con unos ideales compartidos, y de recorrer juntos medio mundo para dar a conocer el proyecto que lo resumía. Todo ello, en el caso del Presidente de Honor del Comité Internacional Olímpico (CIO), desde una profunda generosidad que ha dado origen a una deuda de gratitud impagable, y que dota de mayor valor y significado toda la sabiduría, pasión y experiencia que aportó a la aventura olímpica de Madrid.
Después de presidir con tanto éxito como eficacia y durante más de veinte años el olimpismo internacional, Juan Antonio Samaranch, impulsado por esa vitalidad que nunca le abandonó, no dudó en sumarse a una nueva ilusión compartida por todos los ciudadanos de Madrid y de España. Se implicó al máximo, a pesar de los avisos que emitía una salud cada año más frágil, hasta el punto de que siempre quiso ser parte activa. Singapur, Pekín o Copenhague han sido testigo de cómo defendió los intereses de Madrid. Desde esa cercanía de los últimos años, puedo afirmar que esta ciudad siempre encontró en Samaranch un aliado.
Me siento afortunado por haber tenido la oportunidad de compartir numerosos momentos y sentimientos con una persona merecedora de mi máximo respeto y consideración. Samaranch era expresión pura de una forma de ser, ante todo, inteligente. Una inteligencia que siempre puso al servicio de fines intangibles, como son los valores olímpicos, pero a través de los cuales fue capaz de contribuir a cambiar el mundo. Hizo de los Juegos Olímpicos un verdadero punto de encuentro entre países, incluso cuando el telón de acero era una realidad. Nunca antes de sus sucesivos mandatos al frente del COI este acontecimiento deportivo había adquirido una dimensión tan universal.
Ahora, en el momento de su definitiva despedida, todos los que tuvimos el honor de disfrutar de su compañía nos preguntamos cómo llenar el inmenso vacío de su desaparición. El único modo es asumir su legado, continuar su obra. Todo un auténtico desafío, pues no se trata sólo de mantenerlo vivo por inercia, sino de continuar agrandándolo con la misma ambición. En el caso de Madrid hay una forma de cumplir ese propósito: no renunciar a nuestras aspiraciones olímpicas. Muy al contrario, habrá que adecuar éstas a la oportunidad del momento, reservando nuestras posibilidades para la hora, todavía por decidir, en que esta ciudad vuelva a ofrecerse al mundo para celebrar los que queremos que, algún día, sean los mejores Juegos Olímpicos de la Historia. Porque hacer de Madrid una ciudad olímpica fue, precisamente, el último sueño de Samaranch. Seguro de que, cuando Madrid consiga los Juegos Olímpicos, quien en ese momento tenga que celebrar el éxito, sabrá que no hubiera sido posible conseguirlo si no hubiese sido por el trabajo de Juan Antonio Samaranch.
Alberto Ruiz-Gallardón trabajó con Samaranch en las candidaturas de los JJOO de Madrid.
22 Abril 2010
Símbolo de la reconciliación entre españoles
Se nos ha ido nuestro apreciado y admirado Juan Antonio. Una buena persona, un servidor público, una persona honrada, un hombre austero, un catalán profundamente español, un español profundamente catalán. Un buen amigo y un gran consejero.
Doy buena fe de todo ello, porque he tenido la fortuna de contar con su amistad y su palabra sabia de consejo hasta el último de sus días, como miembro activo de la Fundación FAES.
Juan Antonio Samaranch es uno de los pocos españoles que ha conseguido plasmar su nombre con letras de oro en la Historia Universal del siglo XX. Un barcelonés de pro que con su sabiduría y buen hacer contribuyó a que se escribieran las páginas más brillantes del movimiento olímpico internacional contemporáneo.
Juan Antonio Samaranch fue un hombre que, con su obra y su palabra, simbolizó como pocos la reconciliación entre españoles. Supo entender que la Historia de España requería un ejercicio de amplitud de miras, de generosidad, de tolerancia, de moderación, de reformismo y de apertura de nuestro país hacia el exterior y hacia el futuro.
En sus más de 50 años de vida pública siempre fue coherente y consecuente con esta visión histórica de nuestro país.
Todos recordamos el momento en que Juan Antonio Samaranch invitó a Su Majestad el Rey a declarar abiertos los Juegos Olímpicos de Barcelona. Recuerdo bien cómo Juan Antonio Samaranch me explicaba que esos Juegos debían ser -y fueron- un éxito histórico para España, porque debían servir -y sirvieron- para probar que, juntos, los españoles podemos hacer grandes cosas. Unas palabras dignas de un gran catalán, de un gran español.
Los españoles hemos sido muy afortunados de poder contar con un compatriota como Juan Antonio Samaranch. Descanse en paz y permanezca su memoria.
José María Aznar recibió consejos de Samaranch en su etapa política y como miembro activo de la Fundación FAES.
22 Abril 2010
Seguiremos contando contigo
He conocido a bastantes Reyes, Presidentes de Gobierno y Jefes de Estado, pero pocos con la influencia y la trascendencia mundial de Samaranch. ¿Qué puedo escribir de esa figura universal que no se haya dicho o escrito ya? ¿Qué puedo decir de ese barcelonés querido y admirado por Clinton, Gorbachov, Mandela,… y al mismo tiempo por millones de sencillos y modestos practicantes del deporte en todos los rincones del mundo? ¿Qué queda por decir de ese afortunadísimo ser humano que ha tenido la inmensa suerte de vivir casi 90 años, trabajando en lo que le gustaba, consiguiendo el éxito y viendo cómo el mundo entero se lo reconocía?
He conocido muchas personas afortunadas pero pocas como Samaranch. Porque no hay más afortunado que el que consigue lo que se propone, el que alcanza las metas que se fija, y Juan Antonio consiguió lo que siempre había soñado y alcanzó metas incluso más altas de las que pudo soñar.
Conocer a una persona así ya es mucho. Imagínense lo que es trabajar con él, no un día ni dos, sino años, viéndole tomar cada día decisiones importantísimas, con absoluta serenidad y determinación. Eso es un privilegio que no olvidaré mientras viva. Tuve la inmensa suerte de ser el máximo responsable de las ceremonias olímpicas de Barcelona 92 y ello me permitió conocer a fondo la forma de pensar y trabajar de Samaranch. Coincidíamos prácticamente en todo, hasta en la forma de usar la agenda. No necesitaba a nadie para darte una nueva cita. Miraba su agenda y te decía: «El martes 22 a las 10. Y acabaremos a las 11. ¿De acuerdo?» Operativo, expeditivo, puntual, exigente y a la vez afectuoso y sonriente. Amigo de sus amigos e inteligente con sus enemigos.
Barcelona no hubiera tenido los Juegos sin Samaranch. Ni el deporte hubiera progresado tanto. Barcelona está en deuda con él. Los que amamos el deporte, también. Gracias por dejarnos tan maravillosa herencia.
Lluís Bassat es publicitario y creador y realizador de las ceremonias de los Juegos de Barcelona 1992.
24 Abril 2010
Olímpico
Cuánto arte, desgarro y sinceridad acompaña a la necrológica. Existen leyendas que certifican que se ha producido la muerte de algunos necrólogos antes de que el enfermo personaje, cuyas gestas habían cantado con ardor y sentimiento, hubiera abandonado este mundo. La previsión de los medios para que no les pille el toro en defunciones anunciadas hace que encarguen esas biografías antes de que el homenajeado críe malvas, y luego pasa lo que pasa debido al caprichoso destino.
Calculas la trascendencia nacional o universal del finado por el número de páginas que le dedican. También por la asistencia al entierro de jefes de algo. O sea, de Estado, empresas, realeza, bancos, academias, federaciones, instituciones, etcétera. De algo con caché. Si, además, también acude fervorosamente el anónimo pueblo llano, que no acostumbra a ser jefe ni de su propia vida, la ceremonia de pompa y circunstancias es completa.
Deduzco ante la lamentable desaparición de Samaranch, ante el emocionado recuerdo que hace de su personalidad proteica la clase política de cualquier signo, ante definiciones tan rotundas como que su españolidad se convirtió en el mayor referente universal, que este hombre poseyó un talento descomunal, camaleonismo e infinita capacidad de maniobra para mantenerse durante toda su existencia profesional en el poder, esa cosita tan subyugante que no precisa inquebrantable lealtad a algo tan superfluo como las ideologías. Parece ser que Samaranch vistió muchas camisas, incluida la azul adornada de yugo y flechas, pero todas le sentaron muy bien y sirvieron para hacer cosas buenas por la colectividad.
Ya sé que el olimpismo es el símbolo de la fraternidad universal, un espectáculo sublime, la capacidad de superación del ser humano, la meta suprema y lírica de participar antes que algo tan vulgar como ganar, y no sé cuántas cosas más. Digo yo que, como en todas las movidas que hacen girar el universo, también será un negocio de proporciones incalculables del que evidentemente nos beneficiamos todos, pero algunos un poquito más. Los del cemento, los del ayuntamiento, los de las contratas, gente así. Como comprendo el llanto de los timoneles de las patrias cuando no pillan los anhelados Juegos Olímpicos. A pesar de la ayuda de Samaranch.
30 Abril 2010
Estadio Samaranch
Tras largos años de seguimiento y análisis de la trayectoria, en Cataluña, de la derecha de disciplina española -es decir, Alianza Popular y después el Partido Popular- en más de una ocasión me ha asaltado la poco científica sospecha de que, en los círculos directivos de dicha formación, existe algún agente doble o elemento infiltrado al servicio de los adversarios políticos, alguien que se dedica por sistema a sugerir actitudes y declaraciones lo más hirientes o provocadoras posible para la sensibilidad catalanista media de la gran mayoría social y electoral de este país; posturas que corroboren y realimenten todos los prejuicios y las fobias que esa mayoría -hasta del 80%, según algunos sondeos- profesa contra el PP. Y he tenido la impresión de que los sucesivos líderes del partido, engañados, le compran con fecuencia al astuto topo sus propuestas envenenadas.
Una de dos, o ese émulo de Kim Philby campa de veras por los despachos de la calle del Comte d’Urgell, o bien se trata de un atavismo; pero lo cierto es que el PP catalán lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a dispararse un tiro en su propio pie. Fue el jueves de la semana pasada, cuando -para colmo, haciendo seguidismo de Ciutadans- Alberto Fernández Díaz reclamó que el estadio olímpico Lluís Companys, de Montjuïc, sea rebautizado estadio olímpico Juan Antonio Samaranch.
Vamos a ver: salvado el respeto que merecen en general los difuntos, una cosa es que, con delicadeza no compartida por Le Monde, Los Angeles Times, la BBC, La Stampa, Die Welt y muchos otros medios internacionales de renombre, nuestra prensa y nuestra clase política hayan pasado de puntillas sobre la trayectoria política de Samaranch antes de su nombramiento como embajador en Moscú, y otra cosa bien distinta es que debamos olvidar aquella trayectoria -por la que no consta que el protagonista formulase jamás una autocrítica ni una petición de disculpas- o tengamos que considerarla irrelevante.
¿Imaginan ustedes que el actual partido de la derecha democrática francesa (la UMP) pidiese quitar de cualquier equipamiento público el nombre de Jean Moulin -el héroe mártir de la Resistencia antinazi- para sustituirlo por el de un prefecto del régimen de Pétain, pongo por caso, incluso si tal prefecto hubiera acumulado después de la guerra grandes méritos de gestión? No, en Francia una cosa así no se le ocurriría plantearla ni a Le Pen. Bien, pues aunque el señor Fernández Díaz no quiera entenderlo, el presidente Companys representa para la cultura democrática catalana algo parecido a Jean Moulin para la francesa. Con todos sus defectos y sus errores, Lluís Companys es el único presidente democráticamente elegido de un país europeo que fue asesinado por el fascismo entre 1939 y 1945; encarna a los casi 4.000 catalanes fusilados bajo la dictadura franquista y a las decenas de miles de exiliados, encarcelados y represaliados por el régimen de aquel siniestro caudillo ante cuya desaparición, el 20 de noviembre de 1975, Samaranch declaró: «Hoy España, y dentro de ella Cataluña, experimentan una amarga sensación de orfandad política…».
Con su desafortunada propuesta de cambiarle el nombre al estadio olímpico, el Partido Popular barcelonés ha dado innecesariamente nuevos argumentos a quienes todavía lo ven como un grupo neofranquista, refractario u hostil a las tradiciones democráticas y catalanistas forjadas en el primer tercio del siglo XX. Pero además, con su exceso de celo hacia quien ya en 1975 era vicepresidente del Comité Olímpico Internacional, el concejal Alberto Fernández le ha hecho un flaquísimo favor a la memoria de Juan Antonio Samaranch. No creo que este, tan meticuloso en el cuidado de la propia imagen, tan hábil en acomodarse a los nuevos tiempos posdictatoriales, deseara ni en la peor de sus pesadillas una confrontación póstuma, un choque de méritos y legitimidades entre él y Lluís Companys. A Samaranch no le gustó nunca perder.