22 septiembre 1990

Instigó a los soldados para que dispararan contra centenares de civiles desarmados que se manifestaban en las calles de la misma ciudad de Sibiu, donde Nicu era jefe político, mientras caía el Gobierno de su padre.

Nicu Ceaucescu, hijo del ex dictador comunista de Rumanía, es condenado a 25 años de cárcel

Hechos

El 21.09.1990 Nicu Ceaucescu fue condenado a 25 años de cárcel.

Lecturas

Los Ceaucescu fueron ejecutados en diciembre de 1989.

«TODO FUE CULPA DE MI MADRE»

Durante el juicio Nicu Ceaucescu acusó de todos los crímenes a su madre, Elena Ceaucescu, de la que aseguró que fue la que dio la orden de disparar durante los sucesos de diciembre de 1989 y otras represiones anteriores. En lo que se refiere a su padre, Nicu aseguró que vivía sin conocer lo que ocurría en su propio país: «estaba rodeado de una corte de aduladores».

El Análisis

Nicu Ceaușescu: del heredero al último eslabón roto

JF Lamata

En 1987, mientras Rumanía se hundía en la miseria, Nicolae y Elena Ceaușescu soñaban con perpetuar el apellido en el poder. El elegido para heredar la corona roja era Nicu, su hijo menor, jefe político en Sibiu y más conocido por sus fiestas y excesos que por su habilidad para gobernar. El “príncipe rojo” parecía más interesado en la ginebra y la compañía femenina que en la economía planificada.

Pero en diciembre de 1989, cuando el régimen se derrumbaba, Nicu no bailaba ni bebía: instigaba a los soldados para que dispararan contra civiles desarmados. Al menos, eso demostró el juicio que el 21 de septiembre de 1990 lo condenó a 25 años de prisión. En el estrado, el hijo del “Conducător” trató de lavar su imagen apuntando hacia casa: su madre, dijo, había sido quien había dado la orden de abrir fuego, y su padre vivía rodeado de aduladores, ignorando lo que pasaba de verdad en el país.

El contraste era brutal. Sus padres representaban la imagen dura, represiva y sin fisuras del régimen. Él, la caricatura del hijo de dictadores: fiestas, coches y arrogancia, con la sensación de que todo le pertenecía. Sin embargo, en los días decisivos, demostró que también podía ser implacable.

Liberado en 1992 por una cirrosis que se lo llevaría cuatro años después, murió en un hospital de Viena a los 45 años, cerrando el capítulo de los Ceaușescu con un último acto de decadencia. No hubo estatuas derribadas ni juicios sumarísimos para él. Solo un final triste y casi olvidado, como el eco lejano de un apellido que, durante un cuarto de siglo, había sido sinónimo de miedo en Rumanía.

El heredero del terror nunca llegó al trono. Pero alcanzó, a su manera, el mismo destino: quedar reducido a una nota a pie de página en la historia negra del país.

JF Lamata