18 julio 2011
Muere Juan María Bordaberry, ex dictador de Uruguay en la década de la presunta Operación Cóndor
Hechos
El 17 de julio de 2011 falleció Juan María Bordaberry, ex presidente de Uruguay.
18 Julio 2011
Un 'carlista' en Uruguay
Tan pronto como tuvo noticia, el presidente uruguayo, José Mujica, llamó a la familia Bordaberry-Herrán para expresar sus condolencias por la muerte del jefe del clan. Fue una muestra de generosidad, pues Juan María Bordaberry fue su más enconado enemigo cuando él y sus compañeros de la guerrilla combatían a la dictadura -la del propio Bordaberry- en los años 70.
El hombre que gobernó con puño de hierro a Uruguay, primero como presidente constitucional y luego como presidente de facto, murió ayer a la edad de 83 años, tras una parada cardio-respiratoria. Juan María se encontraba privado de su libertad desde 2006, cuando un tribunal lo halló culpable de delitos contra la humanidad -desapariciones forzadas de personas y homicidios políticos- cometidos bajo su período de Gobierno dictatorial entre 1973 y 1976. En 2007 fue puesto bajo arresto domiciliario por su avanzada edad y su delicado estado de salud. Fue sepultado ayer mismo en el cementerio de Parque Martinelli.
Nació el 17 de junio de 1928 en el seno de una familia de terratenientes. Su padre, Domingo Bordaberry Elizondo, era un aristócrata profundamente religioso y Juan María no se apartó un milímetro de sus enseñanzas. Cursó estudios en una escuela de los Jesuitas, siendo un alumno brillante y poco afecto a la vida social. Convertido al fundamentalismo cristiano, Bordaberry rechazó las reformas propuestas por el Papa Juan XXIII en el Concilio Vaticano II. Su pensamiento estaba impregnado de ideas importadas de la España más rancia, como las del carlismo o las del franquismo. Bordaberry también ansiaba que Uruguay fuese un bastión de la civilización cristiana.
En 1958 llegó al Senado a la cabeza de una alianza conservadora-ruralista que se afilió al Partido Nacional. En esa etapa repartía su tiempo entre la política -entró en ella «forzado por la proliferación de la izquierda marxista en Sudamérica»- y sus vastas propiedades rurales. Se le reconoce hasta hoy como una autoridad en crianza de ganado. Aunque su ideario era extremadamente rígido, convivía en él un lado pragmático. Viendo que su carrera se estancaba, en 1964 se incorporó al Partido Colorado, como jefe de la fracción que denominó Liga Federal de Acción Ruralista.
Al no prosperar la reelección de Jorge Pacheco Areco, su partido lo postuló como candidato a la presidencia. Su victoria en 1971 fue una sorpresa pues nadie creía que un conservador decimonónico llegaría a ese cargo. Asumió la investidura en 1972, justo cuando el país se hallaba inmerso en una guerra intestina. Las operaciones del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaro -que contaba entre sus líderes al actual presidente y a su esposa- eran cada vez más audaces y el ultraderechista Escuadrón de la Muerte sembraba el terror en los centros urbanos. Al igual que el presidente peruano Alberto Fujimori en los 90, Bordaberry consideró que el Congreso, con sus eternos debates, obstruía la lucha contra la subversión de ambos lados.
El 27 de junio de 1973 encabezó un golpe militar, en connivencia con el sector más conservador de las Fuerzas Armadas. Cuando acabaron con la guerrilla y se desarticularon los escuadrones, esos mismos militares obligaron a Bordaberry a dar un paso al costado. Eran pocos los exoficiales que lo seguían visitando en su casa-prisión y los que lo acompañaron durante su enfermedad.
Juan María Bordaberry nació en Montevideo (Uruguay) el 17 de junio de 1928, ciudad en la que falleció ayer.
El Análisis
La muerte de Juan María Bordaberry, ocurrida en 2011 bajo arresto domiciliario, cierra de manera biográfica una de las páginas más oscuras de la historia uruguaya. Su figura, la del presidente que en 1973 decidió entregar la democracia a los militares, fue objeto de un proceso judicial que lo condenó por violaciones a los derechos humanos y por atentar contra la Constitución. En Uruguay no hubo impunidad plena: a diferencia de otros países donde las transiciones se cerraron con pactos de olvido, la justicia fue avanzando hasta sentar en el banquillo al hombre que encarnó el fin de la república democrática más estable de Sudamérica.
Su muerte también abre preguntas sobre la herencia política que deja. Si Bordaberry padre quedó marcado por la dictadura, Bordaberry hijo busca ocupar un lugar destacado en la política democrática, apelando a un apellido cargado de sombras pero también a la tradición conservadora de parte del electorado uruguayo. Esta paradoja ilustra la capacidad del sistema democrático para absorber y procesar las contradicciones: la misma sociedad que condenó a Bordaberry por traidor a la democracia puede, décadas después, otorgar representación a su descendiente por vías legales y electorales.
Más sorprendente aún fue el gesto del entonces presidente José Mujica, ex guerrillero tupamaro y víctima directa de la represión, que llamó a la familia Bordaberry para expresar sus condolencias. El contraste no pudo ser más simbólico: el expresidente que encarnó la ruptura autoritaria moría mientras gobernaba un hombre que había sufrido las cárceles de aquel régimen, convertido ahora en jefe de Estado elegido democráticamente. Ese gesto de Mujica, incomprensible para algunos, fue quizá la mejor demostración de que Uruguay ha sabido cerrar sus heridas sin borrar la memoria, y que la verdadera victoria frente al autoritarismo es una democracia capaz de perdonar sin olvidar.
J. F. Lamata