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Fue uno de los fundadores de Alianza Popular con Fraga con el que rompió por su negativa de llegar a acuerdos con Santiago Carrillo

Muere Gonzalo Fernández de la Mora, editor de la revista RAZÓN ESPAÑOLA y ex ministro franquista

HECHOS

El 10.02.2002 falleció D. Gonzalo Fernández de la Mora, ex ministro de Obras Públicas durante uno de los Gobiernos del General Franco.

11 Febrero 2002

Gonzalo Fernández de la Mora, un reaccionario ilustrado

Javier Tusell

A diferencia de muchos otros personajes del franquismo, Gonzalo Fernández de la Mora, nacido en 1924, no sufrió directamente la tragedia de la guerra civil. En sus memorias, no obstante, pretendió que la República había sido, en realidad, una dictadura en que ‘bestezuelas rencorosas’ perseguían a los que eran como él llamándoles ‘señoritos maricas’.

Diplomático con ínfulas intelectuales, Fernández de la Mora perteneció a una de las familias de la extrema derecha española. Su monarquismo dictatorial era heredero de Maeztu, pero sus verdaderas raíces estaban en Maurras. Esas ideas, por completo contrarias a la tradición liberal, hicieron que llegara a la conclusión de que la inteligencia era producto del código genético y debía imponerse en el Gobierno mientras que la subversión de los inferiores, engendrada por ‘envidia igualitaria’, tenía que ser reprimida. De ahí la paradoja de que, católico tradicional, abominara de le evolución del catolicismo a partir del pontificado de Pablo VI, sobre todo en lo relativo a España. De su actitud aseguró que había sido ‘demoledora’ tratándose de un régimen que era ‘el más católico de la historia’.

No fue ésa la única paradoja de su trayectoria. Desde 1946 escribió en la prensa y, en ella y en una acción semiclandestina, actuó en favor de la causa monárquica; de aquella época data una de las descripciones más vitriólicas de Franco que se conocen. Pero con el paso del tiempo trasladó hacia él todo su entusiasmo: habría sido, nos cuenta en sus memorias, el gobernante más honesto de la historia de España y el más eficaz desde Felipe II. En cambio, del rey don Juan Carlos e incluso de su padre, don Juan, hizo luego los más ácidos juicios: el primero ni leía ni merecía citarse de él frase alguna; al segundo lo calificó como ‘su bajeza’ y describió su despacho como el ‘risorio’. El cambio en el juicio sobre las personas se explica principalmente por haber permanecido en unas mismas concepciones; provenientes del mismo campo, Pemán, en cambio, se hizo, con el tiempo, liberal y Anson diluyó sus perfiles más reaccionarios. Fernández de la Mora, coautor de la Ley Orgánica del Estado en 1967 y autor de la justificación doctrinal más consistente de la dictadura de desarrollo (El crepúsculo de las ideologías, El Estado de Obras…), llegó a desempeñar la cartera de Obras Públicas entre 1970 y 1973. Luego, en la última fase del tardofranquismo, se convirtió en uno de los más cerrados y quizá el más inteligente de los opositores a cualquier tipo de apertura. En los primeros tiempos de la transición se movió, inquieto, en los círculos militares para procurar evitarla mientras aún era tiempo (en 1976 y no en 1981, cuando fue ya demasiado tarde).

Desde la revista Razón Española, hasta en el título una prueba de la tradición intelectual a que pertenecía, continuó propagando sus doctrinas cada vez con menor éxito en España; logró, no obstante, un modesto eco en uno de los sectores políticos de la dictadura de Pinochet.

La necrología tiende a resaltar los aspectos positivos de cualquier finado. Junto a lo lamentable de sus ideas, habría hoy que recordar de Fernández de la Mora su entereza en defenderlas. Pero no sólo eso; tenía una cultura extensa y un trato liberal. Después de haber polemizado con él en infinitas ocasiones llegabas a esta conclusión, sobre todo al compararlo con otros reaccionarios más jóvenes y mucho más desmedulados desde el punto de vista intelectual. Tras un programa de polémica con él y con Sánchez Dragó, perteneciente a este segundo gremio, volvimos juntos hablando de libros y de la colección de plata que legó al Museo de Pontevedra. Decía necedades -comparó la victoria de Aznar en 1996 con la caída del comunismo en 1989-, pero siempre tuvo un nivel.

15 Febrero 2002

Fernández de la Mora

Luis María Anson

Fue uno de los hombres más brillantes de su generación. Era culto de verdad y tenía una gran capacidad para el análisis y la síntesis. Escribía con voluntad de perfección y estilo. Luis Calvo no lo quería. Pedro Sainz Rodríguez, tampoco. Torcuato Luca de Tena, sí. A partir de 1962, con la incorporación del nieto del fundador de ABC a la dirección del periódico, desplazando de ella a un genio del periodismo, Luis Calvo, se convirtió en hombre clave de ABC. Incluso sustituyó al gran Melchor Fernández Almagro en una parte de la crítica del diario.

Jugó un papel de relieve, junto a Joaquín Satrústegui, en la Monarquía que defendía Don Juan, frontalmente contraria a la que quería Franco. Pero la dictadura se prolongaba indefinidamente y Fernández de la Mora no supo esperar. Colaboró finalmente con Franco, del que fue primero subsecretario, luego ministro hasta 1973, dos años antes de que muriera el dictador. Si hubiera tenido calma para aguantar, si hubiera permanecido al lado de Satrústegui, habría desempeñado un papel de relieve en la Transición.

Su mejor libro no fue el de las ideologías crepusculares sino ‘Ortega y el 98’. Algunos excesos de esa obra enfrentaron a Fernández de la Mora con la intelectualidad de oposición de la época: Lain Entralgo, Marías, Tovar… Trató de zafarse del acoso entregándose a Zubiri, pero no lo consiguió.

Del autor de La idea del principio en Leibniz escribió que ‘resulta difícil encontrar un defensor de las aristrocracias naturales y un debelador de las masas más encendido que Ortega’. ‘No es un clásico – escribió – sino un barroco, y por ello un decadente difícilmente imitable, pero con tanto derecho como Góngora o Quevedo para figurar entre los grandes de la lengua castellana. Fernández de la Mora, pues, reconoció muchas de las calidades orteguianas pero le atacó con saña. No pudo erosionar, sin embargo, la montañ. Ortega y Gasset es, destacadamente, la primera figura de la intelectualidad española del siglo XX.

Me llega la noticia del fallecimiento de Fernández de la Mora a mi mesa de trabajo en LA RAZÓN este domingo de invierno dulce. Tuve relación con él durante los años en que estuvo al lado de Don Juan. Luego, no. Sé que se le analizará con cicatería o con sectarismo no quiero sumarme a los leñadores del árbol caído. Fue un político eficaz, un diplomático brillante, un escritor pugnaz, un pensador tradicionalista y un hombre muy inteligente, en gran parte malogrado.

Luis María Anson

11 Febrero 2002

Ideólogo del franquismo, fundador de AP

Joaquín Bardavio

Gonzalo Fernández de la Mora estuvo fuertemente influido en su formación ideológica por Acción Española, grupo político y revista del mismo nombre que, nacido en la II República, propagaba el pensamiento tradicional español con el liderazgo de Ramiro de Maeztu. Tras su fusilamiento al producirse la sublevación del 18 de julio de 1936, continuaron sus compañeros Vegas Latapié, Pabón, García Valdecasas, Eugenio Montes, el general Jorge Vigón, el doctor López Ibor, Julio Palacios y un largo etcétera. Fernández de la Mora, que al finalizar la Guerra Civil era un adolescente, se uniría pronto a estos intelectuales a los que deslumbró por su precoz talento en una conferencia que, a los 19 años, en 1943, dictó sobre «La unidad europea y la quiebra de la razón de Estado» en el domicilio madrileño de Ignacio Satrústegui. Los presentes sintieron estar ante la garantía de pervivencia de unas ideas que bien podría liderar en un futuro no lejano aquel estudiante universitario que se les revelaba como una síntesis de solidez intelectual, expresión brillante y agresividad política. Un gran continuador de la doctrina de Menéndez Pelayo, del mismo Maeztu, de Renan y Maurras.

Gonzalo Fernández de la Mora había nacido accidentalmente en Barcelona por el destino de su padre, de origen castellano, como militar jurídico. Su madre era gallega, aunque su vida se desarrollaría en Madrid, tras terminar el bachillerato en Santiago de Compostela. A los 20 años ha terminado las carreras de Derecho y Filosofía.Quiere dedicarse a ambas disciplinas, pero la tardanza en la convocatoria para cátedra de Filosofía del Derecho le hace firmar las oposiciones a diplomático, que gana con el número uno. Fue detenido por 72 horas y multado con 25.000 pesetas por repartir propaganda monárquica. Paga la multa por embargo judicial en largos plazos mensuales. Contrae matrimonio con Isabel Valera (tendrían cuatro hijos) y marcha de cónsul adjunto a Francfort y después a Bonn como encargado de negocios ante la Alta Comisaría Aliada. Aprende alemán lo que le facilita una relación frecuente con Carl Schmidt, gran ideólogo de la derecha europea.

Ya con destino en Madrid, en 1952 entra en contacto (lo sigue teniendo con los antiguos de Acción Española) con monárquicos tradicionales que se incorporan activamente a esa corriente de pensamiento como Rafael Calvo Serer, Florentino Pérez Embid, Antonio Millán Puelles y otras figuras de la época pertenecientes a un Opus Dei emergente, al que Fernández de la Mora nunca se afiliaría. Escribe con éxito en ABC en donde es jefe de la sección editorial y de colaboraciones, trabajando codo con codo con Torcuato Luca de Tena.

La presencia de Fernández de la Mora en la España intelectual y política de los años 50 se basa en batallas por la solución monárquica del franquismo, aunque en contra de los liberales dinásticos y en el ataque sistemático al desviacionismo de disidentes del Régimen personificados por Ruiz Giménez, Laín, Tovar y otros. Para ello utilizó los medios de comunicación que podía brindarle su grupo político: las revistas Arbor y Ateneo y la editorial Rialp. Por otra parte puso todo su empeño en atraer a don Juan de Borbón al Estado del 18 de julio.

En los años 60 despliega una gran acción de creatividad intelectual.Publica semanalmente artículos de referencia en ABC. Destaca su libro Ortega y el 98, pero su notoriedad alcanza su más alta cota con El crepúsculo de las ideologías. En 1966 López Rodó, ya conocido como eminencia gris de la Presidencia del Gobierno le llama para que colabore activamente, en la redacción de la Ley Orgánica del Estado que cierra lo que podría denominarse Constitución (por suma de Leyes Fundamentales) del Régimen. Es hombre preeminente y es llamado para algunos cargos, como el de subsecretario de Comercio por Ullastres. Pero su divisa por el momento es o ministro o nada. Miembro del Consejo Privado de don Juan de Borbón, dentro del sector que defiende la Monarquía tradicional, católica social y representativa, en 1967 se ve preterido por el ascenso de Areilza a la jefatura del Secretariado Político de ese órgano consultivo del Conde de Barcelona. Y se distancia ostentosamente del proyecto al pensar que ese diverger del pensamiento tradicional, del franquismo en definitiva, termina con las posibilidades de sucesión del hijo de Alfonso XIII.

En octubre de 1969 acepta la Subsecretaría de Exteriores que le ofrece el ministro López-Bravo, por considerar que el alto cargo es en su propio Ministerio (el diplomático) y a los pocos meses, en abril de 1970, cuando Federico Silva dimite como titular de Obras Públicas, Fernández de la Mora ocupa la cartera y desarrolla una labor que parece objetivamente muy apreciada. El presidente Arias lo cesa tras el asesinato de Carrero. Tras la muerte de Franco, que le había designado consejero nacional del Movimiento y, por tanto procurador de Cortes, vota afirmativamente a la Ley de Reforma Política, pese a que había sido nombrado presidente de UNE (Unión Nacional Española) un mínimo partido con tesis continuistas del franquismo. Se integra con esa organización en Alianza Popular (fue uno de los bautizados siete magníficos y consigue escaño por Pontevedra). Sin embargo se desliga de ese partido cuando pide el voto afirmativo en el referéndum sobre la Constitución. En 1979, con Federico Silva y otros correligionarios funda Derecha Democrática Española con el fin de presionar una reforma constitucional. Abandonada la política de partido, continuó siempre fiel a sus ideas. Durante décadas, pensó que el demoliberalismo era una mera trampa que haría caer a España en manos del marxismo, porque durante muchos años tuvo la idea de que el mando que necesita un doctrinario es el resultante de una concepción marxista o de una concepción maurrasiana. Es un demócrata orgánico. Conceptos recientes y ya históricos.

Tras pasar por la dirección de la Escuela diplomática ascendió a embajador de España. Aunque no tuvo destinos. Hasta el final de su vida se dedicó al estudio y dictó numerosas conferencias dentro y fuera de España. Hombre de erudición y dialéctica apabullantes, no hizo ningún intento por subirse al carro de la modernidad. Fiel a sus principios, creyente hasta el tuétano en la ortodoxia de su armazón doctrinal, ha muerto sin moverse de sus ideas con honestidad sorprendente y quizá, con alguna dosis de soberbia intelectual.

15 Febrero 2002

La muerte de Gonzalo Fernández de la Mora en la prensa del día siguiente

Francisco José Fernández de la Cigoña

RAZÓN ESPAÑOLA

La imprevista muerte de Gonzalo Fernández de la Mora, cuando se encontraba en plenitud de facultades, sorprendió con el natural dolor a sus amigos, pero, sin embargo, no tuvo en la prensa el eco que su personalidad se merecía. Porque su figura excedía con mucho a la de un simple ministro, más o menos eficaz.

Gonzalo Fernández de la Mora fue, a mi entender, un excelente ministro de Obras Públicas, pero ni entiendo demasiado de eso ni tampoco me preocupa. Lo que sí fue es un intelectual de primer orden, de los que tan poco abundan en España. Y eso sí merecería que su desaparición de este mundo tuviera mayor eco del que tuvo. Sin embargo, su vocación de nadar río arriba -es el título de sus Memorias-, le hizo, sin duda incómodo a todos los que se precipitan a nadar río abajo, dejándose llevar de la corriente. Lo que fatiga mucho menos, aunque prive de la gloria de la hazaña.

Cuatro han sido los artículos de prensa que han llegado a mi poder con motivo de su muerte -no acostumbro a leer El Mundo- y es lo que me propongo comentar. De los cuatro articulistas es Luis María Ansón el que tiene mayor conocimiento del fallecido. sus orígenes políticos son parecidos. Cuando Ansón aparecía en la vida pública con notables y comentados artículos en la «tercera» de «ABC». como brillante discípulo de Eugenio Vegas, era Gonzalo una de las principales figuras del «juanismo» de la época. Incluso podríamos puntualizar más, una de las principales y escasas figuras del «juanismo». Se conocieron pues muchísimo y a partir de ese momento de la aparición de Ansón, mucho más. Porque el «ABC» que se abría al joven periodista era la casa de Gonzalo Fernández de la Mora. No sólo por sus generalmente magníficas críticas de libros, sino sobre todo por sus múltiples editoriales, sus «terceras», su amistad con Torcuato y su identificación política con la línea del periódico.

Ansón reconoce los hechos y la valía de Fernández de la Mora
uno de los hombres más brillantes de su generación»-. Y también el decisivo papel que jugó en su día tanto en el aliento de las esperanzas monárquicas como en el diario de la calle de Serrano. Pero, por las circunstancias que fueran, la principal me parece el entibiarse los fervores monárquicos, pero no la única, el distanciamiento entre el diplomático y el periodista fue abismal. Y Gonzalo Fernández de la Mora dejó de existir, en su persona y en su obra, para el periódico de Ansón, fuera «ABC» o «La Razón».

No me paece que fuera la impaciencia por ocupar un cargo público, como dice Ansón, lo que empujó a Fernández de la Mora a la política concreta. En muchas conversaciones que tuve la suerte de mantener con él desde hace bastantes años -con motivo de su muerte me he encontrado con una nieta de Gonzalo, atractiva joven que de niña había tenido en brazos en su acogedor pazo de Poyo- jamás noté esa impaciencia. Creo, más bien, que se debió a un desengaño y a un descubrimiento. De dos personalidades. La de don Juan y la de Francisco Franco. Ahí está la explicación. Aunque ello supusiera reconocer la equivocación de ilusiones y trabajos. Muy importantes. Porque la restauración monárquica, que el 14 de abril de 1931 parecía imposible y el 1 de abril de 1939 también, se debe, únicamente, a tres causas. Al empeño de Eugenio Vegas y su Acción Española, que devolvieron a la institución un prestigio que parecía definitivamente perdido. A la voluntad de un reducido grupo de españoles que en base a aquella reinvidicación, mantuvieron su lealtad a la Monarquía, compatibilizándola unos con la adhesión al régimen nacido el 18 de julio y desde una relativa oposición al mismo en otros.

Y por último, y decisivamente, a la voluntad de Francisco Franco. Pues bien, en la segunda de las causas Gonzalo Fernández de la Mora tuvo no escaso peso.

La transición. tal y como se produjo, no le interesaba. No podía ya estar al lado de Joaquín Satrústegui por las razones apuntadas. Ni tampoco al lado de Ansón. Que se equivoca al augurarle un «papel de relieve» en el cambio de régimen si hubiera permanecido en sus posiciones iniciales. Porque ninguno de los de aquel grupo tuvieron la menor importancia en la nueva situación. ¿Mencionamos a los principales? Gil Robles, Sainz Rodríguez, Satrústegui, Miralles, Barros de Lis, Ansón… Apenas Areilza, con Arias Navarro, Cavero y alguno más contaron para algo. La Monarquía no fue precisamente generosa con quienes, desde el antifranquismo, habían apostado por ella. Y precisamente por la Monarquía que efectivamente llegó.

No entro en las consideraciones de Ansón sobre Fernández de la Mora y Ortega y sus epígonos. Son discutibles. Sólo quiero refrirme al último párrafo del director de «La Razón». La muerte, como ocurre tantas veces, le ha hecho recordar a quien tenía olvidado desde hacía mucho tiempo. Conscientemente olvidado. Deliberadamente olvidado. «Tuve relación con él durante los años en que estuvo al lado de don Juan». Cierto. Y mucha. «Luego no». Cierto también. Y por deliberada y ostentosa decisión de Ansón. Porque, que se hubieran entibiado antiguos fervores no suponía en Fernández de la Mora la ruptura con sus amigos de siempre. Hasta la muerte fue, por ejemplo, fraterno amigo de Torcuato Luca de Tena. «Sé que se analizará con cicatería o con sectarismo.» Creo que estas páginas darán cumplida cuenta de ello. «No quiero sumarme a los leñadores del árbol caído.» Bueno. Me parece más una cláusula de estilo que una realidad. Hay muchas formas de hacer leña y la conspiración del silencio es una de ellas. Que la muerte lo haya roto no hace el silencio menos atronador. Ahora lo más positivo del artículo: «Fue un político eficaz, un diplomático brillante, un escritor pugnaz, un pensador tradicionalista y un hombre muy inteligente, en gran parte malogrado.» Un matiz y una negación. Pienso que fue más conservador, en el más noble sentido de la palabra, que tradicionalista. Y en absoluto me parece malogrado. El estaba satisfecho de sí mismo y de su obra. No tenía la menor conciencia de haberse malogrado. Y me parece que esa conciencia es el mejor aparato de medida de una vida lograda. Mejor incluso que el aplauso de sus numerosos admiradores que agotaban sus obras. Sus numerosas obras, pues fue un prolífero y magnífico escritor. Aunque «ABC», «La Razón» o «El País» no hablaran de sus libros o de su importante revista, obra fundamentalmente de su empeño, «Razón Española».

Si Ansón en su artículo no perdió la compostura, aunque no brillara en él la simpatía, hay que reconocer que permitió que en las páginas de su diario se publicara un artículo menos reticente. Y todo el mundo sabe que en los periódicos que Ansón dirige no aparece ni una página que no haya autorizado. Me refiero al que le dedicó Rafael Borrás con el título de «Un monárquico sin Rey». No es que sea elogioso, pero al menos no es contrario. Y me parece veraz en la narración de unos hechos que son precisamente los que le reprocha Ansón.

«ABC» le dedicó un amplio reportaje biográfico y un artículo de Darío Valcárcel que lleva por título «Un gran intelectual autoritario». Escrito desde la misma orilla ansoniana, el respeto y la admiración ganan con mucho a la discrepancia, «aunque mantuviéramos interpretaciones opuestas sobre el siglo XX español (el régimen de Franco, la política de resistencia de don Juan de Borbón, el desarrollo de los años sesenta, la evolución hacia la Europa democrática…)». «Fue un intelectual íntegro, ciclópeo trabajador y fiel a sus verdaderos amigos. Hombre de grandísima cultura e inteligencia, supo enseguida que el gran caudal con que cuenta el ser humano, el tiempo, debe ser aprovechado al minuto y se cuidó de dejar en más de cuatro mil páginas -la mitad de ellas en este periódico- una parte de su pensamiento». Nada que objetar, excepto que las páginas que escribió fueron once mil. Tampoco a las raíces que le atribuye: Menéndez Pelayo, Maeztu, Vegas, la corriente conservadora alemana y francesa, Feijóo y Jovellanos… Y añadiría también el conservatismo anglosajón. Era uno de los pocos españoles que lo conocían a fondo. La mezcla le daba una especial peculiaridad, por lo que quizá la palabra «directo descendiente» no sea la más acertada, aunque el influjo cierto sea.

El párrafo que dedica a su «independencia radical», aunque elogioso, no me parece acertado. Gonzalo Fernández de la Mora no vivía «a la intemperie». Tenía «tribu y territorio». Creo que puedo manifestarlo con especial conocimiento de causa. En muchos lugares se sentía querido, arropado, admirado… Todos los veranos acudía -no recuerdo que faltara nunca a la cita- a una comida que un núcleo de ex combatientes le ofrecía en el Club de Campo de Vigo. Apenas yo, y algún otro, éramos por edad, ajenos a la contienda civil. Me consta la espera ilusionada de todos los asistentes, la atenta escucha, la sobremesa apasionante que a todos se les hacía corta… Me consta también el sentimiento que la tremenda noticia del 10 de febrero produjo en todos ellos: Manolo Núñez, Moncho Encinas, Antonio Bandeira, Pepín… Habían desaparecido ya Fernando Romero, Ojeda de la Riva… Allí había tribu y territorio. Y no se sentía la intemperie, sino la amistad y el amor a España. Y lo mismo cabe decir de otras reuniones que celebrábamos en Madrid, convocadas periódicamente por Angel Maestro, Emilio de Miguel, Enrique de la Cierva, Mario Soria, Gonzalo Muñiz, Benedicto Martín Amores, Miguel Ayuso, José Díaz Nieva, Javier Esparza, Os-waldo Elejalde, Eduardo Ballester…

Y en el domicilio cuando aún estaba de cuerpo presente, en el cementerio, en los funerales que por su eterno descanso se celebraron no se percibía en modo alguno la soledad del muerto, sino la multitud de relaciones que había cultivado y ahora iban a darle el último adiós. ministros, ex ministros, académicos, gente vinculada a «Razón Espa-ñola» o a la Fundación Francisco Franco, amigos sin más…

Pese a esta discrepancia es, sin duda, el de Valcárcel, el artículo más favorable de los que aparecieron al día siguiente del fallecimiento de Gonzalo Fernández de la Mora, cosa más de agradecer por no coincidir ahora políticamente Darío Valcárcel con Gonzalo Fernández de la Mora.

«El País» publicó una basura obra de Javier Tusell. Conocido el personaje, que días después estaba a las puertas de la muerte, podía esperarse lo peor. Pues todavía se superó en la indignidad. «Diplomático con ínfulas de intelectual», «lo lamentable de sus ideas», «decía necedades»… Verdaderamente hay personas con un don especial para desautorizarse solas.

La relectura de estos artículos me volvió a una triste mañana de febrero en la que aparecieron en la prensa madrileña. Aquel día apenas reparé en ellos. Hoy ha sido cuando verdaderamente me he indignado con Tusell, aunque semejante sujeto tal vez ni merezca la indignación. Aquella mañana triste, camino de su casa en Navalmanzano para darle el último adíos, un adiós al que ya no contestaría, sólo pensaba en el amigo muerto, en aquel ser de conversación encantadora, amable siempre, acogedor, lleno de vida, sabio, afectuoso… Lo que se perdió Luis María Ansón. De Tusell no digo nada.

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