2 enero 1904

Un 'lance' por honor con el hijo del general Salamanca causó la muerte del fundador de EL RESUMEN, del diario pro-Canalejas EL HERALDO DE MADRID y del diario pro-Romanones DIARIO UNIVERSAL

Muere en duelo el periodista Augusto Suárez de Figueroa, director de DIARIO UNIVERSAL y fundador del diario EL HERALDO DE MADRID

Hechos

El 2.01.1904 la prensa informó del fallecimiento de D. Augusto Suárez de Figueroa.

Lecturas

En una ‘cuestión de honor’ pierde la vida D. Augusto Suárez de Figueroa Ortega, director de Diario Universal y ex director de El Heraldo de Madrid. Su muerte se ha producido en un duelo de honor con el hijo del general D. Manuel de Salamanca Negrete que consideró que Diario Universal había atentado contra el honor de su padre.

El Análisis

Una pluma silenciada por el plomo

JF Lamata

La muerte de don Augusto Suárez de Figueroa Ortega ha sorprendido a propios y extraños, no tanto por inesperada como por la forma en que se ha preferido narrarla. El director del Diario Universal, antaño de El Heraldo de Madrid, ha caído no en su despacho ni entre papeles, sino sobre la yerba húmeda de un campo de duelo, en una de esas llamadas “cuestiones de honor” que aún se celebran con la pompa trágica de principios del siglo XX. El hijo del general don Manuel de Salamanca Negrete —enfurecido por lo que consideró un agravio a su padre desde las columnas del Universal— pidió cuentas, y las obtuvo, por las armas.

Y sin embargo, cuando uno ojea el propio Diario Universal para leer la noticia de la desaparición de su director, no encuentra más que silencios: palabras de pesar, pero ninguna línea sobre el duelo, ni sobre la afrenta, ni sobre la sangre. Como si don Augusto hubiese muerto de una afección pulmonar o de agotamiento intelectual. Esa omisión, deliberada o no, borra la mitad de su historia. Porque si fue la pluma la que le hizo ascender en el mundo periodístico, fue precisamente el eco de esa misma pluma lo que le condujo al campo de batalla entre caballeros. Un combate reglado, sí, pero igualmente mortal.

Don Augusto fue hombre de partido, sin duda —su periódico servía de caja de resonancia a don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones—, pero también fue periodista cabal, de verbo afilado y pluma libre dentro de sus lealtades. Morir por lo que se escribe no es raro en nuestra España, donde los periódicos son trincheras y los artículos, a veces, disparos. Pero duele más aún cuando, tras caer un hombre así, ni siquiera se le concede la verdad de su muerte. Que quede constancia aquí: a don Augusto no se lo llevó el tiempo, sino el duelo. Y murió, para bien o para mal, con el honor por bandera.

J. F. Lamata