20 octubre 1983
El periódico DIARIO16 le define como héroe pese a estar acusado de crímenes durante la Guerra Civil española
Muere Valentín González ‘El Campesino’: General comunista de la Guerra Civil, luego declarado ‘traidor’ por el estalinismo en la URSS
Hechos
El 20.10.1983 falleció D. Valentín González, general del Ejército de la República durante la guerra civil
Lecturas
El periódico dirigido por D. Pedro J. Ramírez lo califico de ‘héroe de la guerra civil’.
21 Octubre 1983
Valentín González en el exilio
El último héroe popular español dibujaba en el mármol de la mesa de café el plano de las batallas. Desarrapados, arrasados por una dura jornada de albañilería, los restos de su estado mayor le escuchaban, hacían alguna tímida observación, a veces discutían. El café Mabillon, a unos pasos de Saint-Germain-dés-Près, no cerraba jamás -ouvert la nuit- y la cuadrilla de Valentín González, El Campesino, pequeños contratistas de obras mínimas, descansaban allí del trabajo.»Mi general, usted no recuerda bien, la línea enemiga no pasaba por aquí…».
Fernando Barros le hablaba siempre de usted. Era un hidalgo. Sólo aceptó formar parte de la cuadrilla como cocinero: el único oficio manual que puede aceptar un caballero (Barros murió atormentado por las deudas que no podía pagar; un tiempo después de su entierro, sus acreedores recibieron cada uno un giro postal con la cantidad exacta y un remitente: «Fernando Barros, tumba número XXXXX del cementerio de X». Parece que fue su vieja novia, que sabía que el alma del hidalgo gallego no podría descansar si no pagaba).
Nunca me quise aproximar a El Campesino. Había algo más fuerte que la atracción por el testimonio, que el tirón profesional por saber cómo era de verdad, y en la desgracia final, el héroe de leyenda. Y es que la leyenda era demasiado dura. El Campesino venía de las filas del pistolerismo y la dinamita -venía del hambre de Extremadura y del trabajo forzado de Peñarroya- y había llevado a la guerra crueldades suplementarias. Fusilaba en sus propias filas. No sólo era el general que contenía, pistola en mano -pistola disparando- el retroceso de sus primeras filas -gesto épico tantas veces cantado en él y en otros, pero que decididamente me espanta sino el que mandaba ejecutar a sus soldados con enfermedádes venéreas, a las prostitutas que se acercaban al frente, a los homosexuales. No parecía que pudiéramos estar en la misma mesa de café. Se cruzaba con esa leyenda la antileyenda, la que le habían tejido los comunistas. Según ellos, el ídolo estaba inventado, y los poetas que le cantaron -el propio Miguel Hernández, que fue su comisario político-, estimulados por la necesidad de la causa nacional. Se había fabricado un héroe, un nuevo Empecinado.
La antileyenda, la contraleyenda comienza cuando El Campesino abandona la Unión Soviética, donde le habían respetado el grado de general de división, pero no el talante. La guerra, allí y entonces, era otra cosa. y Stalin… El Campesino emprendió entonces una larga marcha: disfrazado, fugitivo, atravesó el inmenso país y fue a emerger a lo que hoy llamamos Irán, entonces todavía Persia. Iba -contaba él a su cuadrilla- robando gallinas por el camino para escapar. Escapa de la disciplina y tenía los viejos recursos de su infancia hambrienta y su juventud pistolera. En Persia le recogieron los ingleses y le entregaron de nuevo a la URSS, que le metió en el campo de concentración de Vokuta, y de allí volvió a escapar.
Lo más oscuro en el nuevo período de Valentín González, el Campesino, en este exilio fue su servicio a Estados Unidos. En las primeras elecciones italianas fue llevado a Roma para dar una conferencia de prensa en la que explicaba la realidad del comunismo, como parte de la gran campaña de la Democracia Cristiana -y de Truman- para evitar una votaéión masiva en favor del PCI.
Luego se repitió el espectáculo en algún otro país. Pero prácticamente no valía, o valía de una manera más astuta de lo que él mismo creía. Aunque los textos se los escribía otro anticomunista español, no resistía las preguntas, los coloquios, las conversaciones políticas. Más que ahuyentar el espectro comunista como un converso, lo conjuraba sin querer por la reflexión de cómo un hombre así podía haber sido general de división en España y en la URSS, un general comunista. Pasó su utilidad y volvió a París, a la cuadrilla.
En el Mabillon no sólo contaba sus antiguas glorias militares, y no sólo recibía el testimonio de lo que sin ninguna duda había sido su valor y su heroísmo personal -en ello no hay testigo que no concuerde- , sino que escribía sus libros -o los contaba a quien recogía sus palabras- y preparaba el regreso a España. A veces fabulaba a propósito de entradas clandestinas y refería pasajes y personajes poco concordes con la realidad. Y a veces aseguraba que tenía ya un ejército capaz de levantarse a su voz de mando. Cuando alguien le preguntaba con quiénes contaba, El Campesino guiñaba un ojo, bajaba la voz y decía a sus antiguos camaradas:
«Con la Guardia Civil…»
El Análisis
La muerte de Valentín González González, «El Campesino», cierra una de las biografías más singulares, contradictorias y controvertidas surgidas de la Guerra Civil española. Nacido en Extremadura a comienzos del siglo XX, alcanzó notoriedad durante la contienda como uno de los comandantes más célebres del Ejército Popular de la República. Su origen humilde, su carácter impetuoso y una indudable capacidad para el liderazgo en combate contribuyeron a forjar una leyenda que la propaganda republicana y comunista explotó ampliamente. Su nombre quedó asociado a algunas de las grandes batallas de la guerra, desde la defensa de Madrid hasta Brunete, Teruel o el Ebro. Junto a otros mandos comunistas como Enrique Líster, representó la militarización de unas fuerzas republicanas cada vez más influenciadas por el Partido Comunista y por la ayuda soviética.
Pero la figura de El Campesino nunca encajó fácilmente en el molde del héroe. Sus admiradores destacan su valentía personal y su capacidad para inspirar a sus hombres en las situaciones más difíciles. Sus detractores recuerdan las acusaciones de ejecuciones sumarias, métodos brutales de disciplina y actuaciones represivas en la retaguardia republicana. Aunque muchas de las acusaciones formuladas por la propaganda franquista fueron exageradas o directamente falsas, tampoco resulta posible presentar su trayectoria militar como la de un simple defensor de la libertad y la democracia parlamentaria. Como otros mandos comunistas de la época, combatía no sólo por la supervivencia de la República, sino también por una determinada concepción revolucionaria del poder, estrechamente vinculada a la influencia soviética y que deseaba convertir España en un país bajo la órbita de Stalin. Su propia relación con Líster y otros dirigentes comunistas estuvo marcada por tensiones constantes, reflejo de las luchas internas que desgarraron al bando republicano.
Tras la derrota de 1939, su vida adquirió tintes aún más novelescos. Exiliado en la Unión Soviética, acabó chocando con el sistema que había admirado. Pasó por cárceles y campos de trabajo soviéticos, experiencia que relató posteriormente con dureza y que le llevó a romper con el estalinismo. A diferencia de otros exiliados comunistas, regresó a España muchos años después convertido en un crítico feroz tanto del franquismo como de la realidad soviética. Su muerte invita a una reflexión serena sobre una figura imposible de reducir a consignas. Ni héroe democrático en sentido estricto ni mero aventurero sanguinario, Valentín González fue, sobre todo, un producto de las pasiones ideológicas extremas del siglo XX español: un combatiente que creyó servir una causa justa, que acabó enfrentándose también a los abusos de la causa que había abrazado y cuya vida refleja, con toda su complejidad, las grandezas y miserias de una generación marcada por la guerra, el exilio y las utopías.
J. F.