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Para Pedro Vallín el exvicepresidente mantiene una estrategia con el objetivo para mantener el control en Unidas Podemos forzando una tutela a Yolanda Díaz

Pablo Iglesias rompe también con su periodista-amigo Pedro Vallín Pérez, que lo acusa de desestabilizar a Podemos por su posicionamiento en la guerra de Ucrania

HECHOS

  • El 23 de octubre de 2022 D. Pedro Vallín publicó en La Vanguardia un artículo sobre la postura de la izquierda ante la guerra en Ucrania.

El 7 de noviembre de 2022 D. Pablo Iglesias Turrión bloqueo para su cuenta la cuenta de Twitter de D. Pedro Vallín.

Dña. Patricia López, a la que D. Pablo Iglesias bloqueó en marzo de 2022 a pesar de que ella también fue considerada durante mucho tiempo una periodista afín a Podemos fue una de las primeras en reaccionar.

23 Octubre 2022

La izquierda de Isengard

Pedro Vallín

“Llegó el rumor de que una sombra crecía en el Este. El murmullo de un temor sin nombre”.

(Galadriel, El señor de los anillos: La comunidad del anillo)

¿Cabe plantar cara a Señor Oscuro? Hasta hace unos meses, los enemigos de los pueblos libres de la Tierra Media estaban decididos a resistir. Era suficiente la fortaleza moral y la superioridad histórica de la democracia liberal para, con sus armas, poner coto a sus enemigos y luchar contra las efervescencias autoritarias de gobiernos como los de Hungría o Polonia. Pero ha ocurrido que las derechas convencionales de Italia, Francia y Suecia ya han dado el paso de convertirse en aliadas del enemigo iliberal —como las de Madrid, Andalucía, o Castilla y León lo hicieron antes—, mientras las izquierdas han seguido resistiéndose a abandonar el marco del liberalismo democrático.

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A propósito de la patente crisis de la democracia estadounidense —mitigada pero no resuelta por Joe Biden, en la medida que el camino emprendido por los republicanos contra la democracia deliberativa no parece tener marcha atrás—, escribía el profesor Graham Gallagher en El Cuaderno que el futuro será: “Un mundo sin derechos femeninos, sin libertad de expresión, sin elecciones, sin protección en el lugar de trabajo, en el que una pequeña burguesía engreída e idiota —en la India, Rusia, Kenia o Estados Unidos por igual— gobierne cual pequeños principitos una población fragmentada, atomizada y paranoica. Muy lejos de la libertad que se nos prometió, será este un mundo más peligroso, más bélico, más caliente, más enfermo. Lo peor de la pesadilla se ha abatido ya sobre Ucrania, y créanme: lo veremos en más lugares”.

Cuando hace cinco años Julio AnguitaManolo Monereo y Héctor Illueca hicieron elogios calculados a las políticas de empleo nacionalistas del gobierno italiano, en el que Matteo Salvini se soñaba ya primer ministro, provocaron un breve escándalo en las filas de Unidas Podemos, pero las direcciones políticas de Podemos e IU eligieron poner tierra de por medio con cualquier tentación de nostalgia nacionalista o iliberal. El controvertido filósofo izquierdista reaccionario Diego Fusaro, favorito de los melancólicos por proveer las coartadas intelectuales antiliberales desde su presunto progresismo, contaba con selectas simpatías en el poscomunismo español, pero no era lectura de cabecera en los puentes de mando de la izquierda confederal.

En ese momento, quedó claro que las nuevas izquierdas españolas asumían el marco de la democracia liberal, los valores de pluralismo político y la tolerancia cultural característicos de la posmodernidad. El rojipardismo español era poco más que una excentricidad a la que se suscribían en sus ratos libres algunos viejos roqueros para animar tribunas periodísticas. Un elemento de folclore, una nota de color sepia que daba textura a una izquierda ciertamente plural.

Los más jóvenes disidentes, menos seducidos por la rusofilia o el maoísmo —esas dos antiguallas—, han ido destilando su catálogo conservador a través de un costumbrismo garbancero y pastoril, más relacionado con las vicisitudes biográficas de cada quien que con una reflexión seria sobre modelos sociales o con la necesidad de revancha de la Guerra Fría. Un fenómeno, por eso, tan confortable e inocuo como un paseo por la web “yo fui a EGB”. Así que los rojipardos y lo que, con generosidad silábica, Begoña Gómez Urzáiz bautizó como neorrancios conformaban un grupo pintoresco de reservistas del Ejército Rojo y millenials enfadados con la complejidad ufana de las sociedades posmodernas.

Al menos, hasta que Vladimir Putin comenzó su invasión de Ucrania. En los meses transcurridos desde entonces, primero de forma tibia y luego más desacomplejada, una febrícula iliberal ha ido calentando de melancolía moscovita a un sector creciente de las izquierdas europeas. De súbito, quienes habían asumido la OTAN como una alacena heredada de la abuela que daba cierto color y pintoresquismo a su novísimo piso de Ikea, recordaron los viejos grandes relatos de la Guerra Fría y decidieron alinearse de nuevo en torno al eje del Telón de Acero.

Podemos, que nació para gobernar una democracia atlantista, ni siquiera hacía mención a la OTAN en sus programas electorales –lo más lejos que había llegado era a hacer una apuesta genérica por una mayor autonomía defensiva de la UE– y sin embargo, fue comenzar la invasión rusa de Ucrania y desempolvar las amarillentas caricaturas de una OTAN sombría y maquiavélica que movía los hilos de la historia del mundo hasta el punto de haber obligado al neozarismo ruso a invadir a un vecino que, bien mirado, tan demócrata no era si había elegido a un facha.

Hay una izquierda Isengard que hoy sopesa si la mejor forma de enfrentarse al desafío iliberal del neofascismo multiforme no sería aliarse con él en la ofensiva sobre las democracias burguesas antes de ser arrastrada con ellas. Cuando Gandalf el Gris acude a Isengard en busca de consejo, se encuentra al decano de su orden, Saruman el Blanco, leyendo complacido una larga entrevista a Diego Fusaro. Al levantar la vista, recita:

“La hora está más avanzada de lo que piensas. Las tropas de Sauron han emprendido ya la marcha. Los Nueve han partido de Minas Morgul. Cruzaron el río Isen en la pascua de Verano vestidos de Jinetes Negros. Encontrarán el Anillo y destruirán a su portador. ¿No creerás en serio que un hobbit puede torcer la voluntad de Sauron? Nadie puede hacerlo. Contra el poder de Mordor no hay victoria posible. Debemos unirnos a él, Gandalf. Debemos unirnos a Sauron. Sería lo más sabio, amigo mío…”.

Es difícil explicar con más precisión en qué consiste la tentación putinista que hoy asalta a un sector de la izquierda que esta plática del decano de la Orden de los Magos, anunciando su traición y su alianza con la torre de Barad-Dûr.

La traición de Isengard es en realidad un reajuste de las posiciones de la II Guerra Mundial, cuando el comunismo soviético y el liberalismo democrático de Occidente se aliaron contra el nazifascismo. La conclusión de la ucronía es bastante obvia: si la URSS, cuyo desempeño y sangre vertida en la guerra fueron determinantes para decantar el triunfo del bando aliado, se hubiera conjurado con Alemania e Italia, ni la poderosa contribución estadounidense hubiese servido de nada. La democracia en Europa Occidental habría sucumbido.

Sin embargo, ese sueño de una internacional izquierdista iliberal, que no parece imposible en Europa —mucho de iliberalismo ha habido en el Cinque Stelle de Beppe Grillo y cierta nostalgia soviética también empapa a La France Insoumise y a su líder Jean Luc Mélenchon—, ha tropezado con el giro de América Latina, donde el chavismo, como formulación populista del poscomunismo, se está quedando solo y las izquierdas efervescentes en Chile, Argentina, Colombia o Brasil adoptan posiciones reformistas inscritas en el marco de la democracia burguesa, una suerte de rearme de la socialdemocracia que recupera las recetas que los partidos socialistas habían ido abandonando en toda Europa. La remodelación del gobierno realizada por Gabriel Boric tras perder el referéndum constitucional en Chile es elocuente en este sentido del tenor de las nuevas izquierdas latinoamericanas.

Cuando surgió la floración fusarista española, los líderes de Podemos e IU pusieron pie en pared. Alberto Garzón, coordinador general del IU, de forma explícita, y Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, de forma implícita. Sin embargo el exvicepresidente ha movido su posición y con él, la del partido. En el boletín de su podcast La Base, se informaba de los ataques rusos contra población civil, tras el sabotaje del puente de Crimea, en estos términos: “Después del ataque al puente de Kerch, las tropas rusas llevaron a cabo un ataque masivo con armas de alta precisión y largo alcance contra blancos energéticos, militares y de comunicaciones ucranianos”. Es apreciable la caligrafía cirílica.

Volvemos a Gallagher: “Los augurios de la izquierda que salivaba ante la perspectiva de un mundo post-Estados Unidos resultaron ser aún más engañosos: se fundamentaban, principalmente, en fantasmagorías y nociones infantiles de las relaciones internacionales y la economía política (…) Esto, como es obvio, es una tontería. El fin de la hegemonía estadounidense no destruirá el capitalismo más que lo hizo el declive de los imperios holandés o británico”. Viene un mundo terrible, señala el doctorando californiano, plenamente convencido: “No he venido a alabar el viejo mundo, sino a enterrarlo. No soy liberal, pero creo que aquellos que hemos pasado una parte de nuestra vida dentro de él añoraremos, en general, el mundo democrático burgués liberal. El nuevo paradigma será peor (…) lo será de maneras innumerables”.

Ante la intuición de ese marco, prende la apuesta por una opción antifascista superadora de las limitaciones, deliberaciones y cortesías liberales, que se entienden como melindres, así que será una opción brutal, inmisericorde, de nuevo masculinizada y por tanto basada en virtudes relacionadas con el valor, la violencia, la determinación y la pendencia. Esta opción medra conforme las derechas, moderadas o no, van abandonando la militancia en la democracia burguesa en Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Italia —desasidas de su herramienta económica, el neoliberalismo, hoy desvencijada por las incapacidades de su método ante la sucesión de crisis económicas, políticas, sanitarias y climáticas—. Pero la duda, en España como en otras sociedades occidentales, es si la opción rojiparda, nacionalista y tradicionalista, que asoma sus furores viriles llevándose la mano a la genitalia, llegará a ser hegemónica, desbordando a las izquierdas reformistas y posmodernas, que hoy parecen el único aliado firme de la democracia representativa.

La incógnita es si Gandalf se unirá a Saruman o elegirá padecer encierro en lo más alto de la torre de Isengard, confiando en que una simple polilla decante el rumbo de los acontecimientos venideros. Si será cierto que, como decía Galadriel, “hasta el más pequeño puede cambiar el curso del futuro”.

02 Noviembre 2022

La nostalgia de la rendición

Pablo Iglesias

¿No sería más razonable que los intelectuales orgánicos y los periodistas progres con talento definieran a la derecha como una amenaza contra la democracia en vez de tratar de matar por enésima vez a Podemos?

Algunos tuits envejecen en cuestión de horas, otros simplemente languidecen mal, incapaces de trascender a su propia coyuntura. Hay otros tuits que, por el contrario, son capaces de captar en unos pocos caracteres el sentido de época. Este del mes de marzo de Pablo Elorduy, coordinador de El Salto, es uno de esos tuits. Ya lo he citado otras veces: “Me gustaría pensar que se va a formar el cordón sanitario europeo que va a dejar fuera a los Vox, Salvini y Meloni, pero creo más bien que esos entrarán en el consenso de época y que lo que se quiere dejar fuera son los Corbyn, Mélenchon, Tsipras, Belarra”.

El tuit captaba con lucidez una lógica de funcionamiento político de Europa al calor de la invasión rusa de Ucrania que, desde entonces, no ha dejado de consolidarse. Hoy Meloni, que mantiene una afectuosa relación con Draghi, preside el Consejo de Ministros italiano aliada con Salvini y Berlusconi, y la izquierda europea soporta una grave división interna sobre cómo posicionarse frente a la guerra y a la OTAN.

Pero el espíritu de época europeo captado por Elorduy es también el espíritu de época que el reaccionarismo español ha logrado imponer ideológicamente en la provincia España, desde que Podemos amenazó, como ninguna izquierda había hecho antes, las bases del sistema político del 78. ¿A qué me refiero cuando digo que el reaccionarismo español ha impuesto ideológicamente ese espíritu de época? Pues, básicamente, a que se lo ha hecho tragar a la progresía mediática, a los sectores autodenominados liberales e incluso a una parte de la izquierda. El descubrimiento la semana pasada, por parte de esos sectores, de un Feijóo plegado a la caverna mediática madrileña y a Ayuso es una prueba más de lo que varios venimos diciendo y escribiendo (con caracteres cirílicos según algunos).

Los dos intelectuales orgánicos que le quedan al liberalismo y a la socialdemocracia española (La Vanguardia y El País) recibieron con alborozo la llegada de Feijóo a la presidencia del PP. Presentaron al hombre del yate del narco como un moderado hombre de Estado que vendría a restaurar una lógica de colaboración con el PSOE que devolvería la calma a las turbias aguas de la política española provocadas por el independentismo y por Podemos. La pluma más brillante de La Vanguardia, Enric Juliana, subido al don de la ebriedad que provoca esa poco recomendable exaltación del optimismo, inventó incluso una categoría política: la escuela Romay Beccaría. El viejo alto funcionario franquista, veterano de los gobiernos de Fraga que llegó a ministro con Aznar y a presidente del Consejo de Estado hasta 2018, se convertía así en una especie de híbrido entre Aldo Moro y Giulio Andreotti, que habría ejercido de maestro de Núñez Feijóo. Haberse formado en la escuela Romay Beccaría no solo garantizaría el pedigrí democrático de Feijóo sino también su fondo, sus formas y su tono de gran político. Su conocimiento de la obra de Orwell, demostrado el otro día, debería servir para que algunos se planteen si es posible ser un político de altura con un fondo de armario intelectual tan magro.

Admiro a Juliana porque tiene momentos de lucidez muy por encima de la media patria de plumas con columna fija en los dos grandes periódicos liberales que, de momento, resisten, pero, a veces, creanme, hay que tomarse la solemnidad y la finezza de Juliana con algo de humor. Si la nostalgia habitual de la izquierda añora las viejas batallas (ganadas las menos, perdidas las más), la nostalgia julianesca es pura nostalgia de la rendición. Del coronel Casado a los Pactos de la Moncloa pasando por la admiración a la monarquía, el pensamiento de Juliana es fundamentalmente una reivindicación política de la rendición y una cierta ingenuidad respecto a ciertas figuras de la derecha. El 3 de octubre de 2017, Juliana esperó un mensaje conciliador de Felipe VI e incluso que se solidarizara con los heridos del 1 de octubre ¿No ven que hay que tomárselo con humor?

En su análisis sobre la llegada de Feijóo a la jefatura del PP, La Vanguardia y El País ignoraron el proceso que hizo posible su entronización. Se olvidaron de que el desafío de Casado a Ayuso provocó que se hicieran visibles, sin matices, los verdaderos jefes de la derecha española: los medios fachas de Madrid. Exactamente los mismos que, en la portada de El Mundo, el otro día, le recordaron a Feijóo que el CGPJ no se iba a renovar y que se quitara de en medio.

Los últimos han sido meses de blanqueamiento de Feijóo al mismo tiempo que de redoble de la presión contra Podemos. Los mismos medios que atacaron sin descanso a Podemos, valiéndose en más de una ocasión de las fake news fabricadas por las cloacas, los mismos que se opusieron a que Podemos entrara en el gobierno, volvían a sugerir que hay espacio para una izquierda liberal (y verde si les apetece y no molestan mucho) complementaria del PSOE y que pase por el aro de los consensos de régimen. Este 2022 ha presentado además en bandeja un gran consenso de régimen: la OTAN. Si estás dentro te sentarás en el plató de ARV. Si estás fuera, serás tildado de putinista.

Pocas horas antes de la espantada de Feijóo, en La Vanguardia, Pedro Vallín señalaba que la vampirización putinista y rojiparda que quien esto escribe y su podcast ejercen sobre Podemos, estarían llevando a la formación a un terreno “iliberal”. Atención, iliberal no son ni Feijóo ni la derecha judicial ni la mediática. Iliberal es Podemos por culpa mía y de La Base frente al neocarrillismo con sabor a magdalenas, apoyo sindical y cariño de La Sexta que atribuye la progresía a Yolanda Díaz y a sus aliados postPCE. ¡Qué vergüenza defender que Rosell vaya al CGPJ! Es mucho mejor reivindicar la nostalgia de la rendición una vez más, dónde va a parar. Se trata exactamente de la misma nostalgia de la rendición que reivindicaron cuando Podemos negociaba su entrada en el gobierno. Por seguir con los paralelismos italianos, si Romay Beccaría es de la escuela de Moro y Andreotti, a mi me tocaría ser de la escuela de Mario Moretti, brigadista asesino de inocentes democristianos. O traducido al Vallín vulgar; putinista, rojipardo, iliberal y con formas mafiosas.

La cuadratura del círculo llegaba con el artículo de otro de los periodistas progresistas más inteligentes de nuestro país: Nacho Escolar. Tras analizar con más lucidez que Juliana lo que es la derecha judicial y mediática de Madrid llegaba a una conclusión extraña: que el rey haga algo apoyándose en las indefinidas facultades de moderación y arbitraje que le da la Constitución. Lo que nos faltaba ya.

Y yo me pregunto ¿No sería más honesto describir con rigor a la derecha española? La derecha española, mediática, judicial, policial, militar y, en última instancia, política es reaccionaria y golpista. O si se quiere “iliberal”. ¿No sería más razonable que los intelectuales orgánicos de la democracia española y los periodistas progres con talento para escribir definieran de una vez a la derecha como una amenaza contra la democracia en vez de criminalizar y tratar de matar por enésima vez a Podemos? “Me rindo”, podría decir la camiseta de 198 que habrá de homenajear a Juliana y que sería un éxito de ventas. Ojalá algunos entiendan que la solemnidad de la rendición no aporta hoy nada a la defensa de la democracia liberal.

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