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Como vicepresidente del sindicato APADEMA fue uno de los líderes de la huelga del doblaje de 1993

Muere en soledad el histórico actor de teatro y doblaje Daniel Dicenta, tras una ‘vida desordenada’

HECHOS

El 2.10.2014 falleció D. Daniel Dicenta.

04 Septiembre 2014

Un gran actor, maldito y solitario

Javier Villán

Del frondoso tronco de los Dicenta, que ha dado poetas, autores y actores, sobre todo actores. Hacía tiempo que Daniel Dicenta, un actor importante de las tablas, el cine y la televisión en la década de los 80, había desaparecido de la circulación. Era una especie de fantasma sin perfiles ni referencias concretas; un holograma de imposible fijación. Los años 80 marcaron su ascenso y su declive casi fulminante. Ha muerto solo, en un hostal que le sufragaba la Aisge desde hace 12 años, según nota publicada por la propia Asociación (Artistas Intérpretes Sociedad de Gestión).

Se dijo no hace mucho que Daniel Dicenta había caído en sombría mendicidad o, por lo menos, en la turba menesterosa de los sin techo. Dormía al cobijo de los portales y los túneles de metro o a la intemperie de los parques, sin que su condición de actor de doblaje alcanzara a remediarlo. ¿Una leyenda urbana de alcohol y drogas? De esta faceta de actor en la sombra al amparo de su magnífica voz sobrevivió algún tiempo. Pero lo cierto es que, al margen del grado de verdad de esta leyenda pordiosera, Daniel Dicenta ya no existía ni para el teatro ni para el cine ni la televisión, medios en los que había cosechado grandes triunfos.

El declive profesional, las turbulencias emocionales y una patológica tendencia a la marginalidad lo habían ido apartando de la profesión sin que sepamos, al menos no lo sé yo, el orden exacto de causas y de efectos: si la marginalidad le llevó al caos o fue el caos personal el que lo anuló como actor. Estaba casado con la actriz Lola Herrera y era padre de Natalia Dicenta, dos estrellas de primera magnitud, de la misma magnitud que pudiera haber alcanzado él, si las tormentas de la vida no hubieran hecho naufragar sus sueños. Junto con su ex mujer Lola Herrera protagonizó Función de noche, una especie de docudrama, basado en las experiencias matrimoniales comunes que, vistos los resultados, no le sirvió de mucho a su inestabilidad emocional.

No puede decirse que Daniel Dicenta haya sido un actor fracasado, sino un actor que no completó su círculo vital y profesional, un actor truncado en vida cuando más se esperaba de él. Podría considerarse la rotundidad de su fracaso, si lo comparamos con otros miembros de una estirpe privilegiada; su abuelo Joaquín, autor de Juan José un hito del antiguo teatro social español; y, sobre todo, su padre Manuel, actor eminente y maestro de actores, una de las voces más singulares de la escena española.

Daniel Dicenta ha dejado numerosas pruebas de su talento en obras como El baúl de los disfraces, de Jaime Salom, Yerma (1971), con Pellicena y Núria Espert dirigidos por Víctor García, La señorita de Tacna, de Vargas Llosa, Diario del amor hostil de Francisco Nieva o Dios está lejos, de Marcial Suárez (1987), Premio Lope de Vega y autor de Las monedas de Heliogábalo. Contra la sombra castradora de ambos mitos familiares, padre y abuelo, luchó Daniel Dicenta sin lograr liberarse nunca de sus fantasmas. Quizá con esa intención secreta se atrevió a estrenar en 1980 en televisión española Juan José, la obra mítica de un abuelo legendario.

Josefina Molina, directora de Función de Noche (1981) dijo de él, aludiendo, quizás, a esas raíces, que era de una generación de hombres que no podían llorar, obligados a ser fuertes en cualquier situación y circunstancia. Quizá esa autorepresión le fue minando desde el principio, quizá esa contención empezó a arrastrarlo hace muchos años y le estalló por dentro hasta desequilibrarlo. Para Pilar Miró, la mujer de hierro implacable, la rebelde indomable que lo llevó a sus películas con una confianza absoluta, Daniel Dicenta era solamente «un gran actor desaprovechado».

Ella lo aprovechó muy bien y lo llevó al límite del terror en El crimen de Cuenca, protagonista del filme con Manuel Cervino. Dolor y tortura en estado puro; el horror maldito, Guardia Civil ultrajando a dos inocentes; Gregorio Valero (Dicenta) y León Sánchez (Manuel Cervino). Aunque llegada la democracia, no pudo estrenarse hasta 1981; marcó a una generación de españoles, estigmatizó a Pilar Miró y dejó la huella indeleble de dos grandes actores; el abrazo de reconciliación –falsos delatores enemigos tras las torturas– cuando se descubre su inocencia, es parte de la antología cinematográfica española. Ha muerto un actor desaprovechado, un hombre que tenía prohibido llorar; un Dicenta con todo lo que el apellido significa. Ha muerto un solitario, un maldito en un hostal de mala muerte y peor vida.

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