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Polémica entre los diarios ABC y LA RAZÓN que publican exactamente la misma portada

Muere el poeta Rafael Alberti, último de la generación del 27 y diputado del Partido Comunista en las primeras elecciones de 1977

HECHOS

El 28 de octubre de 1999 falleció el poeta D. Rafael Alberti.

POLÉMICA ENTRE LOS DIARIOS ABC Y LA RAZÓN, QUE PUBLICARON EL MISMO RETRATO DE ALBERTI

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El retrato en cuestión había sido realizado por D. Manuel Rivera y según el diario ABC había sido realizado ‘para ABC’ en 1992. De hecho, el periódico ABC ya lo publicó en su portada el 11.12.1992, fecha en que aquel diario estaba dirigido por D. Luis María Anson.

La versión de LA RAZÓN era diferente, según ellos el retrato del Sr. Rivera se hizo ‘para Luis María Anson’ a quien el Sr. Rivera definió como ‘uno de sus mejores amigos’. Y, simplemente, el Sr. Anson se limitó a cederlo en 1992 a ABC para que lo publicara y ahora en 1999 se lo cedía a LA RAZÓN, periódico del que era presidente y fundador.

28 Octubre 1999

El siglo y Alberti

Eduardo Haro Tecglen

Llegaban en el siglo pasado a Jerez gentes de toda Europa: para hacer el vino, que ya era famoso en tiempos de Shakespeare, que lo cantó. Llegaban los Domecq y los Delage de Francia, los Byass de Inglaterra y los Alberti desde Génova. Los abuelos: «Grandes cosecheros de vinos, grandes burgueses, propietarios de viñas y bodegas, católicos hasta la más estrafalaria locura y la más violenta tiranía». Los amos de El Puerto, decía, al empezar el siglo.Su prima Rosa «tocaba, pensativa, el arpa», ya en el cielo, cuando el niño Rafael estudiaba en el colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María -el de Villalón, el de Juan Ramón: un nido de poetas, pero también el de la religión «fea, sucia, rígida y desagradable»- y no quería: «Nadie bebe el latín a los diez años. El álgebra ¡quién sabe lo que era! La física y la química, ¡Dios mío, si ya el sol se cazaba en hidroplano!». Había nacido casi con el siglo, en 1902, y viene a morir cuando se acaba, y aún el último libro en que ha trabajado acaba de llegarme por el correo: una nueva versión de La arboleda perdida. En el libro anterior, Canción de canciones: con María Asunción Mateo, su última compañera, una antología de poesías de amor; él mismo está representado por el Diálogo entre Venus y Príapo («¿Quién persigue mis óleos seminales?», dice Venus; «¿quién mi gruta de sombra / y navegar oculto mis canales?»).

Ha vivido todo el siglo de un español universal. Esperanzas y ruinas. A los 15 años ya estaba en Madrid; y había guerra en Europa, y aquí se discutía entre germanófilos y aliadófilos; y él pintaba. Iba al Prado y copiaba. Fue la salud la que le llevó a las sierras -Guadarrama- y el reposo lo que le condujo a la poesía («Pintar la poesía / con el pincel de la pintura»). Las primeras que escribió hicieron Marinero en tierra -el niño de El Puerto haciéndose adolescente en el Madrid de la sierra- y le dieron el Premio Nacional de Literatura en 1924-1925.

Y ya era el tiempo del primer dictador de su vida, Primo de Rivera, y de sus primeras conspiraciones contra la dictadura. Ya empezó a ser «el poeta en la calle». Y el joven comunista: tres meses en la joven Unión Soviética, de la que otros volvían decepcionados, y que a él le llevaría, más tarde, a militar en el partido: nunca lo abandonó. No sé si él lo estaría alguna vez, pero por lo menos no lo ha dicho, y no ha renunciado nunca al Premio Lenin de la paz y por eso, si se va sin el Nobel, se puede ir bien sin él por la vida cuando se es ya Rafael Alberti, que está por encima de todo.

En esto, los Alberti se habían hecho pobres, o casi pobres, y él estaba becado por la Junta de Ampliación de Estudios, cuando la apadrinó la República, y esas becas le dieron los viajes; y ese republicanismo, ese comunismo, quizá ese libertarismo oculto de siempre, le dio a su esposa y compañera, María Teresa León, divorciada: de esa artistocracia roja de la que se hicieron los Hidalgo de Cisneros, algunos Mauras, ciertos Semprunes, algunas De la Mora.

Era la época de la Institución, de la Residencia: era lo que parecía el primer esclarecimiento -o ilustración, o época de las luces con retraso- mientras aún duraba la oscuridad. Era el tiempo de los poetas que empezaban a llamarse «del veintisiete», del amor a Góngora, del primer homenaje a Bécquer. Estamos ahora diciendo, en esta muerte, que era el último de la generación: tras el fallecimiento de Ernestina de Champurcín, que fue la mujer de Domenchina («Seré tuya aun sin ti el día que los sueños / alejen de mi senda tu frente creadora»), que nació en Vitoria el 10 de junio de 1905 («Éste es el único dato real y esencial de mi biografía», escribió ella. «El resto es… literatura»).

Cuando esta república «de trabajadores de todas clases» (según su Constitución; algunos dijeron «de intelectuales de todas clases», y era verdad) fue combatida, el poeta salió a la calle otra vez. Suya fue la operación de protección de los cuadros del Prado (Noche de guerra en el Museo del Prado es la obra de teatro en que lo cuenta); y él estaba en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Los otros le criticaban porque la Alianza, que se quedó, creo, con el palacio de Medinaceli -ya no existe; de niño, el hijo del cocinero de los duques aprendió salsas y buena escritura, y fue el periodista Francisco Lucientes- donde daban té y pequeños conciertos de música de cámara, vestidos, él y María Teresa, con el mono azul. El Mono Azul, uniforme del miliciano, nombre de la revista de la Alianza. Salió el 7 de noviembre de 1936 Alberti al balcón de Unión Radio -Radio Madrid, la SER de hoy; ahí está el balcón en la Gran Vía; «la avenida del quince y medio», por el calibre de los proyectiles de los generales de Santa Bárbara- a recitar su romancero de guerra, su llamada a la resistencia: «… Porque si, Madrid, te duermes / querrás despertar un día / y el alba no vendrá a verte».

Llegó ese día sin alba: Alberti y María Teresa se fueron a Francia: «Cuando apenas comenzaba a comprender de nuevo lo que es el caminar tranquilo por una ciudad encendida, he aquí que Francia se apaga de pronto, sonando las sirenas de alarma en París y los primeros cañonazos de la Línea Maginot». Otra guerra perdida. Y otro exilio.

Buenos Aires, Roma, otra vez Buenos Aires… No era tan fácil vivir: había que volver a la pintura, al dibujo, al grabado: a las exposiciones. Y a los artículos, suyos y de María Teresa.

Tuvo que esperar la muerte de Franco, y aún tardó en volver. Vino antes su teatro, el homenaje nacional: la Noche de guerra en el María Guerrero, cuando aún era UCD la que gobernaba (Pérez Sierra, director general; Marsillach, director del CDN); El adefesio, en el Reina Victoria, dirigida por José Luis Alonso y con una regresada ilustre: María Casares, hija del ministro republicano Casares Quiroga, primera actriz en la Comédie Française, que dejó por no nacionalizarse francesa (más que nada, por respeto a la memoria de su padre; y su gran amor, Camus, era al mismo tiempo francés, argelino y español). Tardó en venir. Y aun cuando vino llevaba siempre en el bolsillo un pequeño transistor para oír las noticias: no estaba seguro de que el fascismo no regresara. Aquí y en Europa. ¿Quién está nunca seguro?

Perdió a su compañera antes de que muriese: María Teresa perdió la razón, disuelta en el Alzheimer. Y Rafael encontró esta última compañera que le ha ayudado. Encontró mucha gente que le estimuló, que le ayudó «a volver a ser»: a Núria Espert, con la que daba recitales por los teatros de España; un régimen que le dio el Premio Nacional de Teatro; un Puerto de Santa María donde todavía están los grandes nombres de los bodegueros, los nietos y los biznietos de los que llegaron con los primeros Alberti, de los cuales es el último (queda su hija, Aitana: el nombre de la blanca sierra levantina de la que se despidió en el barco cuando iba hacia el exilio de América).

Todavía estaba en vísperas de un homenaje : todavía estaba dibujando (apenas hace unos meses que me envió su última litografía: la 67 de una serie de 100, dedicada a Galatea. ¿Se veía él a sí mismo como Pigmalión?) cuando le llegó esta muerte. Ha llenado un siglo, y un siglo desastroso, que ha permitido a cada persona ver sus esperanzas y la muerte de sus esperanzas. Alberti: con el mono azul, con la gorra de marinero en tierra, con la chaqueta extravagante con que entró en el primer Congreso como diputado del partido comunista; Alberti, que llegó a la cena de los Premios Cavia de ABC la noche en que, por la tarde, había enterrado con lágrimas a Pasionaria, que presidió ese primer Congreso como decana de edad. ¿Una contradicción? No, estaba por encima de las contradicciones. No ha traicionado nunca: a veces, ha callado por no traicionar. Fue el siglo el que le traicionó a él.

08 Noviembre 1999

El otro Alberti

Federico Jiménez Losantos

La vida y la trasvida de los intelectuales de izquierda en estos amenes del siglo son un verdadero chollo. Cuando viven, generalmente muy bien, su obra vale más de lo que pesa por el compromiso político del autor, que pesa más de lo que vale. Cuando mueren, su obra todavía vale más porque el compromiso izquierdista que esmalta su figura cívica no puede enturbiar el valor intemporal de la obra. Añadamos la costumbre española de mentir desaforadamente cuando muere alguien y de ocultar en público los aspectos turbios del difunto para comentarlos fieramente en privado, y ya están servidos el engaño informativo para los jóvenes y la estafa intelectual para los adultos. Sólo faltan las autoridades para presidir el telediario del funeral con la parte de la familia que posa para la Fundación. Y una calamidad reciente: que los políticos lean poesía en público. A ver quién los convence de que, como en cualquier género teatral, no todos valen para recitar y hacer cabriolas. Vamos, que Aznar o Rajoy no recitan como Nati Mistral.

Viene esto a cuento, naturalmente, de las exequias informativas de Alberti. Creo que sólo Valente se ha atrevido a decir lo que pensamos muchos lectores: que fue un buen poeta en su época temprana y ahí se acabó. Juan Ramón diría que fue a menos desde el primer libro. ¿Es esto despectivo? En absoluto. Era tan bueno Marinero en tierra y adquirió Alberti tanto oficio académico con los bachilleres de su generación que todavía alcanzó a escribir tres o cuatro buenos libros más. Esto le parecerá desdeñoso al publicista político, que suele ser analfabeto literario, pero es milagroso para el que tenga alguna noción de poesía. Antes de la Guerra, Alberti ya era, desde el punto de vista creativo, un recuerdo (compárese con la obra de Cernuda en esos años) y el resto de su obra escrita, con la excepción de algunos Retornos, bonitos y dulzones como boleros, y alguna balada del Paraná (hay periodistas, cegados por el incienso, que han colocado el río en Panamá) es tan olvidable como su espinosa obra gráfica. ¿Pretende quitar este juicio -personal y discutible, como todos- mérito a su poesía? Al contrario. Sólo si distinguimos Marinero en tierra de las horribles coplas de Juan Panadero podremos celebrar en serio su mérito. Si todo vale, nada vale. Si sólo vale la firma, sobra la obra.

Aparte del gran poeta -breve y verdaderamente grande-, hay otro Alberti: el que ha sido hasta el final uno de los más abyectos propagandistas del totalitarismo comunista. En el Madrid de Koltsov y en el Budapest de Erno Gëro; en el Moscú de Stalin y del que viniese; antes y después de la caída del Muro. Su figura, como las de Aragón o Neruda, pertenece a los Coros y Danzas del Gulag. No sólo fueron babeantes juglares del mayor asesino de todos los tiempos. Lo peor es que nunca tuvieron la tentación o la necesidad de arrepentirse. Que el ahora recordado Batallón del Talento de Alberti y María Teresa León, o sea, los propagandistas del Quinto Regimiento del PCE, trajinaran en la checa de Bellas Artes, o que su columna A paseo en el incauto ABC figure entre las más repugnantes delaciones y apelaciones al asesinato publicadas en la Guerra es terrorífico. Pero es que peor que hasta su muerte Alberti hiciera la égloga del paredón, siempre que fuera rojo; es que un exiliado político aceptase complacido las condecoraciones de dictadores como Fidel Castro, que ha mandado al paredón, la cárcel o el exilio a tantos poetas. No se trata de quitar valor a su literatura por su posición política. Eso queda para la izquierda. Pero tampoco es admisible que Alberti quede como modelo de ciudadanía. Ser mejor poeta es difícil. Mejor ciudadano, cualquiera

Federico Jiménez Losantos

09 Noviembre 1999

Federico vs. Alberti

Raúl del Pozo

Federico Jiménez Losantos ha vuelto a las páginas de EL MUNDO. Bienvenido. Publica un artículo en el que acusa a Rafael Alberti de babeante juglar del mayor asesino de todos los tiempos (Stalin) e insinúa que el poeta miliciano y María Teresa trajinaron en la checa de Bellas Artes. Tengo hacia Federico un gran respeto intelectual. Por decir lo que piensa se ha jugado la vida. Es lúcido, penetrante, gran escritor, gran altercador. Pero me entristece su actitud respecto a Alberti. Aun en el caso de que el poeta hubiera sido durante la guerra un sicario, debería reconocer el profanador de su tumba que el genio de los escritores sobrevive a su rectitud. La inocencia no hace buena literatura. Por haber delatado a herejes Lope de Vega no deja de ser el Fénix de los ingenios, ni por haber injuriado a los moriscos, Cervantes deja de ser el príncipe. Borges, otro escritor que se define liberal y conservador, elogió a los gorilas de las dictaduras del Cono Sur.

Pero además en la memoria de la humanidad la defensa de Madrid, El no pasarán, constituyen una leyenda. Pocos talentos del universo no estuvieron en cuerpo o en alma en la capital de la gloria. Antonio Machado elogió la pistola de Lister y todos los demócratas y liberales del universo combatieron al lado de la república en ese baile de fieras. En el otro lado, Pemán, un liberal y de Cádiz, al que Franco trató como a una orquídea, según Andrés Trapiello, ordenó sacas y también salvó a gente. Antes, Franco había condenado a muerte a la Generación del 27. (Que le den mucho café dijo Queipo de Llano al ordenar el fusilamiento de Federico García Lorca). A Lorca lo mataron con fusiles, a Miguel Hernández a palizas, a otros los desterraron. Unos fusilaron en las tapias de los cementerios y en las plazas de toros y otros en las cunetas. Eso es una guerra civil: sacas, asesinatos. No está probado que Alberti partipara en la checa de Fomento y aunque lo estuviera aquello era una guerra, no una pavana. Parecía que la derecha española ya se había bajado del Dragon Rapide. Así lo pensé yo cuando José María Aznar se acercó al Barrio de los Pinares para abrazar al último poeta del 27. No era así. Alguien tan fino como Federico vuelve a sacar las banderas de Paracuellos y de la extrema derecha. Para la mitad o más de los españoles Alberti es sagrado y son hijos de perra (Neruda) los babeantes juglares de otro de los mayores asesinos de todos los tiempos. Federico trabaja para los obispos que acogieron en sus iglesia a los perseguidos del franquismo, no para los prelados que bendecían a los rojos antes de que fueran fusilados. Lo dice Ortega: las catedrales fueron construídas al compás que hacían las espadas cayendo sobre los cuerpos de los moros. Cómo un hombre tan ilustrado ha podido olvidar que la historia es una matanza, que todos los regímenes totalitarios son criminales y que como escribe Vázquez Montalbán, también el liberalismo occidental se asienta sobre el trabajo forzado, la esclavitud de las colonias, la trata de negros y veinte guerras, entre civiles y mundiales.

Raúl del Pozo

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