20 septiembre 1975
Sus fotografías en las que se la veía atracando un banco metralleta en mano dieron la vuelta al mundo
Patricia Hearst, la ‘secuestrada’ que acabó convertida en terrorista es arrestada por la policía norteamericana
Hechos
El 20.09.1975 la prensa española informó del arresto de Patricia Hearst ‘Patty Hearst’ en Estados Unidos.
Lecturas
Nieta de William Randolph Hearst, Patricia Herast ‘Patty Hearst’ fue secuestrada el 4 de febrero de 1974 del apartamento de su novio en California por un pequeño grupo de izquierda denominado Ejército Simbiótico de Liberación (Symbionese Liberation Army o SLA). Las peticiones del grupo dieron como resultado la donación por parte de la familia Hearst de comida por un valor de 6 millones de dólares para los pobres, después de lo cual no hubo noticias de Patricia.
Poco después, el 5 de abril de 1974, fue fotografiada con un rifle de asalto durante el atraco de una de las sucursales del banco Hibernia. Más tarde se supo que había cambiado su nombre por el de «Tania», en memoria de la guerrillera argentina Tamara Bunke que combatió junto al Che Guevara en Bolivia, y que se había comprometido con las ideas del Ejército Simbiótico de Liberación.
28 Septiembre 1975
Regreso al Hogar
Patricia Hearst ha regresado al hogar. Es decir, a su sociedad: una sociedad que todavía la mantiene en prisión, cumpliendo sus viejos ritos, pero que ya se reconforta al escuchar a la joven heredera recuperar su lenguaje de clase, sus maneras suaves y educadas y relatar con ellos lo que se desea ardientemente escuchar no fue libre en ningún momento de su estancia entre el fantástico Ejército Simbiótico de Liberación. Fue presionada, drogada, aterrorizada. Si en alguna de las cintas grabadas que envió a su familia y a los periódicos había un lenguaje obsceno, desgarrado y revolucionario fue ajeno a su voluntad: la droga y la amenaza la obligaron. Nunca tomó el nombre de Tania – una guerrillera que fue amiga de Che Guevara – sino que se lo impusieron. Queda, como fondo melancólico y desviado, sin confirmar ni desmentir, como conviene, la sombra de lo que quizá un gran amor por uno de los ángeles oscuros del mundo Simbiótico; dignificado por la muerte, como conviene – como en los films – para evitar posibles y desagradables consecuencias. ‘Parecía contenta de que la detuviésemos’, dijo el hombre del FBI que la detuvo. El gran montaje comienza con esa frase. Había comenzado ya antes, en realidad; comenzó cuando se supo que se había pasado a los malos y los psiquiatras fueron llamados con urgencia para que excluyesen todas las posibles razones de una verdadera conversión. ¿Cómo alguien iba a abandonar palacios, seguridad, fiestas y amor por una terrible aventura que comenzaba exigiendo que su padre repartiera dinero entre los pobres de San Francisco? Solamente un trastorno mental tal vez producido por las drogas, en su papel de servir lejanos y fríos intereses para romper la lámina de espejo de la sociedad dominante. (Que la menor Patricia Hearst hubiese estado fumando drogas cuando vivía uno de sus profesores era algo insignificante; caprichos de la juventud dorada).
El rito del exorcismo y depuración está en marcha. Los primeros interrogatorios públicos dan el resultado apetecido; Patricia responde convenientemente a las preguntas, se declara poseída por otras personalidades. Es la vía señalada por ‘El Exorcista’: cuando alguien de dentro de la sociedad se comporta como ajeno a ellas, como desafiante para ella, es que es otro, es que lleva otro dentro. Se expulsa al otro y el individuo vuelve a ser el mismo, intacto y virgen. El exorcismo de Patricia Hearst, con el rito de la sociedad subrayado por la acción de compra por parte del padre (entre un millón y millón y medio de dólares), lo que le permite aparecer como la personalidad deseada y formulada por la sociedad – padre amantísimo que da su dinero por su hija; padre culpable de no haberla salvado y vigilado cuando aún era tiempo, que paga como castigo – está en marcha.
Sería terrible que pudiera volverse atrás. Es decir, que la exorcizada volviese a endemoniarse. Más interesante aún que su pasado ha de ser su futuro. Del que pueden esperarse toda clase de truculencias, incluso la muerte violenta, que sería de alguna manera el final feliz del exorcismo.
Eduardo Haro Tecglen
El Análisis
El 20 de septiembre de 1975, la prensa española recogía con sorpresa el arresto en Estados Unidos de Patricia Hearst, nieta del magnate de la prensa William Randolph Hearst, cuya fortuna y cadenas de diarios habían forjado un imperio mediático y un mito cultural inmortalizado por Orson Welles en Ciudadano Kane. Patty no era una heredera cualquiera: su apellido representaba el poder de la comunicación en un país donde los medios eran, a menudo, la antesala del poder político. Que su rostro apareciera esposado, acusada de terrorismo, parecía un relato propio de la ficción, pero era, en realidad, el reflejo de la agitación social y política de los Estados Unidos en los convulsos años setenta.
La historia comenzó en febrero de 1974, cuando la joven fue secuestrada en Berkeley por el Ejército Simbiótico de Liberación (SLA), un grupo de inspiración marxista y anarquista que defendía la lucha armada y la destrucción del sistema capitalista. Lo que parecía un simple secuestro de alto perfil derivó en un fenómeno mucho más complejo: semanas después, Patty apareció en imágenes difundidas por el propio SLA, con un fusil al hombro, renunciando a su vida burguesa y abrazando la causa revolucionaria. Participó incluso en el atraco a un banco en San Francisco, donde las cámaras la grabaron armada, gesto que alimentó el debate: ¿había sido víctima de un síndrome de Estocolmo o se había convertido, de manera consciente, en militante de la guerrilla urbana?
Su arresto en septiembre de 1975 puso fin a un año y medio de persecución mediática, judicial y policial. En 1976, fue condenada a siete años de prisión por robo a mano armada, aunque la polémica nunca se disipó: muchos la consideraban víctima de un lavado de cerebro, mientras que otros la juzgaban como una joven privilegiada que había coqueteado con la violencia revolucionaria. La campaña de apoyo a su liberación reunió a personalidades como Jimmy Carter, que en 1979 le concedió la conmutación de la pena, y años después recibiría un indulto presidencial total de Bill Clinton en 2001.
Hoy, Patty Hearst es un símbolo ambiguo de aquella época: para algunos, la encarnación del poder corrosivo de las sectas y de la fragilidad psicológica frente al terror; para otros, la prueba de cómo el sistema judicial estadounidense no supo distinguir entre víctima y verdugo. Su vida posterior, retirada de la política y dedicada a su familia, contrasta con el eco de un apellido que sigue evocando poder mediático. El caso de Patty Hearst, entre el drama personal y el espectáculo público, nos recuerda hasta qué punto los años setenta fueron una época en la que la frontera entre revolución y crimen, entre víctima y cómplice, era tan difusa como las imágenes en blanco y negro que aún hoy nos devuelven su mirada desde los archivos.
JF Lamata