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Murió antes de cumplir los 50 años

Muere por sorpresa David Gistau, que pasó de ‘columnista progre’ en LA RAZÓN a pluma de referencia primero en ABC y en EL MUNDO

HECHOS

El 10 de febrero de 2020 la prensa impresa informó de la muerte de D. David Gistau.

11 Febrero 2020

Cuando os pregunten quién fue David Gistau

Manuel Jabois

Cuando alguien os pregunte quién fue vuestro padre, si queda algún incauto en España que no lo sepa, mandadlo a leer. Y cuando vuelva leído y aún tenga en la cabeza martilleando el primer relato de Gente que se fue (“se decía a sí mismo que estaba enfadado con la vida porque no se atrevía a admitir que estaba enfadado con su padre”), contadle que era una persona que, cuando se levantaba un segundo de cualquier parte y decía “Ahora vuelvo”, dejaba un vacío absurdo, como si en lugar de levantarse para ir al baño se hubiese levantado para ir al espacio.

De alguien que tenía la capacidad de hacerte sentir huérfano si desaparecía dos minutos no se escribe un obituario, se escribe una celebración. Así que decidle esto a quien pregunte: fue la mejor de nuestras compañías, la más libre y la más feliz de todas. Daba un enorme calor a quien se acercase a él. Era inteligentísimo, brillante, guapo y divertido. Le volvía loco la historia y la mafia, leía clásicos hasta soltarte citas disparatadas, bebía con prudencia en medio de un escuadrón suicida y siempre, a una hora concreta, se iba muerto de risa hacia el ascensor. Tenerlo a tu lado, saber que eras de su equipo, era la sensación más agradable del mundo. Escribirlo en pasado, la peor.

Su pasión, una pasión obsesiva y maravillosa, era el boxeo. Podía estar horas hablando de boxeo, leyendo de boxeo, viendo películas de boxeo. Y entrenando, por supuesto. En el gimnasio de Jero tenía su cielo en la tierra: el ring, los guantes, el saco y el propio Jero, su amigo. Si hay que morir, que se muera uno en el sitio en que ha sido tan feliz.

Fuera de allí, se ganó el respeto de una profesión a menudo cainita, la de periodista, y lo hizo de una forma tan insobornable que daba vértigo el filo en el que se instalaba respecto a jefes, políticos y lectores; a todos los mandó a paseo. Uno de los espectáculos más íntimos a los que accedíamos quienes éramos sus amigos era el de la generosidad; tenía el raro talento de ayudar por encima de discrepancias, discusiones y enfados. Estaba muy por encima de las pasiones pequeñas que lo envenenan todo, de las mezquindades sin sentido, de ese odio tonto que mucha gente utiliza a veces por entretenimiento. Su vida era más grande que todo eso, por eso sus pasiones se reservaban a acontecimientos mayores, como vosotros, y decía que escribía porque ahora estaba mal visto cazar búfalos. Pero siempre se vio así, un cazador recolector de gran tripa y gran barba que lleva el sustento a la cueva para alimentar la prole de la que él no pudo disfrutar porque su padre un día, cuando él era niño, decidió quitarse de en medio. Él nunca lo haría, dijo. Lo cumplió. Vivió mucho, y lo hizo con una elegancia natural y con una clase tan maravillosa que no bastaba con respetarlo, había que quererlo.

Fue un hombre feliz. Tenía todo en contra para serlo. Tenía todo a favor para ser uno de esos señores que creen que por sus desgracias familiares la vida contrae una deuda con ellos y gastan sus años pretendiéndonosla cobrar a los demás. Supongo que tuvo esa tentación en la adolescencia. Su círculo se cerró cuando no solo se convirtió en el partido de vuelta de su padre contra la vida, como él mismo escribió, sino que se dedicó a jugar ese partido y a ganarlo.

Había sido guionista de la televisión más disparatada de Pepe Navarro, escritor de revistas de viajes, columnista de éxito después, cronista político y extraordinario reportero de sucesos. La RazónEl MundoAbc, otra vez El Mundo. Onda Cero (nuestra amada Cultureta, lagrimazas de risa), Cope. Tenía la virtud tan escasa de hacerte pensar, de dar luz, de argumentar, de proporcionar información; tenía el poder, tan raro en estos tiempos, de hacerte cambiar de opinión, y un poder aún mayor, el de cambiar él mismo si otra idea era más interesante o más convincente. Jugaba en ese campo, pertenecía a esa élite.

Cuando lo conocí vivía en la calle Ramón de la Cruz de Madrid y era vecino de Quino, el dibujante. Una vez compartieron ascensor, y David le pidió perdón por el jaleo que tenía diariamente en casa. “Los niños le deben de traer a usted loco”. Quino lo miró y le dijo: “Son niños. Su trabajo es hacer ruido”. Otro día, al cruzarse en el portal, Quino le preguntó a Romina la edad de uno de vosotros. Cuando la supo, dijo: “Tres años… Pronto cumplirá la edad en la que las personas dejan de ser interesantes”. David y Romina son las dos únicas personas que conozco que han hablado con Mafalda.

De aquel piso de Ramón de la Cruz lo echasteis vosotros, sus hijos. Nacisteis muchos. Así que montó su despacho en el Vips de la esquina de Velázquez con Ortega y Gasset; desayunaba unas tostas enormes y un café en el que se podía nadar. Abría el iPad con su tecladito y se ponía a aporrear el artículo del día, o el libro que estuviese escribiendo (en aquella época, Golpes bajos, una novela magnífica sobre boxeo). Yo creo que le gustaba trabajar allí porque así recibía como jefe de una banda mafiosa venida a menos, su adorado Soprano; uno llegaba al Vips, se sentaba en su mesa y podía distinguir, en las mesas de al lado y en la barra, a gente haciendo tiempo y esperando su turno mientras él ponía perdido el plato de sirope.

Durante una época trabajó en el despacho de José Luis Garci, que es padrino del único atlético, Dante: le hizo socio a traición a las horas de nacer. Escribían cada uno en un cuarto. Al rato Garci se levantaba y aparecía en el cuarto de Gistau: “David, un whisky”. Se servían uno solo sin hielo, puro Garci, y a la media hora otra vez: “David…”. El director podía estar así una tarde entera; David a los dos vasos no sabía llegar a su ordenador. “Salgo de allí sin saber lo que escribí”, decía.

La última vez que fui a su despacho del Vips a pasar consulta, antes de que se mudase de piso, fue porque me habían encargado la letra del himno de la Décima del Real Madrid. Se partía de risa. Me recomendó sacar “eres belleza” de la frase “eres lucha, eres belleza” porque tenía incrustado en su memoria sentimental el Madrid heroico de las remontadas sobre el barro, y mi Madrid era la volea de Zidane por televisión. No lo cambié y me arrepentí siempre, no porque no me guste cómo queda, sino por la propuesta para sustituirla que supe después por él: “Eres lucha, eres galerna”. Eso era, así tuvo que haber sido.

Fue un tipo tan extraordinario y con un impacto tan grande en la vida de quienes lo conocían que parece increíble la idea de que su “Ahora vuelvo” sea para siempre. Hasta en estos dos meses injustificados y torturadores dio una última luz, un fogonazo deslumbrante de amor: el de una madre que no se separó de la cama del hospital de su niño hasta el final; el de unas hermanas, el de una mujer, Romi, que dio luz como una vela en la tormenta, imposible de apagar. Era esa fuerza que se devuelve a la misma velocidad con la que llegó, su propia fuerza.

Era algo más que un amigo o un hermano; era una manera de ser, una manera de estar en el mundo que había que tratar de imitar. Lo voy a recordar siempre enseñando su piso nuevo, grandísimo, en la calle Alcalá. Tenía entonces 46 años, una familia numerosa y por fin un despacho propio. Decorado con guantes de boxeo, pósters de ídolos, mesa enorme para un ordenador, vistas al Retiro. Era un día de sol y se metía la luz por todos los rincones. Un salón gigante para la tropa, para vosotros. Nunca lo vi tan dichoso y recuerdo decírselo a mi pareja cuando bajábamos las escaleras, la dicha que transmitía aquel mediodía de sábado en su nueva casa. Él tenía una gran carrera y empezaba a tener unos grandes libros, pero su mayor ambición era un hogar. Salí a la calle imaginándolo escribiendo con el ruido de los niños de fondo, que es el ruido de la vida, ese que el creador de Mafalda exige por contrato. We few, we happy few, we band of brothers. Ese ruido que no se apaga con su muerte y que seguirá siempre gracias a vosotros, que tenéis edad de ser siempre interesantes porque habéis tenido al padre más curioso y más interesante de todos.

10 Febrero 2020

Nunca bajarás del ring

Jorge Bustos

Yo no tengo corazón para hacer esto. Yo no quiero escribir sobre David como si David no fuera a leerme mañana, porque aquí todos escribimos para alguien. Yo no puedo conjugar los verbos en pasado cuando me refiero a él, porque las palabras crean las noticias y hay palabras que deberían pronunciar siempre los otros y hay noticias que no se deberían dar jamás. Fue David quien me enseñó que un columnista que se precie nunca sonríe en su foto del periódico, pero eso es una cosa y otra distinta es empapar estas teclas que odio como un huérfano torpe al que le han abandonado de pronto las frases, el oficio y la alegría.

David, por supuesto, se avergonzaría. Cuando murió Jorge Berlanga, escribió de su compañero de contraportada el más aséptico de los obituarios porque así se lo pidió Jorge desde la cama terminal del hospital. A diferencia de la nuestra, la suya es una generación que aprendió la insinceridad espantable de la cursilería. Recuerdo un día, en los tiempos en que le daba la tabarra del aprendiz, que se rió de mí cuando le propuse que habláramos de poesía, como si los versos fueran un pasatiempo de nenazas. Pero su dominio del lenguaje no se aprende en los gimnasios, donde a cambio se aprenden otras cosas. El caso es que David no tenía manos de boxeador sino de pianista, y una sensibilidad tan excepcional que quiso protegerla bajo sus hechuras de ángel del infierno o de diablo del paraíso.

David habría odiado que le llamáramos maestro, pero hoy hay una generación de discípulos que le lloran con la verdad que solo se reserva a quien jamás se empeñó en darnos lecciones de nada. Con solo fijarse en él uno advertía la forma decente de estar en este oficio; desprendía una mezcla ardua de responsabilidad y desafío, un recelo innegociable del poder, una irreverencia que no se calla ni en la casa de Dios. Uno lo veía tan libre, tan poco premiado por los de siempre pero tan respetado íntimamente por todos, que le embargaba un deseo infantil de imitación. No olvidaré nunca el calambre que me recorrió cuando me citó en una columna suya de EL MUNDO hace diez años. Me quedé varios minutos sujetando el papel, releyéndolo borracho, eufórico como el novillero que cree recibir la alternativa.

Luego David me enseñó más cosas. Que se podía escribir de cualquier cosa, de fútbol o de toros, de política y de cine, sin que en el descaro de la versatilidad mandara nadie más que el lector. Porque David estaba en el periodismo haciendo una cosa rarísima: escribir para los lectores, nunca para agradar al sanedrín de esta profesión de mandarines insomnes. Una vez que publiqué una crónica parlamentaria que, según me hizo saber un poderoso colega, «rompía todos los códigos del periodismo», David me esperó a la puerta del Congreso al día siguiente para entrar conmigo –menudo guardaespaldas– y blindarme de las miradas reprobatorias de los compañeros. Puede parecer un gesto menor, pero el inseguro plumilla que yo era no lo ha podido olvidar.

Se me agolpan los recuerdos con David –las primeras copas con Jabo, aquella tarde en Leganés antes de la velada, cada escapada con el programa de Herrera, la última maldita foto en el Varela cuando Raúl ganó el premio– pero nuestra amistad se aquilató el año que boxeamos juntos en el Metropolitano a las órdenes de Jero. Lo pasábamos muy bien pegándonos y cubriéndonos, aunque yo iba allí mayormente para hablar con David de novelas, de columnistas, de series y de futbolistas. Tuve que darme de baja por falta de vocación y David, que me la tendría guardada, estampó su venganza en la dedicatoria de mi ejemplar de Golpes bajos: «Para Jorge, que se bajó del ring».

A David nadie pudo bajarle del ring. Solo le bajó las que nos baja a todos de este mundo. Y podemos llorar por ello. Pero también podemos admirarle por conservar su rebeldía hasta el final. No era la rebeldía de causas pomposas como las que proliferan entre los nuevos cursis de nuestro tiempo: era la rebeldía del hombre libre, del padre proveedor, del periodista insobornable, del héroe contra un destino trágico que parecía escrito, del madridista telúrico que no se casa con nadie salvo con su corazón de niño intacto.

El corazón que ya no tengo para seguir hablando.

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