3 junio 1995

Muere Joaquín Prat Carreras: un peso pesado entre los presentadores de Televisión Española

Hechos

El 3 de junio de 1995 fallece D. Joaquín Prat

04 Junio 1995

Jubilación forzosa

Rafael Torres Mulas

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Joaquín Prat era uno de esos hombres que sólo aciertan a jubilarse así, de esos que llevan la profesión incorporada a sus funciones naturales, y pues a todos nos ha de llegar la cesantía en alguna ocasión, no ha sido la suya una mala manera de recibirla y aceptarla. Por lo demás, pero también por eso, porque trabajó como una mula en su oficio de meterse en nuestras casas y en nuestras vidas, quien se ha muerto ha sido alguien de la familia, el pariente que se ocupaba de entretenernos con sus juegos y sus concursos a todos.

Las palabras que Joaquín Prat vertió en la radio se ovillarían, puestas en línea, alrededor de la Tierra, sobre todo las vertidas en la Cadena To be, que es como él solía llamarla algunas veces, pero fue sirviéndose de la ganzúa de la Televisión como logró introducirse en la vida diaria y casera de la gente. Mas la Televisión es mucho más joven que la radio, apenas cuarenta años, las bajas habidas en ese suspiro de tiempo han sido, en consecuencia, muy pocas, de modo que los espectadores, los familiares de los que habitan la pantalla que preside la salita o el comedor, reciben un impacto terrible ante una defección tan súbita, aunque tan involuntaria, como ésta. Recordamos el sentimiento general que acompañó la muerte de Jesús Alvarez, de José María Prada, de Luis Morris o de María Luisa Seco, todos ellos habitantes de la casa, parientes, allegados que desaparecieron dejando un rastro de aflicción verdadera en el corazón de tantos millones de desconocidos.

Lo que más me gustaba de Joaquín Prat, aparte de su afición al tabajo, casi una extravagancia al lado de la generalizada fobia laboral de los españoles, era la transmutación que sufría cuando retransmitía las Fallas de su tierra. Lo hizo varias veces para Televisión Española, y el Prat de ordinario hiperverbal y ultradicharachero se convertía en un hombre uncido por una extraña suerte de emoción serena. Ningún «marco incomparable», ninguno de esos tópicos que inevitablemente tenía que emplear algunas veces para seguir hablando, salía entonces de su boca, la voz se le modulaba hasta alcanzar el nivel del terciopelo o del susurro, y es que el comunicador estaba comunicando por una vez, y qué vez, sus sentimientos. Joaquín Prat era completamente valenciano, y haría falta ser muy tarugo para no percibir la simpatía que irradia esa condición.

Prat retransmitía, radiaba, irradiaba, y con ese veneno, esa riqueza y ese poder no cabe imaginar que se hubiera jubilado nunca de grado, como tampoco lo hará en la vida su paisano Tip, otro currante nato. Y ya está, no hay que darle más vueltas, la máquina se le gripó en un estudio de televisión como podía habérsele cascado en la huerta, en el taller, en la oficina o en el andamio de haber sido su oficio otro, si bien el número de parientes entristecidos habría sido menor por mucho que tuviera la familia más numerosa. La imagen de Prat, como la de cualquier criatura de la televisión, se escapaba del control de su voluntad y de su conciencia, y era ubícua, y penetraba en lo más espeso de la intimidad de los, sin haberle conocido de veras, hoy le lloran.

Es muy probable que Televisión Española, uno de sus andamios, de sus talleres, le dedique ahora uno o varios homenajes, en cuyo caso no debería faltar, aunque sea abril y no marzo, una de esas deliciosas retransmisiones que hizo de las Fallas de Valencia. De allí era Joaquín Prat, y a ella ha retornado, viajando invisible por las ondas, su corazón.