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Controló el club blanco entre 1985 y 1995 en que cedió el asiento a su número 2, Lorenzo Sanz

Muere Ramón Mendoza, ex presidente del Real Madrid y miembro del Consejo de Administración del Grupo PRISA

HECHOS

El 5.04.2001 la prensa informó del fallecimiento de Ramón Mendoza.

05 Abril 2001

El vitalista y controvertido patrón de «la Quinta»

Carlos Toro

Podía haber pasado por un aventurero de otro tiempo que hubiera recalado en el nuestro. Utilizamos adrede el marinero verbo recalar para un hombre muy ligado al mar a bordo de su goleta América. Un barco como su propietario: viejo, elegante, con clase, con estilo y con un punto de vocación o reminiscencia simpáticamente corsaria.

Ramón Mendoza falleció ayer en las islas Bahamas, de un paro cardíaco, cuando estaba a punto de cumplir 74 años. Había llevado una vida de negocios, mujeres, caballos, fútbol… y, después de todo, bastante larga, a pesar de su adicción a la nicotina y al alquitrán. Una vida llevada no sin cierta coquetería y acompañada de una ironía permanente que era una manifestación de inteligencia y distanciamiento.

En ocasiones parecía de vuelta de todo y, en otras, daba la impresión de ser un adolescente inquieto que necesitaba meterse en fregados para divertirse.

Había sido joven, desde luego. Pero, quizá porque saltó a la fama popular a los 58 años cuando, en mayo de 1985, sucedió a Luis de Carlos en la Presidencia del Real Madrid, siempre pareció mayor, con ese pelo blanco más ampuloso que abundante. Y desde entonces se instaló en una especie de madurez intemporal porque, a pesar de que los años no pasaban en balde tampoco para él, siempre fue un vitalista refinado que, después de su operación para combatir el cáncer, en 1997, se unió a su secretaria, mucho más joven que él.

Después de esa intervención quirúrgica, Mendoza pareció redescubrir la vida y la necesidad de apurarla porque cada vez quedaba menos. En cierto modo, rejuveneció al tratar de disfrutarla segundo a segundo mientras, paradójicamente, relativizaba sus exigencias.

La vida privada y pública de Mendoza estaba contenida en los 70 años anteriores. El hombre privado estaba traumatizado por el hecho de que su nacimiento, en 1927, costara la vida a su madre. El hombre privado fue un niño tísico en el Madrid rojo, del que, sin embargo, guardaba recuerdos entrañables ligados a una ciudad de aluvión, pero sobre todo de acogida. Estudió Derecho -con grandes sacrificios económicos- en el viejo caserón de San Bernardo y quiso ser diplomático (hubiera sido muy bueno). Vivió dos años en París, desde donde enviaba crónicas hípicas al diario Marca, y fracasó en su intento de montar un bufete. Fue consejero del grupo Prisa y también pasó por el Banco Exterior, del que fue nombrado consejero en 1985. Fichar a una hora fija y estar atado a un escritorio nunca fue lo suyo.

Lo suyo era imaginar negocios y, más tarde, llevarlos a cabo. Llevó percebes de Galicia a Madrid, vendió compresas a Camerún, trajo café de Paraguay e importó carne congelada de Argentina. Luego trasladó sus ideas a los nacientes mercados de los países del Este y acabó haciendo pingües tratos con la Unión Soviética, en 1965, del brazo de su antiguo compañero de Universidad Nemesio Fernández Cuesta, a la sazón vicesecretario de Comercio.

Una portada de prensa, en la revista Cambio 16, lo llamaba, en 1978, El hombre de la KGB en España. Durante mucho tiempo, ese título, válido para una novela de Le Carré, constituyó el delirante frontispicio de su biografía y lo obligó a dimitir de la directiva del Real Madrid, en la que, a través asimismo de Fernández Cuesta y otros, se había introducido.

Se había casado entre tanto con una muchacha de la buena sociedad de Bilbao, Rosario Solano, con la que tuvo seis hijos. Pero a medida que se hacía más y más rico se deterioraban las relaciones con su esposa. La fama también le iba levantando su pequeña estatua a través de la Presidencia del Fomento de la Cría Caballar y de los triunfos de su cuadra de purasangres, la mejor de España. Compartía entonces su vida con Jeannine Girod, con la que convivió 17 años, con rupturas y reconciliaciones incluidas, hasta su separación en 1990. Dos años antes, había protagonizado un sonado amorío con Nati Abascal, ex duquesa de Feria.

Después de una derrota electoral ante Luis de Carlos, accedió a la Presidencia del Madrid, en 1985. Ya fue famoso del todo y se le atribuyó aquello de que «ser presidente del Madrid es más importante que ser ministro». En realidad lo que dijo fue: «Prefiero ser presidente del Madrid que ministro». Los madridistas estaban encantados. Empezaba a florecer la Quinta del Buitre. Mendoza la reforzó especialmente con Hugo Sánchez, Gordillo y Maceda, y llegaron cinco años de gloria y lujo.

La historia y la leyenda de Mendoza están ligadas a esos años y a los desastres posteriores que los fichajes acertados de, por ejemplo, Laudrup y Valdano apenas paliaron. La noche sucedió al día. Hasta Mendoza parecía otro hombre, chocho con la Quinta y cuanto ella arrastraba de locuras económicas y afectación vedetista. Fue desdichado y errático en los fichajes y en las historias con Prosinecki, George Karl, Inocencio Arias, Dorna… Ganó por los pelos, frente a Florentino Pérez, otras elecciones, pero ya estaba tocado.

Esos últimos años son los de la deuda que crece devoradoramente (heredó una de 1.529 millones y dejó otra de 12.338, con parte de los ingresos futuros hipotecados hasta bien entrado el siglo XXI). Mendoza atribuyó esos números a la remodelación del Bernabéu, cuyas cifras finales casi triplicaron el presupuesto inicial. ¿Por qué? Todo fue ya una cuesta abajo imparable, con baile de entrenadores, conspiraciones de despacho y desbarajuste en la progresiva decadencia del club. El Madrid, después de haber alcanzado la cumbre, se despeñaba por la otra ladera.

Mendoza, siempre personalista hasta ignorar o desdeñar a sus subalternos, se refugió más que nunca en su ironía seductora o irritante. Y, con la amargura de no haber conseguido la Copa de Europa, pasó, el 20 de noviembre de 1995, a ser simplemente el socio número 772. La Historia ya está empezando a juzgarlo, aunque a él ya le da lo mismo. En el fondo, siempre le dio todo lo mismo.

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