5 octubre 1983

Lech Walesa, líder de la oposición a la Dictadura comunista en Polonia es galardonado con el Premio Nobel de la Paz

Hechos

El 5 de octubre de 1983 se conoció la concesión del Premio Nobel a Lech Walesa.

06 Octubre 1983

Walesa, premio Nobel de la Paz

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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NO ES fácil la misión del comité parlamentario noruego encargado de conceder el Premio Nobel de la Paz: su decisión otorga, de golpe, no sólo una recompensa en metálico, sino un protagonismo completamente excepcional a una persona (a lo sumo a dos), en un mundo lleno de contradicciones y conflictos. Algunos de sus faIlos no han sido corroborados por la historia ulterior, sobre todo cuando implicaban un compromiso excesivo con determinadas opciones políticas -recordemos las parejas Beguin-Sadat y Kissinger-Le Duc Tho, que suponían apostar por soluciones de paz en Oriente Próximo y en Indochina, que luego no se produjeron-. Otra crítica que se ha formulado es la de una exagerada propensión a seleccionar en los países del Este personalidades disidentes, potenciando así la propaganda occidental. Pero estas consideraciones no pueden disminuir la satisfacción con la que saludamos, seguros de compartir este sentimiento con la gran mayoría de los demócratas españoles, la concesión del Nobel de la Paz a Lech Walesa, fundador y dirigente del sindicato Solidaridad. El significado de esta concesión, aunque pueda ser utilizada para propagandas interesadas, trasciende sin ninguna duda la pugna entre los bloques del Este y del Oeste. Como en el caso de la gran pacifista sueca Alva Myrdal, o en el del abanderado de los derechos humanos en Argentina, Adolfo Pérez Esquivel, el Premio Nobel se asocia este año con algunos de los valores éticos y políticos más indiscutibles -y en cierto modo más olvidados- de nuestra época, y sin los cuales la causa de la paz perdería una buena parte de su contenido sustancial.Si hay un caso en que el alcance del premio va más allá de la persona que lo recibe, es el de Walesa: con él son distinguidos los millones de trabajadores polacos que, en un movimiento sin precedentes, se afiliaron al sindicato Solidaridad para demostrar su voluntad de conquistar de forma racional, pacífica y organizada el derecho a intervenir en los asuntos de su país, el derecho a la participación y a la libertad. Hace falta recordar que en un plazo cortísimo Solidaridad agrupó a 10 millones de trabajadores y se convirtió, proporcionalmente, en el sindicato más numeroso, más potente, de todos los existentes en Europa y en el mundo. Era además un sindicato nacido a partir de una voluntad de la base, de las fábricas, las minas y las oficinas, no de los aparatos o del Gobierno. La creación de Solidaridad abría al mismo tiempo un camino concreto para facilitar nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad, en ese sistema político calificado con la expresión de socialismo real, en la que el adjetivo real sirve curiosamente para indicar la irrealidad del sustantivo. Solidaridad representaba una posibilidad efectiva de superar en Polonia, sin violencia, sin rupturas, el carácter radicalmente ademocrático de tal sistema. Y en la actualidad, a pesar del golpe militar, de las persecuciones y la clandestinidad, Solidaridad sigue teniendo una influencia considerable.

Por otra parte, la concesión del Premio Nobel a Walesa contribuye a destacar un rasgo de fondo de la actual coyuntura internacional: el vínculo intrínseco que existe entre la lucha por la libertad y la democracia -por los derechos de los trabajadores- y la causa de la paz. Para que alcancen plena efectividad los movimientos pacifistas, que en Occidente desempeñan un papel creciente y obstaculizan las tendencias al rearme y a la guerra, es imprescindible que también en los países del Este la voz de los ciudadanos, la voluntad de los pueblos, pueda expresarse con un mínimo de libertad. Frente a comedias ridículas, incluso escandalosas, como las manifestaciones por la paz en Moscú, organizadas por el Gobierno, el Premio Nobel de la Paz a Lech Walesa recuerda que no se puede separar la lucha por la paz de la lucha por la libertad y la democracia.

En la situación particularmente compleja y difícil creada por el golpe militar de JaruzeIski, Walesa sufrió un período de internamiento y fue luego puesto en libertad; desde entonces, y a pesar de una vigilancia permanente, ha logrado aunar una especie de doble personalidad: de un lado, cumple su vida normal de trabajador de los astilleros de Gdansk, y a la vez conserva el contacto con la dirección clandestina de Solidaridad. Es así principalmente un hombre de diálogo. Confirmó esta cualidad hace unas semanas, cuando entabló una discusión con el ministro Rakowski ante una asamblea de obreros; éstos abuchearon al ministro y ovacionaron a Walesa. Frente a actitudes de desesperación o violencia, que pueden ser engendradas por la represión gubernamental y estimuladas por intereses turbios, Walesa representa la sensatez, la racionalidad, la voluntad de diálogo. El valor de tal actitud cobrará sin duda en el futuro mayor realce; cuando, por unos u otros caminos, se imponga en sociedades hoy bloqueadas la necesidad de dar paso a la pluralidad de las opciones, a la expresión de la voluntad de los ciudadanos. Hoy por hoy, en la agitada situación internacional que estamos atravesando, la concesión del Nobel de la Paz a Walesa subraya dos cuestiones decisivas: el peso de los sindicatos y de los trabajadores en general en la lucha por la paz y el enlace íntimo entre la causa de la paz y la causa de la libertad.

El Análisis

Walesa, Nobel de la Paz: Un puñetazo al régimen de Jaruzelski

JF Lamata
El mundo recibió la noticia de que Lech Walesa, el electricista de los astilleros de Gdansk y líder de Solidaridad, ha sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz. No es solo un reconocimiento a su lucha incansable contra la dictadura comunista en Polonia; es una bofetada resonante al régimen de Wojciech Jaruzelski, que desde la imposición de la Ley Marcial en 1981 ha intentado aplastar la disidencia con tanques, cárceles y exilio. Walesa, que ha pasado por la prisión y ahora vive bajo constante vigilancia, se alza como un símbolo global de resistencia pacífica, un hombre que, armado solo con palabras y la fe de un pueblo, ha puesto en jaque a un sistema respaldado por la sombra de los tanques soviéticos. Este Nobel no es solo un premio; es una declaración de que el mundo ve a Polonia y no olvida a sus héroes.
Para Jaruzelski, este galardón es un desastre. Cada día que Walesa pasa en el candelero, su popularidad crece, no solo en Polonia, sino en todo el mundo occidental, donde su figura se compara con la de Gandhi o Martin Luther King. El régimen, que lo encarceló en 1981 junto a miles de activistas de Solidaridad, esperaba que la represión apagaría su voz, pero el Nobel la amplifica. La Ley Marcial, que suspendió derechos y prohibió el sindicato, no ha logrado sofocar el descontento: las protestas, aunque reprimidas, siguen brotando, y el mensaje de Juan Pablo II desde el Vaticano sigue avivando la esperanza. Jaruzelski no puede ignorar por mucho tiempo a un hombre que representa la voluntad de un pueblo harto de colas para el pan y de promesas vacías. Cada paso que dé el régimen para marginar a Walesa lo expone más como un títere de Moscú, incapaz de controlar una Polonia que ya no teme soñar con la libertad.
Lo más curioso es la reacción de los partidos comunistas en Occidente y América Latina. Los mismos que aplaudieron el Nobel de la Paz de 1980 para Adolfo Pérez Esquivel, opositor a la dictadura militar argentina, ahora fruncen el ceño ante Walesa. No es difícil ver por qué: enfrentarse a un régimen militar de derecha es una causa noble para la izquierda, pero cuestionar un gobierno comunista, aunque sea tan opresivo como el de Jaruzelski, toca una fibra incómoda. La hipocresía es evidente: el comunismo, en teoría, defiende al trabajador, pero en Polonia, los trabajadores liderados por Walesa son los que desafían al sistema. Este Nobel no solo eleva a Walesa; expone las grietas del bloque del Este y la incomodidad de sus aliados ideológicos. Mientras Jaruzelski lidia con un pueblo que no se rinde y una URSS que vigila cada movimiento, Walesa, desde su exilio interno, se convierte en un faro. La pregunta no es si Polonia cambiará, sino cuánto tiempo podrá Jaruzelski resistir el peso de un Nobel que ilumina su fracaso.
JF Lamata